¡Vaya recibimiento, papá! ¿Y para qué te hacía falta ese balneario cuando en casa tienes un “todo incluido”? Cuando Dimitri le entregó las llaves de su piso a Eva, ella lo tuvo claro: la Bastilla había caído. Ni DiCaprio esperaba tanto el Óscar como Eva aguardaba a su Dimitri, y encima con hogar propio. Desencantada, treinta y cinco años, lanzaba miradas de lástima a los gatos callejeros y a los escaparates de “Todo para manualidades”. Y entonces surge él —solitario, que gastó su juventud en la carrera, alimentación sana, gimnasio y otras tonterías como buscarse a sí mismo en este mundo, y encima sin hijos. Eva llevaba pidiendo ese regalo desde los veinte, y allí arriba, por fin, parecía que entendían que no era broma. — Es mi último viaje de trabajo este año, y soy todo tuyo —dijo Dimitri al entregarle las preciadas llaves—. Pero no te asustes de mi guarida, suelo volver solo para dormir —comentó antes de volar a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y salió dispuesta a inspeccionar la guarida. Los problemas empezaron en la puerta: Dimitri ya había avisado de que el cerrojo a veces se atrancaba, pero Eva no esperaba que fuese tanto. Estuvo cuarenta minutos asaltando la puerta: empujando, tirando, metiendo la llave hasta el fondo, probando suavemente, pero la puerta se resistía a aceptar su nueva residente. Eva empezó a presionar psicológicamente, como lo enseñaron los compañeros detrás del colegio. Ante el ruido, se abrió la puerta de la vecina. — ¿Por qué intenta entrar en piso ajeno? —preguntó la mujer preocupada. — No intento entrar: tengo las llaves —respondió Eva, sudando. — ¿Y usted quién es? No la he visto antes—insistió la vecina. — ¡Soy su novia! —contestó con desafío Eva, pero sólo vio la rendija por la que le hablaban. — ¿Usted? —la mujer se sorprendió. — Sí, ¿algún problema? — No, ninguno. Es que nunca trae a nadie (en ese momento Eva amó más a Dimitri), y ahora, de golpe, una… — ¿Una cómo? —Eva no entendió. — Bueno, no es asunto mío, disculpe —cerró la vecina. Sabiendo que era “o ella, o yo”, Eva apretó la llave con toda su ansia y casi gira todo el marco. Al fin la puerta cedió. Todo el mundo interior de Dimitri se mostró ante Eva, y su alma se cubrió de escarcha. Cierto es que a los solteros se les supone austeridad, pero aquello era una celda de verdad. — Pobre, tu corazón hace tiempo que no conoce, quizá nunca supo, lo que es el calor del hogar —se le escapó a Eva al ver el humilde piso en que tendría que frecuentar. Pero estaba contenta. La vecina no engañó: un toque femenino no había rozado esas paredes, esa cocina ni esas ventanas grises. Eva era la primera. Sin poder contenerse, salió corriendo a comprar cortinas bonitas y felpudo para el baño, además de agarraderas y paños para la cocina. En la tienda… a las cortinas y el felpudo se sumaron ambientadores, jabón artesano y cajas para maquillaje. “Meter detalles en casa ajena no es atrevimiento”, se repetía soltándose con el carrito. El cerrojo ya no se resistía. En realidad, dejó de funcionar y parecía un portero de hockey sin máscara. Dándose cuenta, Eva pasó la noche cambiando el cerrojo con cuchillos de cocina y por la mañana fue a comprar uno nuevo. Los cuchillos, por supuesto, también tocaba renovarlos. Y ya que estaba: tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Y, de ahí, a las cortinas había un paso. El domingo al mediodía, Dimitri llamó para decir que necesitaba quedarse un par de días más en el viaje. — Encantado si le das un poco de calor y hogar a mi piso —sonrió por teléfono cuando Eva le confesó sus reformas. De hecho, el hogar ya lo traía ella en camión y lo repartía siguiendo planos. Años acumulándolo por dentro y ahora que tenía vía libre no