El vestido prestado En nuestra calle, justo tres casas más allá del ambulatorio, vivía entonces una mujer llamada Esperanza. Su apellido era sencillo, Belmonte, y ella misma era tan callada y discreta como la sombra de un almendro en verano. Trabajaba de bibliotecaria en el pueblo, y la pobre Esperanza pasaba meses sin cobrar, y cuando llegaba el pago, por Dios, era en botas de goma, en vino peleón o en garbanzos que ya parecían tener vida propia. Esperanza tiraba sola de su hija, Lucía. El marido se marchó al norte en busca de fortuna cuando Lucía aún era bebé y no se supo nunca más de él—si había formado otra familia o se perdió en las montañas, nadie lo sabía. Lucía crecía, ay, qué genio tenía la niña. Hermosa como la virgen, con ojos azules como el cielo de Madrid y una melena dorada. Pero orgullo no le faltaba—avergonzada de su pobreza, soñaba con lucirse en la fiesta juvenil del colegio como las demás, mientras ella seguía con los mismos zapatos remendados de hace tres años. Fue aquella primavera cuando la historia empezó, último curso, justo cuando los corazones sueñan más alto que nunca… Un día Esperanza vino a mi casa para que le tomara la tensión. Era primeros de mayo, los nísperos florecían. Se sentó en el sofá, delgadita, los hombros afilados bajo un jersey gastado. —Valentina—me dice casi susurrando, las manos nerviosas—Tengo un problema. Lucía no quiere ir al baile de graduación. Se ha puesto histérica. —¿Y eso?—le pregunto ajustándole el manguito en el brazo. —Dice que no va a hacer el ridículo. A la hija del alcalde le han traído de Madrid un vestido importado, todo pomposo… Y yo, Valentina, ni para una simple tela tengo dinero. Nos hemos comido todas las reservas este invierno. —¿Y qué vas a hacer? —Ya se me ha ocurrido algo—de pronto sus ojos brillaron—¿Recuerdas las cortinas de mi madre? De raso bueno, color precioso… Le voy a quitar el encaje antiguo y le pondré pedrería—no será un vestido, será una joya. Yo sólo negué con la cabeza. Conocía a Lucía. Ella quería lujo, etiqueta, etiqueta extranjera. Pero callé. La esperanza de una madre es ciega, pero sagrada… Todo mayo vi la luz de casa de Esperanza encendida hasta de madrugada. La vieja máquina de coser sonaba como una ametralladora: trac-trac-trac… Esperanza hacía magia. Dormía tres horas, los ojos rojos, las manos agujereadas, pero iba feliz. Pero faltando tres semanas para la fiesta, entré en su casa para llevarle una pomada. Allí estaba, el vestido no era de tela, era un sueño—raso que brillaba como un atardecer entre rosas y gris, cada puntada hecha con tanto amor que parecía iluminado por dentro. —¿Qué te parece?—me pregunta, la sonrisa de niña, los dedos cubiertos de tiritas. —Te has superado—le digo—manos de oro tienes, Esperanza. ¿Lucía ya lo ha visto? —No, aún no. Está en el colegio. Quiero que sea sorpresa. Y entonces la puerta se abrió de golpe. Lucía entró bufando, roja, tiró el bolso contra el rincón. —¡Otra vez la hija del alcalde presumiendo! ¡Le han comprado zapatos de charol! ¿Y yo qué? ¿Iré con mis zapatillas rotas? Esperanza se acerca con el vestido, lo levanta con cariño: —Mira, hija… Todo listo. Lucía enmudece, los ojos recorren el vestido… Pensé que se alegraría, pero de pronto explotó. —¿Es esto?—fría como el hielo—¡Son las cortinas de mi abuela! ¡Olían a naftalina! ¿Te ríes de mí? —No, hija, es raso auténtico, mira qué bien sienta… —¡Cortinas!—gritó Lucía con tal rabia que temblaron los cristales—¿Quieres que suba al escenario envuelta en una cortina? “¡La pobre Belmonte va en mantas!” ¡Jamás me lo pondré! ¡Prefiero ir desnuda o arrojarme al río! Arrancó el vestido de las manos de su madre, lo tiró al suelo y lo pisoteó, sobre la pedrería y el esfuerzo de Esperanza. —¡Te odio! ¡Odio esta miseria! ¡Odio a mi madre inútil! Todas tienen una madre de verdad, tú eres un trapo, no una madre. Se hizo un silencio brutal, pesadísimo. Esperanza, pálida como la cal, no lloró ni gritó. Lentamente se agachó, cogió el vestido, lo sacudió y lo apretó contra el pecho. —Valentina—me dijo bajito, sin mirar a su hija—Vete, por favor. Necesitamos hablar. Me fui. El corazón en vilo. Me daban ganas de castigar a la niña por imbécil… Por la mañana Esperanza había desaparecido. Lucía vino corriendo al ambulatorio sobre el mediodía, el rostro desencajado, todo el orgullo perdido, sólo miedo en los ojos. —Tía Valentina, mamá no está. —¿Cómo no está? ¿Trabajando? —No está en la biblioteca, está cerrada, no ha dormido en casa y…—Lucía se mordió los labios—Y falta la imagen. —¿Qué imagen?—pregunté sobresaltada. —La de San Nicolás. La de la esquina, en plata. Mi abuela decía que nos salvó de la guerra. Mama siempre decía: “Esto es nuestro último pan, Lucía. Para el día más negro.” Un sudor frío me recorrió. Entendí lo que planeaba Esperanza. Por las imágenes antiguas pagaban mucho, pero también robaban, mataban, engañaban. Ella era confiada como una niña. Se habría ido a Madrid para venderla y comprar el “vestido soñado” de su hija… —Ahora, búscala—murmuré. Ay, Lucía, ¿qué has hecho? Fueron tres días de infierno. Lucía se fue a vivir a mi casa, temía el vacío del hogar. No comía, sólo agua. Se sentaba en el portal mirando la carretera, cada motor la sobresaltaba, corría a la verja y sólo veía gente extraña. —Es mi culpa—susurraba por la noche, hecha un ovillo—La maté con mis palabras. Si vuelve, me arrastraré a sus pies. Al cuarto día, casi anocheciendo, sonó el teléfono del ambulatorio, fuerte y urgente. Descolgué nerviosa: —¿Ambulatorio, dígame? —¿Valentina?