«No puedo vivir sin ella»
Soy madre en permiso de paternidad. Mi hijo, Álvaro, tiene dos años y medio. Cada día salimos a pasear por la calle principal de nuestro pueblito, Villaluz, y vamos al parque infantil. Todo el trayecto hasta el rincón de la infancia pasa por la calle Mayor. A la derecha, al caminar, encontramos varias tiendas de alimentación. Como siempre, compro para él una rosquilla de amapola. Nos sentamos en la banca y Álvaro, con el apetito y la alegría que solo tienen los niños pequeños, devora la rosquilla mientras yo disfruto unos minutos de respiro.
Me encanta observar a los transeúntes que cruzan el bulevar; para mí es una forma de entretenimiento muy absorbente. Trato de deducir, a base de la forma de caminar, el estilo de ropa y, por supuesto, de los gestos, la profesión de cada persona que pasa. ¿En qué piensan? ¿De qué viven? ¿Qué sueñan? ¿A dónde se apresuran? Intento adivinar.
A lo lejos aparece una pareja conocida: un caballero de aspecto venerable, de unos setenta años, con su acompañante, una mujer cuya edad me cuesta precisar, quizá entre sesenta y setenta. Ahora explicaré por qué dudo en calcularla. Como salimos a cualquier hora y con cualquier tiempo, vemos a esta pareja a diario. Nunca he visto a la mujer sin maquillaje recién aplicado; no me sale decir «abuelita», el término se queda trabado. En su neceser lleva, sin duda, corrector, colorete, rímel, delineador y sombras neutras. Se tiñe el pelo de rubio claro y lo lleva en la peineta de concha que nunca pasa de moda. Es una auténtica fashionista, y he visto ya innumerables atuendos suyos. Lo que más me llama la atención son sus manos: la dama visita regularmente a la manicurista. Cada visita luce un nuevo esmaltado, desde un francés discreto hasta un rojo pasión que llamo, en mi interior, «la libélula».
Esta pareja suele descansar en la banca junto a las tiendas, el mismo sitio donde a menudo nos sentamos Álvaro y yo.
La mujer se llama Crisanta y su esposo, Luis.
¡Cuántas veces tengo que repetírtelo, Cris! le dice Luis. No puedes lanzar castañas con los pies a los peatones. Puedes herir a alguien sin querer. ¿Qué dirías tú si te cayera una castaña en la pierna?
¡Cascarrabias! responde ella entre risas. Sólo en otoño me suelto de verdad. ¡Castañas! ¡No te enfades, mi amor!
Vale, te compro una pelota de goma. Mejor aún, varias, y te diviertes en casa sin molestar a nadie; yo me esconderé en el baño. contesta Luis.
¡Ay, Luis! Jugar con una pelota en casa no tiene la misma gracia. No te enfades, por favor. Cruzaré al otro lado de la calle si no te gusta lo que hago. Puedes hacerte el que no me conoces se amarga Crisanta, apretando los labios.
No, siempre hay que cuidarte. No vayas a meterte en problemas con la policía cuando envejezcas o a romperte una pierna y luego yo tenga que llevarte el almuerzo. Sabes que preparo sopas espesas; tú no comerías a medias y acabarías hambrienta. Prohibiré que mis hijos te visiten para que siempre me escuches. ¡No, no lo hagas! Y no empieces a sollozar. Ven aquí, mi pobre cebolla, que te sostengo la mano y finjo que te llevo al manicomio. ¡Qué traviesa! dice Luis con tono burlesco.
Me divierte escuchar esos diálogos y siempre me sorprende cómo conservan una relación tan tierna a pesar de los canas. Se lanzan bromas picantes y coloridas, siempre con una chispa de humor.
Observar a Crisanta contando alguna historia a Luis, emotiva y con el tono de una ave que aletea, mientras él la asiente y le da apoyo con la mano, resulta fascinante. Lo que más me impresiona es la ternura que emana de cada gesto: cómo le aprieta la mano, cómo le mira a los ojos, cómo se enfada y frunce los labios. Todo el mundo percibe un amor ilimitado y una confianza mutua. Luis, a veces, le dice con voz ligeramente airada:
Cuidado con el suelo, Cris, ya no eres joven. Si te resbalas, podrías romperte una mano o una pierna. ¿Qué haré entonces?
