— ¡Abuela, Allá! — exclamó Matías. — ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?

¡Abuela María! exclamó Mateo, atónito. ¿Pero quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?

María Jiménez lloró amargamente al ver el destrozo en el jardín. No era la primera vez que apuntalaba la vaya con tablas improvisadas y trataba de arreglar los postes podridos, esperando que aguantara al menos hasta que reuniera suficiente en su pequeña pensión. Pero no hubo suerte: la vaya se vino abajo, igual que los ánimos.

Hace ya diez años que María sacaba adelante la casa sola, desde que su querido marido, Pedro Martínez, partió al otro barrio. ¡Qué manos de oro tenía Pedro! Mientras vivió, María no tenía ni una preocupación: él arreglaba todo, era el manitas de la aldea. Nadie en el pueblo podía igualar su destreza, su empatía o su amor por el trabajo.

Construyeron juntos toda una vida: la casa reluciente, el huerto rebosante, las gallinas y vacas bien cuidadas. Todo gracias al sudor de su frente.

Sólo tuvieron un hijo, Ignacio, todo orgullo y alegría. De pequeño solo hacía falta mirarlo para que supiera la faena que tocaba: antes de que su madre regresara de la huerta, él ya había acarreado leña, traído agua, encendido la estufa y dado de beber a los animales.

Pedro, al volver de trabajar, se lavaba y salía al porche a fumar un pitillo, mientras María preparaba la cena. Las noches se hacían cortas compartiendo mesa, risas y cotilleos del día. Eran felices.

El tiempo pasó, los recuerdos se fueron apilando como cajas. Ignacio se hizo mayor, marchó a Madrid, estudió, se casó con una urbanita llamada Estrella, y se instalaron en la gran ciudad. Al principio, venía cada verano, pero pronto Estrella convenció a Ignacio de que lo suyo eran las vacaciones internacionales y, desde entonces, ni veraneo ni nada. Pedro Martínez no comprendía el giro.

¡Pero si nuestro Ignacio no sabe lo que es el cansancio! Esa Estrella le ha llenado la cabeza de pájaros. ¿Para qué esos viajes de mar y aire?

Pedro se entristecía y María suspiraba, pero no podían hacer otra cosa que esperar alguna carta del hijo. Hasta que un día, Pedro enfermó. Dejó de comer, se apagó poco a poco. Los médicos dieron medicinas, pero acabaron por mandarlo a casa, a esperar el final. Cuando llegó la primavera y los ruiseñores llenaron de trinos el monte, Pedro se fue.

Ignacio vino al entierro, lloró como nunca, lleno de remordimiento por no haber despedido a su padre en vida. Pasó una semana en la casa natal, después volvió a Madrid y, en los diez años siguientes, escribió a su madre sólo tres veces.

María vendió la vaca y las ovejas al vecino: ¿para qué las quería ya? La vaca estuvo asomada al portón varios días, escuchando los sollozos de su vieja dueña. María se encerraba a llorar en la habitación más oscura, tapándose los oídos para no escuchar ni su propia pena.

Sin manos masculinas la casa se venía abajo: el tejado goteaba, la madera del porche crujía, el sótano se inundaba María hacía lo que podía. Guardaba euros de la pensión para pagar algún arreglo y en ocasiones afrontaba los problemas sola, pues, nacida en pueblo, ¿quién mejor para apañárselas?

Así vivía, tirando para adelante y para atrás, cuando la tragedia le cayó encima como una cortina tupida. Se le empezó a nublar la vista de repente; jamás había tenido problemas. Fue a la tienda del pueblo y apenas distinguía el precio de los tomates. Al cabo de unos meses, ni la placa del mismo comercio veía.

La enfermera vino, la examinó y fue tajante.

¡María Jiménez! le dijo. Si no se opera, acabará ciega. ¡Anímese, que recuperará la vista!

Pero María, que no confiaba ni en los cirujanos ni en los milagros, se negó en redondo. Al año, casi no veía nada, pero tampoco le preocupaba excesivamente.

¿Para qué quiero más luz? Ni veo la tele; me basta con escuchar la radio y las noticias del locutor. En casa, lo hago todo de memoria.

Cuando la soledad la abruma, lo que más le inquieta es la falta de protección. En la aldea abundan los sinvergüenzas que se cuelan en casas abandonadas y se llevan todo lo que encuentran. María añoraba un buen perro que ladrara fuerte y atemorizaría a los extraños.

