Firmas en el rellano Sergio se detuvo junto a los buzones, porque en el tablón donde normalmente colgaban avisos de revisión de contadores y anuncios de gatos perdidos, ahora había una hoja nueva. Alguien la había fijado con chinchetas, torcida, con prisas. Arriba, en grande: “Recogida de firmas. Tomar medidas”. Debajo, el apellido de una vecina del quinto y una lista breve de quejas: ruidos nocturnos, golpes, gritos, “incumplimiento de la ley de silencio”, “riesgo para la seguridad”. Abajo ya se extendían firmas, unas pulcras y otras precipitadas. Lo leyó dos veces, aunque el sentido estaba claro desde el principio. Los dedos buscaron el bolígrafo en el bolsillo de la chaqueta, pero Sergio se detuvo. No por estar en contra. Simplemente no le gustaba que le empujasen a hacer nada. Llevaba doce años en ese edificio y había aprendido a mantenerse al margen de las guerras de escalera, igual que de las corrientes de aire. Bastante tenía con sus propios problemas: trabajo en el taller, turnos, su madre tras un ictus en otro barrio, su hijo adolescente que tan pronto no abre la boca en semanas como explota por una tontería. En el rellano reinaba el silencio, sólo arriba el ascensor golpeó la puerta con un eco sordo. Sergio subió al cuarto, sacó las llaves, pero antes de entrar miró hacia arriba, hacia la escalera que llevaba al quinto. Allí vivía doña Valentina. Apenas pasados los cincuenta, de aspecto fuerte y seco, siempre con el pelo corto y una mirada pesada. No saludaba nunca la primera y respondía de mala gana, como si la estuviesen molestando. Sergio la veía casi siempre con bolsas del Día o el Mercadona, o con el cubo cuando fregaba el rellano frente a su puerta. Algunas noches, sí, de su piso salían sonidos: un estruendo, un grito corto, o algo arrastrando por el suelo. Al grupo de WhatsApp de la comunidad sólo entraba por obligación. La mayoría de las veces discutían sobre el aparcamiento y el conducto de la basura, pero en las últimas semanas el grupo tenía un único tema. “Otra vez golpes a las dos de la mañana. Mi niña se ha asustado.” “Yo entro a trabajar a las seis, luego estoy como un zombi. ¿Hasta cuándo?” “Eso no son golpes, está cambiando los muebles, yo la escuché.” “Hay que llamar a la policía. La ley está para algo”. Sergio leía sin responder. Él tampoco era un santo. Cuando a las tres de la mañana retumbaba un golpe, él también se despertaba y sentía cómo la irritación le comía el pecho. En esos momentos, deseaba que alguien fuese y arreglase el asunto, para enterarse al despertar: “Todo resuelto”. Por la noche escribió en el grupo, escueto: “¿Quién recoge firmas? ¿Dónde está la hoja?” Contestó la presidenta, doña Nina, del tercero. “En el tablón del primero. Mañana a las siete en mi piso reunión. Hay que decidir antes de que sea tarde”. Sergio dejó el móvil. Notó nacerle dentro esa incomodidad conocida de las reuniones del colegio: cuando todo está decidido y sólo te llaman para marcar la casilla. Al día siguiente se encontró con Valentina en la escalera. Subía con dos bolsas repletas, resoplando, pero terca, sin pedir ayuda. Sergio le cogió una bolsa sin preguntar. — No hace falta —dijo seca. — Te la subo —respondió él, acompañándola. No dijo palabra hasta su puerta, luego le arrebató la bolsa. — Gracias —lo soltó como quien pone una tilde. Sergio ya se iba cuando, tras la puerta de la vecina, le llegó un sonido raro, como de alguien respirando con dificultad y gimiendo. Valentina se quedó quieta, la llave tembló en la cerradura. — ¿Todo bien? —preguntó Sergio, sin saber por qué. — Todo bien —zanjó ella, cerrando rápido. Bajó a su piso, pero el ruido siguió en su cabeza. No era un golpe, ni música, era ese resuello humano. Días después, apareció una nota pegada con celo en la puerta de Valentina: “BASTA YA DE RUIDOS POR LA NOCHE. NO TENEMOS PORQUÉ AGUANTAR”. Con rotulador gordo y rabioso. Sergio se quedó mirando la nota. El brillo del celo parecía una herida fresca. Se acordó: de niño también le escribieron en la puerta, cuando su padre bebía y gritaba. Entonces odiaba más a los vecinos cuchicheando que incluso a su padre. Subió al quinto y escuchó tras la puerta. Silencio. No llamó. Quitó la nota con cuidado, la dobló y la tiró en el contenedor de la calle, no dentro del portal, para que nadie la viese. Mientras tanto el grupo ardía: “Lo hace a propósito, le da igual la gente”. “Gente así, fuera. Que viva en un chalet.” “El policía ha dicho que hace falta denuncia conjunta”. Sergio notó cómo “ruidos” y “molestias” se convertían rápido en “gente así”. Ya no era una noche concreta, sino una persona como problema. El sábado, Sergio llegó tarde del trabajo. El ascensor olía a ambientador y tabaco. Al salir en el cuarto, de arriba llegaron dos golpes sordos. No eran de reparación, eran caídas. Se oyó una voz de mujer: “Aguanta… ahora…” Sergio subió. A la puerta del quinto salía luz del escaparate y bajo la puerta. Llamó. — ¿Quién es? — Sergio, el del cuarto. ¿Le pasa algo…? Entornada la puerta con cadena. Valentina, en bata, una mancha roja en la mejilla, como de haberse frotado con agua. — Nada. Váyase. Detrás, un gemido ronco. — ¿Necesita ayuda? Ella le miró como si pidiese limosna. — No. Lo tengo controlado. — ¿Hay alguien…? — Mi hermano. Postrado. — Lo dijo rápido, tajante. — Váyase. Puerta cerrada. Sergio dudó en el rellano. Parte de él quería irse porque se lo pedían. Parte, quedarse, porque ya había oído demasiado como para fingir ignorancia. Bajó, pero no pudo dormir. La palabra “postrado” daba vueltas en su cabeza. Imaginó a alguien cayendo, levantándolo, llamando al médico de noche, moviendo una cama, y a los de abajo oyendo golpes y llenándose de rabia. Fue a la reunión más por no sentirse culpable que por curiosidad. A las siete, varios ya esperaban ante el piso de Nina. Unos en zapatillas, otros con abrigo. Conversaciones tensas en voz baja. En la pequeña cocina, la presidenta mostró la hoja de firmas, copias sobre la “ley de silencio” y números de la policía. — No podemos aguantar más —empezó. — Tenemos hijos, trabajo. Yo misma me tomo la tensión a diario porque no duermo. No estamos en contra de la persona, pero hay normas. Sergio advirtió la destreza para decir “no contra la persona”, y el alivio en muchas caras. — Esta noche a las dos, otra vez ruidos —dijo una joven del sexto, cara de agotada—. Mi niño tardó horas en dormirse. — Mi padre recién operado —intervino un hombre en chándal—. Se asusta y piensa que hay un incendio. — Llamemos siempre a la policía —apuntó otro—. Que quede constancia. Sergio escuchaba. No exageraban, estaban de verdad agotados, y eso les daba razón. — ¿Alguien ha hablado con ella? —preguntó. — Hablé yo —dijo Nina—. Soberbia. Dijo: “Si no te gusta, múdate”. Y me cerró la puerta. — Siempre igual —añadió la del sexto—. Como si le debiésemos algo. Sergio pensó en lo del hermano, pero no estaba seguro de tener derecho a decirlo. — Quizá tenga… —empezó. — Todos tenemos problemas —interrumpió Nina—. Pero no hacemos ruido. Sonó el timbre. Entró Valentina, con ropa oscura, carpeta y móvil. Rostro tenso, pero sin miedo. — Entiendo que me están juzgando —dijo. Silencio denso. — Estamos hablando de la situación. Molesta usted a los vecinos. — ¿Molesto? —repitió Valentina, asintiendo para sí—. Está bien. Escuchen. Dejó carpeta, algunos informes médicos, móvil a la vista. — Mi hermano. Discapacitado total tras un ictus. No anda ni se mueve. De noche, crisis, se ahoga, cae de la cama si no estoy atenta. Lo levanto cada dos horas para evitar llagas. Esto no es mover muebles, es levantar a un hombre que pesa más que yo. Hablaba firme pero la voz le temblaba de puro cansancio. Sergio vio sus manos marcadas con hematomas. — He llamado a la ambulancia tres veces este mes. — Mostró el registro en el móvil, informes y prescripciones—. No tendría por qué enseñarlo, pero ustedes prefieren firmar como si esto fuera una discoteca. Alguien carraspeó. La joven del sexto bajó los ojos. — No lo sabíamos —musitó. — Porque a nadie le ha interesado preguntar —zanjó Valentina—. Prefirieron escribir en la puerta, hablar de mí en el chat y exigir “medidas”. ¿Cuáles? ¿Que lo saque al rellano para que estén tranquilos? — Nadie ha dicho eso —saltó Nina—. Pero hay una ley. Silencio a partir de las once. — ¿La ley? —rió Valentina—. Muy bien, llamaré a la ambulancia y a la policía a la vez, para que comprueben que levanto a una persona. ¿Me firmarán cada vez que escuchen golpes? ¿Serán testigos? — ¿Tenemos que aguantar entonces? —el hombre en chándal tenía la voz tensa—. Yo tampoco puedo con esto, tengo a mi padre enfermo. — ¿Y yo? —Valentina le miró de frente—. ¿Cree que me gusta? ¿Que no querría dormir? Silencio. Sergio quiso decir