David, necesito que me ayudes con el regalo de mi madre.
Lucía dejó el móvil sobre la mesa y se giró hacia su marido, que estaba apoltronado en el sofá con el mando de la tele en la mano. David pasaba los canales con desgana, sin despegar la vista de la pantalla.
¿Qué regalo ni qué nada?
La vitrocerámica. Buena, de esas que no fallan. Te recuerdo que su cumpleaños es en dos semanas. ¿No me digas que se te ha olvidado?
David por fin la miró, con una chispa de fastidio que ocultó rápido tras una sonrisa de compromiso.
¿Y qué le pasa a la antigua? Yo la veo en pie todavía.
Lucía se sentó en el reposabrazos, alisando automáticamente una arruga de su bata.
La última vez la viste tú mismo, vamos. El horno apenas calienta, dos fuegos no funcionan. Mi madre está quejándose todo el día de que sus rosquillas no salen como antes. Para ella es sagrado, lo sabes.
…Pilar Gómez vivía enamorada de la cocina. Toda la casa olía a vainilla y canela; siempre había recién hechas magdalenas enfriándose en la ventana, y los vecinos ponían cualquier excusa para pasar a por café, sabiendo que salían con más bollos que conversación. La vieja cocina, comprada en tiempos de la peseta, llevaba meses en pie de guerra contra el paso del tiempo.
Vale, vale David se estiró y se sentó más recto. ¿Y qué tengo que hacer yo?
Elige un modelo en condiciones, hombre, que tú entiendes de estas cosas más que yo. Vete a la tienda, mira, contrata la entrega. Yo con el trabajo no tengo ni un minuto.
Lucía sacó de su bolso una tarjeta y se la tendió. El plástico azul relucía bajo la luz del flexo.
Aquí está mi paga extra, más de mil euros. ¿Con eso hay para una buena vitro?
David la cogió y la balanceó entre los dedos. Se le escapó una media sonrisa.
Sobra. Déjalo en mis manos.
Lucía asintió. Después de cinco años de matrimonio, ya sabía dejarle a David los asuntos prácticos: era una fiera cazando ofertas y apañando rebajas en cada esquina.
Pero no lo dejes para última hora, ¿eh? Que lo entreguen antes del cumple sí o sí.
Lo haré dijo David, metiendo la tarjeta en el bolsillo de su pantalón de casa y volviendo a abrazar el mando.
Pasó una semana. Lucía volvía, aplastada por el gentío, en el autobús, cuando se le ocurrió consultar el saldo en el móvil. Sus dedos danzaron por la app del banco.
Retiro: 1.000 euros…
Lucía sonrió. Estaba claro que David había cumplido. Mil euros no es moco de pavo: seguro que había pillado una buena, tal vez con grill, con temporizador y puerta deslizante, justo como Pilar llevaba años soñando. Finalmente, su madre podría coronarse con el roscón de reyes sin tener miedo a que el horno se pusiera dramático a mitad de receta.
Lucía se imaginó la cara de su madre al ver el regalo: las arruguitas en los ojos agrupándose de felicidad, las comisuras temblando, y Pilar soltando su clásico ¡Ay, hijos, pero qué ganas de gastar! Y acto seguido, decidiría qué pastel hacer primero.
Los electrodomésticos buenos son inversión a muy largo plazo. Lucía se acordaba de cómo la abuela contaba las peripecias con su Fagor, que duró casi tres décadas sin drama ninguno. Los de ahora son otra cosa, pero, si no escatimas, te duran más que el gobierno.
…El cumpleaños cayó en sábado. Lucía ya a primera hora ensamblaba ramos y envolvía regalos pequeños para complementar el festín principal. David vagabundeaba por el piso, consultando el reloj cada dos por tres.
No te olvides del sobre advirtió Lucía, abrochándose las botas. Los papeles de la vitro van dentro, ¿no?
Todo controlado David se dio unas palmaditas en el pecho del blazer.
Llegaron a casa de Pilar Gómez al mediodía. El olor a tortas recién hechas llenaba el piso con una cocina rebelde, mamá todavía era capaz de endulzar el barrio. Parientes atascados en el recibidor, tintineo de copas, risas en el salón.
Lucía abrazó a su madre fuerte.
¡Felicidades, mamá! Esto es para ti.
Le tendió el sobre crema que le había cogido a David por el camino. No lo abrió ¿para qué? El hombre lo había apañado todo.
Pilar se iluminó.
¡Ahora sí que os habéis pasado! abrió el sobre con cuidado, relamiéndose de anticipación.
Lucía la contemplaba con ternura. Un segundo… otro… Y de repente, el rostro de Pilar se quedó tieso. Sonrisa fuera, entrada la confusión.
Pero… ¿esto?
Lucía frunció el ceño y se acercó. Se asomó por encima del hombro de su madre.
Un vale para la tienda de cosméticos. Trescientos euros.
Tres. Cien.
David Lucía se giró hacia él, viéndolo escurrirse hacia la puerta del salón. ¿Qué es esto?
Qué más da, Lucía torció la boca David, esquivando su mirada. Es un pedazo de vale, ahí hay cremas buenísimas…
¿Y la vitro?
No contestó. Se lanzó por la puerta del balcón y la cerró tras de sí.
