—¡No pienso pasar el resto de mis días junto a una vieja ruina!—gritó el marido —¡Basta ya!—Iñaki cerró con rabia la mesilla, provocando que los frascos de colonia tintinearan—. Estoy harto de escuchar quejas de articulaciones y discusiones sobre pastillas. ¡Quiero vivir, no vegetar en un hospital! Valentina permanecía en el umbral del dormitorio, observando cómo su marido metía sus escasas pertenencias en una mochila y una bolsa con deportivas. Treinta y dos años de vida juntos cabían en un solo macuto y una bolsa de deporte. Aquello le dolía más que cualquier otra ofensa. —Iñaki—empezó ella bajito—, mamá, después del ictus, no puede quedarse sola. ¿Lo entiendes? —¡Tu madre es tu problema! No pienso pasar el resto de mis días junto a una vieja ruina—gritó él sin levantar la vista del macuto—. Tengo cincuenta y ocho, no ochenta. No pienso transformar la casa en una UCI. Valentina tembló. Llevaban medio año discutiendo sobre juventud y vejez—eran piedras en el camino. De repente, a Iñaki le dio por teñirse las canas, se compró una bici y una cazadora de cuero. Luego apareció Sonia—la vecina divorciada del quinto, de treinta y cinco años. —¿Te mudas con ella?—Valentina sabía la respuesta, pero preguntó igual. Iñaki se giró de golpe. En su mirada pasó algo parecido a la vergüenza, rápidamente sustituido por terquedad: —Sí, con ella. ¿Sabes por qué? Porque con Sonia se me olvida la edad. No cuenta mis canas ni me recuerda el corazón. Es libre. ¿Lo entiendes? “Libre.” La palabra le golpeó el corazón. Valentina se miró en el espejo, vio su cara cansada y las nuevas arrugas junto a la boca. Una vez Iñaki le decía que era una belleza. Ahora… —Pronto cumplirás sesenta, Iñaki—murmuró ella—. ¿De verdad crees…? —¿Qué?—él se alzó—. ¿Que no merezco ser feliz? ¿Vivir una vida nueva? Por cierto, muchos de mi edad… —¿Se largan con amantes jóvenes?—Valentina sonrió con amargura—. Sí, triste estadística. Iñaki hizo un gesto de fastidio: —¡Ya vas otra vez! Siempre tienes que ensuciarlo todo. Yo solo quiero respirar a pleno pulmón, ¿comprendes? Cerró la mochila de golpe. El ruido de la cremallera sonó a sentencia. —Dale recuerdos a tu madre, que se recupere—masculló mientras se dirigía a la puerta—. Espero que estéis a gusto. Las dos—se trabó, pero terminó—. Dos viejas amigas. La puerta se cerró. Valentina permaneció mucho rato sentada en la cama, fija en un punto. Resonaba en su mente: “Dos viejas amigas.” ¡Y solo tenía cincuenta y tres! ¿Ya era vieja? Desde la otra habitación salió una voz débil: —¿Valen? ¿Ha pasado algo? —Nada, mamá—Valentina se obligó a levantarse—. Iñaki se ha ido. Tenía cosas que hacer. Mentir le resultaba asqueroso, pero no podía decir la verdad y hacer que su madre de ochenta años se sintiese culpable por el fracaso de su hija. Los días pasaron como un río gris. Valentina seguía la rutina: cocinar, limpiar, cuidar de mamá. Solo tenía una pregunta en la cabeza: ¿cuándo? ¿Cuándo surgió ese muro entre nosotros? Recordaba conocer a Sonia. La vecina, recién divorciada, coincidían mucho en los buzones. Energética, desenvuelta, con sus vestidos floreados y su risa contagiosa. Hasta le compadecía—con un niño a cuestas la vida no es fácil. Luego notó las miradas de Iñaki. Cómo se quedaba observando por la ventana cuando Sonia paseaba el perro. Cómo “casualmente” estaba en el portal cuando volvía de trabajar. Cómo se quedaba hasta tarde en el trastero. —Hija—la voz de mamá la devolvió a la realidad—, llevas media hora lavando una sola taza. Siéntate conmigo. Valentina lo comprobó—seguía junto a la fregadera agarrando una sola taza, absorta en la ventana. —Ya voy, mamá. Termino enseguida. —Valen—mamá sentada en la silla, agarrándose a la espalda—, lo entiendo todo. No vamos a engañarnos. —Mama. —Te ha dejado, ¿verdad? Se ha ido con esa del quinto. Valentina asintió, sintiendo las lágrimas a punto de salir. —No tiene remedio—dijo mamá, filosófica—. ¿Sabes lo que les pasa a los hombres al acercarse a los sesenta? Les entra un demonio, empiezan a buscar la juventud donde nunca la tuvieron. —Mamá, basta. —¿Que basta?—mamá se rió inesperadamente—. Tu padre hizo lo mismo a los cincuenta y dos. Creía que la vida se le escapaba. Valentina la miró atónita: —¿Papá? Pero nunca… —¿Para qué contar?—mamá encogió los hombros—. A los dos meses volvió arrepentido. Pero yo ya no le esperaba. —¿En serio? —Sí—mamá guiñó un ojo—. En dos meses me di cuenta de que la vida no había terminado. Me apunté a bordado. Y sobre todo, era más fácil vivir sin él. Se respira mejor, no sé. Miró sus manos envejecidas, llenas de manchas y piel fina, pero aún hábiles. —¿Ves, Valen? Los años no importan. Lo que cuenta es el corazón. Y mira, ochenta y cinco años y aún soy la chiquilla de siempre. Valentina sonrió sin querer. Sí, era verdad—mamá desprendía una vitalidad especial a pesar de sus achaques. La gente siempre era atraída por ella. —Y tu Iñaki—continuó mamá—no huye de ti. Huye de sí mismo. Del miedo a ser viejo. Piensa que si tiene a una joven al lado, él también será joven. —¿Le justificas?