algo sencillo y calmante, pero fácil no había. Nina suspiró, ya sin tanta dureza: — Entienda que también es duro para los demás. Si hubiera avisado… — ¿Avisado para decir qué? ¿Que mi hermano puede morirse de noche? — Cerró la carpeta—. No sé pedir ayuda. Y tampoco sé a quién. Sergio sintió que eso era verdad. Vivían muy cerca, pero no eran “cercanos”. Eran puertas. — Hablemos sin bronca —dijo, ronco—. O nos peleamos, o intentamos hacerlo soportable para todos. Le miraron. Sergio odiaba el protagonismo, pero era tarde para esconderse. — No he firmado —continuó—. Y no pienso hacerlo. Porque eso no soluciona nada, sólo crea frentes. Pero tampoco podemos ignorar el ruido. Hay gente que de verdad sufre. Nina apretó los labios. — Entonces, ¿qué propones? Sergio recordó el llanto nocturno en el rellano. — Lo primero, el contacto. Valentina, si ocurre algo grave de madrugada y prevés ruido, puedes avisar en el chat: “Ambulancia” o “Crisis”. Sin dar explicaciones, para que sepamos que no es bricolaje. — No tengo por qué… —contestó ella, pero luego a Sergio:— De acuerdo. Si puedo. — Y si hay golpes muy fuertes, antes de llamar a la policía, que un vecino llame o toque la puerta. No para protestar, sino preguntar si necesita ayuda. Si no responde, pues ya se verá. — ¿Y si es borde otra vez? —preguntó la del sexto. — Al menos sabes que has hecho lo correcto —dijo Sergio—. Es importante. No para ella, para ti. Nina bufó, pero no discutió. — Y otra cosa —Sergio miró a Valentina—: lo de alfombrillas, o gomas en las patas de los muebles, separar la cama de la pared… Yo puedo ayudar, si quiere. Ella calló. Luego, más suave: — La cama no se mueve. Tengo un elevador casero, atornillado. Pero lo de las gomas… puede ser. Y, bueno… —dudó— si alguien puede venir a vigilarlo una hora algún día, para poder ir a la farmacia, sería… útil. No terminó la frase. Alguien se movió en la cocina. — Yo puedo el miércoles —dijo la joven, ruborizándose—. Mi madre puede cuidar al niño. Vengo una hora. — Yo también —apuntó el del chándal—. Pero de día, no de noche. Sergio sintió que la tensión cedía, pero no desaparecía. Simplemente cambiaba de forma. Nina recogió la hoja de firmas. — ¿Y esto? ¿Qué hacemos? Sergio miró los nombres conocidos, también el de su vecino del cuarto. — Yo digo que lo quitemos del tablón. Si alguien de veras quiere reclamar, que lo haga por su cuenta, con fechas. No así, con “tomar medidas”. — ¿Entonces estás contra el orden? —Nina apretó las palabras. — Yo quiero orden —contestó Sergio—. Pero el orden no puede ser un garrote. Valentina alzó la vista. — Quitadlo —dijo—. No quiero bajar cada día y ver cómo me linchan por turnos. Nina guardó la lista. Sergio no supo si por respeto o porque notó que muchos ya dudaban. Los vecinos salieron en silencio. En la escalera, una broma murió de inmediato. Sergio salió al rellano, justo a tiempo para coincidir con Valentina. — No deberías haberte metido —le dijo ella. — Puede ser. Pero no quiero que esto acabe en policía y escándalos. — Terminará igual —contestó ella, exhausta—. Cuando empeore. Sergio pensó en preguntarle cómo se llamaba su hermano, pero no se atrevió. — Si alguna vez necesitas ayuda para levantarlo de noche… llama. Estoy cerca. Ella asintió, sin mirarle. Al día siguiente, la hoja había desaparecido del tablón. En el chat corría otro mensaje. Nina escribió: “Acordado: en emergencias, Valentina avisa. Por favor, no discutir de noche. Se organiza ayuda cuando se pueda, avisadme los disponibles”. Sergio sonrió ante la palabra “organizar”, inusual allí. Pero al poco, varios escribieron cuándo podían ir. Otros callaron. La primera noche, hubo golpes de nuevo. Sergio se despertó de un sobresalto. Miró el reloj, 2:17. En el chat, un breve mensaje de Valentina: “Crisis. Viene ambulancia.” Sin emojis, sin súplica. Sergio escuchó puertas, pasos corriendo. Imaginó cómo Valentina sujetaba a su hermano, luchando por evitarle una muerte en vida. No es que la rabia se disolviese, pero algo nuevo y denso se le sumó. Por la mañana, en el ascensor coincidió con Nina. Tenía mala cara. — Otra vez ruidos, ¿eh? —dijo. — Vino la ambulancia. — Ya, lo vi. No sabía que era tan grave. Pero igualmente… Sergio, yo no duermo. Mi corazón… Asintió. No podía hacerle sentir menos el dolor. — ¿Tapones? —sugirió, oyendo lo ingenuo que sonaba. — Tapones… —ella sonrió, sin enfado—. A esto hemos llegado. Una semana después subió a ayudar a Valentina como prometió, con gomas para muebles y una estera gruesa. La puerta se abrió como si ella le esperase. Olor a medicamentos y hospital. En la habitación, una cama pegada a la pared. En ella, un hombre huesudo, inmóvil, mirada perdida. A un lado, una estructura casera de tubos y correas. Sergio entendió por qué “no se mueve la cama”. — Aquí, —explicó—. Para que no retumbe tanto. Ponga la goma en el taburete, si golpea. — Golpea cuando coloco el cubo —dijo ella—. Hago lo que puedo, pero las manos… Se miró las palmas llenas de grietas. Sergio ayudó en silencio, con cuidado de no estropear el apaño. Notó su propia espalda tensa. — Gracias —esta vez sonó diferente. Iba a marcharse cuando sonó el teléfono. Valentina contestó y el rostro se le endureció. — Ahora no puedo, —dijo—. Tengo que estar aquí… sí. No. Colgó, miró a Sergio. — Servicios sociales. Una cuidadora, sólo dos horas semanales. Y hay lista de espera. Yo necesito ayuda diaria. Sergio no supo qué decir. Sabía ahora que el “turno” de la escalera era sólo un parche. Por la tarde, alguien en el chat preguntó: “¿Por qué tenemos que ayudar? Es familia suya. Que lo gestione”. Hubo respuestas, unas comprensivas, otras no. Sergio leyó y calló. Sentía agotamiento, no por Valentina, sino por cómo cualquier paso humano se convertía en discusión sobre justicia. A los días, apareció hoja nueva en el tablón: no “medidas”, sino un horario: días, horas, nombres. Abajo, teléfono de Valentina y la nota: “Si de noche hay emergencia, aviso en el chat. Quien pueda ayudar, que escriba”. Colgada recta. Verla le incomodó igual que la otra hoja, pero era una incomodidad distinta. Como si el portal admitiera: tras la puerta hay dolor, el dolor también se agenda. En otra noche de golpes, Sergio subió. Oyó a Valentina maldiciendo bajito, no a la gente, sino a un cuerpo que no respondía. Llamó. Ella abrió sin cadena. — Ayúdame —dijo escueta. Entraron. El hombre yacía en el suelo, jadeante. Juntos le Alzaron a la cama, despacio. Sergio temblaba de esfuerzo. Valentina no lloró ni agradeció. Sólo acomodó la almohada. Al salir, oyó una puerta que se abría abajo. Alguien miró, callado, y cerró. Nadie salió ni llamó. El portal contenía el aliento. Por la mañana se cruzó con el vecino de la firma, Víctor, que desvió la mirada. — Oye —dijo Víctor—, yo firmé aquello porque era insoportable. No lo sabía. Si lo llego a saber… — Lo entiendo —dijo Sergio—. Ahora da igual saber o no. Lo que cuenta es a partir de aquí. Víctor asintió, terco. El compromiso funcionaba. No perfecto, pero sí. A veces, de madrugada, el chat mostraba: “Ambulancia” o “Caída”. Los insultos nocturnos casi desaparecieron. Algunos ayudaban, otros no volvieron tras la primera vez. Nina organizaba la tabla, con huecos a menudo. Sergio notó que se hablaban menos por simple cortesía. Los saludos tenían cuidado, como si cualquier palabra activase de nuevo la guerra. Ni las quejas sobre las bombillas sonaban igual. Todos pensaban: “Con tal de que no vuelva a empezar”. Una tarde, Sergio volvió a casa y en el ascensor coincidió con Valentina. Llevaba bolsa de medicinas y un termo pequeño, con la cara ceniza de cansancio. — ¿Cómo está? —preguntó él. — Vivo, —dijo ella—. Hoy tranquilo. Subieron juntos. En el cuarto, Sergio dudó en la puerta. — Si necesita algo… toqueme. Ella asintió, y añadió: — El otro día… en la reunión… no quería… No supo explicarse, hizo un gesto. — Le entiendo, —dijo Sergio. Se cerró la puerta y Sergio, solo en el rellano, entró en casa, dejó chaqueta y zapatos. Silencio. El hijo con los cascos, su madre preguntando por teléfono cuándo irá. Sergio miró su móvil, la puerta, más allá las escaleras. Pensó en las hojas que pueden cambiar la vida: una con firmas contra, otra con nombres a favor de ayudar una hora. Que entre ellas hay menos distancia que la que hay entre vecinos separados por una pared. En el chat, alguien escribió: “Gracias a los que ayudaron hoy. Y, por favor, no discutamos temas personales. Dudas, por privado”. Al poco, ya sólo se hablaba del ascensor y la basura. Sergio apagó el móvil y fue a poner la tetera. Sabía que podía volver a despertarse en medio de la noche por un golpe. Y que ya nunca pensaría sólo en su propio sueño. No le hacía mejor persona, pero sí le convertía en uno más.

