Mi hijo, Juan, y su esposa, Marta, me entregan las llaves de un piso en el centro de Madrid justo cuando ingreso en la jubilación. Me acompañan al notario y, tan emocionada que no consigo articular más que un susurro, les digo:
¿Por qué me hacéis un regalo tan caro? ¡Yo no lo necesito!
Él me responde, casi sin pensar:
Es una ayuda extra para la pensión; así podrás alquilarlo a otros.
Yo acabo de dejar el trabajo y aún no he visitado el Instituto de Mayores. Mientras yo apenas me despido de la vida laboral, ellos ya han resuelto todo sin que yo diga nada. Empiezo a rechazar la oferta y me piden que no discuta.
Mi relación con Marta siempre ha sido de subidones y bajones: a veces llevamos la conversación sin sobresaltos y, de pronto, estalla una tormenta sin aviso. Ambas hemos sido causa y víctima de esos conflictos. Durante años tratamos de adaptarnos, aprendiendo a no pelearnos, a no enfrentarnos. Desde hace algunos años, por la gracia de Dios, convivimos en armonía.
Cuando mi cuñada, Inés, se entera del regalo, me llama al instante para felicitarme y, orgullosa, se alardea:
¡Mira qué buena hija he criado! No se le ha opuesto a este detalle. Yo misma no aceptaría tal cosa y la entregaría a mi nieto.
En la madrugada, mientras el reloj marca la medianoche, me pregunto si podré subsistir con una pensión de apenas dos mil euros. A la mañana siguiente llamo a mi nieto, Luis, que está a punto de cumplir dieciséis, y le pregunto suavemente si le molestaría que le organice un piso. Luis, que pronto ingresará a la universidad y tendrá novia, responde:
¡Abuela, no te preocupes! Yo mismo me haré cargo de mis gastos.
Todos rehúsen aceptar el piso. Lo ofrezco a Marta, a Luis e incluso a Juan, pero ninguno lo quiere.
Recuerdo el caso de mi hermana mayor, Elena: su cuñada perdió su casa y se vio obligada a mudarse a una vivienda social, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla de salvación.
Nuestro tío, que desapareció hace quince años, sigue sin que sus herederos se pongan de acuerdo; no pueden repartir la herencia sin pelear.
Hace tiempo vi en un programa de televisión cómo mis propios padres dejaron su casa a Juan, él la desalojó y vendió el inmueble, dejando a mis progenitores en la calle.
Lloro no sé si por gratitud o por orgullo de mis hijos. Después de pasar por la oficina de pensiones, descubro que mi jubilación asciende a dos mil euros, mientras Juan alquila mi piso por tres mil euros al mes. En ese instante valoro el regalo de mis hijos: ¡realmente es digno de reyes!







