El Novio Extranjero

Querido diario,

Hoy recuerdo la boda que celebramos en el pequeño pueblo de Los Almendros, en la provincia de Castilla y León. Era una boda que tenía a toda la comunidad alborotada, como si los campanilleros del ayuntamiento hubieran puesto los timbres al máximo. Iván, el mecánico del pueblo, el que siempre tiene la mano de oro y el motor siempre ronroneando, se casó con Catalina. Catalina, esa niña que parece una flor de amapola en primavera: brillante, voz de campanilla y risa que suena como el tintineo de una campana. Siempre la veíamos en el centro de todo, la primera en la fila. Parecían sacados de una postal.

Los padres de Iván se encargaron de la casa, levantaron una cerca nueva y adornaron la puerta con cintas de colores. La celebración duró tres días, con música que se escuchaba por toda la calle, el aroma de asados de cordero y tartas de manzana que impregnaban el aire. Todos gritaban «¡Que vivan los novios!».

Yo, sin embargo, no estuve en la fiesta. Estaba sentada en la enfermería del pueblo, frente a Almudena. Almudena, la muchacha callada y casi invisible, cuya presencia se percibe más que se ve. Sus ojos son como lagos de montaña: profundos, serenos, y en ellos lleva una melancolía tan antigua que duele mirarlos. Se sentó en la camilla, recta como una cuerda tensada, y permaneció en silencio. Sus delicadas manos trabajaban, entrelazando los dedos sobre su regazo hasta que sus nudillos se blanqueaban.

Llevaba su mejor vestido, de lino con pequeñas flores de violeta. Viejo, pero limpio y planchado, y una cinta azul en el cabello. También ella se preparaba para casarse, pero con Iván. Desde niños fueron inseparables: compartían el pupitre en la escuela primaria, él le llevaba el libro y la defendía de los demás niños, ella le llevaba empanadillas y le ayudaba con los ejercicios. Todos en el pueblo sabían que Iván y Almudena eran como el cielo y la tierra, como el sol y la luna, siempre juntos. Cuando regresó de su servicio militar, corrió a su casa y, como si todo estuviera escrito, presentaron los papeles y fijaron la fecha: el mismo día que la boda de Catalina e Iván se estaba celebrando.

Un tiempo después, Catalina volvió del pueblo vecino para visitar, y todo empezó a girar. Iván, que parecía haberse perdido en su mente, dejó de prestar atención a Almudena. Se ocultaba la mirada, y una noche, con la oscuridad cayendo, se acercó a la verja de la enfermería, tembloroso, con la gorra en la mano. Con voz rasgada como una tabla podrida sacó: «Perdóname, Almudena. No te quiero. Amo a Catalina. Me caso con ella». Y se dio la vuelta, dejándola allí, temblando bajo el viento frío que agitaba su pañuelo. El pueblo murmuró, se encogió de hombros y siguió su vida, como si la desgracia ajena no fuera asunto suyo.

Ahora la tenía frente a mí, en el día de su boda no celebrada, mientras afuera resonaban la música y las carcajadas de los invitados. Miraba a Almudena y sentía que mi corazón sangraba. No derramó una lágrima, y eso es lo más aterrador: cuando el dolor se queda como una piedra dentro, devorándolo todo.

«Almudena», le dije en voz baja, «¿te traigo agua? ¿O unas gotas de valeriana?». Ella alzó sus ojos lago y en ellos vi un vacío tan desolado como una llanura quemada.

«No, gracias, doña Carmen», respondió con voz susurrante como hojas secas. «No vengo por medicina. Sólo quería sentarme. Las paredes de casa me aprietan, mi madre llora y a mí me da igual». Y quedó en silencio. Yo también guardé silencio. No había palabras que pudieran tapar ese agujero en el alma. Sólo el tiempo, que a veces calma el dolor pero nunca lo borra, lo cubre con una capa delgada que, al tocarla, vuelve a sangrar.

Pasamos uno o dos horas allí, mientras la noche se hacía más oscura, la música se apagaba y sólo se oía el tictac de los relojes viejos de la pared y el viento aullando por la tubería. De repente, Almudena se sobresaltó como por el frío y, mirando al vacío, dijo:

«Le cosí una camisa a Iván para la boda, con punto de cruz, al cuello. Pensé que la usaría como amuleto».

Con la mano trazó el aire, como alisando un cuello invisible, y una sola lágrima, gruesa como plomo fundido, recorrió su mejilla y cayó en sus manos temblorosas. En ese instante, el tic del reloj pareció detenerse, y el pueblo entero pareció congelarse con ella. Sentí que mi alma se había caído al suelo, y la abracé, temblorosa, sin saber qué decir, sólo pidiendo al cielo: «¿Por qué, Señor, la pruebas así? ¿Por qué una alma tan clara y luminosa sufre tanto?»