Firmas en el rellano

Juan se detuvo junto a los buzones porque en el tablón de anuncios, donde normalmente colgaban papeles sobre revisiones del gas o gatos perdidos, había aparecido una hoja nueva. La sujetaron con chinchetas torcidas, como si hubieran tenido prisa. Arriba, en grande: Recogida de firmas. Tomar medidas. Abajo el apellido de una vecina del quinto y una breve lista de quejas: ruidos nocturnos, golpes, gritos, incumplimiento de la ley del silencio, peligro para la convivencia. Al final ya había firmas, algunas cuidadas, otras de trazo amplio.

Lo leyó dos veces, aunque estaba claro desde la primera. Instintivamente buscó el bolígrafo en el bolsillo de su chaqueta, pero Juan se contuvo. No porque estuviera en desacuerdo, simplemente no soportaba que le empujaran a actuar. Llevaba doce años viviendo en ese edificio y había aprendido a mantenerse al margen de las guerras de vecinos, como quien esquiva las corrientes de aire. Bastante tenía con lo suyo: trabajo en un taller, turnos partidos, su madre convaleciente tras un ictus en otra zona de Madrid, y un hijo adolescente que unas veces no le hablaba en semanas y otras, explotaba por cualquier cosa.

En el rellano reinaba el silencio: solo algún ruido lejano del ascensor cuando se cerraba en lo alto. Juan subió a su cuarto, sacó las llaves y, antes de entrar, miró hacia la escalera que llevaba más arriba. Allí vivía Matilde Moreno. Tendría un poco más de cincuenta, parecía fuerte, delgada y siempre llevaba el pelo corto y la mirada dura. Raramente saludaba por iniciativa propia; cuando lo hacía, era casi como si le molestara hablar. Juan solía verla con bolsas de Mercadona o con el cubo fregando el tramo del rellano cercano a su puerta. Algunas noches, efectivamente, de su piso salían ruidos: golpes, gritos cortos, o parecía que arrastraban algo pesado por el suelo.

Juan leía el grupo de WhatsApp de la comunidad solo cuando era imprescindible. Normalmente discutían sobre la basura o los aparcamientos. Pero en las últimas semanas, el chat tenía una única protagonista.

Anoche otra vez golpes a las dos. Mi niña se puso a llorar.

Yo curro de seis, al final voy como un muerto. ¿Nadie va a hacer nada?

Eso no era solo ruido, estaba moviendo muebles, lo oí clarísimo.

Que venga la policía municipal. Hay normativa de ruidos.

Juan solo leía, sin contestar. No era ningún santo: cuando le despertaban los ruidos a las tres de la madrugada, también sentía el enfado treparle por dentro. En esos momentos solo quería que algún otro se encargara, y por la mañana leer en el chat: Asunto resuelto.

Esa noche, por fin, escribió escuetamente: ¿Quién recoge las firmas? ¿Dónde está la hoja?

Le contestó la presidenta de la comunidad, Carmen Mínguez del tercero. En el tablón junto a los buzones. Mañana a las siete de la tarde, reunión en mi casa. Hay que decidir ya, antes de que esto se desmadre.

Juan dejó el móvil a un lado. Sintió ese malestar idéntico a las asambleas del colegio de su hijo: cuando todo estaba ya decidido antes de preguntar tu opinión y solo te llamaban para que pusieras una equis.