—voz masculina, cansada—Desde el hospital comarcal, reanimación. Me temblaron las piernas, casi caigo al suelo. —¿Qué ha pasado? —Una mujer llegó hace tres días, sin documentos, la encontraron en la estación, tuvo un infarto. Al recuperar el sentido dio el nombre del pueblo y el suyo. Belmonte Esperanza. ¿La conoce? —¿Viva?—grité. —Por ahora, pero está grave. Vengan rápido. Cómo fuimos a Madrid es otra historia. No había bus. Fui suplicar coche al alcalde y nos prestó un viejo Land Rover con el chófer, Pedro. Lucía no dijo nada en todo el camino. Agarrada a la puerta, blanca, mudo el rostro, labios moviéndose—imaginé que rezaba, por primera vez de verdad. En el hospital olía a miedo y lejía, ese silencio de lugares donde la vida y la muerte conversan. El médico salió, joven y agotado. —Van a verla, pero sólo un minuto. Y nada de llorar. Que no se altere. Entramos. Aparatos pitando, tubos como serpientes. Allí estaba Esperanza… Parecía más niña que mujer, el rostro ceniciento, ojeras negras, cuerpo diminuto bajo la manta gris. Lucía la vio y se desplomó de rodillas en la cabecera, sin palabra, temblando. Esperanza abrió los ojos, nublados. Al reconocerla, levantó la mano y la puso sobre la cabeza de Lucía. —Lucía…—susurró—te encontré… —Mamá—lloraba la niña besando la mano—perdóname… —Dinero… lo vendí… en la bolsa… para tu vestido… con brillos… como querías… Lucía levantó la cara, la miró, y las lágrimas corrían sin parar. —No quiero vestido, mamá. ¡No quiero nada! ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? —Para que te vean bella…—sonrió Esperanza, débil—No peor que las demás… Yo me quedé clavada en la puerta, sin aliento. Mirando pensaba—esa es la verdadera maternidad. No calcula, sólo da todo, hasta la última gota de vida. Aunque el hijo sea ingrato. Nos sacaron tras cinco minutos. —Basta. Le falta fuerza. La crisis pasó, pero su corazón está muy débil. Y empezaron los días largos de espera. Casi un mes en el hospital. Lucía iba cada día. Por la mañana al colegio, por la tarde en transporte público hasta Madrid. Le llevaba caldos y fruta. Cambió la chica—irreconocible. El orgullo se esfumó. Casa limpia, huerta cuidada. Venía por la tarde y sus ojos ya eran adultos. —Valentina—me dijo una vez—Después de gritarle, probé el vestido a escondidas… Era tan delicado. Olía a las manos de mi madre. Era tonta, creí que un vestido caro me daría respeto. Ahora sé que sin ella no quiero nada del mundo. Esperanza mejoró despacio, pero milagrosamente, decían los médicos. La dieron de alta justo antes de la graduación. Débil, apenas caminaba, pero sólo quería volver a casa. Llegó la noche de fiesta. Todo el pueblo junto frente al colegio. Música y luces, jóvenes en sus mejores galas. La hija del alcalde presumía su vestido de encaje, todas las miradas para ella. De repente, se hizo el silencio. Llegó Lucía, llevando del brazo a Esperanza. La madre, pálida, apoyada en su hija pero sonriendo. Y Lucía… jamás vi tanta belleza. Llevaba aquel vestido de cortina. Bajo la luz del atardecer, ese color ceniza de rosa resplandecía con magia. El raso seguía la figura, realzando solo lo necesario; el encaje brillaba sobre los hombros. Pero lo importante no era el vestido. Era cómo Lucía caminaba. Como una reina, la cabeza alta. En sus ojos, ya no había arrogancia, sino paz y firmeza. Llevaba a su madre como si fuera de cristal, mostrando al mundo: “Esta es mi madre. Y estoy orgullosa.” El gracioso del pueblo quiso bromear: —¡Mirad, la chica de la cortina! Lucía le miró con calma, sin odio, con compasión. —Sí—dijo clara—lo cosieron las manos de mi madre. Es mi tesoro, más valioso que el oro. Y tú, si no ves belleza, eres ciego. El bromista enmudeció, rojo. La hija del alcalde con su vestido comprado palideció al instante. Porque no son las telas las que te hacen grande… Aquella noche Lucía apenas bailó. Se sentó junto a su madre en el porche, la cubría con un chal, le traía agua, le tomaba la mano. Tanto amor y ternura que me hicieron llorar. Esperanza la miraba y su rostro brillaba. Sabía que todo había merecido la pena. La imagen milagrosa había cumplido su promesa: no con dinero, sino salvando el alma. El tiempo pasó. Lucía se fue a Madrid, estudió cardiología. Se hizo una gran médica, salva vidas cada día. Se llevó a Esperanza, no la deja ni un segundo, viven unidas. La imagen, dicen, Lucía la recuperó tras una larga búsqueda en anticuarios, pagando mucho, pero la consiguió. Hoy está colgada en su casa, con una luz siempre encendida… A veces miro a los jóvenes y pienso: cuánto hacemos sufrir a nuestros seres queridos por dar gusto a los demás. Y la vida es corta, como una noche de verano. Madre sólo hay una. Mientras vive, somos niños, ella nos protege del frío de la eternidad. Cuando se va, estamos solos frente al viento. Cuidad de vuestras madres. Ahora mismo llamadlas si están vivas. Si no, recordadlas con cariño. Desde el cielo, seguro que os escuchan… Si esta historia os ha conmovido, volved, suscribíos al canal. Aquí seguiremos compartiendo recuerdos, lágrimas y alegrías sencillas. Vuestra suscripción es para mí como una taza de té en una noche larga de invierno. Os espero con mucho cariño.

