Firmas en el rellano
Juan se detuvo junto a los buzones porque en el tablón de anuncios, donde normalmente colgaban papeles sobre revisiones del gas o gatos perdidos, había aparecido una hoja nueva. La sujetaron con chinchetas torcidas, como si hubieran tenido prisa. Arriba, en grande: Recogida de firmas. Tomar medidas. Abajo el apellido de una vecina del quinto y una breve lista de quejas: ruidos nocturnos, golpes, gritos, incumplimiento de la ley del silencio, peligro para la convivencia. Al final ya había firmas, algunas cuidadas, otras de trazo amplio.
Lo leyó dos veces, aunque estaba claro desde la primera. Instintivamente buscó el bolígrafo en el bolsillo de su chaqueta, pero Juan se contuvo. No porque estuviera en desacuerdo, simplemente no soportaba que le empujaran a actuar. Llevaba doce años viviendo en ese edificio y había aprendido a mantenerse al margen de las guerras de vecinos, como quien esquiva las corrientes de aire. Bastante tenía con lo suyo: trabajo en un taller, turnos partidos, su madre convaleciente tras un ictus en otra zona de Madrid, y un hijo adolescente que unas veces no le hablaba en semanas y otras, explotaba por cualquier cosa.
En el rellano reinaba el silencio: solo algún ruido lejano del ascensor cuando se cerraba en lo alto. Juan subió a su cuarto, sacó las llaves y, antes de entrar, miró hacia la escalera que llevaba más arriba. Allí vivía Matilde Moreno. Tendría un poco más de cincuenta, parecía fuerte, delgada y siempre llevaba el pelo corto y la mirada dura. Raramente saludaba por iniciativa propia; cuando lo hacía, era casi como si le molestara hablar. Juan solía verla con bolsas de Mercadona o con el cubo fregando el tramo del rellano cercano a su puerta. Algunas noches, efectivamente, de su piso salían ruidos: golpes, gritos cortos, o parecía que arrastraban algo pesado por el suelo.
Juan leía el grupo de WhatsApp de la comunidad solo cuando era imprescindible. Normalmente discutían sobre la basura o los aparcamientos. Pero en las últimas semanas, el chat tenía una única protagonista.
Anoche otra vez golpes a las dos. Mi niña se puso a llorar.
Yo curro de seis, al final voy como un muerto. ¿Nadie va a hacer nada?
Eso no era solo ruido, estaba moviendo muebles, lo oí clarísimo.
Que venga la policía municipal. Hay normativa de ruidos.
Juan solo leía, sin contestar. No era ningún santo: cuando le despertaban los ruidos a las tres de la madrugada, también sentía el enfado treparle por dentro. En esos momentos solo quería que algún otro se encargara, y por la mañana leer en el chat: Asunto resuelto.
Esa noche, por fin, escribió escuetamente: ¿Quién recoge las firmas? ¿Dónde está la hoja?
Le contestó la presidenta de la comunidad, Carmen Mínguez del tercero. En el tablón junto a los buzones. Mañana a las siete de la tarde, reunión en mi casa. Hay que decidir ya, antes de que esto se desmadre.
Juan dejó el móvil a un lado. Sintió ese malestar idéntico a las asambleas del colegio de su hijo: cuando todo estaba ya decidido antes de preguntar tu opinión y solo te llamaban para que pusieras una equis.
Al día siguiente se cruzó con Matilde Moreno en la escalera. Subía con dos bolsas pesadas, respirando con dificultad pero manteniendo esa firmeza de quien no quiere deberle nada a nadie. Juan, sin preguntar, le quitó una.
No hace falta dijo ella, seca.
Te ayudo insistió él, caminando a su lado.
Se mantuvieron en silencio hasta la puerta. Ella tiró bruscamente de las asas.
Gracias lo dijo como quien anota un dato, no como gratitud real.
Juan estaba girándose para irse cuando oyó detrás de la puerta un sonido extraño, como un lamento ahogado, una respiración pesada. Matilde Moreno se quedó inmóvil, mano temblorosa contra la cerradura.
¿Todo va bien? preguntó Juan, sin entender tampoco por qué lo hacía.
Todo bien zanjó ella, y cerró deprisa.
Bajó a su piso, pero el ruido se le quedó pegado en la cabeza. No era ni golpe ni música, sino aquello, profundamente humano.