Al día siguiente se cruzó con Matilde Moreno en la escalera. Subía con dos bolsas pesadas, respirando con dificultad pero manteniendo esa firmeza de quien no quiere deberle nada a nadie. Juan, sin preguntar, le quitó una.

No hace falta dijo ella, seca.

Te ayudo insistió él, caminando a su lado.

Se mantuvieron en silencio hasta la puerta. Ella tiró bruscamente de las asas.

Gracias lo dijo como quien anota un dato, no como gratitud real.

Juan estaba girándose para irse cuando oyó detrás de la puerta un sonido extraño, como un lamento ahogado, una respiración pesada. Matilde Moreno se quedó inmóvil, mano temblorosa contra la cerradura.

¿Todo va bien? preguntó Juan, sin entender tampoco por qué lo hacía.

Todo bien zanjó ella, y cerró deprisa.

Bajó a su piso, pero el ruido se le quedó pegado en la cabeza. No era ni golpe ni música, sino aquello, profundamente humano.

Un par de días después vio una nota pegada con celo en la puerta de Matilde. BASTA YA DE RUIDOS DE NOCHE. NO TENEMOS QUE SOPORTAR ESTO. Letras de rotulador negras, trazadas con fuerza.

Juan se quedó mirando el papel. El brillo del celo le recordó una herida fresca. De pronto recordó su infancia, cuando en la puerta de su casa también aparecieron notas así, cuando su padre bebía y gritaba. Entonces, Juan no odiaba a su padre tanto como odiaba a los vecinos que fingían no ver nada hasta que empezaban los comentarios por lo bajo.

Subió al quinto y prestó atención. Dentro, silencioso. No llamó. Quitó con cuidado la nota, la dobló y se la guardó en el bolsillo. Luego la tiró al contenedor de la calle, no al de la escalera, para que nadie la viera.

Mientras, el chat ardía.

Le da igual todo, hace ruidos a posta.

A esa habría que echarla a un chalé, que no moleste.

La policía necesita denuncia colectiva.

Juan observaba cuán rápido las palabras ruido y molestia se convertían en esa gente. Como si ya no se hablara de una noche, sino de una persona como problema.

El sábado llegó tarde del taller. El ascensor olía a ambientador y a tabaco. En su rellano oyó, desde arriba, un golpe sordo; luego otro, diferente a un martillazo: era como una caída. Siguió un grito de mujer, ahogado pero claro:

Aguanta ya voy

Subió al quinto. Bajo la puerta de Matilde Moreno brillaba la luz. Llamó.

¿Quién es? La voz tensa.

Juan, del cuarto ¿Necesita?

Abrió solo la cadena. Ella, en bata, con una mancha rojiza en la mejilla, como recién enjuagada.

Nada. Vete dijo.

Se escuchó un gemido ronco.

Juan no pudo evitarlo:

¿Necesitas ayuda?

Ella le miró como si le hubiera ofrecido limosna.

No hace falta. Puedo sola.

Pero ahí dentro hay alguien

Es mi hermano. No puede levantarse. Lo soltó rápido, como cortando de raíz un interrogante. Ya te puedes ir.

La puerta se cerró.

Juan se quedó plantado ahí, debatiéndose: por una parte, irse porque le habían pedido; por otra, quedarse porque ya había oído demasiado como para fingir no saber nada.

Bajó a su piso y no consiguió dormirse. La palabra postrado le daba vueltas en la cabeza. Imaginó a alguien cayéndose, siendo levantado, llamar a urgencias de noche, cargar con el orinal, con el agua, cambiar la cama y a los vecinos de abajo escuchando y enfadándose.

Fue a la reunión en casa de Carmen no por curiosidad, sino porque sentía que si no iba, luego se arrepentiría. A las siete ya había gente en la puerta: en zapatillas, con abrigos, gente que pasaba solo un minuto. Hablaban en susurros, pero el ambiente era tenso.

Carmen nos sentó a todos en su cocina. En la mesa, la hoja con firmas y fotocopias de la normativa de ruidos y teléfonos de la policía municipal.

No podemos seguir así empezó. Aquí hay niños, gente que madruga. Yo misma me tengo que tomar la tensión todas las mañanas porque no duermo nada. Nadie va en contra de la persona, pero hay unas normas.

Juan notó el manejo de la frase no estamos contra la persona y cómo eso alivió a algunos.

Yo anoche me desperté a las dos dijo una joven del sexto, con cara de agotada. El pequeño se había dormido por fin, y de repente parecía que se caía un armario. No le conseguí dormir hasta el amanecer.

Mi padre está convaleciente tras una operación añadió un hombre en chándal. Se asusta cada vez que oye esos porrazos. Cree que hay fuego.

¿Por qué no llamar directamente a la policía siempre? propuso alguien. Así queda constancia.

Juan oía y sabía que ninguno lo inventaba. Estaban agotados. Y eso les daba razón.

¿Quién ha hablado con ella directamente? preguntó Juan.

Yo dijo Carmen. Me contestó de malas maneras: “Si no os gusta, ya sabéis dónde está la puerta”. Y me cerró.

Siempre igual afirmó la del sexto. Como si le debiéramos algo.

Juan pensó en el hermano pero dudó. No sabía si podía contarlo. Tampoco decir nada era una elección.

A lo mejor le pasa algo intentó decir.

Aquí todos tenemos algo le cortó Carmen. Pero no por eso armamos escándalo.

En ese momento sonó el timbre. Carmen fue a abrir. Entró Matilde Moreno. Llevaba una chaqueta oscura, el pelo aplastado, una carpeta y el móvil en mano. Tensa, pero sin miedo.

Ya veo que esto va por mí dijo.

El silencio era el del ascensor atestado en la planta baja.

No va de ti, va de la situación corrigió Carmen. Molestas a los vecinos.

Molesto Matilde repitió como si asintiera consigo misma. Bien. Escuchad pues.

Dejó la carpeta, la abrió y sacó informes médicos, varios papeles y el móvil.

Es mi hermano. Discapacidad absoluta. Ictus fulminante. No anda, no se sienta. Por las noches tiene crisis. Se ahoga, a veces se cae de la cama si no llego a tiempo. Tengo que girarle cada dos horas por las llagas. Esos golpes no son muebles. Levanto a un hombre más pesado que yo.

Hablaba firme, un metal de cansancio vibraba en su voz. Juan vio los moratones en sus brazos.

Llamé a la ambulancia tres veces este mes. Mirad mostró las llamadas en pantalla. Esto es del hospital. El informe del médico. No tengo obligación de enseñaros nada, pero aquí estáis con firmas, como si yo hiciera fiestas.

Alguien tosió. La chica del sexto bajó la mirada.

No lo sabíamos musitó.

Porque nadie preguntó cortó Matilde. Preferisteis escribir notas, criticarme en el chat, recoger firmas. ¿Qué otras medidas queréis? ¿Que lo baje al portal para no molestaros?

Nadie ha dicho eso saltó Carmen. Pero hay ley. A las once se debe guardar silencio.

¡La ley! rió Matilde. Si queréis ley, llamo a la ambulancia y a la policía a la vez cada vez que lo levanto. ¿Firmaríais testimonio cada vez? ¿Seríais testigos?

¿Y qué alternativa tenemos? preguntó el hombre del chándal, exasperado. Mi padre está mal, ya os lo he dicho. No puedo cada noche así.

¿Y yo sí? Matilde le sostuvo la mirada. ¿Crees que me hace gracia? ¿Crees que yo duermo mucho mejor?

Silencio. Juan deseó que alguna palabra sencilla sirviera de alivio, pero no la encontró.