Vestido prestado

En aquel entonces, en nuestra calle, justo a tres casas del ambulatorio, vivía Esperanza. Su apellido era sencillo: Gutiérrez, y ella misma era una mujer tranquila, casi invisible, como la sombra de un olivo a mediodía. Trabajaba Esperanza en la biblioteca del pueblo. El sueldo lo veían una vez cada mil, y si llegaba, era en especie: a veces con garrafas de vino peleón, bolsas de arroz revenido, o pares de alpargatas que nadie quería.

Esperanza no tenía marido. Se marchó a Barcelona a buscarse la vida cuando la niña aún gimiendo en pañales estaba, y nunca regresó. Algunos decían que había encontrado nueva familia, otros que se perdió en las rutas de camiones, y la mayoría no lo sabía.

Así que Esperanza crió sola a su hija, Maricruz. Se dejaba la piel, pasaba noches enteras a la máquina de coser. Era una artesana de primera, todo por ver a Maricruz con medias nuevas y lazos en las trenzas, tan bonitos como los de las demás chicas.

Maricruz crecía… ¡Ay, la chiquilla, qué fuego! Guapa como pocas: ojos azules como los del mar de Almería, trenza rubia, cuerpo esbelto. Pero orgullosa, esa sí era su cruz. Le dolía la pobreza como un puñal. En la juventud, una quiere brillar, ir a la verbena, y ahí estaba ella, con los zapatos pegados con cola y ya entrando en el tercer año.

Llegó aquella primavera. Último curso en el instituto. La época en que los corazones adolescentes tiemblan y las ilusiones echan raíces.

Un día Esperanza vino a verme, quería que le tomara la tensión. Era principios de mayo, y los almendros empezaban a florecer. Sentada en la camilla, delgada, los hombros saliendo de la blusa lavada mil veces.

Manuela me dijo, susurrando y entrelazando los dedos, nerviosa, tengo un problema. Maricruz no quiere ir al baile de graduación. Hace berrinches.

¿Y eso? pregunté yo, ajustándole el manguito a su pequeño brazo.

Dice que le da vergüenza. Que la hija de la alcaldesa, Carmen Soto, va a estrenar vestido de tienda, importado, con vuelo. Y yo… Esperanza suspiró tan hondo que se me encogió el alma, yo ni para comprar popelina tengo, Manuela. Este invierno nos hemos comido todos los ahorros.