—Valentina notó la rabia creciendo. —Nada de eso—mamá negó con la cabeza—. Me da lástima. Sé que no encontrará lo que busca. No se puede huir del tiempo, hija. Te alcanza. En ese momento se oyó una risa fuera. Valentina miró instintivamente—Iñaki y Sonia paseaban por el patio, él llevaba sus bolsas. Ella contaba algo con las manos agitadas, y él la miraba emocionado. El corazón de Valentina se apretó dolorosamente. —No te tortures—mamá la apartó suavemente de la ventana—. Mejor vamos a por un té. Tengo unas galletas de miel. —¿Galletas, mamá?—Valentina apenas pudo articular. —Él es tonto—repitió mamá con paciencia—. Es su camino. Tú busca el tuyo. Mañana vamos al parque. Lo han remodelado y está precioso. Valentina iba a decir que no tenía ganas, pero algo en el tono de su madre la hizo callar. ¿Y si tenía razón? ¿Tal vez era hora de vivir? El parque había cambiado. Caminos nuevos, fuentes, bancos acogedores. En el centro, un pequeño centro cultural donde sonaba música. —Mira—mamá se plantó ante el cartel de actividades—. Hay club de literatura. Y baile. Uy, ¡y yoga para la tercera edad! —Mamá—Valentina se estremeció—. No me digas que… —¿Por qué no?—mamá alzó la ceja divertida—. Que sepas que aún puedo sorprenderte. Movió la mano con gracia y el bastón se cayó al suelo. —¡Ay!—se sonrojó. —Permita que le ayude—se oyó la voz amable de un hombre. Un caballero elegante de mediana edad levantó el bastón y se lo entregó con una ligera reverencia. —Gracias—dijo mamá, ruborizada—. Muy amable. —Miguel Sánchez—se presentó—. Dirijo tertulias literarias aquí. ¿Les interesa alguna actividad? —No, solo—empezó Valentina, pero mamá le interrumpió con decisión: —¡Por supuesto! Mi hija escribe poemas. Hasta la publicaban en la facultad. —¡Mamá!—Valentina se puso roja—. Eso fue hace siglos. —La poesía es intemporal—dijo Miguel Sánchez—. Si quiere, pueden entrar ahora mismo. Justo estamos leyendo obras nuevas. Así llegó Valentina al club de literatura. No entendía ni cómo—inicialmente iba por su madre, y terminó enganchándose. El aroma de los libros, el murmullo de las voces, las miradas atentas—todo creaba una atmósfera especial. Nadie juzgaba la apariencia ni la edad. Lo que se valoraba eran los sentimientos y las ideas. Luego fue la velada poética. Íntima, solo para el grupo. Valentina estaba nerviosa como en un examen. Leyó sus propios versos: sobre amor, pérdidas, sobre cómo la vida sigue incluso con dolor. Y en cada verso notaba que algo en ella se liberaba, se desplegaba, revivía. Al volver a casa, se cruzó con Iñaki. Venía sin Sonia. Se paró a cierta distancia, apurado como un niño culpable. —Valen, te veo estupenda. Valentina lo observó en silencio. Curiosamente, al mirar esos ojos castaños tan familiares, ya no sentía dolor. Solo una calma serena. —Gracias—dijo de modo neutro—. ¿Solo eso? —No, escucha—se acercó—. Quiero explicarte… He comprendido. —¿Te has decepcionado?—Valentina alzó la ceja—¿O Sonia no era tan perfecta? Iñaki se crispó: —No lo entiendes. Es diferente. Joven, sí, atractiva, sí, pero—dudó—con ella no tengo de qué hablar. —¿Creías que las chicas de treinta y cinco son fans de Garci y la Movida?—Valentina rió de repente—. Eres ingenuo, Iñaki. De verdad. —No es eso—se enfadó—. Valen, creo que he cometido una tontería. A lo mejor… —No—ella negó con firmeza—. No hay “a lo mejor”. Y te estoy agradecida. —¿Por qué?—él parpadeó confuso. —Porque te fuiste. Porque me obligaste a descubrir que la vida va más allá de cocinar y limpiar. —Valen, lo siento. Quiero volver a casa—le tocó la mano—. Podemos arreglarlo. Valentina se apartó, suave pero decidida: —No, Iñaki. No quieres volver a casa. Porque esa casa ya no existe. La Valen que lavaba tus calcetines y callaba en la cena ha desaparecido. Y a la nueva no la conoces. Y créeme, te asustaría. —¿Por qué? —Porque vive para sí misma. En ese momento llegó mamá, apoyada en el brazo de Miguel Sánchez, sin bastón. —Vaya, Iñaki—le dirigió una mirada fría al exyerno—. ¿Aún por aquí? —Buenas tardes, doña Elena—balbuceó—. Ya me voy. —Eso es. Y cuando vuelvas a sentir deseos de huir de la edad, piensa. Quizás el problema no sean los demás. Iñaki se estremeció, como si le dieran un bofetón. Salió andando rápido. —¡Mamá!—Valentina protestó—. No era necesario… —¿Por qué no?—mamá encogió los hombros—. ¿Por decir la verdad? Por cierto, Miguel Sánchez me ha ofrecido organizar un club de cuentos infantiles. Me emociona. —Doña Elena es una narradora natural—sonrió Miguel Sánchez—. Los niños estarán encantados. Valentina vio a su madre, rejuvenecida y llena de ilusión, y pensó: tal vez ahí está la sabiduría. No resistirse a la edad, sino entenderla como un regalo. Como una oportunidad de descubrirse de nuevo. Dos meses después, Iñaki rompió con Sonia. Rumorean que ella ya estaba saliendo con alguien más joven. Al mes le envió a Valentina un mensaje—breve, torpe, lleno de arrepentimiento y súplicas de perdón. Ella no contestó. ¿Para qué? Ahora tenía su propia vida. Dos veces por semana, tertulias literarias. Y ¿sabéis? Con cincuenta y tres años se sentía más joven que nunca. Porque la juventud no es la piel lisa. Es el coraje de ser uno mismo. A cualquier edad.