podía parar. Cuando Dimitri volvió, en el piso sólo quedaba una araña junto a la ventilación. Eva quiso echarla, pero al ver sus ocho ojos atónitos supo que mejor dejar a la pobre criatura como símbolo de respeto a la propiedad ajena. El piso de Dimitri parecía ahora el de alguien feliz tras ocho años de matrimonio, desencantado después, y luego feliz a pesar de todo. Eva no sólo reformó el piso: se aseguró de que todo el bloque supiera que era la nueva dueña y cualquier asunto se le podía dirigir. Aunque aún sin anillo, eso era sólo técnico. Los vecinos primero recelaban, pero acabaron diciendo: “Lo que tú quieras; nos da igual, es tu asunto”. *** El día del regreso de Dimitri, Eva preparó una cena casera, se puso el conjunto más sexy y llamativo, distribuyó ambientadores y, con la nueva iluminación tamizada, empezó a esperar. Dimitri tardaba. Cuando Eva notó que el conjunto le apretaba ese rincón por el que llevaba meses haciendo sentadillas, alguien metió la llave en el cerrojo. — El cerrojo es nuevo, empuja, no está cerrado —dijo Eva, entre nerviosa y seductora. No tenía miedo al juicio: había trabajado tan bien el piso, que le perdonarían todo. En el momento en que se abrió la puerta, recibió de golpe un SMS de Dimitri: “¿Dónde estás? Estoy en casa. Veo que el piso no ha cambiado nada. Decían los amigos que lo llenarías de cremas”. Claro que Eva lo vio más tarde. Porque por la puerta entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un abuelo que, al ver a Eva, se enderezó y alisó su pelo canoso. — ¡Vaya recibimiento, papá! ¿Y para qué querías el balneario cuando tienes aquí el ‘todo incluido’? —comentó uno de los chicos y fue reprendido por su mujer por estar demasiado atento. Eva quedó en el umbral, dos copas llenas en mano, paralizada. Quiso gritar pero no pudo. Por ahí reía feliz la araña. — Disculpe, ¿quién es usted? —preguntó Eva, temblando. — El dueño del chiringuito. ¿Viene de la clínica, para la cura? Yo diría que me apaño solo —contestó el abuelo, mirando el uniforme de auxiliar que llevaba Eva. — Mmm, bueno, Adán Matías, aquí ahora sí se respira hogareño y paz —dijo la mujer del chico asomándose tras Eva—. Otro mundo, antes vivíamos en una tumba. ¿Y usted cómo se llama? ¿No será muy mayor para usted nuestro Adán Matías? Aunque eso sí, tiene casa propia… — E-e-Eva… — ¡Mira! Bien escogidos los nombres, Adán Matías. ¡Parece cuento! Al abuelo, por la mirada, también le parecía buen golpe de suerte. — ¿Y dónde está Dimitri? —susurró Eva. De los nervios apuró las dos copas. — ¡Yo soy Dimitri! —levantó la mano el niño. — Espera, aún te queda para Dimitri —la madre apartó su mano y mandó a los niños en coche. — P-p-perdón, creo que he confundido el piso —al fin reaccionó Eva, recordando la batalla del cerrojo—. ¿Esto es Buzanco, dieciocho, piso veintiséis? — No, esto es Bucarest, dieciocho —dijo el abuelo, dispuesto a instalarse. — Pues sí —suspiró Eva—, me equivoqué. Pasen, acomódense; yo hago una llamada. Corrió al baño, se envolvió en la toalla y leyó el SMS de Dimitri. “Dimitri, en breve estoy, me he parado en el súper”, le contestó Eva. “Perfecto, te espero; si puedes, compra una botella de tinto”, respondió Dimitri. El tinto lo llevaría, pero ya dentro. Cogió el felpudo, quitó la cortina y esperó en el baño que aquellos se fueran a la cocina. Entonces, salió disparada con sus cosas en una bolsa. *** — Ya te lo contaré —explicó Eva cuando Dimitri abrió la puerta. Casi flotando, pasó de largo, fue al baño, puso cortina y felpudo, y luego se dejó caer en el sofá hasta la mañana, hasta que el estrés y el vino se evaporaron. Al despertar, el joven la miraba pidiendo explicaciones. — Disculpa, ¿qué dirección es esta…? — Butrón, dieciocho.