Un día preguntó al cazador del pueblo, Julián:

Oye, ¿no sabrás si el guarda forestal tiene algún cachorro de pastor? Aunque sea el más chico, yo lo crío.

Julián la miró con esa curiosidad de quien no sabe si reír o llorar.

Abuela María, ¿para qué quiere usted un cachorro de mastín? Esos son para el campo. Yo le consigo un pastor alemán puro de ciudad.

Eso tiene que ser caro

No tanto como piensa. ¡No hay que ser duquesa, abuela María!

Pues tráemelo cuando puedas.

María revisó sus ahorros: unos cuantos billetes de euro guardados en la caja de galletas. Confiaba en poderlo pagar si salía a buen precio. Pero Julián, que era más vago que confiable, postergaba su promesa eternamente. A María le enfadaba el hombre y sus palabrerías, aunque en el fondo le daba lástima. Julián era un hombre solo, sin hijos ni mujer; su única amiga robusta era la botella.

Casi coetáneo de Ignacio, Julián no cabía en Madrid y se quedó aferrado al pueblo. Su pasión era la caza, desaparecía varios días por el monte y, cuando no había caza, se ganaba el pan haciendo chapuzas para las abuelas del vecindario, arreglando huertos y motores viejos. Los euros que le daban los gastaba enseguida en vino.

Después de cada borrachera, se internaba en el monte con la resaca a cuestas y, a los pocos días, regresaba cargado de setas, bayas, truchas, piñones Lo vendía regalado y volvía a malgastar el dinero. El borrachín ayudaba a María a cambio de comida caliente y una copa. Tras el derrumbe de la vaya, tuvo que volver a pedirle ayuda.

Habrá que posponer lo del perro suspiró María. No me llega para pagar la vaya y el pastor alemán.

Pero Julián apareció, esta vez no con las manos vacías. En su mochila, junto a las herramientas, algo se movía. Con una sonrisa de pícaro, la llamó.

Mire usted a quién le he traído y abrió la mochila.

María, intrigada, tocó el bultito y notó la cabeza peluda.

¡Julián! ¿No me digas que has traído el cachorro?

Ni más ni menos. Un pastor alemán de pura raza, abuela.

El cachorro gimoteaba queriendo salir. María se alarmó:

¡Pero si ya sólo me queda para pagar la vaya!

No lo pienso devolver, abuela María replicó Julián. ¿Sabe usted cuánto me ha costado este chucho?

¿Qué hacer? María se vio obligada a ir a la tienda, donde la tendera le dio cinco botellas de vino fiadas y la apuntó en el viejo libro de deudas.

Esa tarde Julián remató la vaya. María lo agasajó con lentejas y brindó con él. Julián, bien animado por el vino, le recomendaba seriamente junto al fuego, mientras señalaba al cachorro acurrucado en la estufa:

Hay que darle de comer dos veces al día. Y cómprele una buena cadena, crecerá fuerte. Créame, entiendo de perros.

Así llegó a la casa de María el nuevo compañero: Manchitas. La abuela lo adoraba, él correspondía saltando cada vez que veía a la dueña, queriendo darle besos en la cara. Pero algo inquietaba a María: el perro se hizo enorme, parecía una vaca pequeña pero jamás ladró. Eso le fastidiaba.

¡Julián! ¡Vaya estafa! El perro no me sirve ni para asustar ratones.

Pero, ¿cómo echar a una criatura tan noble? Ni falta que hacía que ladrase. Los perros vecinos ni se atrevían a mirarlo, y el tal Manchitas creció hasta la cintura de María en tres meses.

Un buen día llegó Mateo, el cazador local, para comprar sal y cerillas antes de la temporada de caza, esa que les mantenía meses lejos del pueblo. Al pasar por delante de la casa, se quedó clavado al ver a Manchitas.

¡Abuela María! gritó. ¿Quién le ha dejado tener un lobo en el pueblo?

María se llevó las manos al pecho, aterrada.

¡Virgen santa! ¡Qué boba he sido! Ese Julián me ha timado, diciendo que era un pastor alemán puro

Mateo, muy serio, le aconsejó:

Hay que soltar ese animal en el bosque. Si no, se va a liar.