Matilde, tienes que entender que para la gente es duro. Si hubieras avisado

¿Avisar de qué? ¿De que mi hermano se puede morir cualquier noche? Cerró la carpeta. No sé pedir ayuda. Ni tengo a quién.

Juan comprendió de golpe que era cierto. Vivían cerca, pero nunca juntos. Solo puertas.

Vamos a calmarnos dijo al fin, con voz ronca. O nos rompemos hoy o buscamos algo decente para todos.

Le miraron. No le gustaba exponerse, pero ya era tarde.

Yo no he firmado añadió. Ni voy a hacerlo. No porque lo arregle, sino porque solo crea enemigos. Pero tampoco podemos fingir que aquí no pasa nada. De verdad hay gente enferma.

Carmen apretó los labios.

¿Qué propones tú? soltó.

Juan recordó el lamento nocturno en el rellano.

Propongo, primero, tener comunicación. Matilde, si por la noche prevés ruido, puedes mandar un mensaje corto: Urgencias o Crisis. Sin disculpas, solo para que todos sepamos qué pasa.

No estoy obligada contestó ella, y luego le sostuvo la mirada. Vale. Si puedo.

Segundo Juan se volvió al grupo, si alguien escucha golpes fuertes, antes de avisar a la policía, que pruebe a llamar a su timbre o al móvil. Sin reproches, solo preguntar si hace falta algo. Si no responde, entonces sí, lo que toque.

¿Y si vuelve a ser borde? preguntó la joven del sexto.

Al menos sabrás que has actuado con humanidad dijo Juan. Y eso importa. Para ti.

Carmen bufó, pero no protestó.

Y miró a Matilde, también podrías poner alfombras o protectores en las patas de los muebles, intentar separar la cama de la pared. Si quieres, yo puedo echarte una mano.

Matilde guardó silencio. Al final, en voz baja:

La cama no se puede mover. El elevador es casero, va atornillado al marco. Pero las alfombras sí. Y si alguien puede quedarse una horita algún mediodía para que vaya a la farmacia

No terminó. Se oyó un suspiro en la cocina.

Yo puedo el miércoles dijo de pronto la chica del sexto, volviéndose roja. Mi madre puede quedarse con la niña. Voy una hora.

Yo también masculló el del chándal. No de noche, pero sí de día, para levantarle si hace falta.

Juan notó que la tensión se alivió un poco, aunque no desapareció. Cambió de forma.

Carmen alzó la hoja de firmas.

¿Qué se hace con esto? preguntó.

Juan miró las líneas: nombres de gente conocida, incluso su vecino Dani, tan simpático en el ascensor.

Pienso dijo que esa hoja debe quitarse del tablón. Si alguien quiere presentar denuncia, que la escriba individualmente y con fechas. No con un tomar medidas genérico.

¿O sea, en contra del orden? remarcó Carmen.

No, por el orden respondió Juan. Pero el orden no es un palo.

Matilde alzó la mirada.

Que la quiten dijo. No quiero bajar y ver cada vez cómo me señalan.

Carmen la dobló despacio y la guardó en la carpeta. No supo Juan si por respeto o porque percibía que la mayoría no estaba ya tan segura.

Al salir, la gente se dispersó sin hablar. En la escalera, algún intento de broma que se apagó enseguida. Juan salió al portal y Matilde estuvo a su lado. Bajaron juntos.

Has metido las narices donde no debías dijo ella de repente.

Puede contestó Juan. No quería que esto acabase en policía y escándalos.

Igualmente sucederá suspiró. Cuando él empeore.

Juan pensó en preguntar por el nombre de su hermano, pero no se atrevió. Dijo en cambio:

Si una noche te ves apurada y necesitas levantarle, llama. Estoy al lado.

Ella asintió sin mirarle.

Al día siguiente, la hoja había desaparecido del tablón. En el chat, Carmen escribió: Acuerdo: en emergencias, Matilde avisa. No discutamos de noche. Los que puedan ayudar de día, avisadme para organizar turnos.

A Juan le sorprendió organizar turnos. Le parecía una palabra demasiado seria para ese bloque, pero en seguida aparecieron mensajes: un vecino podía en lunes, otro el viernes. Algunos, solo silencio.

La primera noche tras la reunión, volvieron los golpes. Juan se despertó de golpe, miró el reloj: 2:17. Al rato, mensaje breve de Matilde: Crisis. Viene ambulancia. Sin emojis, sin pedir perdón.

Juan escuchó pasos corriendo por las escaleras, puertas que se cerraban. Imaginó a Matilde aguantando a su hermano, evitando que se atragantara. El enfado seguía, pero se mezclaba con otra cosa más pesada, callada.

Por la mañana, en el ascensor, se cruzó con Carmen. Estaba demacrada.

Otra vez ruidos le dijo.

Fue la ambulancia explicó Juan.

Ya calló. No sabía que lo de ella era así. Pero aun así No pego ojo. Y el corazón

Juan asintió. No podía curar su corazón.

¿Has probado con tapones? sugirió, avergonzado por lo pobre de la idea.

Tapones sonrió Carmen sin enfado. Hasta dónde hemos llegado.

A la semana, Juan subió a casa de Matilde de día, como prometió. Llevaba protectores de goma para las patas de los muebles y una alfombra gruesa, comprados en los chinos. Matilde abrió al instante, como si le esperara.

El piso olía a medicamentos y a agrio, igual que un hospital. En la habitación, una cama junto a la pared, un hombre extendido, flaco, rostro sin expresión, ojos abiertos pero ausentes. Al lado, un artefacto hecho con cinchas y un tubo metálico atornillado al somier. Juan comprendió lo de que la cama no se puede mover.

Toma, para el ruido le ofreció la alfombra. Y las gomas para la banqueta, si golpea al suelo.

La banqueta suena cuando dejo el cubo dijo Matilde. Hago lo que puedo, pero las manos

No terminó la frase. Sus dedos estaban agrietados, como los de quien limpia sin descanso.

Juan le ayudó a colocar la alfombra, despacio, con cuidado para no aflojar el artilugio. El peso en la espalda se le hizo duro. Matilde vigiló cada movimiento.

Gracias dijo cuando terminaron. Esta vez, sonó diferente.

Juan asintió, dispuesto a marcharse, pero el teléfono sonó. Matilde contestó, tras oír, el rostro se le ensombreció.

Ahora no puedo, no dijo seca. Tengo que Sí. No.

Colgó y miró a Juan.

Servicios sociales. Una auxiliar solo dos horas por semana y hay lista de espera. Y yo los necesito a diario.

No supo él qué responder. Sabía que el turno vecinal no era un sistema, sino un remiendo.

Por la tarde, alguien escribió en el chat: ¿Y por qué tenemos que ayudar? No es nuestra familia. Que pida ayuda como todos. Hubo muchas respuestas, no todas sibilinas. Unos explicaban las listas de espera; otros se indignaban, otros solo ponían puntos suspensivos.

Juan leyó, pero ya no participó. Le vencía el cansancio, no por Matilde, sino porque cualquier gesto hacia una persona acababa convertido en debate sobre justicia.

Días después, en el portal, apareció otra hoja. Ya no tomar medidas, sino una tabla: días, horas, nombres. Al final el móvil de Matilde y una nota: Si de noche ocurre algo urgente, aviso por el chat. Si alguien puede ayudar a levantar o recibir a urgencias, que diga algo. Esta hoja colgaba perfectamente recta.

A Juan esa hoja le resultaba casi tan molesta como la anterior. Pero la incomodidad era otra: era el edificio reconociendo que tras una puerta la desgracia podía ser un asunto de horarios.