¡No voy a quedarme a malvivir con una vieja ruina! ladró el marido

¡Ya basta! Alfredo cerró de golpe la puerta del armario, y los frascos de colonia temblaron sobre la cómoda. Me tienes harto con lo de las pastillas y las dolencias. Yo quiero vivir, no pasar los días en un hospital.

Marina se apoyaba en el quicio de la habitación, contemplando cómo Alfredo metía sus pocas cosas en una mochila. Treinta y dos años de vida juntos cabían en una bolsa y una caja con zapatillas deportivas. Ese pensamiento le dolió más que todas las palabras ásperas.

Alfredo murmuró ella, con voz apenas audible , mamá no puede quedarse sola después del ictus. ¿Lo entiendes?

¡Tu madre es tu responsabilidad! ¡Yo no voy a hacer de enfermero con una anciana inválida! gruñó el esposo, sin apartar la vista de la cremallera. Tengo cincuenta y ocho años, no ochenta. ¡No quiero transformar la casa en una UCI!

Marina se estremeció. En los últimos meses, juventud y vejez se convirtieron en una alambrada entre ambos. Alfredo empezó a teñirse las canas, compró una bicicleta y una chaqueta de cuero. Luego apareció Estrella, la vecina divorciada del quinto piso, con sus treinta y cinco años.

¿Te vas con ella? Marina conocía la respuesta, era un gesto inútil, pero necesitaba escucharlo.

