¡Menuda bienvenida, papá! ¿Para qué te hacía falta ese balneario, si en casa tienes el todo incluido?
Cuando Diego le entregó las llaves de su piso, Alba comprendió: la conquista de Toledo estaba consumada. Ni DiCaprio deseó tanto el Oscar como Alba había esperado a su Diego, y además ahora con chabola propia.
A sus treinta y cinco años, desanimada, Alba miraba cada vez con más compasión a los gatos callejeros y a los escaparates de Manualidades para todos.
Y entonces apareció él: solitario, la juventud gastada en ascender la escalera corporativa, quinoa, gimnasio y otras tonterías modernas, del tipo encontrarse a uno mismo, y para colmo, sin niños.
Alba llevaba pidiendo este regalo desde los veinte, y parece que finalmente allá arriba alguien se había dado cuenta de que no era broma.
Tengo el último viaje de trabajo del año, y luego soy todo tuyo dijo Diego, entregándole las ansiada llaves. Pero no te asustes cuando veas mi guarida. Normalmente solo paso por casa para dormir añadió, antes de irse, como si se estuviera cogiendo el AVE a otro huso horario.
Alba cogió su cepillo de dientes, la crema y se fue a inspeccionar el zulo. Los problemas empezaron ya en la puerta. Diego le había avisado: el pestillo a veces se encasquilla, pero Alba no pensaba que tanto.
Se pasó cuarenta minutos luchando con la puerta: empujaba, tiraba, metía la llave hasta el fondo, la giraba suavemente, la intentaba convencer como si fuera una negociación por el Euro pero la puerta no cedía ante la nueva inquilina.
Alba apeló a la intimidación psicológica, como le enseñaron en el patio del colegio los compañeros de clase. Al ruido salieron los vecinos.
¿Por qué tratas de entrar en un piso ajeno? preguntó preocupada una voz femenina.
No es ajeno, tengo llaves replicó, ofuscada, Alba, secándose el sudor de la frente.
¿Y usted quién es? No la he visto antes.
¡Soy su novia! anunció Alba, desafiando la mirilla, manos en las caderas, pero solo podía ver la ranura de la puerta.
¿Tú? la señora sonaba sinceramente sorprendida.
Sí, ¿algún problema?
No, ninguno Es que él nunca ha traído a nadie aquí (Alba le cogió aún más cariño a Diego), y de repente tú.
¿De repente qué? Alba no entendía.
Mira, no es asunto mío. Disculpa dijo la vecina, cerrando la puerta.
Viendo que ahora o nunca, Alba apretó el pomo con todas las ganas de entrar a ese corral que tenía desde los veinte años, giró casi el marco de la puerta entero. Al fin, cedió.
El universo interior de Diego se abrió a la joven y su alma se cubrió de escarcha. Vale, la austeridad es normal en solitarios, pero aquello era una auténtica celda monacal.
Pobre, tu corazón ha olvidado, o quizá nunca ha sabido lo que es el calor de hogar se le escapó a Alba, mientras observaba el templo donde tendría que instalarse más a menudo.
Pero por otro lado, era para estar contenta. La vecina no mentía: ninguna mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo, esa cocina y esas ventanas tristes. Alba era la primera.
No pudo resistir y salió corriendo directa al chino más cercano en busca de una cortina bonita y una alfombrilla para el baño, y ya de paso agarró agarradores, trapos de cocina y cosas monas para la casa.
Por supuesto, en el bazar la invadió el espíritu consumista Al tapete y la cortina se sumaron ambientadores, jabón artesanal y cajas para organizar el maquillaje.
Poner estos detalles en una casa ajena no es atrevimiento, se convencía Alba, cada vez que enganchaba una nueva cesta a la primera.
El pestillo dejó de resistirse. De hecho, ya ni funcionaba y recordaba al portero de la Selección, sin casco en pleno partido.
Consciente de la que había armado, Alba, cuchillo en mano, estuvo hasta medianoche trasteando el pestillo y al día siguiente se fue a por uno nuevo. Aprovechó para renovar cuchillos, tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Que para las cortinas quedaba nada.
El domingo cerca de la sobremesa llamó Diego: debía quedarse en el viaje unos días más.
Me encantará que le des a mi piso un toque más acogedor decía sonriente, mientras Alba le confesaba ciertos excesos decorativos.
Por cierto, el calor de hogar que ella traía llegaba ya en camión y se distribuía con plano de obra y todo. Años de acumulación estallando. No podía parar.