¡Menuda bienvenida, papá! ¿Para qué te hacía falta ese balneario, si en casa tienes el todo incluido?

Cuando Diego le entregó las llaves de su piso, Alba comprendió: la conquista de Toledo estaba consumada. Ni DiCaprio deseó tanto el Oscar como Alba había esperado a su Diego, y además ahora con chabola propia.

A sus treinta y cinco años, desanimada, Alba miraba cada vez con más compasión a los gatos callejeros y a los escaparates de Manualidades para todos.

Y entonces apareció él: solitario, la juventud gastada en ascender la escalera corporativa, quinoa, gimnasio y otras tonterías modernas, del tipo encontrarse a uno mismo, y para colmo, sin niños.

Alba llevaba pidiendo este regalo desde los veinte, y parece que finalmente allá arriba alguien se había dado cuenta de que no era broma.

Tengo el último viaje de trabajo del año, y luego soy todo tuyo dijo Diego, entregándole las ansiada llaves. Pero no te asustes cuando veas mi guarida. Normalmente solo paso por casa para dormir añadió, antes de irse, como si se estuviera cogiendo el AVE a otro huso horario.

Alba cogió su cepillo de dientes, la crema y se fue a inspeccionar el zulo. Los problemas empezaron ya en la puerta. Diego le había avisado: el pestillo a veces se encasquilla, pero Alba no pensaba que tanto.

Se pasó cuarenta minutos luchando con la puerta: empujaba, tiraba, metía la llave hasta el fondo, la giraba suavemente, la intentaba convencer como si fuera una negociación por el Euro pero la puerta no cedía ante la nueva inquilina.

Alba apeló a la intimidación psicológica, como le enseñaron en el patio del colegio los compañeros de clase. Al ruido salieron los vecinos.

¿Por qué tratas de entrar en un piso ajeno? preguntó preocupada una voz femenina.

No es ajeno, tengo llaves replicó, ofuscada, Alba, secándose el sudor de la frente.

¿Y usted quién es? No la he visto antes.

¡Soy su novia! anunció Alba, desafiando la mirilla, manos en las caderas, pero solo podía ver la ranura de la puerta.

¿Tú? la señora sonaba sinceramente sorprendida.

Sí, ¿algún problema?

No, ninguno Es que él nunca ha traído a nadie aquí (Alba le cogió aún más cariño a Diego), y de repente tú.

¿De repente qué? Alba no entendía.

Mira, no es asunto mío. Disculpa dijo la vecina, cerrando la puerta.

Viendo que ahora o nunca, Alba apretó el pomo con todas las ganas de entrar a ese corral que tenía desde los veinte años, giró casi el marco de la puerta entero. Al fin, cedió.

El universo interior de Diego se abrió a la joven y su alma se cubrió de escarcha. Vale, la austeridad es normal en solitarios, pero aquello era una auténtica celda monacal.

Pobre, tu corazón ha olvidado, o quizá nunca ha sabido lo que es el calor de hogar se le escapó a Alba, mientras observaba el templo donde tendría que instalarse más a menudo.

Pero por otro lado, era para estar contenta. La vecina no mentía: ninguna mano femenina había tocado esas paredes, ese suelo, esa cocina y esas ventanas tristes. Alba era la primera.

No pudo resistir y salió corriendo directa al chino más cercano en busca de una cortina bonita y una alfombrilla para el baño, y ya de paso agarró agarradores, trapos de cocina y cosas monas para la casa.

Por supuesto, en el bazar la invadió el espíritu consumista Al tapete y la cortina se sumaron ambientadores, jabón artesanal y cajas para organizar el maquillaje.

Poner estos detalles en una casa ajena no es atrevimiento, se convencía Alba, cada vez que enganchaba una nueva cesta a la primera.

El pestillo dejó de resistirse. De hecho, ya ni funcionaba y recordaba al portero de la Selección, sin casco en pleno partido.

Consciente de la que había armado, Alba, cuchillo en mano, estuvo hasta medianoche trasteando el pestillo y al día siguiente se fue a por uno nuevo. Aprovechó para renovar cuchillos, tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Que para las cortinas quedaba nada.

El domingo cerca de la sobremesa llamó Diego: debía quedarse en el viaje unos días más.

Me encantará que le des a mi piso un toque más acogedor decía sonriente, mientras Alba le confesaba ciertos excesos decorativos.

Por cierto, el calor de hogar que ella traía llegaba ya en camión y se distribuía con plano de obra y todo. Años de acumulación estallando. No podía parar.

Al regreso de Diego, en la casa solo quedaba una araña junto a la ventilación. Alba pensó echarla, pero al ver sus ocho ojillos alucinados ante la metamorfosis, comprendió que mejor no tocar a la pobre y dejarla como símbolo del respeto ajeno.