Lucía fue tras él. Abrió la puerta tan fuerte que el cristal tembló.
Explícate. Ya.
David se pegó a la barandilla como si quisiera fusionarse con ella.
Mira, es que Elena está que no puede con la vida en el trabajo, necesita desconectar… Yo no pude negarme…
¿Desconectar? ¿Quién es Elena? Lucía se acercó, los ojos lanzando rayos. ¡Te di mi paga extra para la vitrocerámica de mi madre!
Es que salió una oferta irresistible, ¿sabes? Ochocientos setenta euros por todo incluido a Mallorca… ¡Si no la pillaba al vuelo, desaparecía!
Lucía recuperó el móvil antes de que David lo defendiera. Navegó por los mensajes: datos, cifras, emoticonos, corazones de Elena.
¡Hermano, eres el mejor! ¡Mil gracias! Salgo el viernes!
Lucía levantó la vista. David parecía dispuesto a colarse por las baldosas del balcón.
Marcó el número de la agencia de viajes. Primer tono. Segundo.
Buenas tardes, Viajes Horizonte, le atiende Laura, ¿en qué puedo ayudarle?
Buenas. Tengo una reserva a nombre de Elena García, destino Mallorca, salida viernes. Quiero cancelarla.
Disculpe, ¿pero usted…?
Soy titular de la tarjeta con la que se hizo el pago. Y yo no he autorizado el gasto.
David intentó acercarse, pero Lucía le frenó con la mano.
Un momento el tono de la operadora cambió. Sí, he localizado la reserva. Debe pasar por la oficina y allí lo solucionamos; el reembolso llegará en diez días hábiles.
Perfecto. Pasaré mañana.
Colgó y lanzó el móvil a David.
Lucía, por favor, no dramatices. Anda, vamos a hablar…
Pero ella ya se había ido. Atravesó el salón, ignorando los familiares que parecían concentrados en la ensaladilla rusa. Se plantó frente a su madre, que apretaba el puñetero vale de cosméticos.
Vámonos, mamá. Vamos a comprarte el regalo que mereces.
Pilar ni protestó. Se puso el abrigo, agarró el bolso y salió tras Lucía, olvidándose de la fiesta.
La tienda de electrodomésticos olía a promesa eléctrica y a plástico nuevo. El dependiente Jorge, veinteañero, según su chapa desgranaba ventajas de cada modelo.
Esta es de lo mejor Jorge señaló una vitro blanca impecable. Para repostería es la bomba. Calor homogéneo, temporizador, grill incluido, y convección.
Pilar acarició la superficie brillante.
Qué maravilla…, susurró.
La llevamos asintió Lucía. ¿Se entrega mañana?
Hay hueco, de nueve a doce.
En quince minutos quedó todo firmado. Pilar permaneció en silencio hasta llegar al portal, donde tocó el brazo de Lucía.
Lucía, hija… gracias. Pero tú… me preocupa verte así.
No te preocupes, mamá.
Es que David… tú y él…
Lucía abrazó a Pilar.
Ya me las apañaré. Olvídalo por hoy. Felicidades otra vez.
Volvió a casa bien de noche. David la esperaba en el salón a oscuras, la tele apagada.
Tenemos que hablar dijo, poniéndose de pie.
Lucía pasó de largo. Abrió el armario y empezó a sacar sus camisas, apilándolas en la maleta con precisión de camarera.
¿Qué haces? se alteró David. Lucía, no te pases. Solo quería ayudar a mi hermana. Ella está al borde del colapso. Era su única oportunidad.
Vaqueros, camisetas, calcetines. Lucía vaciaba los estantes sin pestañear.
Lo estás destrozando todo por culpa de una vitrocerámica. Serás tú el único responsable de esto.
Se detuvo y giró con calma hacia él.
Yo te confié mi dinero, que me costó ganar. Te pedí un regalo para mi madre, y lo despilfarraste en tu hermana.
Bueno, despilfarrar es exagerar…
Ni siquiera preguntaste. Decidiste por mí. ¡Y además me mentiste!
David intentó acercarse; Lucía interpuso su jersey como barrera.
¡No me toques!
Es que Elena realmente lo necesitaba…
Recoge tus cosas y lárgate.
…Un mes más tarde, Lucía estaba en la cocina de Pilar. La vitro relucía en la esquina, el horno a todo trapo, impregnando la estancia de bizcocho con aroma a vainilla.
¡Tú no sabes! Me he apuntado a un curso de pastelería Pilar resplandecía. La vecina Nines me lo recomendó. ¡Un chef francés enseña allí!
Lucía probó un trozo de tarta. El relleno se derretía en la boca.
Qué delicia, mamá… Exquisito.
…El divorcio fue rápido, sin dramas innecesarios. David nunca comprendió por qué la broma de la vitrocerámica no se perdonó. Elena se fue, o no se fue, con sus propios ahorros. Lucía no se interesó más.
Observó a su madre, feliz moviéndose entre hornos y sartenes nuevos. La tarde caía. Por delante, una vida distinta: sin engaños, sin traiciones, sin quien considerara la confianza ajena como saldo a gastar.
Lucía sonrió y se sirvió otro trozo de tarta. ¿Y por qué no?