Alfredo se volvió brusco. En sus ojos cruzó fugazmente algo parecido a la vergüenza, que pronto se tiñó de obstinación.

Sí, con ella. ¿Sabes por qué? Porque a su lado olvido los años. No me cuenta las canas ni me recuerda el corazón enfermo. Es libre. ¿Lo comprendes?

Libre. La palabra le atravesó el pecho como un puñal. Marina se miró en el espejo: el rostro cansado, las arrugas nuevas en el contorno de la boca. Alfredo solía llamarla su guapa. Ahora…

Pronto cumplirás sesenta, Alfredo murmuró ella, casi sin voz . ¿De verdad piensas…

¿Qué? interrumpió, airado , ¿que no merezco ser feliz? ¿Una vida nueva? Por cierto, hay muchos en mi edad…

¿Que se van detrás de jovencitas? Marina sonrió amarga . Sí, una triste estadística.

Alfredo se encogió de hombros, irritado:

¡Otra vez lo mismo! ¡Siempre embarrándolo todo! Yo quiero respirar hondo, ¿entiendes?

Cerró la cremallera de la mochila. El chasquido sonó como una sentencia.

Dile a tu madre que le deseo salud masculló, dirigiéndose a la puerta . Espero que estéis cómodas. Las dos… se trabó, pero remató . Las dos viejas compañeras.

La puerta se cerró con estrépito.

Marina permaneció un rato en la cama, mirando la nada. Las dos viejas compañeras, resonaba en su cabeza. ¿Vieja? Si sólo tenía cincuenta y tres…

De la otra estancia le llegó la voz débil de su madre:

¿Mari, te pasa algo?

Nada, mamá contestó Marina, incorporándose con esfuerzo . Alfredo se ha ido. Tiene cosas que hacer.

Mentir le repugnaba, pero aún no era capaz de confesar la verdad. No soportaría que su madre, ya ochenta años, se culpase por la ruptura.

Los días pasaron como agua gris. Marina cumplía sus rutinas: cocinar, limpiar, cuidar a su madre. Pero dentro, una pregunta latía sin descanso: ¿Cuándo? ¿Cuándo empezó a levantarse ese muro invisible entre ellos?

Recordaba el primer encuentro con Estrella. La vecina, recién divorciada, la saludaba con desparpajo por los buzones. Siempre con vestidos alegres, siempre riendo. Marina hasta le había cogido simpatía. Era duro criar sola a un hijo.

Hasta que vio los ojos de Alfredo. Cómo se quedaba junto a la ventana cuando ella paseaba al perro; cómo casualmente coincidía en la portería cuando Estrella volvía de trabajar; cómo se encerraba hasta tarde en el trastero.

Hija, la voz de su madre la devolvió al presente llevas media hora lavando esa taza. Siéntate conmigo.

Marina se sobresaltó. Era cierto: estaba absorta, con la taza entre las manos, rumiando pensamientos frente a la ventana.

Ya acabo, mamá.

Mari su madre se sentó despacio, agarrándose a la silla , no hace falta que me engañes. Ya lo sé.

Mamá…

Él te ha dejado, ¿verdad? Se ha ido con la del quinto.

Marina asintió, con las lágrimas luchando por asomarse.

Es un necio sentenció la madre, casi con sorna . ¿Sabes lo que les da por hacer a los hombres cerca de los sesenta? Como si los poseyese el diablo, buscando una juventud que nunca tuvieron.

Mamá, basta…

¿Por qué basta? la madre soltó una carcajada cristalina . Tu padre, con cincuenta y dos, también perdió la chaveta. Se creyó que la vida se le escapaba.

Marina miró boquiabierta:

¿Papá? Eso nunca…

¿Y para qué contarlo? la madre encogió los hombros . A los dos meses volvió arrepentido. Pero yo ya había pasado página.

¿De verdad?

Ya lo ves guiñó la madre con picardía . En dos meses entendí que mi vida no había terminado. Fui a clases de bordado. Y lo mejor: sentí que, sin él, se respiraba mejor. Más aire.

Contempló sus manos arrugadas, manchadas por la edad, pero aún hábiles.

¿Lo ves, Mari? Los años no son lo importante. Lo importante es el corazón. Mira, ochenta y cinco tengo, pero por dentro sigo siendo una joven.

Marina sonrió, conmovida. Era cierto: su madre, pese a las achaques, irradiaba una vitalidad especial. Quizá por eso todo el mundo la buscaba.

