No voy a poder ser tu madre ni voy a poder quererte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte mal por ello. Porque, aunque no sea lo ideal, aquí estarás mejor que en un orfanato Hoy fue un día difícil. Iván tuvo que despedir a su hermana. No era perfecta, pero era su hermana, de sangre. Hacía casi cinco años que no se veían y así llegó la tragedia. Vika, en todo lo que pudo, apoyó a su esposo, intentando ocuparse del mayor número de cosas posible. Pero después del entierro les esperaba otra tarea no menos importante. Irina, la hermana de Iván, dejó a un hijo pequeño. Y todos los familiares que se reunieron ese día para despedirse de Irina transfirieron sin más toda la responsabilidad al hermano menor. ¿Quién, si no el tío, debía cuidar del niño? Así que nadie lo discutió, estaba claro que era la decisión correcta. Vika entendía la situación, y no se oponía, pero había algo. Ella nunca quiso hijos. Ni propios, ni ajenos. Había tomado esa decisión mucho tiempo atrás. Se lo confesó a Iván antes de casarse, y él lo tomó a la ligera. Al fin y al cabo, ¿quién piensa realmente en los hijos con apenas veinte años? No, vivir para nosotros, eso decidieron hace diez años. Y ahora tenía que aceptar a un niño completamente ajeno. No había salida. Iván nunca permitiría llevar al niño al orfanato, y Vika tampoco se atrevería a hablarlo. Sabía que nunca llegaría a quererlo ni a poder reemplazar a su madre. El chico era muy maduro para su edad y Vika decidió decirle la verdad. —Vladimir, ¿prefieres vivir con nosotros o en el orfanato? —Quiero vivir en casa, solo. —Pero no te dejarán vivir solo. Solo tienes siete años. Así que tienes que elegir. —Entonces, con el tío Iván. —Bien, vendrás con nosotros, pero quiero decirte algo: no podré ser tu madre ni quererte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte mal por eso. Aquí, aunque no sea lo ideal, estarás mejor que en un orfanato. Tras resolver parte de los trámites, por fin pudieron volver a casa. Vika pensaba que, después de esa conversación, no tendría que hacer el papel de tía cariñosa, y podría ser ella misma: cocinar, lavar la ropa y ayudar con los deberes no era difícil, pero dar su amor… eso ya no. El pequeño Vladimir, en cambio, nunca olvidaba que era el “no querido” y que, si quería quedarse allí, debía portarse bien. Ya en casa, decidieron darle la habitación más pequeña. Pero primero había que adaptarla para el chico. Escoger el papel tapiz, los muebles, la decoración: eso le apasionaba a Vika. Se volcó con entusiasmo en arreglar el cuarto del niño. Vladimir pudo elegir el papel tapiz; lo demás lo decidió Vika. No escatimó, pues no era tacaña, solo no amaba a los niños, y el cuarto quedó precioso. ¡Vladimir estaba feliz! Qué pena que su madre no viera su nueva habitación. Cómo le gustaría que Vika pudiera quererle. Ella era buena y generosa, solo que no amaba a los niños. Mucho pensaba en esto Vladimir cada noche. Sabía encontrar alegría en cada pequeña cosa: el circo, el zoo, el parque de atracciones… expresaba su entusiasmo con tanta sinceridad que Vika misma empezó a disfrutar aquellos paseos. Le encantaba sorprenderle y luego observar su reacción. En agosto iban a viajar al mar con su marido, y Vladimir iba a quedarse diez días con una pariente cercana. Pero casi al último momento, Vika lo cambió todo. Quería que el niño viera el mar. Iván se sorprendió, pero en el fondo estaba contento; le había tomado mucho cariño al niño. Y Vladimir era casi feliz. Si tan solo le quisieran… Bueno, al menos vería el mar. El viaje fue un éxito. El mar estaba cálido, la fruta, jugosa y el ánimo excelente. Pero lo bueno siempre acaba, y el verano también terminó. Comenzaron las rutinas: trabajo, casa, escuela. Pero algo en ese pequeño mundo había cambiado, una nueva sensación apareció. Era como si la vida se moviera, como una alegría pequeña y el deseo de un milagro. Y el milagro ocurrió: Vika volvió del mar con una nueva vida. ¿Cómo podía ser, si tantos años habían evitado sorpresas así? No supo qué hacer. ¿Contárselo a Iván o decidirlo sola? Desde que llegó Vladimir, ya no estaba segura de que él fuera realmente “childfree”. Disfrutaba con el niño, jugaba y hasta lo llevaba al fútbol. Vika ya había hecho un sacrificio; otro, no estaba lista. Tomó una difícil decisión. Mientras estaba en la clínica, la llamaron del colegio: Vladimir había sido llevado al hospital con sospecha de apendicitis. Por ahora, todo quedaba en suspenso. Corría por el hospital. Vladimir estaba pálido y tiritaba. Al ver a Vika, rompió a llorar. —Vika, por favor, no te vayas, tengo miedo. ¿Puedes ser mi mamá hoy, solo por un día? Por favor, solo hoy, nunca más lo pediré. El niño le apretó la mano con todas sus fuerzas mientras las lágrimas rodaban. Nunca lo había visto llorar así; solo el día del entierro. Ahora parecía inconsolable. Vika acercó su mano a la mejilla. —Mi niño, aguanta un poco. El médico vendrá y todo estará bien. Yo estoy aquí y no me voy. ¡Dios, cómo lo amaba en ese momento! Ese niño de ojos brillantes era lo más importante que tenía. Childfree, ¡qué tontería! Esa noche le contaría todo a Iván sobre el futuro bebé. Tomó la decisión cuando Vladimir, del dolor, le apretó aún más la mano. Pasaron diez años. Hoy, Vika celebra casi un aniversario redondo: cumple 45. Habrá invitados y felicitaciones. Pero ahora, con un café, la invade la nostalgia. El tiempo voló. Quedó atrás la juventud. Ahora es mujer, esposa feliz y madre de dos maravillosos hijos. Vladimir, ya casi mayor de edad, y Sofía, de diez. No se arrepiente de nada. Bueno, hay una cosa de la que sí se arrepiente mucho: aquellas palabras sobre el desamor. Daría todo por que Vladimir no las recordara, por que las olvidara para siempre. Desde aquel día en el hospital, ha procurado decirle cuánto le quiere, pero nunca se atrevió a preguntarle si recordaba sus primeras palabras.