Ahora el piso parecía que Diego llevaba casado ocho años, se desencantó del matrimonio, y renació en la vida de soltero feliz.

Alba no solo se lanzaba sobre el piso; hizo que el portal entero supiera que ahora ella mandaba y los asuntos domésticos iban a su mesa. La alianza ya llegaría, eso era solo cuestión de tiempo.

Al principio los vecinos la miraban con recelo, después se encogían de hombros: Tú misma, a nos da igual, es lo tuyo.

***
El día del regreso de Diego, Alba preparó una cena de domingo, enfundó sus partes nobles en ropa atrevida y algo excesiva, llenó la casa de aromas, bajó la luz y esperó.

Diego no llegaba. Cuando Alba empezó a notar que la lencería se le clavaba en el glúteo, al que tanto esfuerzo había dedicado en el gimnasio, la cerradura giró.

El pestillo es nuevo, empuja, no está echado suspiró seductora Alba, olvidándose del qué dirán: con el piso bien puesto, todo se perdona.

En el preciso instante de la apertura, Alba recibió de Diego un inesperado SMS: ¿Dónde estás? Ya estoy en casa. Veo que el piso sigue igual. Mis colegas me advertían que lo inundarías de maquillaje.

Bueno, Alba leyó ese mensaje bastante después. Porque en ese momento, irrumpieron en el piso cinco completos desconocidos: dos adultos jóvenes, dos críos de colegio y un abuelo al que, viendo a Alba, se le puso la espalda firme y alisó los cuatro pelos que le quedaban.

Madre mía, papá, vaya bienvenida. ¿Para qué necesitas ir a los balnearios si aquí tienes el todo incluido? dijo uno, y recibió un codazo de su mujer por mirar demasiado.

Alba quedó petrificada en el umbral, copa en ambas manos. Quería gritar, pero estaba bloqueada.

Se escuchó una risita en el rincón: el único superviviente, la araña.

Perdone, ¿y usted quién es? susurró Alba.

Soy el dueño del corral. Y usted, ¿viene de la Seguridad Social? ¿A ponerme una venda? Dije que yo me apaño replicó el abuelo, examinando el disfraz de enfermera que llevaba Alba.

Esto sí, don Alejandro Martínez, aquí se respira hogar y bienestar entró la mujer, asomando la cabeza tras Alba. Ahora sí, antes vivíamos en un sepulcro. Y tú, chica, ¿cómo te llamas? ¿No será muy mayor para ti don Alejandro? Bueno, un hombre con casa propia

Al-b-a

¡Vaya! Qué buenas manos tienes, don Alejandro, ¡menudo ojo!

El abuelo también parecía encantado, con ojos chispeantes.

¿Y Diego? susurró. Alba, de los nervios, se zampó las dos copas.

¡Yo soy Diego! levantó la mano el chaval de ocho años.

Espera, todavía no te toca ser Diego la madre lo apartó y mandó a la prole al coche.

Disculpen, creo que me he equivocado de piso empezaba a volver en sí Alba, recordando la guerra del pestillo. ¿Esto es la calle Jacinto Benavente, dieciocho, piso veintiséis?

No, esto es la calle Mayor, dieciocho se frotaba las manos el abuelo, preparado para desembalar el inesperado regalo.

Ay trágica Alba, me he confundido. Entren, acomódense, voy a hacer una llamada.

Cogió el móvil y se refugió en el baño, cerró con llave y se cubrió con la toalla. Leyó al fin el mensaje de Diego.

Diego, ya llego, me he entretenido en el Corte Inglés, respondió Alba.

Perfecto, te espero. Si puedes, trae una botella de Rioja, añadió Diego en nota de voz.

El Rioja Alba pensaba llevarlo, pero ya puesto en el cuerpo. Agarró la alfombrilla y la cortina, aguardó a que los desconocidos invadieran la cocina y se escapó del baño.

Recogió sus cosas en una bolsa y salió disparada del piso.

***
Te lo explico luego le soltó a Diego cuando él abrió la puerta.

Aturdida, pasó junto a él sin mirar. Fue directa al baño, colgó la cortina, puso la alfombrilla, después se desplomó en el sofá y durmió hasta que todo el estrés y el Rioja se le evaporaron.