Y tu Alfredo continuó la madre , no huye de ti. Huye de sí mismo, de su miedo a envejecer. Cree que la juventud se contagia por estar cerca de una joven.

¿Le estás disculpando? la rabia revivió dentro de Marina.

¡Qué va! negó la madre . Me da pena. Porque sé que allí no encontrará lo que busca. Al tiempo no se le escapa. Nos alcanza siempre.

Fuera, en el patio, se oyó una risa aguda. Marina miró instintivamente: Alfredo y Estrella paseaban, él sujetaba sus bolsas. Ella gesticulaba, alegre; Alfredo la miraba como si acabara de descubrir el sol. El corazón de Marina se apretó con amargura.

No te tortures la madre la apartó del cristal . Mejor vamos a tomar té. He hecho unas rosquillas de miel.

Ahora no, mamá… la voz de Marina se quebró.

Es un tonto, cielo insistió la madre . Pero es su camino. El tuyo tienes que hallarlo tú. Y mañana nos vamos al Retiro. Lo han dejado precioso después de la reforma.

Marina iba a protestar, pero algo en el tono de su madre le cerró la boca. ¿Y si tenía razón? ¿Y si era hora de empezar a vivir?

El parque la sorprendió. Tras la rehabilitación, parecía otro: senderos nuevos, fuentes y bancos cómodos. En el centro, un pequeño centro cultural ofrecía música y talleres.

Mira, dijo la madre parándose ante el tablón , Club de Literatura. Y clases de baile. Hasta yoga para adultos.

Mamá protestó Marina , no me digas que…

¿Y qué pasa? la madre alzó una ceja, divertida . Mira que aún tengo cuerda.

A modo de prueba, agitó el brazo con gracia. El bastón se le cayó retumbando.

Perdón… sonrojada.

¿Permítame ayudar? ofreció una voz masculina cálida y educada.

Un hombre elegante, de mediana edad, recogió el bastón y le hizo una leve reverencia.

Encantado dijo . Soy Miguel Arellano, coordino encuentros literarios aquí. ¿Os interesa alguna actividad?

Claro la madre se apresuró, cortando a Marina . Mi hija escribe unos poemas preciosos. ¡Los publicaron en la universidad!

Mamá… Marina enrojeció . Eso fue una eternidad atrás.

La poesía no tiene edad sonrió Miguel . Si quieren, pueden entrar ahora; estamos revisando textos nuevos.

Así fue como Marina aterrizó en el club literario. Fue sólo para acompañar a su madre, pero pronto quedó prendida del ambiente: los libros, las voces serenas, las miradas curiosas. Nadie juzgaba el aspecto ni la edad. Allí valoraban las ideas.

Llegó el recital de poesía. Íntimo, para los del círculo. Marina sentía vértigo, como en los exámenes.

Leyó sus versos: sobre el amor, la pérdida, y sobre cómo la vida no acaba con el dolor. Cada palabra parecía liberar su alma.

Al volver a casa, tropezó con Alfredo. Venía de casa de Estrella. Se detuvo, nervioso, como un chiquillo que teme un regaño.

Marina, estás… guapísima.

Ella lo miró seria. Esta vez, contemplando esos ojos castaños tan familiares, no sentía pena. Sólo una calma serena.

Gracias respondió con gentileza . ¿Nada más?

No… Espera, por favor se acercó . Quiero explicarte… Me he dado cuenta…

¿De qué? ¿De que te sentiste defraudado? ¿O Estrella no era perfecta?

Alfredo torció el gesto:

No es eso. Es… es joven, sí, y atractiva, pero… dudó . No hay conversación.

¿De verdad pensabas que a los treinta cinco les interesa la cultura que tú llevabas dentro? Marina soltó una risa suave . Alfredo, eres ingenuo.

No me entiendas mal replicó . Me he equivocado. Quizá podríamos…

No, Alfredo ella negó, firme . Ya no hay quizá. Te doy las gracias.

¿Por qué? preguntó, desconcertado.

Por irte. Por obligarme a comprender que la vida es más que cocinar y limpiar.

Marina, quiero volver a casa, arreglarlo todo.

Ella retiró suavemente la mano.

No, Alfredo. No quieres volver; porque el hogar que tenías ya no existe. Aquella Marina que callaba y planchaba tus camisas se ha ido. Y la nueva no la conoces, y me temo que te asustaría.

¿Por qué?

Porque ahora vive para sí misma.

En ese momento apareció la madre, sin bastón; la llevaba del brazo Miguel Arellano.