Al regreso de Diego, en la casa solo quedaba una araña junto a la ventilación. Alba pensó echarla, pero al ver sus ocho ojillos alucinados ante la metamorfosis, comprendió que mejor no tocar a la pobre y dejarla como símbolo del respeto ajeno.
Ahora el piso parecía que Diego llevaba casado ocho años, se desencantó del matrimonio, y renació en la vida de soltero feliz.
Alba no solo se lanzaba sobre el piso; hizo que el portal entero supiera que ahora ella mandaba y los asuntos domésticos iban a su mesa. La alianza ya llegaría, eso era solo cuestión de tiempo.
Al principio los vecinos la miraban con recelo, después se encogían de hombros: Tú misma, a nos da igual, es lo tuyo.
***
El día del regreso de Diego, Alba preparó una cena de domingo, enfundó sus partes nobles en ropa atrevida y algo excesiva, llenó la casa de aromas, bajó la luz y esperó.
Diego no llegaba. Cuando Alba empezó a notar que la lencería se le clavaba en el glúteo, al que tanto esfuerzo había dedicado en el gimnasio, la cerradura giró.
El pestillo es nuevo, empuja, no está echado suspiró seductora Alba, olvidándose del qué dirán: con el piso bien puesto, todo se perdona.
En el preciso instante de la apertura, Alba recibió de Diego un inesperado SMS: ¿Dónde estás? Ya estoy en casa. Veo que el piso sigue igual. Mis colegas me advertían que lo inundarías de maquillaje.
Bueno, Alba leyó ese mensaje bastante después. Porque en ese momento, irrumpieron en el piso cinco completos desconocidos: dos adultos jóvenes, dos críos de colegio y un abuelo al que, viendo a Alba, se le puso la espalda firme y alisó los cuatro pelos que le quedaban.
Madre mía, papá, vaya bienvenida. ¿Para qué necesitas ir a los balnearios si aquí tienes el todo incluido? dijo uno, y recibió un codazo de su mujer por mirar demasiado.
Alba quedó petrificada en el umbral, copa en ambas manos. Quería gritar, pero estaba bloqueada.
Se escuchó una risita en el rincón: el único superviviente, la araña.
Perdone, ¿y usted quién es? susurró Alba.
Soy el dueño del corral. Y usted, ¿viene de la Seguridad Social? ¿A ponerme una venda? Dije que yo me apaño replicó el abuelo, examinando el disfraz de enfermera que llevaba Alba.
Esto sí, don Alejandro Martínez, aquí se respira hogar y bienestar entró la mujer, asomando la cabeza tras Alba. Ahora sí, antes vivíamos en un sepulcro. Y tú, chica, ¿cómo te llamas? ¿No será muy mayor para ti don Alejandro? Bueno, un hombre con casa propia
Al-b-a
¡Vaya! Qué buenas manos tienes, don Alejandro, ¡menudo ojo!
El abuelo también parecía encantado, con ojos chispeantes.
¿Y Diego? susurró. Alba, de los nervios, se zampó las dos copas.
¡Yo soy Diego! levantó la mano el chaval de ocho años.
Espera, todavía no te toca ser Diego la madre lo apartó y mandó a la prole al coche.
Disculpen, creo que me he equivocado de piso empezaba a volver en sí Alba, recordando la guerra del pestillo. ¿Esto es la calle Jacinto Benavente, dieciocho, piso veintiséis?
No, esto es la calle Mayor, dieciocho se frotaba las manos el abuelo, preparado para desembalar el inesperado regalo.
Ay trágica Alba, me he confundido. Entren, acomódense, voy a hacer una llamada.
Cogió el móvil y se refugió en el baño, cerró con llave y se cubrió con la toalla. Leyó al fin el mensaje de Diego.
Diego, ya llego, me he entretenido en el Corte Inglés, respondió Alba.
Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de Rioja, añadió Diego en nota de voz.
El Rioja Alba pensaba llevarlo, pero ya puesto en el cuerpo. Agarró la alfombrilla y la cortina, aguardó a que los desconocidos invadieran la cocina y se escapó del baño.
Recogió sus cosas en una bolsa y salió disparada del piso.
***
Te lo explico luego le soltó a Diego cuando él abrió la puerta.
Aturdida, pasó junto a él sin mirar. Fue directa al baño, colgó la cortina, puso la alfombrilla, después se desplomó en el sofá y durmió hasta que todo el estrés y el Rioja se le evaporaron.
Al despertar, delante tenía a un Diego desconocido, esperando explicación.
¿Qué dirección es esta?
Gran Vía, dieciocho.







