Quedarse sola a los cincuenta: la historia de Natalia, una mujer que redescubre su felicidad tras treinta años de matrimonio y tres traiciones, superando el miedo y comenzando de nuevo en Madrid rodeada de familia, risas y segundas oportunidades

Quedarse sola a los cincuenta

«Te echo de menos, gatito. ¿Cuándo volvemos a vernos?»

Marisol se sentó desconcertada en el filo de la cama, el móvil de su marido en la mano. Ramón lo había dejado olvidado en la mesilla. La pantalla se encendió con un mensaje entrante. Un nombre desconocido. De mujer. Marisol deslizó el dedo por la conversación y treinta años de matrimonio se disolvieron entre caricias escritas, fotografías y planes de fin de semana, aquellos en que él supuestamente pescaba en el embalse con los amigos.

Dejó el teléfono sobre la colcha con delicadeza. Se quedó un rato mirando al vacío, mientras el reloj de la cocina medía el tiempo con tic-tacs metódicos y en el piso de al lado sonaba el televisor. Marisol ya conocía de memoria todas las escenas futuras. Cada palabra. Cada gesto. Todo aquello ya acontecido. Dos veces.

Ramón volvió a casa pasadas las once, cansado y molesto. Largó la bolsa en la entrada, cruzando al paso la casa hasta la cocina, donde Marisol calentaba agua para una infusión.

Hola, Mari. ¿Hay algo para picar?

En silencio, Marisol deslizó hacia él el móvil, pantalla hacia arriba sobre la mesa. Ramón lo cogió sin pensar y, al comprender, su rostro se transfiguró.

Marisol, yo…

Por favor no digas que es trabajo ella miró el vapor que se escapaba en espirales grises hacia la campana, de espaldas. Al menos, esta vez, no.

Ramón se sentó, apoyó los codos y se masajeó el tabique nasal.

¿Quién es? preguntó ella.

Nadie. Tonterías… tartamudeó él, buscando alguna respuesta entre las baldosas del suelo. Me dejé llevar, sin importancia.

Tonterías, repitió Marisol en voz baja.

Dos días después, Ramón apareció con un fantástico ramo de rosas rojas, elegante y envuelto en papel de estraza. Las depositó en la mesa de la cocina. Marisol notó temblor en sus dedos.

Mari, hablemos. Hablemos bien.

Ella se sirvió agua y se sentó frente a él.

Di lo que tengas que decir.

Sé que tienes razón. La he vuelto a cagar, tercera vez empezó. Sí, lo sé, me lo vas a decir. Pero llevamos toda una vida juntos. La familia, los hijos… ¿Eso no vale para nada?

Marisol giró el vaso entre las manos.

Te lo juro, no volverá a suceder. No sé cómo ocurre, pero te quiero, te lo juro dijo Ramón, tanteando su mano. Marisol retiró la suya. Mari, ¿a dónde vas a ir tú ahora? ¿Vas a quedarte sola con cincuenta años? No lo hagas, vamos a olvidarlo y empezar de nuevo, como siempre.

Marisol miró las rosas, a su marido, el anillo de oro ya apagado en su dedo. Recordó cómo creyó las mismas promesas dos años atrás. Y también cuatro antes de eso. Siempre esperando que la siguiente fuera la última.

Lo pensaré dijo, solo para no discutir más.

Las semanas siguientes se arrastraron en una convivencia turbia. Ramón se esforzaba: llegaba a la hora, ayudaba, fingía atenciones. Marisol había aprendido a notar detalles: cómo Ramón giraba el móvil boca abajo si ella entraba; cómo se crispaba cuando sonaba una notificación; cómo sus ojos se detenían de más en las cajeras jóvenes del supermercado.

¿Qué miras? preguntó Marisol un día, frente a la cola de la caja.

¿Yo? Nada respondió él, girando la cabeza con rapidez. Vamos, que se enfría el coche.

Con el tiempo, volvieron los gruñidos y los malos gestos, sobre todo si ella entraba cuando Ramón estaba con el móvil. Ella no lo comprobaba. Ya no hacía falta.

Por las noches, Marisol se recostaba en la penumbra escuchando la respiración de su marido. No pensaba en él, sino en sí misma. ¿Qué la mantenía allí? ¿Amor? No recordaba la última vez que fue feliz junto a Ramón. ¿La costumbre? Treinta años de rutina, recuerdos, hijos criados. ¿El miedo? Sí, sobre todo eso. Tenía cuarenta y ocho años ¿Y ahora? ¿Qué haría si se quedaba sola?

Una noche, tomó el móvil y marcó a su hija. Lucía contestó al tercer tono:

¿Mamá? ¿Te pasa algo?

Nada… Bueno, en realidad… ¿Podemos hablar sinceramente, Lucía?

Claro, dime.

Marisol se desnudó con palabras: la conversación, la tercera vez, los ramos, las promesas. Que no sabía cómo seguir.

Lucía la escuchó en silencio.

¿Y tú qué quieres, mamá?

No lo sé dijo Marisol, con toda la verdad. No lo sé.