Un par de días después vio una nota pegada con celo en la puerta de Matilde. BASTA YA DE RUIDOS DE NOCHE. NO TENEMOS QUE SOPORTAR ESTO. Letras de rotulador negras, trazadas con fuerza.
Juan se quedó mirando el papel. El brillo del celo le recordó una herida fresca. De pronto recordó su infancia, cuando en la puerta de su casa también aparecieron notas así, cuando su padre bebía y gritaba. Entonces, Juan no odiaba a su padre tanto como odiaba a los vecinos que fingían no ver nada hasta que empezaban los comentarios por lo bajo.
Subió al quinto y prestó atención. Dentro, silencioso. No llamó. Quitó con cuidado la nota, la dobló y se la guardó en el bolsillo. Luego la tiró al contenedor de la calle, no al de la escalera, para que nadie la viera.
Mientras, el chat ardía.
Le da igual todo, hace ruidos a posta.
A esa habría que echarla a un chalé, que no moleste.
La policía necesita denuncia colectiva.
Juan observaba cuán rápido las palabras ruido y molestia se convertían en esa gente. Como si ya no se hablara de una noche, sino de una persona como problema.
El sábado llegó tarde del taller. El ascensor olía a ambientador y a tabaco. En su rellano oyó, desde arriba, un golpe sordo; luego otro, diferente a un martillazo: era como una caída. Siguió un grito de mujer, ahogado pero claro:
Aguanta ya voy
Subió al quinto. Bajo la puerta de Matilde Moreno brillaba la luz. Llamó.
¿Quién es? La voz tensa.
Juan, del cuarto ¿Necesita?
Abrió solo la cadena. Ella, en bata, con una mancha rojiza en la mejilla, como recién enjuagada.
Nada. Vete dijo.
Se escuchó un gemido ronco.
Juan no pudo evitarlo:
¿Necesitas ayuda?
Ella le miró como si le hubiera ofrecido limosna.
No hace falta. Puedo sola.
Pero ahí dentro hay alguien
Es mi hermano. No puede levantarse. Lo soltó rápido, como cortando de raíz un interrogante. Ya te puedes ir.
La puerta se cerró.
Juan se quedó plantado ahí, debatiéndose: por una parte, irse porque le habían pedido; por otra, quedarse porque ya había oído demasiado como para fingir no saber nada.
Bajó a su piso y no consiguió dormirse. La palabra postrado le daba vueltas en la cabeza. Imaginó a alguien cayéndose, siendo levantado, llamar a urgencias de noche, cargar con el orinal, con el agua, cambiar la cama y a los vecinos de abajo escuchando y enfadándose.
Fue a la reunión en casa de Carmen no por curiosidad, sino porque sentía que si no iba, luego se arrepentiría. A las siete ya había gente en la puerta: en zapatillas, con abrigos, gente que pasaba solo un minuto. Hablaban en susurros, pero el ambiente era tenso.
Carmen nos sentó a todos en su cocina. En la mesa, la hoja con firmas y fotocopias de la normativa de ruidos y teléfonos de la policía municipal.
No podemos seguir así empezó. Aquí hay niños, gente que madruga. Yo misma me tengo que tomar la tensión todas las mañanas porque no duermo nada. Nadie va en contra de la persona, pero hay unas normas.
Juan notó el manejo de la frase no estamos contra la persona y cómo eso alivió a algunos.
Yo anoche me desperté a las dos dijo una joven del sexto, con cara de agotada. El pequeño se había dormido por fin, y de repente parecía que se caía un armario. No le conseguí dormir hasta el amanecer.
Mi padre está convaleciente tras una operación añadió un hombre en chándal. Se asusta cada vez que oye esos porrazos. Cree que hay fuego.
¿Por qué no llamar directamente a la policía siempre? propuso alguien. Así queda constancia.
Juan oía y sabía que ninguno lo inventaba. Estaban agotados. Y eso les daba razón.
¿Quién ha hablado con ella directamente? preguntó Juan.
Yo dijo Carmen. Me contestó de malas maneras: “Si no os gusta, ya sabéis dónde está la puerta”. Y me cerró.
Siempre igual afirmó la del sexto. Como si le debiéramos algo.
Juan pensó en el hermano pero dudó. No sabía si podía contarlo. Tampoco decir nada era una elección.
A lo mejor le pasa algo intentó decir.
Aquí todos tenemos algo le cortó Carmen. Pero no por eso armamos escándalo.