Vaya, Alfredo lo miró la madre, fría . ¿Sigues rondando?

Buenas tardes, Teresa murmuró él . Me voy ya.

Mejor así aprobó la madre . Y mira, la próxima vez que sientas miedo de envejecer, pregúntate si el problema está en los demás.

Alfredo tembló, como si le hubieran golpeado. Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

¡Mamá! protestó Marina . Eso…

¿Eso qué? la madre se encogió de hombros . Decir la verdad no hace daño. Por cierto, Miguel me ha propuesto coordinar el club de Cuentos de nuestra infancia. ¡Qué ilusión!

Teresa es una narradora extraordinaria sonrió Miguel . Los niños estarán encantados.

Marina observó a su madre, rejuvenecida y radiante, y pensó: ¿será esta la sabiduría, aceptar el tiempo como regalo, no como castigo? ¿Descubrirse nueva, en cada etapa?

Dos meses después, Alfredo rompió con Estrella; dicen que ella conoció a alguien todavía más joven. Al mes siguiente mandó a Marina un mensaje corto, balbuceante, lleno de disculpas y peticiones de perdón. No respondió.

¿Para qué? Ahora tenía su vida. Cada semana asistía a los encuentros de literatura. ¿Saben qué? A los cincuenta y tres, por fin, se sentía joven. Porque juventud no es piel tersa: es el valor de ser uno mismo. A cualquier edad.

