¡Ay, mamá querida… y tú dirás que no es buena! le dijo tía Ilenuța a la mujer adinerada con el elegante abrigo de piel.

Toma, nena, y dime tú si está buena le lanzó la tía Remedios a la señorita Concepción, la mujer de la capa de visón que paseaba por la Plaza Mayor de Salamanca como si fuese la dueña del cielo.

El mercado bullía cada sábado como una fiesta de aromas y colores: puestos repletos, vendedores apurados, curiosos que se detenían frente a cada mesa para observar, comparar y probar. En un rincón más humilde se encontraba la tía Remedios, una anciana del campo con las manos curtidas por el trabajo, el pañuelo verde siempre atado bajo la barbilla y una mirada cálida, esa que solo tienen los corazones sencillos y puros.

Llevaba bajo el brazo unas ruedas de queso blanco elaborado con el sudor de su vieja vaca, y una tajadita más pequeña, reservada para los que se atrevieran a probar sin prejuicios, como ella solía decir: «para que el paladar se fije y no se fíe de apariencias».

Cada transeúnte recibía el mismo gesto amable:

Toma, nena, y dime tú si está buena.

Algunos se quedaban, otros seguían su camino a toda prisa. Así es en los mercados: no todos tienen tiempo, ni todos ven el alma que se esconde tras un producto sencillo.

Esa mañana, entre la muchedumbre, apareció la conocida en la ciudad: alta, elegante, vestida con un abrigo de visón caro, gafas negras que ocultaban su mirada. Se decía mucho de ella: tenía dinero, negocios, todo lo que cualquiera podría desear pero no tenía tranquilidad.

Primero se acercó a los grandes puestos de los renombrados productores de la zona. Saboreó, olió, preguntó y cada vez fruncía el ceño.

Demasiado salado
Muy blando
No es lo que busco

La gente se apartaba a su paso. Su presencia cortaba el aire, una elegancia de hielo que parecía congelar el ambiente. Detrás de esa fachada de confianza se ocultaba un cansancio invisible, una tristeza que no cuajaba con sus ropas de lujo.

Cuando llegó al puesto diminuto de la tía Remedios, las demás vendedoras giraron la cabeza, curiosas: «A ver cómo la ignora la señorita Concepción. ¿Qué quiere comer de una campesina?». Pero Remedios no se dejó llevar por esos pensamientos. No distinguía diferencias; sólo veía el corazón del que estaba frente a ella.

Así que, con la misma dulzura que ofrecía a todos, le volvió a decir:

Toma, nena, y dime tú si está buena.

Concepción se detuvo, sin saber bien por qué. Tal vez algo en la voz de la anciana le recordó una calidez que hacía años no sentía.

Remedios le partió un trozo de queso, como si fuera para un ser querido:

Lo he hecho con estas manos viejas pero con el corazón de una joven, ña. Prueba y cuéntame.

La señorita tomó el bocado. Un aroma sencillo, puro, la inundó de un sentimiento olvidado. Cerró los ojos y, de pronto, sintió…

La infancia.

En medio del bullicio del mercado, entre voces y risas, se transportó a una cocina pequeña, con suelo de tierra, una mesa de madera cruda. Allí estaba su abuela, la mujer que la había criado con tanto cariño mientras sus padres trabajaban en el extranjero. La abuela, con su delantal floreado, le arrancaba siempre un trozo de queso fresco y le decía:

Prueba, nena, y dime si está bueno. Tú eres mi paladar.

Un nudo se le formó en la garganta. Ese queso sencillo era exactamente el mismo. La misma textura, el mismo sabor, la misma memoria.

Los ojos se le nublaron de lágrimas, que escondió tras los cristales de sus gafas. La voz tembló al intentar hablar:

No sé qué decir es es perfecta.

La tía Remedios le rozó la mano con la ternura que sólo las abuelas saben dar:

Querida, a mí no me falta nada. Si tú dices que está buena, con eso me basta.

¿Cómo lo lo hace? preguntó la mujer, con voz quedita.

Con trabajo, ña y con cariño. Porque sin eso no sale. Y con deseo deseo de gente buena, como tú, que aún sabe saborear con el corazón.

Se quitó las gafas. En sus ojos brillaban lágrimas y una luz que no había visto en mucho tiempo.

Me recuerdas a mi abuela soltó, con la garganta rasgada.

Remedios sonrió, mostrando los hoyuelos de sus mejillas.

Muy bien, ña. Eso significa que no está lejos. Mientras la recuerdes, tu abuela vive dentro de ti.

Me llevo todo el queso declaró la mujer, decidida. Todo. Y quiero ayudarle. ¿Qué necesita?

Remedios negó con la cabeza, ligeramente.

No soy pobre, ña. Tengo manos. Mientras tenga manos, tengo queso. Y si tú has recorrido tantos puestos y vienes a mi puesto eso demuestra que aún queda espacio en este mundo para gente de buen corazón. Esa es mi riqueza.

Concepción inhaló hondo y se secó los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo simple: el calor de un recuerdo.

Gracias, tía Remedios gracias por hacerme recordar quién soy.

La anciana le estrechó la mano con delicadeza.

Toma, nena, y dime tú si está buena. Así es el queso, así es la vida solo quien lo prueba con el alma lo siente.

Si esta historia te ha despertado algún recuerdo, no te lo guardes solo para ti. Escríbenos en los comentarios qué te ha venido a la mente: quién, qué sabor, qué momento de la infancia

Rate article
MagistrUm
¡Ay, mamá querida… y tú dirás que no es buena! le dijo tía Ilenuța a la mujer adinerada con el elegante abrigo de piel.