Una noche, los golpes volvieron: fuertes. Juan oyó a Matilde murmurando juramentos entre dientes, a nadie en particular, más bien al cuerpo rebelde. Llamó a la puerta. Esta vez ella abrió sin cadena.

Ayúdame dijo en seco.

Juan entró, se descalzó y dejó los zapatos a un lado. El hermano estaba en el suelo, respirando con dificultad. Juan y Matilde le subieron a la cama, despacio, contando mentalmente. Sus brazos temblaban del esfuerzo. Matilde solo acomodó la almohada y comprobó su respiración.

Al salir al rellano, un vecino del piso de abajo abrió la puerta para mirar, en silencio, y la cerró pronto. Nadie más salió, ni gritó. El bloque había contenido el aliento.

Por la mañana, Juan se encontró con Víctor, el vecino que había firmado. Éste bajó la mirada.

Mira, lo de las firmas Yo no sabía nada. Firmé por puro hartazgo. Pero si llego a saber yo no

Ya, respondió Juan. Pero ya da igual si lo sabías o no. Lo importante es qué hacemos ahora.

Víctor asintió, pero se le quedó esa rigidez de quien no admite errores ni a sí mismo.

El compromiso funcionaba. No era perfecto, pero funcionaba. De madrugada, a veces, aparecía Ambulancia o Cae en el chat. Se escribían menos mensajes agresivos a las dos de la mañana, más por la mañana, cuando se enfriaban las emociones. Algunos visitaban, otros desaparecían tras un intento. Carmen controlaba la tabla, pero a veces se quedaban huecos.

Juan notaba que las charlas en el portal eran menos espontáneas. Se saludaban con cautela, como si cada palabra pudiera abrir el conflicto. Ninguna nota amenazante, pero también nada de la facilidad de antes. Incluso discutiendo una bombilla, en el tono flotaba: Con tal de que no vuelva lo de siempre.

Una tarde, al volver a casa, vio a Matilde junto al ascensor. Llevaba medicinas y un termo pequeño, la cara gris de cansancio.

¿Cómo va todo? preguntó Juan.

Vivo susurró ella. Hoy, de momento, tranquilo.

Subieron juntos. En el cuarto, Juan se paró en su puerta.

Si pasa algo, ya sabes.

Ella asintió y, justo antes de que se cerrara el ascensor, añadió:

El otro día en la reunión no quise

No encontró las palabras y lo dejó en el aire.

Ya lo sé dijo Juan.

Se fue a su piso, se quitó el abrigo, puso los zapatos en el felpudo. Todo en silencio. Su hijo con los cascos puestos, la madre en el móvil preguntando cuándo iría a verla.

Miró el móvil, la puerta tras la que estaba la escalera. Pensó en esas hojas que pueden cambiar al vecindario: unas de firmas contra, otras con nombres de quien está dispuesto a pasar una hora. Y entre una y otra, la distancia era menor que entre vecinos pared con pared.

Aquella tarde, alguien escribió en el chat: Gracias a los que hoy habéis ayudado. Por favor, los temas personales, mejor en privado. Preguntas, por mensaje directo. El mensaje se hundió pronto entre avisos de basura o ascensor.

Juan apagó el móvil y fue a poner agua para el té. Sabía que aquella noche podría despertarse de nuevo por un golpe. Y que, al hacerlo, ya no solo pensaría en su descanso. No le hacía mejor persona. Solo le convertía en participante.