No podré ser tu madre ni podré amarte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte ofendido. Porque aquí, contigo, estarás mejor que en un orfanato.

Hoy había sido un día muy duro. Iván enterraba a su hermana. Aunque fuera algo descarriada, era de su sangre. Llevaban casi cinco años sin verse y ahora, la tragedia les reunía.

Victoria hizo todo lo posible por apoyar a su marido, intentando asumir la mayoría de las tareas pese a que su propio corazón también pesaba.

Sin embargo, tras el funeral, quedaba aún un asunto fundamental: Irene, la hermana de Iván, había dejado un hijo pequeño. Todos los familiares reunidos aquel día para despedir a Irene, de pronto, depositaron toda la responsabilidad sobre el hermano menor.

¿Quién, si no el tío de sangre, debía hacerse cargo del niño? Así que nadie lo puso en duda, ni se discutió, simplemente se asumió como la única solución lógica.

Victoria entendía la situación y no estaba realmente en contra, pero había algo que le inquietaba. Nunca había querido hijos, ni propios, ni mucho menos ajenos.

Esa decisión la tomó hacía mucho tiempo. Se lo confesó sinceramente a Iván antes de casarse, y él no le dio mayor importancia. Al fin y al cabo, ¿quién piensa en hijos a los veintipocos? Decidieron vivir para sí mismos y, así, pasaron diez años.

Y ahora, ella tenía que aceptar a un niño completamente ajeno. No había escapatoria. Iván jamás consentiría entregar a su sobrino a un orfanato, y Victoria tampoco se atrevía a sugerirlo.

Sabía que nunca podría amar a ese niño ni mucho menos sustituirle a la madre. El pequeño era muy despierto y adulto para su edad; Victoria decidió hablarle con total sinceridad.