Al despertar, delante tenía a un Diego desconocido, esperando explicación.

¿Qué dirección es esta?

Gran Vía, dieciocho.

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MagistrUm
¡Vaya recibimiento, papá! ¿Y para qué te hacía falta ese balneario cuando en casa tienes un “todo incluido”? Cuando Dimitri le entregó las llaves de su piso a Eva, ella lo tuvo claro: la Bastilla había caído. Ni DiCaprio esperaba tanto el Óscar como Eva aguardaba a su Dimitri, y encima con hogar propio. Desencantada, treinta y cinco años, lanzaba miradas de lástima a los gatos callejeros y a los escaparates de “Todo para manualidades”. Y entonces surge él —solitario, que gastó su juventud en la carrera, alimentación sana, gimnasio y otras tonterías como buscarse a sí mismo en este mundo, y encima sin hijos. Eva llevaba pidiendo ese regalo desde los veinte, y allí arriba, por fin, parecía que entendían que no era broma. — Es mi último viaje de trabajo este año, y soy todo tuyo —dijo Dimitri al entregarle las preciadas llaves—. Pero no te asustes de mi guarida, suelo volver solo para dormir —comentó antes de volar a otro huso horario todo el fin de semana. Eva cogió el cepillo de dientes, la crema y salió dispuesta a inspeccionar la guarida. Los problemas empezaron en la puerta: Dimitri ya había avisado de que el cerrojo a veces se atrancaba, pero Eva no esperaba que fuese tanto. Estuvo cuarenta minutos asaltando la puerta: empujando, tirando, metiendo la llave hasta el fondo, probando suavemente, pero la puerta se resistía a aceptar su nueva residente. Eva empezó a presionar psicológicamente, como lo enseñaron los compañeros detrás del colegio. Ante el ruido, se abrió la puerta de la vecina. — ¿Por qué intenta entrar en piso ajeno? —preguntó la mujer preocupada. — No intento entrar: tengo las llaves —respondió Eva, sudando. — ¿Y usted quién es? No la he visto antes—insistió la vecina. — ¡Soy su novia! —contestó con desafío Eva, pero sólo vio la rendija por la que le hablaban. — ¿Usted? —la mujer se sorprendió. — Sí, ¿algún problema? — No, ninguno. Es que nunca trae a nadie (en ese momento Eva amó más a Dimitri), y ahora, de golpe, una… — ¿Una cómo? —Eva no entendió. — Bueno, no es asunto mío, disculpe —cerró la vecina. Sabiendo que era “o ella, o yo”, Eva apretó la llave con toda su ansia y casi gira todo el marco. Al fin la puerta cedió. Todo el mundo interior de Dimitri se mostró ante Eva, y su alma se cubrió de escarcha. Cierto es que a los solteros se les supone austeridad, pero aquello era una celda de verdad. — Pobre, tu corazón hace tiempo que no conoce, quizá nunca supo, lo que es el calor del hogar —se le escapó a Eva al ver el humilde piso en que tendría que frecuentar. Pero estaba contenta. La vecina no engañó: un toque femenino no había rozado esas paredes, esa cocina ni esas ventanas grises. Eva era la primera. Sin poder contenerse, salió corriendo a comprar cortinas bonitas y felpudo para el baño, además de agarraderas y paños para la cocina. En la tienda… a las cortinas y el felpudo se sumaron ambientadores, jabón artesano y cajas para maquillaje. “Meter detalles en casa ajena no es atrevimiento”, se repetía soltándose con el carrito. El cerrojo ya no se resistía. En realidad, dejó de funcionar y parecía un portero de hockey sin máscara. Dándose cuenta, Eva pasó la noche cambiando el cerrojo con cuchillos de cocina y por la mañana fue a comprar uno nuevo. Los cuchillos, por supuesto, también tocaba renovarlos. Y ya que estaba: tenedores, cucharas, mantel, tablas de cortar y salvamanteles. Y, de ahí, a las cortinas había un paso. El domingo al mediodía, Dimitri llamó para decir que necesitaba quedarse un par de días más en el viaje. — Encantado si le das un poco de calor y hogar a mi piso —sonrió por teléfono cuando Eva le confesó sus reformas. De hecho, el hogar ya