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MagistrUm
Firmas en el rellano Sergio se detuvo junto a los buzones, porque en el tablón donde normalmente colgaban avisos de revisión de contadores y anuncios de gatos perdidos, ahora había una hoja nueva. Alguien la había fijado con chinchetas, torcida, con prisas. Arriba, en grande: “Recogida de firmas. Tomar medidas”. Debajo, el apellido de una vecina del quinto y una lista breve de quejas: ruidos nocturnos, golpes, gritos, “incumplimiento de la ley de silencio”, “riesgo para la seguridad”. Abajo ya se extendían firmas, unas pulcras y otras precipitadas. Lo leyó dos veces, aunque el sentido estaba claro desde el principio. Los dedos buscaron el bolígrafo en el bolsillo de la chaqueta, pero Sergio se detuvo. No por estar en contra. Simplemente no le gustaba que le empujasen a hacer nada. Llevaba doce años en ese edificio y había aprendido a mantenerse al margen de las guerras de escalera, igual que de las corrientes de aire. Bastante tenía con sus propios problemas: trabajo en el taller, turnos, su madre tras un ictus en otro barrio, su hijo adolescente que tan pronto no abre la boca en semanas como explota por una tontería. En el rellano reinaba el silencio, sólo arriba el ascensor golpeó la puerta con un eco sordo. Sergio subió al cuarto, sacó las llaves, pero antes de entrar miró hacia arriba, hacia la escalera que llevaba al quinto. Allí vivía doña Valentina. Apenas pasados los cincuenta, de aspecto fuerte y seco, siempre con el pelo corto y una mirada pesada. No saludaba nunca la primera y respondía de mala gana, como si la estuviesen molestando. Sergio la veía casi siempre con bolsas del Día o el Mercadona, o con el cubo cuando fregaba el rellano frente a su puerta. Algunas noches, sí, de su piso salían sonidos: un estruendo, un grito corto, o algo arrastrando por el suelo. Al grupo de WhatsApp de la comunidad sólo entraba por obligación. La mayoría de las veces discutían sobre el aparcamiento y el conducto de la basura, pero en las últimas semanas el grupo tenía un único tema. “Otra vez golpes a las dos de la mañana. Mi niña se ha asustado.” “Yo entro a trabajar a las seis, luego estoy como un zombi. ¿Hasta cuándo?” “Eso no son golpes, está cambiando los muebles, yo la escuché.” “Hay que llamar a la policía. La ley está para algo”. Sergio leía sin responder. Él tampoco era un santo. Cuando a las tres de la mañana retumbaba un golpe, él también se despertaba y sentía cómo la irritación le comía el pecho. En esos momentos, deseaba que alguien fuese y arreglase el asunto, para enterarse al despertar: “Todo resuelto”. Por la noche escribió en el grupo, escueto: “¿Quién recoge firmas? ¿Dónde está la hoja?” Contestó la presidenta, doña Nina, del tercero. “En el tablón del primero. Mañana a las siete en mi piso reunión. Hay que decidir antes de que sea tarde”. Sergio dejó el móvil. Notó nacerle dentro esa incomodidad conocida de las reuniones del colegio: cuando todo está decidido y sólo te llaman para marcar la casilla. Al día siguiente se encontró con Valentina en la escalera. Subía con dos bolsas repletas, resoplando, pero terca, sin pedir ayuda. Sergio le cogió una bolsa sin preguntar. — No hace falta —dijo seca. — Te la subo —respondió él, acompañándola. No dijo palabra hasta su puerta, luego le arrebató la bolsa. — Gracias —lo soltó como quien pone una tilde. Sergio ya se iba cuando, tras la puerta de la vecina, le llegó un sonido raro, como de alguien respirando con dificultad y gimiendo. Valentina se quedó quieta, la llave tembló en la cerradura. — ¿Todo bien? —preguntó Sergio, sin saber por qué. — Todo bien —zanjó ella, cerrando rápido. Bajó a su piso, pero el ruido siguió en su cabeza. No era un golpe, ni música, era ese resuello humano. Días después, apareció una nota pegada con celo en la puerta de Valentina: “BASTA YA DE RUIDOS POR LA NOCHE. NO TENEMOS PORQUÉ AGUANTAR”. Con rotulador gordo y rabioso. Sergio se quedó mirando la nota. El brillo del celo parecía una herida fresca. Se acordó: de niño también le escribieron en la puerta, cuando su padre bebía y gritaba. Entonces odiaba más a los vecinos cuchicheando que incluso a su padre. Subió al quinto y escuchó tras la puerta. Silencio. No llamó. Quitó la nota con cuidado, la dobló y la tiró en el contenedor de la calle, no dentro del portal, para que nadie la viese. Mientras tanto el grupo ardía: “Lo hace a propósito, le da igual la gente”. “Gente así, fuera. Que viva en un chalet.” “El policía ha dicho que hace falta denuncia conjunta”. Sergio notó cómo “ruidos” y “molestias” se convertían rápido en “gente así”. Ya no era una noche concreta, sino una persona como problema. El sábado, Sergio llegó tarde del trabajo. El ascensor olía a ambientador y tabaco. Al salir en el cuarto, de arriba llegaron dos golpes sordos. No eran de reparación, eran caídas. Se oyó una voz de mujer: “Aguanta… ahora…” Sergio subió. A la puerta del quinto salía luz del escaparate y bajo la puerta. Llamó. — ¿Quién es? — Sergio, el del cuarto. ¿Le pasa algo…? Entornada la puerta con cadena. Valentina, en bata, una mancha roja en la mejilla, como de haberse frotado con agua. — Nada. Váyase. Detrás, un gemido ronco. — ¿Necesita ayuda? Ella le miró como si pidiese limosna. — No. Lo tengo controlado. — ¿Hay alguien…? — Mi hermano. Postrado. — Lo dijo rápido, tajante. — Váyase. Puerta cerrada. Sergio dudó en el rellano. Parte de él quería irse porque se lo pedían. Parte, quedarse, porque ya había oído demasiado como para fingir ignorancia. Bajó, pero no pudo dormir. La palabra “postrado” daba vueltas en su cabeza. Imaginó a alguien cayendo, levantándolo, llamando al médico de noche, moviendo una cama, y a los de abajo oyendo golpes y llenándose de rabia. Fue a la reunión más por no sentirse culpable que por curiosidad. A las siete, varios ya esperaban ante el piso de Nina. Unos en zapatillas, otros con abrigo. Conversaciones tensas en voz baja. En la pequeña cocina, la presidenta mostró la hoja de firmas, copias sobre la “ley de silencio” y números de la policía. — No podemos aguantar más —empezó. — Tenemos hijos, trabajo. Yo misma me tomo la tensión a diario porque no duermo. No estamos en contra de la persona, pero hay normas. Sergio advirtió la destreza para decir “no contra la persona”, y el alivio en muchas caras. — Esta noche a las dos, otra vez ruidos —dijo una joven del sexto, cara de agotada—. Mi niño tardó horas en dormirse. — Mi padre recién operado —intervino un hombre en chándal—. Se asusta y piensa que hay un incendio. — Llamemos siempre a la policía —apuntó otro—. Que quede constancia. Sergio escuchaba. No exageraban, estaban de verdad agotados, y eso les daba razón. — ¿Alguien ha hablado con ella? —preguntó. — Hablé yo —dijo Nina—. Soberbia. Dijo: “Si no te gusta, múdate”. Y me cerró la puerta. — Siempre igual —añadió la del sexto—. Como si le debiésemos algo. Sergio pensó en lo del hermano, pero no estaba seguro de tener derecho a decirlo. — Quizá tenga… —empezó. — Todos tenemos problemas —interrumpió Nina—. Pero no hacemos ruido. Sonó el timbre. Entró Valentina, con ropa oscura, carpeta y móvil. Rostro tenso, pero sin miedo. — Entiendo que me están juzgando —dijo. Silencio denso. — Estamos hablando de la situación. Molesta usted a los vecinos. — ¿Molesto? —repitió Valentina, asintiendo para sí—. Está bien. Escuchen. Dejó carpeta, algunos informes médicos, móvil a la vista. — Mi hermano. Discapacitado total tras un ictus. No anda ni se mueve. De noche, crisis, se ahoga, cae de la cama si no estoy atenta. Lo levanto cada dos horas para evitar llagas. Esto no es mover muebles, es levantar a un hombre que pesa más que yo. Hablaba firme pero la voz le temblaba de puro cansancio. Sergio vio sus manos marcadas con hematomas. — He llamado a la ambulancia tres veces este mes. — Mostró el registro en el móvil, informes y prescripciones—. No tendría por qué enseñarlo, pero ustedes prefieren firmar como si esto fuera una discoteca. Alguien carraspeó. La joven del sexto bajó los ojos. — No lo sabíamos —musitó. — Porque a nadie le ha interesado preguntar —zanjó Valentina—. Prefirieron escribir en la puerta, hablar de mí en el chat y exigir “medidas”. ¿Cuáles? ¿Que lo saque al rellano para que estén tranquilos? — Nadie ha dicho eso —saltó Nina—. Pero hay una ley. Silencio a partir de las once. — ¿La ley? —rió Valentina—. Muy bien, llamaré a la ambulancia y a la policía a la vez, para que comprueben que levanto a una persona. ¿Me firmarán cada vez que escuchen golpes? ¿Serán testigos? — ¿Tenemos que aguantar entonces? —el hombre en chándal tenía la voz tensa—. Yo tampoco puedo con esto, tengo a mi padre enfermo. — ¿Y yo? —Valentina le miró de frente—. ¿Cree que me gusta? ¿Que no querría