¿Diego, prefieres vivir con nosotros o en un centro de acogida?

Quiero vivir en casa, solo.

Pero no te dejarán vivir solo, solo tienes siete años. Así que necesitas elegir.

Entonces con el tío Iván.

Bien, vendrás con nosotros, pero quiero que sepas una cosa. No podré ser tu madre ni podré amarte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte ofendido. Porque aquí, contigo, estarás mejor que en un centro de acogida.

Con parte de los trámites terminados, pudieron por fin regresar a casa.

Victoria pensó que, después de aquella conversación, ya no tendría que fingir. Alimentar, lavar la ropa, ayudar con los deberes, eso no le suponía esfuerzo, pero no podía entregarle su corazón.

El pequeño Diego, en adelante, no olvidaría ni por un minuto que era el no amado y que, para no acabar en el centro de acogida, debía comportarse muy bien.

Al llegar a casa, decidieron darle la habitación más pequeña. Había que adaptarla a sus necesidades.

Elegir papel pintado, muebles, decoración: eso sí entusiasmaba a Victoria. Se volcó en convertir el cuarto en un espacio acogedor.

Dejó que Diego eligiera el papel pintado; el resto lo escogió ella. Victoria no escatimó en gastos, no era tacaña, simplemente no le gustaban los niños. Así que la habitación quedó preciosa.

Diego estaba feliz. Una pena que su madre no pudiera ver su nuevo cuarto. Ojalá, pensaba, Victoria pudiera quererle. Es buena, amable, sólo que los niños no son lo suyo.

Muchas noches, Diego se tumbaba reflexionando antes de dormir.

Era un niño capaz de alegrarse por todo, por cada pequeña cosa. Los días en el circo, el zoo o el parque de atracciones le entusiasmaban tanto que Victoria comenzó a disfrutar de esas salidas. Le gustaba sorprender a Diego y ver sus emociones al descubrir lo nuevo.

En agosto, estaba previsto que ella y su marido viajaran a la Costa Brava, y una prima cercana se quedaría con Diego esos diez días.

Pero, de pronto, Victoria cambió de planes. Sintió una necesidad inmensa de que el niño viera el mar. Iván se sorprendió por el cambio, aunque, en el fondo, se alegraba: se había encariñado mucho con el pequeño.

Diego estaba casi feliz; sólo le faltaba sentir que le querían. Pero iba a ver el mar, y eso era lo importante.

El viaje fue un éxito: el agua cálida del Mediterráneo, la fruta jugosa, el ambiente relajado. Todo fue perfecto, pero las vacaciones siempre terminan.

Volvieron a la rutina. Trabajo, casa, colegio. Sin embargo, algo había cambiado; una nueva sensación se colaba en su pequeño mundo, como una sutil alegría, la expectativa de algo maravilloso.

Y aquel milagro ocurrió. Victoria volvió del mar no sólo con recuerdos, también con una nueva vida esperándola. ¿Cómo pudo suceder, si llevaban tantos años evitando sorpresas de ese tipo?

No sabía qué hacer. ¿Contárselo a su marido o tomar ella sola la decisión? Desde la llegada de Diego ya no estaba segura de que Iván siguiera convencido de no tener hijos; adoraba al niño, disfrutaba con él y hasta lo llevaba a ver partidos de fútbol.

Un esfuerzo ya había hecho Victoria, no estaba segura de poder con otro. Tomó su propia decisión.

Sentada en la clínica, recibió una llamada del colegio: Diego había sido trasladado de urgencia por sospecha de apendicitis. Había que esperar, todo se aplazaba.

Victoria corrió al hospital. Diego yacía en una camilla, muy pálido y temblando. Al verla, rompió a llorar.

Victoria, por favor, no te vayas. Tengo miedo. ¿Puedes ser hoy mi madre? Sólo por un día, por favor. Luego nunca más te lo pediré.

El niño apretó con tanta fuerza la mano de Victoria, y las lágrimas caían sin parar. Por primera vez, tenía un ataque de pánico; nunca le había visto llorar, salvo el día del entierro.