En ese momento sonó el timbre. Carmen fue a abrir. Entró Matilde Moreno. Llevaba una chaqueta oscura, el pelo aplastado, una carpeta y el móvil en mano. Tensa, pero sin miedo.
Ya veo que esto va por mí dijo.
El silencio era el del ascensor atestado en la planta baja.
No va de ti, va de la situación corrigió Carmen. Molestas a los vecinos.
Molesto Matilde repitió como si asintiera consigo misma. Bien. Escuchad pues.
Dejó la carpeta, la abrió y sacó informes médicos, varios papeles y el móvil.
Es mi hermano. Discapacidad absoluta. Ictus fulminante. No anda, no se sienta. Por las noches tiene crisis. Se ahoga, a veces se cae de la cama si no llego a tiempo. Tengo que girarle cada dos horas por las llagas. Esos golpes no son muebles. Levanto a un hombre más pesado que yo.
Hablaba firme, un metal de cansancio vibraba en su voz. Juan vio los moratones en sus brazos.
Llamé a la ambulancia tres veces este mes. Mirad mostró las llamadas en pantalla. Esto es del hospital. El informe del médico. No tengo obligación de enseñaros nada, pero aquí estáis con firmas, como si yo hiciera fiestas.
Alguien tosió. La chica del sexto bajó la mirada.
No lo sabíamos musitó.
Porque nadie preguntó cortó Matilde. Preferisteis escribir notas, criticarme en el chat, recoger firmas. ¿Qué otras medidas queréis? ¿Que lo baje al portal para no molestaros?
Nadie ha dicho eso saltó Carmen. Pero hay ley. A las once se debe guardar silencio.
¡La ley! rió Matilde. Si queréis ley, llamo a la ambulancia y a la policía a la vez cada vez que lo levanto. ¿Firmaríais testimonio cada vez? ¿Seríais testigos?
¿Y qué alternativa tenemos? preguntó el hombre del chándal, exasperado. Mi padre está mal, ya os lo he dicho. No puedo cada noche así.
¿Y yo sí? Matilde le sostuvo la mirada. ¿Crees que me hace gracia? ¿Crees que yo duermo mucho mejor?
Silencio. Juan deseó que alguna palabra sencilla sirviera de alivio, pero no la encontró.
Matilde, tienes que entender que para la gente es duro. Si hubieras avisado
¿Avisar de qué? ¿De que mi hermano se puede morir cualquier noche? Cerró la carpeta. No sé pedir ayuda. Ni tengo a quién.
Juan comprendió de golpe que era cierto. Vivían cerca, pero nunca juntos. Solo puertas.
Vamos a calmarnos dijo al fin, con voz ronca. O nos rompemos hoy o buscamos algo decente para todos.
Le miraron. No le gustaba exponerse, pero ya era tarde.
Yo no he firmado añadió. Ni voy a hacerlo. No porque lo arregle, sino porque solo crea enemigos. Pero tampoco podemos fingir que aquí no pasa nada. De verdad hay gente enferma.
Carmen apretó los labios.
¿Qué propones tú? soltó.
Juan recordó el lamento nocturno en el rellano.
Propongo, primero, tener comunicación. Matilde, si por la noche prevés ruido, puedes mandar un mensaje corto: Urgencias o Crisis. Sin disculpas, solo para que todos sepamos qué pasa.
No estoy obligada contestó ella, y luego le sostuvo la mirada. Vale. Si puedo.
Segundo Juan se volvió al grupo, si alguien escucha golpes fuertes, antes de avisar a la policía, que pruebe a llamar a su timbre o al móvil. Sin reproches, solo preguntar si hace falta algo. Si no responde, entonces sí, lo que toque.
¿Y si vuelve a ser borde? preguntó la joven del sexto.
Al menos sabrás que has actuado con humanidad dijo Juan. Y eso importa. Para ti.
Carmen bufó, pero no protestó.
Y miró a Matilde, también podrías poner alfombras o protectores en las patas de los muebles, intentar separar la cama de la pared. Si quieres, yo puedo echarte una mano.
Matilde guardó silencio. Al final, en voz baja:
La cama no se puede mover. El elevador es casero, va atornillado al marco. Pero las alfombras sí. Y si alguien puede quedarse una horita algún mediodía para que vaya a la farmacia
No terminó. Se oyó un suspiro en la cocina.
Yo puedo el miércoles dijo de pronto la chica del sexto, volviéndose roja. Mi madre puede quedarse con la niña. Voy una hora.