dormir? Silencio. Sergio quiso decir algo sencillo y calmante, pero fácil no había. Nina suspiró, ya sin tanta dureza: — Entienda que también es duro para los demás. Si hubiera avisado… — ¿Avisado para decir qué? ¿Que mi hermano puede morirse de noche? — Cerró la carpeta—. No sé pedir ayuda. Y tampoco sé a quién. Sergio sintió que eso era verdad. Vivían muy cerca, pero no eran “cercanos”. Eran puertas. — Hablemos sin bronca —dijo, ronco—. O nos peleamos, o intentamos hacerlo soportable para todos. Le miraron. Sergio odiaba el protagonismo, pero era tarde para esconderse. — No he firmado —continuó—. Y no pienso hacerlo. Porque eso no soluciona nada, sólo crea frentes. Pero tampoco podemos ignorar el ruido. Hay gente que de verdad sufre. Nina apretó los labios. — Entonces, ¿qué propones? Sergio recordó el llanto nocturno en el rellano. — Lo primero, el contacto. Valentina, si ocurre algo grave de madrugada y prevés ruido, puedes avisar en el chat: “Ambulancia” o “Crisis”. Sin dar explicaciones, para que sepamos que no es bricolaje. — No tengo por qué… —contestó ella, pero luego a Sergio:— De acuerdo. Si puedo. — Y si hay golpes muy fuertes, antes de llamar a la policía, que un vecino llame o toque la puerta. No para protestar, sino preguntar si necesita ayuda. Si no responde, pues ya se verá. — ¿Y si es borde otra vez? —preguntó la del sexto. — Al menos sabes que has hecho lo correcto —dijo Sergio—. Es importante. No para ella, para ti. Nina bufó, pero no discutió. — Y otra cosa —Sergio miró a Valentina—: lo de alfombrillas, o gomas en las patas de los muebles, separar la cama de la pared… Yo puedo ayudar, si quiere. Ella calló. Luego, más suave: — La cama no se mueve. Tengo un elevador casero, atornillado. Pero lo de las gomas… puede ser. Y, bueno… —dudó— si alguien puede venir a vigilarlo una hora algún día, para poder ir a la farmacia, sería… útil. No terminó la frase. Alguien se movió en la cocina. — Yo puedo el miércoles —dijo la joven, ruborizándose—. Mi madre puede cuidar al niño. Vengo una hora. — Yo también —apuntó el del chándal—. Pero de día, no de noche. Sergio sintió que la tensión cedía, pero no desaparecía. Simplemente cambiaba de forma. Nina recogió la hoja de firmas. — ¿Y esto? ¿Qué hacemos? Sergio miró los nombres conocidos, también el de su vecino del cuarto. — Yo digo que lo quitemos del tablón. Si alguien de veras quiere reclamar, que lo haga por su cuenta, con fechas. No así, con “tomar medidas”. — ¿Entonces estás contra el orden? —Nina apretó las palabras. — Yo quiero orden —contestó Sergio—. Pero el orden no puede ser un garrote. Valentina alzó la vista. — Quitadlo —dijo—. No quiero bajar cada día y ver cómo me linchan por turnos. Nina guardó la lista. Sergio no supo si por respeto o porque notó que muchos ya dudaban. Los vecinos salieron en silencio. En la escalera, una broma murió de inmediato. Sergio salió al rellano, justo a tiempo para coincidir con Valentina. — No deberías haberte metido —le dijo ella. — Puede ser. Pero no quiero que esto acabe en policía y escándalos. — Terminará igual —contestó ella, exhausta—. Cuando empeore. Sergio pensó en preguntarle cómo se llamaba su hermano, pero no se atrevió. — Si alguna vez necesitas ayuda para levantarlo de noche… llama. Estoy cerca. Ella asintió, sin mirarle. Al día siguiente, la hoja había desaparecido del tablón. En el chat corría otro mensaje. Nina escribió: “Acordado: en emergencias, Valentina avisa. Por favor, no discutir de noche. Se organiza ayuda cuando se pueda, avisadme los disponibles”. Sergio sonrió ante la palabra “organizar”, inusual allí. Pero al poco, varios escribieron cuándo podían ir. Otros callaron. La primera noche, hubo golpes de nuevo. Sergio se despertó de un sobresalto. Miró el reloj, 2:17. En el chat, un breve mensaje de Valentina: “Crisis. Viene ambulancia.” Sin emojis, sin súplica. Sergio escuchó puertas, pasos corriendo. Imaginó cómo Valentina sujetaba a su hermano, luchando por evitarle una muerte en vida. No es que la rabia se disolviese, pero algo nuevo y denso se le sumó. Por la mañana, en el ascensor coincidió con Nina. Tenía mala cara. — Otra vez ruidos, ¿eh? —dijo. — Vino la ambulancia. — Ya, lo vi. No sabía que era tan grave. Pero igualmente… Sergio, yo no duermo. Mi corazón… Asintió. No podía hacerle sentir menos el dolor. — ¿Tapones? —sugirió, oyendo lo ingenuo que sonaba. — Tapones… —ella sonrió, sin enfado—. A esto hemos llegado. Una semana después subió a ayudar a Valentina como prometió, con gomas para muebles y una estera gruesa. La puerta se abrió como si ella le esperase. Olor a medicamentos y hospital. En la habitación, una cama pegada a la pared. En ella, un hombre huesudo, inmóvil, mirada perdida. A un lado, una estructura casera de tubos y correas. Sergio entendió por qué “no se mueve la cama”. — Aquí, —explicó—. Para que no retumbe tanto. Ponga la goma en el taburete, si golpea. — Golpea cuando coloco el cubo —dijo ella—. Hago lo que puedo, pero las manos… Se miró las palmas llenas de grietas. Sergio ayudó en silencio, con cuidado de no estropear el apaño. Notó su propia espalda tensa. — Gracias —esta vez sonó diferente. Iba a marcharse cuando sonó el teléfono. Valentina contestó y el rostro se le endureció. — Ahora no puedo, —dijo—. Tengo que estar aquí… sí. No. Colgó, miró a Sergio. — Servicios sociales. Una cuidadora, sólo dos horas semanales. Y hay lista de espera. Yo necesito ayuda diaria. Sergio no supo qué decir. Sabía ahora que el “turno” de la escalera era sólo un parche. Por la tarde, alguien en el chat preguntó: “¿Por qué tenemos que ayudar? Es familia suya. Que lo gestione”. Hubo respuestas, unas comprensivas, otras no. Sergio leyó y calló. Sentía agotamiento, no por Valentina, sino por cómo cualquier paso humano se convertía en discusión sobre justicia. A los días, apareció hoja nueva en el tablón: no “medidas”, sino un horario: días, horas, nombres. Abajo, teléfono de Valentina y la nota: “Si de noche hay emergencia, aviso en el chat. Quien pueda ayudar, que escriba”. Colgada recta. Verla le incomodó igual que la otra hoja, pero era una incomodidad distinta. Como si el portal admitiera: tras la puerta hay dolor, el dolor también se agenda. En otra noche de golpes, Sergio subió. Oyó a Valentina maldiciendo bajito, no a la gente, sino a un cuerpo que no respondía. Llamó. Ella abrió sin cadena. — Ayúdame —dijo escueta. Entraron. El hombre yacía en el suelo, jadeante. Juntos le Alzaron a la cama, despacio. Sergio temblaba de esfuerzo. Valentina no lloró ni agradeció. Sólo acomodó la almohada. Al salir, oyó una puerta que se abría abajo. Alguien miró, callado, y cerró. Nadie salió ni llamó. El portal contenía el aliento. Por la mañana se cruzó con el vecino de la firma, Víctor, que desvió la mirada. — Oye —dijo Víctor—, yo firmé aquello porque era insoportable. No lo sabía. Si lo llego a saber… — Lo entiendo —dijo Sergio—. Ahora da igual saber o no. Lo que cuenta es a partir de aquí. Víctor asintió, terco. El compromiso funcionaba. No perfecto, pero sí. A veces, de madrugada, el chat mostraba: “Ambulancia” o “Caída”. Los insultos nocturnos casi desaparecieron. Algunos ayudaban, otros no volvieron tras la primera vez. Nina organizaba la tabla, con huecos a menudo. Sergio notó que se hablaban menos por simple cortesía. Los saludos tenían cuidado, como si cualquier palabra activase de nuevo la guerra. Ni las quejas sobre las bombillas sonaban igual. Todos pensaban: “Con tal de que no vuelva a empezar”. Una tarde, Sergio volvió a casa y en el ascensor coincidió con Valentina. Llevaba bolsa de medicinas y un termo pequeño, con la cara ceniza de cansancio. — ¿Cómo está? —preguntó él. — Vivo, —dijo ella—. Hoy tranquilo. Subieron juntos. En el cuarto, Sergio dudó en la puerta. — Si necesita algo… toqueme. Ella asintió, y añadió: — El otro día… en la reunión… no quería… No supo explicarse, hizo un gesto. — Le entiendo, —dijo Sergio. Se cerró la puerta y Sergio, solo en el rellano, entró en casa, dejó chaqueta y zapatos. Silencio. El hijo con los cascos, su madre preguntando por teléfono cuándo irá. Sergio miró su móvil, la puerta, más allá las escaleras. Pensó en las hojas que pueden cambiar la vida: una con firmas contra, otra con nombres a favor de ayudar una hora. Que entre ellas hay menos distancia que la que hay entre vecinos separados por una pared. En el chat, alguien escribió: “Gracias a los que ayudaron hoy. Y, por favor, no discutamos temas personales. Dudas, por privado”. Al poco, ya sólo se hablaba del ascensor y la basura. Sergio apagó el móvil y fue a poner la tetera. Sabía que podía volver a despertarse en medio de la noche por un golpe. Y que ya nunca pensaría sólo en su propio sueño. No le hacía mejor persona, pero sí le convertía en uno más.