lo traía ella en camión y lo repartía siguiendo planos. Años acumulándolo por dentro y ahora que tenía vía libre no podía parar. Cuando Dimitri volvió, en el piso sólo quedaba una araña junto a la ventilación. Eva quiso echarla, pero al ver sus ocho ojos atónitos supo que mejor dejar a la pobre criatura como símbolo de respeto a la propiedad ajena. El piso de Dimitri parecía ahora el de alguien feliz tras ocho años de matrimonio, desencantado después, y luego feliz a pesar de todo. Eva no sólo reformó el piso: se aseguró de que todo el bloque supiera que era la nueva dueña y cualquier asunto se le podía dirigir. Aunque aún sin anillo, eso era sólo técnico. Los vecinos primero recelaban, pero acabaron diciendo: “Lo que tú quieras; nos da igual, es tu asunto”. *** El día del regreso de Dimitri, Eva preparó una cena casera, se puso el conjunto más sexy y llamativo, distribuyó ambientadores y, con la nueva iluminación tamizada, empezó a esperar. Dimitri tardaba. Cuando Eva notó que el conjunto le apretaba ese rincón por el que llevaba meses haciendo sentadillas, alguien metió la llave en el cerrojo. — El cerrojo es nuevo, empuja, no está cerrado —dijo Eva, entre nerviosa y seductora. No tenía miedo al juicio: había trabajado tan bien el piso, que le perdonarían todo. En el momento en que se abrió la puerta, recibió de golpe un SMS de Dimitri: “¿Dónde estás? Estoy en casa. Veo que el piso no ha cambiado nada. Decían los amigos que lo llenarías de cremas”. Claro que Eva lo vio más tarde. Porque por la puerta entraron cinco desconocidos: dos jóvenes, dos niños y un abuelo que, al ver a Eva, se enderezó y alisó su pelo canoso. — ¡Vaya recibimiento, papá! ¿Y para qué querías el balneario cuando tienes aquí el ‘todo incluido’? —comentó uno de los chicos y fue reprendido por su mujer por estar demasiado atento. Eva quedó en el umbral, dos copas llenas en mano, paralizada. Quiso gritar pero no pudo. Por ahí reía feliz la araña. — Disculpe, ¿quién es usted? —preguntó Eva, temblando. — El dueño del chiringuito. ¿Viene de la clínica, para la cura? Yo diría que me apaño solo —contestó el abuelo, mirando el uniforme de auxiliar que llevaba Eva. — Mmm, bueno, Adán Matías, aquí ahora sí se respira hogareño y paz —dijo la mujer del chico asomándose tras Eva—. Otro mundo, antes vivíamos en una tumba. ¿Y usted cómo se llama? ¿No será muy mayor para usted nuestro Adán Matías? Aunque eso sí, tiene casa propia… — E-e-Eva… — ¡Mira! Bien escogidos los nombres, Adán Matías. ¡Parece cuento! Al abuelo, por la mirada, también le parecía buen golpe de suerte. — ¿Y dónde está Dimitri? —susurró Eva. De los nervios apuró las dos copas. — ¡Yo soy Dimitri! —levantó la mano el niño. — Espera, aún te queda para Dimitri —la madre apartó su mano y mandó a los niños en coche. — P-p-perdón, creo que he confundido el piso —al fin reaccionó Eva, recordando la batalla del cerrojo—. ¿Esto es Buzanco, dieciocho, piso veintiséis? — No, esto es Bucarest, dieciocho —dijo el abuelo, dispuesto a instalarse. — Pues sí —suspiró Eva—, me equivoqué. Pasen, acomódense; yo hago una llamada. Corrió al baño, se envolvió en la toalla y leyó el SMS de Dimitri. “Dimitri, en breve estoy, me he parado en el súper”, le contestó Eva. “Perfecto, te espero; si puedes, compra una botella de tinto”, respondió Dimitri. El tinto lo llevaría, pero ya dentro. Cogió el felpudo, quitó la cortina y esperó en el baño que aquellos se fueran a la cocina. Entonces, salió disparada con sus cosas en una bolsa. *** — Ya te lo contaré —explicó Eva cuando Dimitri abrió la puerta. Casi flotando, pasó de largo, fue al baño, puso cortina y felpudo, y luego se dejó caer en el sofá hasta la mañana, hasta que el estrés y el vino se evaporaron. Al despertar, el joven la miraba pidiendo explicaciones. — Disculpa, ¿qué dirección es esta…? — Butrón, dieciocho.