Yo también masculló el del chándal. No de noche, pero sí de día, para levantarle si hace falta.
Juan notó que la tensión se alivió un poco, aunque no desapareció. Cambió de forma.
Carmen alzó la hoja de firmas.
¿Qué se hace con esto? preguntó.
Juan miró las líneas: nombres de gente conocida, incluso su vecino Dani, tan simpático en el ascensor.
Pienso dijo que esa hoja debe quitarse del tablón. Si alguien quiere presentar denuncia, que la escriba individualmente y con fechas. No con un tomar medidas genérico.
¿O sea, en contra del orden? remarcó Carmen.
No, por el orden respondió Juan. Pero el orden no es un palo.
Matilde alzó la mirada.
Que la quiten dijo. No quiero bajar y ver cada vez cómo me señalan.
Carmen la dobló despacio y la guardó en la carpeta. No supo Juan si por respeto o porque percibía que la mayoría no estaba ya tan segura.
Al salir, la gente se dispersó sin hablar. En la escalera, algún intento de broma que se apagó enseguida. Juan salió al portal y Matilde estuvo a su lado. Bajaron juntos.
Has metido las narices donde no debías dijo ella de repente.
Puede contestó Juan. No quería que esto acabase en policía y escándalos.
Igualmente sucederá suspiró. Cuando él empeore.
Juan pensó en preguntar por el nombre de su hermano, pero no se atrevió. Dijo en cambio:
Si una noche te ves apurada y necesitas levantarle, llama. Estoy al lado.
Ella asintió sin mirarle.
Al día siguiente, la hoja había desaparecido del tablón. En el chat, Carmen escribió: Acuerdo: en emergencias, Matilde avisa. No discutamos de noche. Los que puedan ayudar de día, avisadme para organizar turnos.
A Juan le sorprendió organizar turnos. Le parecía una palabra demasiado seria para ese bloque, pero en seguida aparecieron mensajes: un vecino podía en lunes, otro el viernes. Algunos, solo silencio.
La primera noche tras la reunión, volvieron los golpes. Juan se despertó de golpe, miró el reloj: 2:17. Al rato, mensaje breve de Matilde: Crisis. Viene ambulancia. Sin emojis, sin pedir perdón.
Juan escuchó pasos corriendo por las escaleras, puertas que se cerraban. Imaginó a Matilde aguantando a su hermano, evitando que se atragantara. El enfado seguía, pero se mezclaba con otra cosa más pesada, callada.
Por la mañana, en el ascensor, se cruzó con Carmen. Estaba demacrada.
Otra vez ruidos le dijo.
Fue la ambulancia explicó Juan.
Ya calló. No sabía que lo de ella era así. Pero aun así No pego ojo. Y el corazón
Juan asintió. No podía curar su corazón.
¿Has probado con tapones? sugirió, avergonzado por lo pobre de la idea.
Tapones sonrió Carmen sin enfado. Hasta dónde hemos llegado.
A la semana, Juan subió a casa de Matilde de día, como prometió. Llevaba protectores de goma para las patas de los muebles y una alfombra gruesa, comprados en los chinos. Matilde abrió al instante, como si le esperara.
El piso olía a medicamentos y a agrio, igual que un hospital. En la habitación, una cama junto a la pared, un hombre extendido, flaco, rostro sin expresión, ojos abiertos pero ausentes. Al lado, un artefacto hecho con cinchas y un tubo metálico atornillado al somier. Juan comprendió lo de que la cama no se puede mover.
Toma, para el ruido le ofreció la alfombra. Y las gomas para la banqueta, si golpea al suelo.
La banqueta suena cuando dejo el cubo dijo Matilde. Hago lo que puedo, pero las manos
No terminó la frase. Sus dedos estaban agrietados, como los de quien limpia sin descanso.
Juan le ayudó a colocar la alfombra, despacio, con cuidado para no aflojar el artilugio. El peso en la espalda se le hizo duro. Matilde vigiló cada movimiento.
Gracias dijo cuando terminaron. Esta vez, sonó diferente.
Juan asintió, dispuesto a marcharse, pero el teléfono sonó. Matilde contestó, tras oír, el rostro se le ensombreció.
Ahora no puedo, no dijo seca. Tengo que Sí. No.
Colgó y miró a Juan.
Servicios sociales. Una auxiliar solo dos horas por semana y hay lista de espera. Y yo los necesito a diario.
No supo él qué responder. Sabía que el turno vecinal no era un sistema, sino un remiendo.
