Querido diario,
Hoy vuelvo a repasar la larga saga de mi familia, que parece un drama sin fin. Todo empezó cuando mi hermana mayor, Sonia, cansada de los hombres que le proponían matrimonio sólo por conveniencia, se volvió una misántropo de carne y hueso. No había boda que le resultara atractiva, y a los treinta años se había convertido en una sombra amargada, una verdadera pesadilla para cualquier futuro yerno.
Yo, Antonio, el único hijo, terminé el servicio militar y regresé a casa con una esposa que nadie conocía. Bárbara Nicetina, llamaremos a la mujer, llegó sin padres, sin fortuna y, según los rumores, sin un pasado claro; algunos murmuraban que había vivido en un orfanato, otros que había sido criada por la familia. No había nada que justificar su presencia, y mi madre, María, la miraba con esa frialdad que solo se muestra cuando el corazón está herido.
Desde que Bárbara pisó la casa, no ha cerrado los ojos ni una noche. Vive en vela, a la espera de algún truco de la recién llegada. La suegra le susurra que esconda los objetos de valor que pudiera haber traído: abrigos, joyas, cualquier cosa que pueda valer un euro. Mientras tanto, yo, que intento no preocupar a mi madre, solo le digo que pronto recogeremos nuestras cuentas, pero la conversación se vuelve siempre una mezcla de reproches y sospechas.
En el patio tenemos una huerta de treinta metros cuadrados, tres lechones que chapotean en la pocilga y una bandada de gallinas que casi hacen falta para contarlas. El trabajo es incansable; no hay día que no se sienta el sudor en la frente, pero Bárbara nunca se queja. Cocina, limpia, cuida de los lechones y, a veces, intenta gustarle a mi madre, aunque ésta parece decidida a no aceptar a la nuera bajo ningún pretexto.
Al primer día, Bárbara, cansada de los silencios, me dijo con frialdad: «Llámame por mi nombre y mi apellido, Bárbara Nicetina. No seré jamás como mis hijas, aunque lo intentes». Desde entonces la he llamado así, y mi madre no ha encontrado otro término para referirse a ella. Cada pequeño desliz de la familia se vuelve una disputa, pero a la vez, las cuñadas no permiten que ningún pariente se salga con la suya.
María, aunque dura, mantiene el orden en casa. No es por lástima a Bárbara, sino por la necesidad de evitar escándalos. La joven trabaja sin descanso; no es una holgazana. Poco a poco, la madre ha dejado de congelarse y ha empezado a aceptar su presencia, aunque sea de a renglón.
Mi hermano, sin embargo, se ha desviado. Desde que volvió, se ha entrometido con una amiga y ha llevado el caos a nuestras mesas. Sonia, curiosa como siempre, le presentó a esa mujer y la cosa se salió de control. Cada día escuchamos discusiones sobre con quién me casé y con quién debería haberme casado. La tensión ha sido tal que una mañana Bárbara anunció que estaba embarazada, y que yo la abandonaría.
«No puede ser», exclamó mi madre, «nunca te la presenté como esposa». Yo, furioso, respondí que era mi vida y mis decisiones. María, con una sonrisa amarga, me respondió: «¿Y tú crees que ya eres hombre? Solo llevas pantalones. Nace el hijo, críalo, enséñale, y entonces quizá te llamen hombre». Sus palabras, sin adornos, me dejaron sin aliento.
Al final, Bárbara dio a luz a una niña a quien llamamos Violeta. María, al enterarse, no dijo nada, pero su mirada traía una chispa de alegría que nunca antes había visto. La casa siguió como siempre; sólo que mi hijo, Antonio, se perdió en el camino. Se fue sin volver, y solo quedó Violeta, mi nieta, bajo el cuidado de mi hija mayor, Sonia, y la sobrina Lidia.
Pasaron diez años. Las hijas se casaron, y en la gran casa solo quedamos mi madre, Lidia y Violeta. Yo, sin embargo, me alisté de nuevo y partí al norte con mi nueva esposa. En la ciudad, un veterano retirado, don José, comenzó a visitar a Lidia; era un hombre serio, mayor, que había quedado viudo y le dejó su piso mientras él vivía en una residencia. Con su pensión, buscaba una compañera y Lidia, aunque reacia al principio, aceptó.
Don José, sin mucha ceremonia, pidió a mi madre su bendición: «María, te quiero, sin ti no puedo vivir». Mi madre, sin inmutarse, respondió: «Pues bien, casadlos y vivan». Luego añadió: «No permitiré que Violeta sea cargada de más obligaciones. Aquí vivirá con nosotras». Y así, los tres convivimos bajo el mismo techo.
Los vecinos cuchichean, diciendo que Bárbara, la famosa intrusa, había expulsado a su propio hijo del nido, y que yo, el hijo maldito, la acepté sin reparo. Yo no escucho sus habladurías; prefiero concentrarme en mi familia. Lidia dio a luz a una niña, a la que llamamos Carmen, y mi madre, aunque nunca lo admitiría, se regocijó por sus dos nietas.
Un día, Lidia cayó gravemente enferma. Su marido, desbordado, se volvió a refugiar en la bebida. Yo, sin dudarlo, saqué todo el dinero del banco y la llevé a Madrid en busca de curas. Pagué medicinas, visité a los mejores médicos, pero nada parecía aliviarla.
Al amanecer, Lidia pidió sopa de pollo. Yo, con la rapidez de los años, la preparé, la serví y, al verla, no pudo tragar y rompió a llorar. Yo, que nunca había derramado una lágrima en público, lloré junto a ella: «¿Por qué, hija mía, te alejas de mí cuando apenas te he amado?». Después, la consolé: «No te preocupes por los niños, no desaparecerán». Desde entonces, mi corazón se volvió más tierno, y en silencio la sostuve la mano mientras ella exhalaba su último suspiro.
Otra década pasó. Violeta se comprometió, y Sonia y Lidia, ya mayores, vinieron a la casa. Ninguna de las dos había tenido hijos. La familia se reunió y, como era de esperar, Antonio volvió. Con su anterior esposa ya divorciada, se había emborrachado y, al ver a Violeta, se alegró como si fuera la hija que siempre había querido. Pero al enterarse de que Violeta llamaba a su padre biológico el otro, su ira se encendió y acusó a mi madre: «Todo es culpa tuya; trajiste a un hombre ajeno a la casa». María, firme, respondió: «No, hijo, no eres padre. Siempre has sido un niño con pantalones, nunca un hombre». Antonio, humillado, tomó sus cosas y se marchó de nuevo.
Violeta se casó, tuvo un hijo al que llamó Alejandro, en honor a su padre adoptivo. Mi madre, María, falleció el año pasado, enterrada junto a Lidia. Ahora, el árbol de abedul que creció entre la casa y el huerto parece ser el único testigo de todo lo vivido, surgido sin que nadie lo plantara, como un último saludo de la vida.
He llegado a comprender que los lazos de sangre son frágiles, pero el amor y el respeto pueden sostener una casa más allá de cualquier tormenta. Al cerrar este registro, me quedo con la certeza de que, aunque la familia sea un caos, la compasión y la paciencia son la única brújula que nos guía.
Hasta la próxima, y que la lección sea: no hay mayor fuerza que la del perdón sincero y la humildad ante los errores propios.







