He tomado la decisión de dejar de llevar a mis hijas a las reuniones familiares después de años sin darme cuenta realmente de lo que ocurría.
Mis hijas, Inés y Mar, tienen ahora 14 y 12 años. Desde pequeñas comenzaron a recibir esos comentarios supuestamente normales:
Come demasiado.
Eso no le queda bien.
Es demasiado mayor para vestirse así.
Debería empezar a cuidar su peso desde ahora.
Al principio lo tomaba como algo sin importancia. Decía que era el típico tono directo de mi familia; pensaba: Bueno, siempre han sido así.
Cuando eran más niñas, no sabían cómo defenderse. Se callaban, bajaban la mirada y a veces sonreían por educación. Yo podía ver que les molestaban esos comentarios, pero me convencía de que estaba exagerando, que así eran las reuniones familiares en Madrid.
Sí, había mesa llena, risas, fotos, abrazos… pero también miradas largas, comparaciones entre primas, preguntas innecesarias, bromas disfrazadas.
Al final del día, mis hijas volvían a casa más calladas de lo habitual.
Con el tiempo, los comentarios no pararon, solo cambiaron de forma. Ya no era solo la comida era el cuerpo. El aspecto. El desarrollo.
Esta ya está muy formada.
La otra está demasiado delgada.
Nadie la va a querer así.
Si sigue comiendo así, que luego no se queje.
Nadie les preguntaba cómo se sentían. Nadie se daba cuenta de que son niñas que escuchan y recuerdan.
Todo cambió cuando entraron en la adolescencia.
Un día, después de una reunión familiar en Salamanca, Inés me dijo:
Papá no quiero volver a ir.
Me explicó que esas reuniones le resultan muy desagradables: arreglarse, ir, sentarse allí, tragar los comentarios, sonreír por compromiso… y luego volver a casa sintiéndose fatal.
Mar simplemente asintió, sin decir mucho.
En ese momento comprendí que ambas llevaban tiempo sintiéndose así.
Entonces, empecé a prestar atención de verdad.
Recordaba frases, miradas, gestos. Escuché otras historias de gente que creció en familias donde todo se decía por su bien. Y entendí lo profundo que puede afectar eso a la autoestima.
Así que tomé la decisión, junto a mi mujer, Teresa:
Nuestras hijas no volverán a ir a lugares donde no se sientan seguras.
No las obligaremos.
El día que ellas quieran ir, irán.
Y si no quieren, no pasa nada.
Su tranquilidad está por encima de cualquier costumbre familiar.
Algunos familiares ya se han dado cuenta y han empezado a preguntar:
¿Qué ocurre?
¿Por qué no vienen?
Os estáis pasando.
Siempre ha sido así.
No se puede tratar a los niños como si fueran de cristal.
No doy explicaciones.
No busco conflictos.
No discuto.
Simplemente he dejado de llevarlas.
A veces el silencio lo dice todo.
Hoy, Inés y Mar saben que su padre nunca las pondrá en situaciones donde tengan que aguantar humillaciones disfrazadas de opinión.
Puede que a algunos no les guste.
Puede que piensen que somos conflictivos.
Pero prefiero ser el padre que marca límites, y no el que mira hacia otro lado, mientras sus hijas aprenden a odiar partes de sí mismas solo por intentar encajar.
¿Creéis que hago lo correcto? ¿Haríais lo mismo por vuestros hijos?