Por la tarde, alguien escribió en el chat: ¿Y por qué tenemos que ayudar? No es nuestra familia. Que pida ayuda como todos. Hubo muchas respuestas, no todas sibilinas. Unos explicaban las listas de espera; otros se indignaban, otros solo ponían puntos suspensivos.
Juan leyó, pero ya no participó. Le vencía el cansancio, no por Matilde, sino porque cualquier gesto hacia una persona acababa convertido en debate sobre justicia.
Días después, en el portal, apareció otra hoja. Ya no tomar medidas, sino una tabla: días, horas, nombres. Al final el móvil de Matilde y una nota: Si de noche ocurre algo urgente, aviso por el chat. Si alguien puede ayudar a levantar o recibir a urgencias, que diga algo. Esta hoja colgaba perfectamente recta.
A Juan esa hoja le resultaba casi tan molesta como la anterior. Pero la incomodidad era otra: era el edificio reconociendo que tras una puerta la desgracia podía ser un asunto de horarios.
Una noche, los golpes volvieron: fuertes. Juan oyó a Matilde murmurando juramentos entre dientes, a nadie en particular, más bien al cuerpo rebelde. Llamó a la puerta. Esta vez ella abrió sin cadena.
Ayúdame dijo en seco.
Juan entró, se descalzó y dejó los zapatos a un lado. El hermano estaba en el suelo, respirando con dificultad. Juan y Matilde le subieron a la cama, despacio, contando mentalmente. Sus brazos temblaban del esfuerzo. Matilde solo acomodó la almohada y comprobó su respiración.
Al salir al rellano, un vecino del piso de abajo abrió la puerta para mirar, en silencio, y la cerró pronto. Nadie más salió, ni gritó. El bloque había contenido el aliento.
Por la mañana, Juan se encontró con Víctor, el vecino que había firmado. Éste bajó la mirada.
Mira, lo de las firmas Yo no sabía nada. Firmé por puro hartazgo. Pero si llego a saber yo no
Ya, respondió Juan. Pero ya da igual si lo sabías o no. Lo importante es qué hacemos ahora.
Víctor asintió, pero se le quedó esa rigidez de quien no admite errores ni a sí mismo.
El compromiso funcionaba. No era perfecto, pero funcionaba. De madrugada, a veces, aparecía Ambulancia o Cae en el chat. Se escribían menos mensajes agresivos a las dos de la mañana, más por la mañana, cuando se enfriaban las emociones. Algunos visitaban, otros desaparecían tras un intento. Carmen controlaba la tabla, pero a veces se quedaban huecos.
Juan notaba que las charlas en el portal eran menos espontáneas. Se saludaban con cautela, como si cada palabra pudiera abrir el conflicto. Ninguna nota amenazante, pero también nada de la facilidad de antes. Incluso discutiendo una bombilla, en el tono flotaba: Con tal de que no vuelva lo de siempre.
Una tarde, al volver a casa, vio a Matilde junto al ascensor. Llevaba medicinas y un termo pequeño, la cara gris de cansancio.
¿Cómo va todo? preguntó Juan.
Vivo susurró ella. Hoy, de momento, tranquilo.
Subieron juntos. En el cuarto, Juan se paró en su puerta.
Si pasa algo, ya sabes.
Ella asintió y, justo antes de que se cerrara el ascensor, añadió:
El otro día en la reunión no quise
No encontró las palabras y lo dejó en el aire.
Ya lo sé dijo Juan.
Se fue a su piso, se quitó el abrigo, puso los zapatos en el felpudo. Todo en silencio. Su hijo con los cascos puestos, la madre en el móvil preguntando cuándo iría a verla.
Miró el móvil, la puerta tras la que estaba la escalera. Pensó en esas hojas que pueden cambiar al vecindario: unas de firmas contra, otras con nombres de quien está dispuesto a pasar una hora. Y entre una y otra, la distancia era menor que entre vecinos pared con pared.
Aquella tarde, alguien escribió en el chat: Gracias a los que hoy habéis ayudado. Por favor, los temas personales, mejor en privado. Preguntas, por mensaje directo. El mensaje se hundió pronto entre avisos de basura o ascensor.
Juan apagó el móvil y fue a poner agua para el té. Sabía que aquella noche podría despertarse de nuevo por un golpe. Y que, al hacerlo, ya no solo pensaría en su descanso. No le hacía mejor persona. Solo le convertía en participante.