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MagistrUm
—¡No pienso pasar el resto de mis días junto a una vieja ruina!—gritó el marido —¡Basta ya!—Iñaki cerró con rabia la mesilla, provocando que los frascos de colonia tintinearan—. Estoy harto de escuchar quejas de articulaciones y discusiones sobre pastillas. ¡Quiero vivir, no vegetar en un hospital! Valentina permanecía en el umbral del dormitorio, observando cómo su marido metía sus escasas pertenencias en una mochila y una bolsa con deportivas. Treinta y dos años de vida juntos cabían en un solo macuto y una bolsa de deporte. Aquello le dolía más que cualquier otra ofensa. —Iñaki—empezó ella bajito—, mamá, después del ictus, no puede quedarse sola. ¿Lo entiendes? —¡Tu madre es tu problema! No pienso pasar el resto de mis días junto a una vieja ruina—gritó él sin levantar la vista del macuto—. Tengo cincuenta y ocho, no ochenta. No pienso transformar la casa en una UCI. Valentina tembló. Llevaban medio año discutiendo sobre juventud y vejez—eran piedras en el camino. De repente, a Iñaki le dio por teñirse las canas, se compró una bici y una cazadora de cuero. Luego apareció Sonia—la vecina divorciada del quinto, de treinta y cinco años. —¿Te mudas con ella?—Valentina sabía la respuesta, pero preguntó igual. Iñaki se giró de golpe. En su mirada pasó algo parecido a la vergüenza, rápidamente sustituido por terquedad: —Sí, con ella. ¿Sabes por qué? Porque con Sonia se me olvida la edad. No cuenta mis canas ni me recuerda el corazón. Es libre. ¿Lo entiendes? “Libre.” La palabra le golpeó el corazón. Valentina se miró en el espejo, vio su cara cansada y las nuevas arrugas junto a la boca. Una vez Iñaki le decía que era una belleza. Ahora… —Pronto cumplirás sesenta, Iñaki—murmuró ella—. ¿De verdad crees…? —¿Qué?—él se alzó—. ¿Que no merezco ser feliz? ¿Vivir una vida nueva? Por cierto, muchos de mi edad… —¿Se largan con amantes jóvenes?—Valentina sonrió con amargura—. Sí, triste estadística. Iñaki hizo un gesto de fastidio: —¡Ya vas otra vez! Siempre tienes que ensuciarlo todo. Yo solo quiero respirar a pleno pulmón, ¿comprendes? Cerró la mochila de golpe. El ruido de la cremallera sonó a sentencia. —Dale recuerdos a tu madre, que se recupere—masculló mientras se dirigía a la puerta—. Espero que estéis a gusto. Las dos—se trabó, pero terminó—. Dos viejas amigas. La puerta se cerró. Valentina permaneció mucho rato sentada en la cama, fija en un punto. Resonaba en su mente: “Dos viejas amigas.” ¡Y solo tenía cincuenta y tres! ¿Ya era vieja? Desde la otra habitación salió una voz débil: —¿Valen? ¿Ha pasado algo? —Nada, mamá—Valentina se obligó a levantarse—. Iñaki se ha ido. Tenía cosas que hacer. Mentir le resultaba asqueroso, pero no podía decir la verdad y hacer que su madre de ochenta años se sintiese culpable por el fracaso de su hija. Los días pasaron como un río gris. Valentina seguía la rutina: cocinar, limpiar, cuidar de mamá. Solo tenía una pregunta en la cabeza: ¿cuándo? ¿Cuándo surgió ese muro entre nosotros? Recordaba conocer a Sonia. La vecina, recién divorciada, coincidían mucho en los buzones. Energética, desenvuelta, con sus vestidos floreados y su risa contagiosa. Hasta le compadecía—con un niño a cuestas la vida no es fácil. Luego notó las miradas de Iñaki. Cómo se quedaba observando por la ventana cuando Sonia paseaba el perro. Cómo “casualmente” estaba en el portal cuando volvía de trabajar. Cómo se quedaba hasta tarde en el trastero. —Hija—la voz de mamá la devolvió a la realidad—, llevas media hora lavando una sola taza. Siéntate conmigo. Valentina lo comprobó—seguía junto a la fregadera agarrando una sola taza, absorta en la ventana. —Ya voy, mamá. Termino enseguida. —Valen—mamá sentada en la silla, agarrándose a la espalda—, lo entiendo todo. No vamos a engañarnos. —Mama. —Te ha dejado, ¿verdad? Se ha ido con esa del quinto. Valentina asintió, sintiendo las lágrimas a punto de salir. —No tiene remedio—dijo mamá, filosófica—. ¿Sabes lo que les pasa a los hombres al acercarse a los sesenta? Les entra un demonio, empiezan a buscar la juventud donde nunca la tuvieron. —Mamá, basta. —¿Que basta?—mamá se rió inesperadamente—. Tu padre hizo lo mismo a los cincuenta y dos. Creía que la vida se le escapaba. Valentina la miró atónita: —¿Papá? Pero nunca… —¿Para qué contar?—mamá encogió los hombros—. A los dos meses volvió arrepentido. Pero yo ya no le esperaba. —¿En serio? —Sí—mamá guiñó un ojo—. En dos meses me di cuenta de que la vida no había terminado. Me apunté a bordado. Y sobre todo, era más fácil vivir sin él. Se respira mejor, no sé. Miró sus manos envejecidas, llenas de manchas y piel fina, pero aún hábiles. —¿Ves, Valen? Los años no importan. Lo que cuenta es el corazón. Y mira, ochenta y cinco años y aún soy la chiquilla de siempre. Valentina sonrió sin querer. Sí, era verdad—mamá desprendía una vitalidad especial a pesar de sus achaques. La gente siempre era atraída por ella. —Y tu Iñaki—continuó mamá—no huye de ti. Huye de sí mismo. Del miedo a ser viejo. Piensa que si tiene a una joven al lado, él también será joven. —¿Le justificas?