Han pasado dos años. La nieve se ha convertido en barro, el barro en polvo y el polvo vuelve a ser nieve. La vida en Los Almendros sigue su curso. Iván y Catalina viven, al menos en apariencia: la casa está completa, compraron un coche nuevo, pero la risa de Catalina ya no suena como campanilla, sino como cristales rotos que crujen. Iván camina como si estuviera bajo el agua, pálido, encorvado, con una tristeza profunda en la mirada. Se pasa las tardes en el taller con los colegas, no con las manos vacías, sino discutiendo que Catalina le reclama todo el tiempo: dinero, atención, que mire a la vecina de la puerta de al lado. Su amor, como una inundación primaveral, llegó con fuerza, arrasó y se marchó tan rápido, dejando sólo restos y lodo.

Almudena, en cambio, sigue viviendo. Trabaja en la oficina de correos, ayuda a su madre en la casa, se ha encerrado como en una concha. No sale con los chicos, ni va a los bailes del club. Sonríe de vez en cuando, pero sus ojos siguen siendo ese lago helado del bosque. La observo de lejos y mi corazón se aprieta, pensando que nunca florecerá.

Una tarde de otoño, cuando la lluvia caía como de cubo y el viento arrancaba las últimas hojas doradas de los álamos, la verja de la enfermería crujió. Allí, empapado, estaba Iván, con el abrigo lleno de barro y la mano temblorosa.

«Doña Carmen», balbuceó, «ayúdeme, creo que me he roto la mano».

Lo llevé al consultorio y, mientras le curaba la herida y le ponía una férula, él permanecía en silencio, sólo frunciendo el ceño por el dolor. Cuando terminé, me miró con una desesperación que me partió el alma.

«Soy yo mismo», exhaló. «Me he enfadado con Catalina. Ella se ha ido a la ciudad a vivir con su madre. Dijo que nunca volvería». Entonces, lloró. No como hombre fuerte, sino con un sollozo ahogado, lágrimas que caían por su barba y se depositaban sobre su chaqueta sucia. Un hombre fuerte, como un cachorro golpeado, me contó entrecortado cómo la belleza de Catalina se había vuelto una carga, cómo su amor era ahora una obligación sofocante.

«Todas las noches sueño con Almudena», susurró. «Me sonríe, y al despertar solo quiero aullar como un loco. He tirado lo más preciado que tenía, lo cambié por una fachada brillante».

Le ofrecí un vaso de agua con hierbas y me quedé a su lado, escuchando. Pensé en cómo la vida a veces nos obliga a perderlo todo para darnos cuenta de lo que realmente vale.

Al día siguiente, todo el pueblo se enteró: Iván había pedido el divorcio. Una semana después, volvió al caserío de Almudena. No se acercó a la verja como en aquella noche fría, sino que se plantó bajo el alero, quitó el sombrero bajo la lluvia helada y quedó allí, mirando la ventana. El tiempo pasó, la lluvia empapó sus ropas, Almudena no salía. Su madre asomaba la cabeza, movía los brazos, pero Iván permanecía allí.

Finalmente, la puerta se abrió. Almudena salió con su viejo abrigo y un pañuelo en la cabeza. Se acercó y él, como si el suelo se desvaneciera, cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, tomó sus manos y las acercó a su rostro.

«Perdóname», fue lo único que logró decir.

No sé qué palabras intercambiaron después, pero lo importante fue que, cuando Almudena vino a buscarme unos días después para que le curara unas rozaduras en los brazos, sus ojos ya no mostraban esa llanura quemada. Volvían a brillar como los lagos del bosque, y en lo más profundo, tímido como el primer crocus, se asomaba una chispa diminuta.

No celebraron una boda majestuosa. Simplemente vivieron. Iván se mudó a la humilde casa de Almudena, reparó el tejado, arregló la cerca, instaló la estufa. Trabajó de sol a sol, como intentando lavar su culpa con el sudor. Y ella ella se descongeló. Como una flor que, tras mucho tiempo sin agua, recibe la lluvia y vuelve a abrir sus pétalos. Sonreía de nuevo, y su sonrisa era tan luminosa y cálida que cualquiera a su lado sentía ganas de sonreír también.

Hace poco, en pleno verano, en el apogeo del corte de la hierba, cuando el aire estaba cargado del perfume de la hierba recién cortada y de las flores silvestres, pasé por su casa. La verja estaba abierta. Los vi sentados en el viejo banco de la veranda, él, fuerte y sereno, la abrazaba por los hombros, y ella, tranquila y luminosa, se recostó contra él y tarareó una canción mientras mezclaba en un cuenco fresas que olían a sol. A sus pies, sobre la tabla tibia, dormía en una cesta de mimbre su pequeño hijo, Saúl.

El sol se iba poniendo tras el río, tiñendo el cielo de tonos acuarelados. A lo lejos mugía una vaca, ladraba un perro y, allí, en esa veranda, reinaba una calma tan profunda que parecía haber detenido al tiempo. Los miré y, entre lágrimas, sonreí. Estas lágrimas ya no eran amargas, sino claras y luminosas, como la luz que al fin vuelve a brillar después de la tormenta.

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