¿Y qué vas a hacer? le pregunté.

Ya lo tengo pensado los ojos de Esperanza brillaron inesperadamente. ¿Recuerdas las cortinas de la casa de mi madre? El raso, bueno, buenísimo, de un color… precioso. Descoseré el encaje del cuello viejo, lo bordaré con abalorios. No será un vestido… será una maravilla.

Solo moví la cabeza. Sabía bien cómo era Maricruz: ella no quería maravillas ni creatividad, quería que pareciese caro y extranjero, con etiqueta que enseñara. Pero me callé. La esperanza de una madre es ciega y sagrada.

Todo mayo vi luz en la ventana de las Gutiérrez, hasta bien pasada la medianoche. La máquina de coser, vieja pero tenaz, roncaba sin descanso. Esperanza no dormía más de tres horas, ojos rojos, manos repletas de pinchazos, pero iba contenta.

La desgracia llegó tres semanas antes del baile. Fui a dejarle una pomada para la espalda Esperanza siempre se quejaba del dolor de tantas horas sentada.

Entré en la sala y allí… ¡Dios santo! No era un vestido, era un sueño. La tela caía con un brillo mate, color rosa grisáceo, como cielo de tormenta al atardecer. Cada costura y cada cuenta cosida con tanto cariño que parecía emitir luz propia.

¿Qué te parece? preguntó Esperanza sonriendo tímida, infantil. Las manos temblorosas y llenas de tiritas.

Reina dije sincera, tienes oro en las manos. ¿Ya lo ha visto Maricruz?

No, está en clase. Quiero sorprenderla.

Justo entonces, la puerta se abrió de golpe. Maricruz entró hecha un volcán, tiró el bolso a un rincón.

¡Otra vez presumiendo Carmen! gritó desde el umbral Le han comprado zapatos de charol. ¿Y yo con qué voy a ir? ¿Con las zapatillas rotas?

Esperanza se acercó, cogió el vestido con cuidado y se lo mostró.

Hija, mira… ya está listo.

Maricruz se quedó paralizada, ojos muy abiertos. Creí que se emocionaría. Pero de pronto explotó:

¿Esto qué es? la voz se volvió hielo ¡Estas son las cortinas de la abuela! ¡Las reconocí! Llevan oliendo a naftalina cien años. ¿Quieres que me ría toda la escuela? ¿Que digan: La pobrecilla Gutiérrez viene envuelta en una cortina? ¡No lo pienso poner! ¡Prefiero ir desnuda o morirme antes que verme así de ridícula!

Sacudió el vestido de las manos de su madre, lo tiró al suelo y lo pisoteó, con rabia, aplastando cuentas y trabajo materno.

¡Te odio! ¡Odio esta miseria! ¡Odio todo! Todas las madres luchan por sus hijas y tú… tú eres una inútil, no madre.

Silencio. Pesado, grueso, aterrador.

Esperanza palideció tanto que se confundió con la pared emblanquecida. No lloró, no gritó. Simplemente bajó despacio, recogió el vestido, lo sacudió, como si quitara el polvo, y lo abrazó contra su pecho.

Manuela me dijo apenas audible, sin mirar a su hija, vete, por favor. Necesitamos hablar.

Me fui. El corazón hecho añicos, con ganas de coger a la cría y darle un par de voces…

Por la mañana, Esperanza desapareció.

Maricruz vino corriendo al ambulatorio al mediodía siguiente. No tenía cara ni altanería, solo auténtico miedo en la mirada.

Tía Manuela… Mamá no está.

¿Cómo que no está? ¿Estará en la biblioteca?

No, cerrada. No estuvo en casa ni anoche. Y… Maricruz se atragantó, los labios temblorosos la imagen también ha desaparecido.

¿Qué imagen?

La de San Nicolás, la antigua con marco de plata. Abuela decía que nos salvó en la guerra. Mamá la llamaba nuestro último pan, para el día más negro.

Me helé. Supe lo que Esperanza había hecho. En aquellos años por imágenes antiguas pagaban mucho, pero también te metías en líos: estafadores, malhechores, trampas. Y Esperanza era buena, confiada, como un pájaro. Seguro que fue a Madrid a venderla, para comprarle un vestido de moda a su hija caprichosa.

No la busques susurré. Ay, Maricruz, ¿qué has hecho?

Tres días vivimos un infierno. Maricruz se instaló conmigo decía que no podía dormir sola en casa. No comía, apenas bebía agua. Sentada en el porche, miraba a la carretera, esperando el regreso. Cada motor que sonaba, corría a la verja. Y siempre eran extraños.

Es culpa mía repetía de noche, hecha un ovillo.

La he matado con mis palabras, Manuela. Si vuelve, me arrastraré a sus pies. Que vuelva, por favor.