Mira, no tienes por qué aguantar todo esto. Que hayan pasado treinta años no te obliga a nada. No eres de su propiedad. ¿Quieres venirte conmigo? Tengo una habitación libre, te quedas hasta que recobres el rumbo. Trabajos para contables hay siempre, y la dueña del piso de al lado alquile barato. No es el fin de nada. Puede ser un principio, en otra ciudad, si lo deseas.

Marisol se quedó callada, el móvil temblando en su oído.

Piénsalo, mamá. Te apoye en lo que decidas.

Lucía no la apuró. Le habló del piso económico al lado, de los nietos que querrían verla más, de la consulta en el ambulatorio donde buscaban una contable.

¿Lo entiendes? Te mereces vivir bien, mamá. No hay que normalizar la humillación.

Por primera vez en mucho, Marisol sintió que alguien le decía que merecía la felicidad. No aguantar, ni perdonar, ni proteger nada. Solo felicidad.

El último diálogo con Ramón lo postergó tres días. Lo ensayó delante del espejo, lo susurró en la almohada de madrugada. Una mañana, al amanecer, mientras servía café y torta de aceite, lo soltó:

Voy a pedir el divorcio.

Ramón se quedó petrificado, la taza medio camino.

¿Qué dices, Mari? ¿Hablas en serio?

Totalmente.

Vamos, mujer dejó la taza y sonrió con desdén. Hemos discutido, sí, pero, ¿divorcio? No exageres.

No es solo una discusión, Ramón. Son tres engaños en cinco años. Estoy agotada.

Se le borró la sonrisa:

¿Tú estás agotada? ¿Y yo? ¿Treinta años contigo crees que son fáciles?

Marisol no respondió. Terminó el té y se levantó.

¡Espera! Ramón la interceptó. ¿Qué haces? ¿A dónde piensas ir? ¿Quién te va a querer a ti?

A mí misma.

¡A ti misma! su risa fue áspera, rota. ¿Te has visto? Casi cincuenta. ¿Quién va a hacer cola por ti?

No necesito ninguna cola.

¿Qué necesitas entonces? gruñó, acercándose. Yo te he dado de comer, vestir, techo. ¿Qué has hecho tú para que me den ganas de volver a casa?

Marisol lo miró de abajo arriba. Veía el rostro congestionado, la vena palpitando en la sien, el hilo de saliva en la comisura.

¿Es mi culpa que me hayas engañado?

¿Y de quién si no? ¡Mírate! Bata, zapatillas, cocidos. Aburramiento puro. Ni hablar contigo se puede… Calló, se irguió. Tú lo has provocado todo. Ahora te pones digna.

Marisol retrocedió. Llevaba cinco años buscando en ese hombre un solo gesto de arrepentimiento. No lo encontró. Ramón no la perdía a ella; perdía su comodidad. Camisas planchadas, cena caliente, el hogar pulcro.

Gracias le dijo muy serio.

¿De qué?

Por esta conversación. Dudaba, pero ahora ya no.

Lo bordeó y salió. Ramón le gritó de ingrata, de años tirados, de que lo lamentaría. Marisol solo reunió sus cosas.

Un mes después, estaba en su nuevo piso, tercero sin ascensor, a dos paradas de metro de Lucía. Olía a pintura y, de alguna manera, a manzanas. Las cajas apiladas, la nevera vibrando detrás de la pared, y ella, por primera vez en mucho tiempo, respiraba hondo.

Esa tarde llegaron los nietos. La pequeña Carmen, de cinco años, examinó todo y sentenció: Aquí hace falta un gato. Alejandro, de ocho, le dio su manta antigua, por si tienes frío, yaya. Lucía apareció con una olla de cocido y una botella de cava.

Por la mudanza, mamá.

Marisol se rió. Pero rió de verdad, con ganas, sin miedo a las quejas de nadie por el ruido.

A los seis meses, su hijo Francisco, la nuera y el bebé llegaron a vivir en la ciudad, alquilaron cerca. Ahora en casa de Marisol había tradición de comidas de domingo: cocina repleta, voces, niños corriendo, Lucía y Francisco discutiendo acalorados de política.

Marisol removía una salsa al fuego y pensaba: aquel miedo a la soledad no era real, era la celda que ella misma se había fabricado durante treinta años. La familia auténtica estaba allí, donde la querían por existir y no por servir.

De vez en cuando, Ramón la llamaba. Que volviera, que había cambiado, que todo sería distinto. Marisol le respondía cortés, sin rencor: se alegraba por él. Pero aquel hombre ya no tenía nada que ver con su vida.

Carmen tiró de su falda:

Yaya, ¿mañana vamos al Retiro? ¡Han vuelto los patos!

Claro que sí dijo Marisol.

Y sonrió, porque la vida al fin comenzaba a despertar.

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Quedarse sola a los cincuenta: la historia de Natalia, una mujer que redescubre su felicidad tras treinta años de matrimonio y tres traiciones, superando el miedo y comenzando de nuevo en Madrid rodeada de familia, risas y segundas oportunidades