Victoria apretó la mano de Diego contra su mejilla.

Cariño mío, aguanta un poco. Ahora viene el médico, todo se solucionará. Estoy aquí, contigo, y no me voy a ir.

Dios, cuánto le amaba en ese instante. Ese niño de ojos luminosos era lo más importante en su vida.

“Chaildfree”, ¡qué tontería! Esa noche, Victoria decidió que le contaría todo a Iván acerca del bebé que venía. Lo supo en el momento en que Diego, por el dolor, apretó aún más su mano.

Pasaron diez años.

Hoy Victoria cumple años, una cifra redonda: cuarenta y cinco. Habrá invitados, felicitaciones. Ahora, con su café, le invade la nostalgia.

Qué rápido pasó todo. Ya quedaron atrás la juventud y los sueños. Se convirtió en una mujer, una esposa feliz y madre de dos hijos maravillosos. Diego, casi mayor de edad, Sofía, la benjamina con diez años. No se arrepiente de nada.

Bueno, de casi nada. Sólo lamenta profundamente aquellas palabras de antes, la confesión de no quererle. Cuánto desearía que Diego jamás las recordara, que las hubiera olvidado para siempre.

Desde aquel día en el hospital, siempre ha intentado expresarle su amor, pero nunca se ha atrevido a preguntarle si Diego recuerda aquellas primeras palabras suyas.

La vida le enseñó que los sentimientos, aunque lleguen tarde, merecen ser compartidos y vividos. Porque donde no había espacio para el amor, acabó floreciendo el vínculo más hermoso.

Y así aprendió: a veces, los caminos inesperados nos llevan justo donde deberíamos estar.