Al cuarto día, cerca del anochecer, sonó el teléfono del ambulatorio. Fuerte, urgente.

Descolgué.

¿Diga? Punto de salud.

¿Manuela? voz de hombre, cansada, oficial Le llamo del hospital comarcal. Reanimación.

Se me doblaron las piernas, caí en la silla.

¿Qué sucede?

Ingresó una mujer hace tres noches. Sin papeles. La encontraron en la estación, tuvo un infarto. Alcanzó a decir su nombre y el de su pueblo: Esperanza Gutiérrez. ¿La conoce?

¡¿Sigue viva?!

Por ahora sí. Pero está grave. Vengan rápido.

No sé ni cómo llegamos a la capital. El autobús ya había salido. Suplicamos al alcalde hasta que nos prestó el viejo Seat con el chofer Paco.

Maricruz no dijo palabra en todo el camino. Apretaba el tirador de la puerta hasta ponerse blanca y miraba al frente sin pestañear, moviendo los labios, rezando, por primera vez en serio.

La entrada del hospital olía a desconsuelo. A desinfectante, medicinas y a esa paz extraña donde la vida y la muerte se retan.

El médico salió joven, con los ojos hundidos de cansancio.

¿Van a ver a Gutiérrez? Solo un minuto, sin lágrimas. Nada de emociones fuertes.

Entramos en la habitación. Máquinas pitando, tubos, Esperanza tumbada…

Ay, parecía más pequeña y frágil que nunca, casi niña. El rostro gris como ceniza, ojeras profundas, cuerpo minúsculo bajo la sábana.

Maricruz, al verla, se arrodilló junto a la cama, la cara hundida en la colcha, el cuerpo temblando, pero sin soltar sonido. Temía romperse a llorar donde no debía.

Esperanza entreabrió los ojos. Mirada débil, flotante. Al segundo reconoció a su hija y alargó la mano, marcada de moratones por las inyecciones, hasta posar los dedos en la cabeza de Maricruz.

Maricruz… susurró apenas, leve como el viento me encontraste…

Mamá, sollozó Maricruz, besando esa mano fría mamá, perdóname…

El dinero… Esperanza movía el dedo sobre la colcha lo conseguí, hija… está en la bolsa… cógelo. Compra tu vestido… con lentejuelas… como soñabas…

Maricruz levantó la cara, empapada de lágrimas.

No quiero el vestido, mamá. ¿Lo oyes? ¡No quiero nada! ¿Por qué has hecho esto?

Para que fueras bonita… Esperanza sonrió, apenas un trazo para que no te sintieras menos…

Me quedé clavada en la puerta, con la garganta apretada, sin poder respirar. Miraba a las dos y pensaba: así es el amor de madre. No compara, no calcula. Lo da todo, hasta la última gota de vida, incluso si el hijo se equivoca.

El médico nos echó a los cinco minutos.

Basta, no tiene fuerzas. El peligro pasó, pero el corazón está débil. Le espera larga recuperación.

Y comenzaron los días lentos. Esperanza pasó casi un mes en el hospital. Maricruz iba todos los días: por la mañana a clase, por la tarde a la ciudad en autostop. Le llevaba caldos que cocinaba ella misma, manzanas ralladas.

Parece otra. El orgullo se ha esfumado. La casa limpia, la huerta cuidada. Viene a verme por las tardes, a ponerme al día, con ojos muy maduros.

Manuela, me confesó un día después de todo aquel grito… probé el vestido, a escondidas. Es tan suave. Huele a manos de mamá. Fui idiota. Creía que si el vestido era caro me respetarían más. Ahora sé que si a mamá le pasa algo, no quiero ningún vestido del mundo.

Esperanza fue recuperando fuerzas. Poco a poco, pero salió adelante. Los médicos decían que era un milagro. Yo pienso que fue el amor de Maricruz el que la devolvió de la oscuridad. La dieron de alta justo antes del baile. Débil, andaba mal, pero deseaba ir a casa como nunca.

Llegó el gran día.

Todo el pueblo se reunió en la escuela. Sonaban pasodobles y canciones de Mecano. Las chicas, cada una con su modelito. Carmen Soto en su vestido de tul, más espectacular que una tarta de boda, presumía y se hacía la interesante, rechazando pretendientes.

En ese momento, la gente se apartó. El silencio cayó.

Maricruz apareció. Dando el brazo a Esperanza. Esperanza pálida, el paso lento, apoyándose en su hija, pero sonreía.

Y Maricruz… nunca vi más belleza.

Llevaba el vestido de las cortinas.

A la luz dorada del atardecer, el rosa ceniza brillaba de manera mágica. El raso ajustado, delicado, resaltando lo justo y cubriendo lo necesario. El encaje bordado en el hombro relucía como estrellas.