—Valentina notó la rabia creciendo. —Nada de eso—mamá negó con la cabeza—. Me da lástima. Sé que no encontrará lo que busca. No se puede huir del tiempo, hija. Te alcanza. En ese momento se oyó una risa fuera. Valentina miró instintivamente—Iñaki y Sonia paseaban por el patio, él llevaba sus bolsas. Ella contaba algo con las manos agitadas, y él la miraba emocionado. El corazón de Valentina se apretó dolorosamente. —No te tortures—mamá la apartó suavemente de la ventana—. Mejor vamos a por un té. Tengo unas galletas de miel. —¿Galletas, mamá?—Valentina apenas pudo articular. —Él es tonto—repitió mamá con paciencia—. Es su camino. Tú busca el tuyo. Mañana vamos al parque. Lo han remodelado y está precioso. Valentina iba a decir que no tenía ganas, pero algo en el tono de su madre la hizo callar. ¿Y si tenía razón? ¿Tal vez era hora de vivir? El parque había cambiado. Caminos nuevos, fuentes, bancos acogedores. En el centro, un pequeño centro cultural donde sonaba música. —Mira—mamá se plantó ante el cartel de actividades—. Hay club de literatura. Y baile. Uy, ¡y yoga para la tercera edad! —Mamá—Valentina se estremeció—. No me digas que… —¿Por qué no?—mamá alzó la ceja divertida—. Que sepas que aún puedo sorprenderte. Movió la mano con gracia y el bastón se cayó al suelo. —¡Ay!—se sonrojó. —Permita que le ayude—se oyó la voz amable de un hombre. Un caballero elegante de mediana edad levantó el bastón y se lo entregó con una ligera reverencia. —Gracias—dijo mamá, ruborizada—. Muy amable. —Miguel Sánchez—se presentó—. Dirijo tertulias literarias aquí. ¿Les interesa alguna actividad? —No, solo—empezó Valentina, pero mamá le interrumpió con decisión: —¡Por supuesto! Mi hija escribe poemas. Hasta la publicaban en la facultad. —¡Mamá!—Valentina se puso roja—. Eso fue hace siglos. —La poesía es intemporal—dijo Miguel Sánchez—. Si quiere, pueden entrar ahora mismo. Justo estamos leyendo obras nuevas. Así llegó Valentina al club de literatura. No entendía ni cómo—inicialmente iba por su madre, y terminó enganchándose. El aroma de los libros, el murmullo de las voces, las miradas atentas—todo creaba una atmósfera especial. Nadie juzgaba la apariencia ni la edad. Lo que se valoraba eran los sentimientos y las ideas. Luego fue la velada poética. Íntima, solo para el grupo. Valentina estaba nerviosa como en un examen. Leyó sus propios versos: sobre amor, pérdidas, sobre cómo la vida sigue incluso con dolor. Y en cada verso notaba que algo en ella se liberaba, se desplegaba, revivía. Al volver a casa, se cruzó con Iñaki. Venía sin Sonia. Se paró a cierta distancia, apurado como un niño culpable. —Valen, te veo estupenda. Valentina lo observó en silencio. Curiosamente, al mirar esos ojos castaños tan familiares, ya no sentía dolor. Solo una calma serena. —Gracias—dijo de modo neutro—. ¿Solo eso? —No, escucha—se acercó—. Quiero explicarte… He comprendido. —¿Te has decepcionado?—Valentina alzó la ceja—¿O Sonia no era tan perfecta? Iñaki se crispó: —No lo entiendes. Es diferente. Joven, sí, atractiva, sí, pero—dudó—con ella no tengo de qué hablar. —¿Creías que las chicas de treinta y cinco son fans de Garci y la Movida?—Valentina rió de repente—. Eres ingenuo, Iñaki. De verdad. —No es eso—se enfadó—. Valen, creo que he cometido una tontería. A lo mejor… —No—ella negó con firmeza—. No hay “a lo mejor”. Y te estoy agradecida. —¿Por qué?—él parpadeó confuso. —Porque te fuiste. Porque me obligaste a descubrir que la vida va más allá de cocinar y limpiar. —Valen, lo siento. Quiero volver a casa—le tocó la mano—. Podemos arreglarlo. Valentina se apartó, suave pero decidida: —No, Iñaki. No quieres volver a casa. Porque esa casa ya no existe. La Valen que lavaba tus calcetines y callaba en la cena ha desaparecido. Y a la nueva no la conoces. Y créeme, te asustaría. —¿Por qué? —Porque vive para sí misma. En ese momento llegó mamá, apoyada en el brazo de Miguel Sánchez, sin bastón. —Vaya, Iñaki—le dirigió una mirada fría al exyerno—. ¿Aún por aquí? —Buenas tardes, doña Elena—balbuceó—. Ya me voy. —Eso es. Y cuando vuelvas a sentir deseos de huir de la edad, piensa. Quizás el problema no sean los demás. Iñaki se estremeció, como si le dieran un bofetón. Salió andando rápido. —¡Mamá!—Valentina protestó—. No era necesario… —¿Por qué no?—mamá encogió los hombros—. ¿Por decir la verdad? Por cierto, Miguel Sánchez me ha ofrecido organizar un club de cuentos infantiles. Me emociona. —Doña Elena es una narradora natural—sonrió Miguel Sánchez—. Los niños estarán encantados. Valentina vio a su madre, rejuvenecida y llena de ilusión, y pensó: tal vez ahí está la sabiduría. No resistirse a la edad, sino entenderla como un regalo. Como una oportunidad de descubrirse de nuevo. Dos meses después, Iñaki rompió con Sonia. Rumorean que ella ya estaba saliendo con alguien más joven. Al mes le envió a Valentina un mensaje—breve, torpe, lleno de arrepentimiento y súplicas de perdón. Ella no contestó. ¿Para qué? Ahora tenía su propia vida. Dos veces por semana, tertulias literarias. Y ¿sabéis? Con cincuenta y tres años se sentía más joven que nunca. Porque la juventud no es la piel lisa. Es el coraje de ser uno mismo. A cualquier edad.