Y, aunque suene exagerado, se besan en la banca y mientras pasean por el bulevar parecen dos amantes juveniles, ajenos al mundo, sólo escuchando el latido de sus corazones que parece marcar el compás de la vida. Lo hacen con tanta naturalidad que disipan cualquier duda; el fuego de su pasión sigue ardiendo.
Hoy vuelven a sentarse en la banca. Oigo su conversación:
Voy a entrar a la perfumería a comprar un labial pastel, ¿habrá oferta? ¿Vienes conmigo? pregunta Crisanta a Luis.
Cris, ve tú sola, yo te espero aquí. No te lleves todas las barras de labial, deja algo para las demás chicas responde Luis con una sonrisa.
Álvaro ya ha devorado la rosquilla y se acerca a la banca donde está Luis. Luis saca del bolso una pequeña tableta de chocolate y se la ofrece:
Toma, chaval, una chocolatina. Come con gusto. ¿Cómo te llamas?
¡Muchísimas gracias! le contesto, agradeciendo al hombre por mi hijo Se llama Álvaro, todavía está aprendiendo a hablar.
Álvaro cruza los dedos con la envoltura y, emocionado, pregunta:
Perdón por la curiosidad, os observo desde hace tiempo. ¿Cómo lográis mantener esa relación tan cálida? Compartid el secreto, por favor.
Luis se queda pensativo, mirando sus pies. Las hojas crujen bajo sus botas, el viento las levanta y forma un remolino brillante. Las hojas, como si no quisieran bajar, se posan lentamente en el suelo, disfrutando de ese breve vuelo.
Conocí a Cris en otoño, hace unos cincuenta años comienza Luis. Era un otoño como el de hoy. Cris caminaba por el parque recogiendo hojas de colores. Cada hoja la hacía inclinarse y sonreír. Vestía un abrigo viejo, un sombrero blanco y unas botas gastadas, pero su felicidad era contagiosa. Tenía en la mano un manojo de hojas amarillas, naranjas y rojas, y, en el bolsillo, cinco céntimos. En casa sólo había pan con mostaza, y ella, como una ninfa, sonreía. Cris habla con las flores, toca crisantemos y anémonas, y su espíritu libre cautivó mi corazón. Me enseña a gozar de la vida, siempre, en cada día, en cada clima, sea nieve, lluvia o sol. A pesar de su aparente fragilidad, es apasionada, vibrante y decidida, conoce su valor. Muchos la admiraron, pero sólo ella me eligió a mí. No muestra su verdadero rostro a todos; sólo a quien merece. Así es nuestra historia.
¿Nunca discuten? le pregunto, intrigada.
A veces sí, los malentendidos son humanos. Hay que afrontarlos con rapidez, perdonar antes de que la llama se apague. No vale la pena cargar con rencores; la vida es corta y no deberíamos gastarla en tonterías. Cuando era joven, a veces la castigaba en silencio, lo que le dolía. Pensaba que esos días de enfado eran como hojas arrancadas del calendario que el viento se lleva. No quiero acortar mis días felices con necedades; mejor perdonar y seguir adelante.
¿Y tú nunca te enfadas con ella? insisto.
Álvaro mastica el chocolate y escucha la conversación.
A veces pienso continúa Luis. La amo, pero no puedo vivir sin ella. Si se fuera, me quedaría solo en mis últimos momentos. Tengo miedo de dejarla sola cuando ya no pueda acompañarla. Cuando tuve una neumonía, ella salió bajo la nieve, buscó antibióticos en varias farmacias, me quitó la fiebre con una toalla húmeda, me dio inyecciones, me alimentó con una cuchara y me puso calcetines calientes. Se vuelve hacia la banca, como si hablara con ella. Disculpa, Cris, la tienda no tiene el tono de labial que busco. Rosa, rojo, lila, nada me convence.
¿Qué llevas en la mano? le pregunta Luis. ¿Compraste detergente? Pásame la bolsa, que tus dedos están helados. Déjame calentar tus manos, antes de que te duelan las articulaciones. Vamos ya a casa, mi desgracia, que es la hora de cenar. ¡Hasta luego, Álvaro! dice, despidiéndose.
Nos despedimos. El pequeño sigue agitando la mano mientras la pareja se aleja. Por el bulevar caminan dos personas que, al mismo tiempo, forman un solo ser: un mundo tejido con ternura, paciencia y amor. Saber amar con esa delicadeza es, en verdad, un arte, y todos deseamos tocarlo.