Pero lo importante no era el vestido, sino cómo caminaba Maricruz. Iba como una reina. La cabeza alta, sin soberbia, los ojos llenos de calma y fuerza. Sostenía a su madre con ternura, como si cargara un jarrón de cristal. El mensaje era claro: Esta es mi madre. Y estoy orgullosa.

Uno de los chicos del pueblo, Paco, soltó:

¡Mira, si parece una cortina andante!

Maricruz se detuvo. Lo miró con dignidad.

Sí, lo ha cosido mi madre contestó alto. Para mí, vale más que el oro. Y tú, Paco, eres torpe si no ves la belleza.

El chico se quedó callado, colorado. Carmen Soto, en su vestido de escándalo, de repente perdió todo brillo. Porque no es la ropa la que viste a las personas. Nada de eso.

Aquella noche Maricruz apenas bailó. Se quedó con su madre en el banco, cubriéndola con la manta, trayéndole agua, agarrándola de la mano. Tanto amor y tanta ternura en ese gesto, que se me llenaban los ojos de lágrimas. Esperanza miraba a su hija, con la cara iluminada. Sabía que todo valía la pena. Que la imagen, la de San Nicolás, había obrado su milagro: no con dinero, sino salvando el alma.

Han pasado muchos años desde entonces. Maricruz se fue a Madrid, estudió medicina, ahora es cardióloga. Es reconocida, salva vidas. Se llevó a Esperanza con ella, la cuida con devoción. Viven en paz y armonía.

Y la imagen… Dicen que Maricruz logró encontrarla tiempo después, tras buscarla en anticuarios y pagar una fortuna. Hoy cuelga en su piso, en el lugar más especial, con una vela encendida siempre delante.

A veces, viendo a los jóvenes de hoy, pienso en cuánto daño hacemos por querer impresionar a los demás, exigiendo, pisoteando. Y la vida, qué breve es, como una noche de verano. Madre, solo hay una. Mientras esté, somos niños, protegidos del frío de la eternidad. Cuando se va, todo cambia.

Cuidad de vuestras madres. Ahora mismo llamadlas si podéis. Si ya no están, pensad en ellas con cariño. En el cielo seguro que lo sienten…

Si esta historia te llega, vuelve cuando quieras, suscríbete al canal. Recordaremos juntos, lloraremos y nos alegraremos con las cosas sencillas. Para mí, cada suscripción es como un chocolate caliente en la noche invernal. Aquí te espero.