María no pudo evitar las lágrimas. ¡Cómo le dolía separarse de Manchitas! Un animal noble y bueno, aunque fuera un lobo. Pero últimamente estaba inquieto, tiraba de la cadena y quería escaparse. Los vecinos lo miraban con temor. No quedaba más remedio.

Mateo llevó el lobo al bosque. Manchitas movió la cola y desapareció entre los árboles. No se le volvió a ver jamás.

María andaba tristona echando de menos a su querido amigo, renegando de Julián y su maña de embaucador. Pero hasta el mismo Julián se sentía mal, porque, al fin y al cabo, sus intenciones eran buenas. Una vez, perdido en el monte, encontró huellas de oso y, a lo lejos, un quejido. Se asustó, porque junto a ositos, suele haber mamá osa. El sonido era raro; al apartar los arbustos, vio la madriguera de una loba muerta y varios lobeznos mordidos. El oso había atacado el cubil. Sólo uno sobrevivía, oculto en el fondo.

Julián lo recogió por pena, pensando que con suerte podría criarlo y que se marcharía solo al bosque. Lo dejó a María, imaginando que, para cuando el lobo se largara, él encontraría a la abuela un perro de verdad. Pero Mateo arruinó el plan.

Julián pasó varios días merodeando por la casa, avergonzado. El invierno no perdonaba. María encendía la estufa a diario para no congelarse.

Hasta que una noche llamaron a la puerta. María fue a abrir. En el umbral estaba un hombre desconocido.

Buenas noches, abuela. ¿Puede darme alojamiento? Me perdí yendo al pueblo de al lado.

¿Y cómo te llamas, hijo? No veo bien.

Borja.

María arqueó una ceja.

Aquí no hay ningún Borja que yo sepa

No soy de aquí, acabo de comprar una casa. Quería verla, pero el coche se atascó y tuve que venir andando, con este vendaval

¿Compraste la casa de Don Manuel?

Él asintió.

María lo invitó a pasar, le puso agua a hervir y no advirtió cómo el invitado escudriñaba el viejo aparador de la abuela, donde se guardaba la fortuna en monedas y pendientes.

Mientras María cocinaba algo en la lumbre, Borja empezó a rebuscar en el aparador. María oyó el chirrido de la puerta.

¿Qué haces, Borja?

Es que con la última reforma del euro hay que deshacerse de los billetes viejos, abuela.

María se puso seria.

Menuda mentira. Aquí no ha habido reforma. ¿Quién eres tú en realidad?

El hombre sacó un cuchillo y lo arrimó a la barbilla de la abuela.

Calla y saca el dinero, las joyas y la comida.

El miedo congeló el corazón de María. Tenía ante sí a un bandido, escondido de la policía. Ya es mi final, pensó.

Pero en ese momento la puerta se abrió de golpe. De un brinco, apareció el lobo enorme y se abalanzó sobre el ladrón. Este chilló, aunque el pañuelo grueso le salvó del mordisco. El bandido sacó el cuchillo y apuñaló al lobo en el hombro. Manchitas se apartó y el ladrón salió pitando.

Justo cuando Julián venía dispuesto a disculparse. Vio a un hombre con cuchillo corriendo y maldiciendo. Julián corrió hacia la casa y encontró a Manchitas sangrando en el suelo. Entendiendo el percal, fue derecho al cuartelillo.

El ladrón fue detenido y condenado a otro round a la sombra.

El lobo, convertido en héroe del pueblo, recibió manjares y caricias. Dejó de estar atado y vagaba libre, pero siempre volvía a casa de María, especialmente tras las cacerías donde hacía equipo con Julián.

Una tarde vieron aparcado delante de la casa un reluciente todoterreno negro. Alguien estaba partiendo leña. Era Ignacio, el hijo de María. Al cruzarse con Julián, le abrió los brazos, emocionado.

Esa noche, la familia se sentó a cenar junta. María brillaba de alegría. Ignacio la convenció para ir a Madrid a operarse los ojos.

Si hay que hacerlo, se hace suspiró María. En verano viene mi nieto, quiero verlo. Julián, ¿me cuidas la casa y a Manchitas?

Julián asintió. El lobo se repantigó junto a la estufa, apoyando la cabeza en sus patas. Su lugar estaba allí, al lado de los amigos.

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— ¡Abuela, Allá! — exclamó Matías. — ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo en el pueblo?