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MagistrUm
No voy a poder ser tu madre ni voy a poder quererte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte mal por ello. Porque, aunque no sea lo ideal, aquí estarás mejor que en un orfanato Hoy fue un día difícil. Iván tuvo que despedir a su hermana. No era perfecta, pero era su hermana, de sangre. Hacía casi cinco años que no se veían y así llegó la tragedia. Vika, en todo lo que pudo, apoyó a su esposo, intentando ocuparse del mayor número de cosas posible. Pero después del entierro les esperaba otra tarea no menos importante. Irina, la hermana de Iván, dejó a un hijo pequeño. Y todos los familiares que se reunieron ese día para despedirse de Irina transfirieron sin más toda la responsabilidad al hermano menor. ¿Quién, si no el tío, debía cuidar del niño? Así que nadie lo discutió, estaba claro que era la decisión correcta. Vika entendía la situación, y no se oponía, pero había algo. Ella nunca quiso hijos. Ni propios, ni ajenos. Había tomado esa decisión mucho tiempo atrás. Se lo confesó a Iván antes de casarse, y él lo tomó a la ligera. Al fin y al cabo, ¿quién piensa realmente en los hijos con apenas veinte años? No, vivir para nosotros, eso decidieron hace diez años. Y ahora tenía que aceptar a un niño completamente ajeno. No había salida. Iván nunca permitiría llevar al niño al orfanato, y Vika tampoco se atrevería a hablarlo. Sabía que nunca llegaría a quererlo ni a poder reemplazar a su madre. El chico era muy maduro para su edad y Vika decidió decirle la verdad. —Vladimir, ¿prefieres vivir con nosotros o en el orfanato? —Quiero vivir en casa, solo. —Pero no te dejarán vivir solo. Solo tienes siete años. Así que tienes que elegir. —Entonces, con el tío Iván. —Bien, vendrás con nosotros, pero quiero decirte algo: no podré ser tu madre ni quererte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte mal por eso. Aquí, aunque no sea lo ideal, estarás mejor que en un orfanato. Tras resolver parte de los trámites, por fin pudieron volver a casa. Vika pensaba que, después de esa conversación, no tendría que hacer el papel de tía cariñosa, y podría ser ella misma: cocinar, lavar la ropa y ayudar con los deberes no era difícil, pero dar su amor… eso ya no. El pequeño Vladimir, en cambio, nunca olvidaba que era el “no querido” y que, si quería quedarse allí, debía portarse bien. Ya en casa, decidieron darle la habitación más pequeña. Pero primero había que adaptarla para el chico. Escoger el papel tapiz, los muebles, la decoración: eso le apasionaba a Vika. Se volcó con entusiasmo en arreglar el cuarto del niño. Vladimir pudo elegir el papel tapiz; lo demás lo decidió Vika. No escatimó, pues no era tacaña, solo no amaba a los niños, y el cuarto quedó precioso. ¡Vladimir estaba feliz! Qué pena que su madre no viera su nueva habitación. Cómo le gustaría que Vika pudiera quererle. Ella era buena y generosa, solo que no amaba a los niños. Mucho pensaba en esto Vladimir cada noche. Sabía encontrar alegría en cada pequeña cosa: el circo, el zoo, el parque de atracciones… expresaba su entusiasmo con tanta sinceridad que Vika misma empezó a disfrutar aquellos paseos. Le encantaba sorprenderle y luego observar su reacción. En agosto iban a viajar al mar con su marido, y Vladimir iba a quedarse diez días con una pariente cercana. Pero casi al último momento, Vika lo cambió todo. Quería que el niño viera el mar. Iván se sorprendió, pero en el fondo estaba contento; le había tomado mucho cariño al niño. Y Vladimir era casi feliz. Si tan solo le quisieran… Bueno, al menos vería el mar. El viaje fue un éxito. El mar estaba cálido, la fruta, jugosa y el ánimo excelente. Pero lo bueno siempre acaba, y el verano también terminó. Comenzaron las rutinas: trabajo, casa, escuela. Pero algo en ese pequeño mundo había cambiado, una nueva sensación apareció. Era como si la vida se moviera, como una alegría pequeña y el deseo de un milagro. Y el milagro ocurrió: Vika volvió del mar con una nueva vida. ¿Cómo podía ser, si tantos años habían evitado sorpresas así? No supo qué hacer. ¿Contárselo a Iván o decidirlo sola? Desde que llegó Vladimir, ya no estaba segura de que él fuera realmente “childfree”. Disfrutaba con el niño, jugaba y hasta lo llevaba al fútbol. Vika ya había hecho un sacrificio; otro, no estaba lista. Tomó una difícil decisión. Mientras estaba en la clínica, la llamaron del colegio: Vladimir había sido llevado al hospital con sospecha de apendicitis. Por ahora, todo quedaba en suspenso. Corría por el hospital. Vladimir estaba pálido y tiritaba. Al ver a Vika, rompió a llorar. —Vika, por favor, no te vayas, tengo miedo. ¿Puedes ser mi mamá hoy, solo por un día? Por favor, solo hoy, nunca más lo pediré. El niño le apretó la mano con todas sus fuerzas mientras las lágrimas rodaban. Nunca lo había visto llorar así; solo el día del entierro. Ahora parecía inconsolable. Vika acercó su mano a la mejilla. —Mi niño, aguanta un poco. El médico vendrá y todo estará bien. Yo estoy aquí y no me voy. ¡Dios, cómo lo amaba en ese momento! Ese niño de ojos brillantes era lo más importante que tenía. Childfree, ¡qué tontería! Esa noche le contaría todo a Iván sobre el futuro bebé. Tomó la decisión cuando Vladimir, del dolor, le apretó aún más la mano. Pasaron diez años. Hoy, Vika celebra casi un aniversario redondo: cumple 45. Habrá invitados y felicitaciones. Pero ahora, con un café, la invade la nostalgia. El tiempo voló. Quedó atrás la juventud. Ahora es mujer, esposa feliz y madre de dos maravillosos hijos. Vladimir, ya casi mayor de edad, y Sofía, de diez. No se arrepiente de nada. Bueno, hay una cosa de la que sí se arrepiente mucho: aquellas palabras sobre el desamor. Daría todo por que Vladimir no las recordara, por que las olvidara para siempre. Desde aquel día en el hospital, ha procurado decirle cuánto le quiere, pero nunca se atrevió a preguntarle si recordaba sus primeras palabras.