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MagistrUm
El vestido prestado En nuestra calle, justo tres casas más allá del ambulatorio, vivía entonces una mujer llamada Esperanza. Su apellido era sencillo, Belmonte, y ella misma era tan callada y discreta como la sombra de un almendro en verano. Trabajaba de bibliotecaria en el pueblo, y la pobre Esperanza pasaba meses sin cobrar, y cuando llegaba el pago, por Dios, era en botas de goma, en vino peleón o en garbanzos que ya parecían tener vida propia. Esperanza tiraba sola de su hija, Lucía. El marido se marchó al norte en busca de fortuna cuando Lucía aún era bebé y no se supo nunca más de él—si había formado otra familia o se perdió en las montañas, nadie lo sabía. Lucía crecía, ay, qué genio tenía la niña. Hermosa como la virgen, con ojos azules como el cielo de Madrid y una melena dorada. Pero orgullo no le faltaba—avergonzada de su pobreza, soñaba con lucirse en la fiesta juvenil del colegio como las demás, mientras ella seguía con los mismos zapatos remendados de hace tres años. Fue aquella primavera cuando la historia empezó, último curso, justo cuando los corazones sueñan más alto que nunca… Un día Esperanza vino a mi casa para que le tomara la tensión. Era primeros de mayo, los nísperos florecían. Se sentó en el sofá, delgadita, los hombros afilados bajo un jersey gastado. —Valentina—me dice casi susurrando, las manos nerviosas—Tengo un problema. Lucía no quiere ir al baile de graduación. Se ha puesto histérica. —¿Y eso?—le pregunto ajustándole el manguito en el brazo. —Dice que no va a hacer el ridículo. A la hija del alcalde le han traído de Madrid un vestido importado, todo pomposo… Y yo, Valentina, ni para una simple tela tengo dinero. Nos hemos comido todas las reservas este invierno. —¿Y qué vas a hacer? —Ya se me ha ocurrido algo—de pronto sus ojos brillaron—¿Recuerdas las cortinas de mi madre? De raso bueno, color precioso… Le voy a quitar el encaje antiguo y le pondré pedrería—no será un vestido, será una joya. Yo sólo negué con la cabeza. Conocía a Lucía. Ella quería lujo, etiqueta, etiqueta extranjera. Pero callé. La esperanza de una madre es ciega, pero sagrada… Todo mayo vi la luz de casa de Esperanza encendida hasta de madrugada. La vieja máquina de coser sonaba como una ametralladora: trac-trac-trac… Esperanza hacía magia. Dormía tres horas, los ojos rojos, las manos agujereadas, pero iba feliz. Pero faltando tres semanas para la fiesta, entré en su casa para llevarle una pomada. Allí estaba, el vestido no era de tela, era un sueño—raso que brillaba como un atardecer entre rosas y gris, cada puntada hecha con tanto amor que parecía iluminado por dentro. —¿Qué te parece?—me pregunta, la sonrisa de niña, los dedos cubiertos de tiritas. —Te has superado—le digo—manos de oro tienes, Esperanza. ¿Lucía ya lo ha visto? —No, aún no. Está en el colegio. Quiero que sea sorpresa. Y entonces la puerta se abrió de golpe. Lucía entró bufando, roja, tiró el bolso contra el rincón. —¡Otra vez la hija del alcalde presumiendo! ¡Le han comprado zapatos de charol! ¿Y yo qué? ¿Iré con mis zapatillas rotas? Esperanza se acerca con el vestido, lo levanta con cariño: —Mira, hija… Todo listo. Lucía enmudece, los ojos recorren el vestido… Pensé que se alegraría, pero de pronto explotó. —¿Es esto?—fría como el hielo—¡Son las cortinas de mi abuela! ¡Olían a naftalina! ¿Te ríes de mí? —No, hija, es raso auténtico, mira qué bien sienta… —¡Cortinas!—gritó Lucía con tal rabia que temblaron los cristales—¿Quieres que suba al escenario envuelta en una cortina? “¡La pobre Belmonte va en mantas!” ¡Jamás me lo pondré! ¡Prefiero ir desnuda o arrojarme al río! Arrancó el vestido de las manos de su madre, lo tiró al suelo y lo pisoteó, sobre la pedrería y el esfuerzo de Esperanza. —¡Te odio! ¡Odio esta miseria! ¡Odio a mi madre inútil! Todas tienen una madre de verdad, tú eres un trapo, no una madre. Se hizo un silencio brutal, pesadísimo. Esperanza, pálida como la cal, no lloró ni gritó. Lentamente se agachó, cogió el vestido, lo sacudió y lo apretó contra el pecho. —Valentina—me dijo bajito, sin mirar a su hija—Vete, por favor. Necesitamos hablar. Me fui. El corazón en vilo. Me daban ganas de castigar a la niña por imbécil… Por la mañana Esperanza había desaparecido. Lucía vino corriendo al ambulatorio sobre el mediodía, el rostro desencajado, todo el orgullo perdido, sólo miedo en los ojos. —Tía Valentina, mamá no está. —¿Cómo no está? ¿Trabajando? —No está en la biblioteca, está cerrada, no ha dormido en casa y…—Lucía se mordió los labios—Y falta la imagen. —¿Qué imagen?—pregunté sobresaltada. —La de San Nicolás. La de la esquina, en plata. Mi abuela decía que nos salvó de la guerra. Mama siempre decía: “Esto es nuestro último pan, Lucía. Para el día más negro.” Un sudor frío me recorrió. Entendí lo que planeaba Esperanza. Por las imágenes antiguas pagaban mucho, pero también robaban, mataban, engañaban. Ella era confiada como una niña. Se habría ido a Madrid para venderla y comprar el “vestido soñado” de su hija… —Ahora, búscala—murmuré. Ay, Lucía, ¿qué has hecho? Fueron tres días de infierno. Lucía se fue a vivir a mi casa, temía el vacío del hogar. No comía, sólo agua. Se sentaba en el portal mirando la carretera, cada motor la sobresaltaba, corría a la verja y sólo veía gente extraña. —Es mi culpa—susurraba por la noche, hecha un ovillo—La maté con mis palabras. Si vuelve, me arrastraré a sus pies. Al cuarto día, casi anocheciendo, sonó el teléfono del ambulatorio, fuerte y urgente. Descolgué nerviosa: —¿Ambulatorio, dígame? —¿Valentina?—voz masculina, cansada—Desde el hospital comarcal, reanimación. Me temblaron las piernas, casi caigo al suelo. —¿Qué ha pasado? —Una mujer llegó hace tres días, sin documentos, la encontraron en la estación, tuvo un infarto. Al recuperar el sentido dio el nombre del pueblo y el suyo. Belmonte Esperanza. ¿La conoce? —¿Viva?—grité. —Por ahora, pero está grave. Vengan rápido. Cómo fuimos a Madrid es otra historia. No había bus. Fui suplicar coche al alcalde y nos prestó un viejo Land Rover con el chófer, Pedro. Lucía no dijo nada en todo el camino. Agarrada a la puerta, blanca, mudo el rostro, labios moviéndose—imaginé que rezaba, por primera vez de verdad. En el hospital olía a miedo y lejía, ese silencio de lugares donde la vida y la muerte conversan. El médico salió, joven y agotado. —Van a verla, pero sólo un minuto. Y nada de llorar. Que no se altere. Entramos. Aparatos pitando, tubos como serpientes. Allí estaba Esperanza… Parecía más niña que mujer, el rostro ceniciento, ojeras negras, cuerpo diminuto bajo la manta gris. Lucía la vio y se desplomó de rodillas en la cabecera, sin palabra, temblando. Esperanza abrió los ojos, nublados. Al reconocerla, levantó la mano y la puso sobre la cabeza de Lucía. —Lucía…—susurró—te encontré… —Mamá—lloraba la niña besando la mano—perdóname… —Dinero… lo vendí… en la bolsa… para tu vestido… con brillos… como querías… Lucía levantó la cara, la miró, y las lágrimas corrían sin parar. —No quiero vestido, mamá. ¡No quiero nada! ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? —Para que te vean bella…—sonrió Esperanza, débil—No peor que las demás… Yo me quedé clavada en la puerta, sin aliento. Mirando pensaba—esa es la verdadera maternidad. No calcula, sólo da todo, hasta la última gota de vida. Aunque el hijo sea ingrato. Nos sacaron tras cinco minutos. —Basta. Le falta fuerza. La crisis pasó, pero su corazón está muy débil. Y empezaron los días largos de espera. Casi un mes en el hospital. Lucía iba cada día. Por la mañana al colegio, por la tarde en transporte público hasta Madrid. Le llevaba caldos y fruta. Cambió la chica—irreconocible. El orgullo se esfumó. Casa limpia, huerta cuidada. Venía por la tarde y sus ojos ya eran adultos. —Valentina—me dijo una vez—Después de gritarle, probé el vestido a escondidas… Era tan delicado. Olía a las manos de mi madre. Era tonta, creí que un vestido caro me daría respeto. Ahora sé que sin ella no quiero nada del mundo. Esperanza mejoró despacio, pero milagrosamente, decían los médicos. La dieron de alta justo antes de la graduación. Débil, apenas caminaba, pero sólo quería volver a casa. Llegó la noche de fiesta. Todo el pueblo junto frente al colegio. Música y luces, jóvenes en sus mejores galas. La hija del alcalde presumía su vestido de encaje, todas las miradas para ella. De repente, se hizo el silencio. Llegó Lucía, llevando del brazo a Esperanza. La madre, pálida, apoyada en su hija pero sonriendo. Y Lucía… jamás vi tanta belleza. Llevaba aquel vestido de cortina. Bajo la luz del atardecer, ese color ceniza de rosa resplandecía con magia. El raso seguía la figura, realzando solo lo necesario; el encaje brillaba sobre los hombros. Pero lo importante no era el vestido. Era cómo Lucía caminaba. Como una reina, la cabeza alta. En sus ojos, ya no había arrogancia, sino paz y firmeza. Llevaba a su madre como si fuera de cristal, mostrando al mundo: “Esta es mi madre. Y estoy orgullosa.” El gracioso del pueblo quiso bromear: —¡Mirad, la chica de la cortina! Lucía le miró con calma, sin odio, con compasión. —Sí—dijo clara—lo cosieron las manos de mi madre. Es mi tesoro, más valioso que el oro. Y tú, si no ves belleza, eres ciego. El bromista enmudeció, rojo. La hija del alcalde con su vestido comprado palideció al instante. Porque no son las telas las que te hacen grande… Aquella noche Lucía apenas bailó. Se sentó junto a su madre en el porche, la cubría con un chal, le traía agua, le tomaba la mano. Tanto amor y ternura que me hicieron llorar. Esperanza la miraba y su rostro brillaba. Sabía que todo había merecido la pena. La imagen milagrosa había cumplido su promesa: no con dinero, sino salvando el alma. El tiempo pasó. Lucía se fue a Madrid, estudió cardiología. Se hizo una gran médica, salva vidas cada día. Se llevó a Esperanza, no la deja ni un segundo, viven unidas. La imagen, dicen, Lucía la recuperó tras una larga búsqueda en anticuarios, pagando mucho, pero la consiguió. Hoy está colgada en su casa, con una luz siempre encendida… A veces miro a los jóvenes y pienso: cuánto hacemos sufrir a nuestros seres queridos por dar gusto a los demás. Y la vida es corta, como una noche de verano. Madre sólo hay una. Mientras vive, somos niños, ella nos protege del frío de la eternidad. Cuando se va, estamos solos frente al viento. Cuidad de vuestras madres. Ahora mismo llamadlas si están vivas. Si no, recordadlas con cariño. Desde el cielo, seguro que os escuchan… Si esta historia os ha conmovido, volved, suscribíos al canal. Aquí seguiremos compartiendo recuerdos, lágrimas y alegrías sencillas. 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