María no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Su marido, el de toda la vida, el único ese al que creía su roca y su refugio hoy le había soltado: «Ya no te quiero».
El temblor fue tan grande que se quedó inmóvil, en una pose ridícula, mientras él revoloteaba por la casa recogiendo sus cosas, haciendo sonar las llaves como quien toca las castañuelas en verbena. Vamos, justo lo que le faltaba a ella en semejante momento. Hace nada y menos había fallecido su padre de repente, y ahí estaba María, obligada a poner cara de entereza, cuidando como podía de su madre, ya canosa, y de su hermana que, a sus 18, era dependiente tras una lesión en la cabeza. Su gente vivía en el pueblo de al lado. El niño, Juanito, acababa de empezar primero de primaria. Y en junio, su empresa se fue al garete. Ahora estaba sin trabajo. Y, encima, lo del marido.
María se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y lloró, como si le pagaran por litros.
¡Madre mía, ¿y ahora qué? ¿Cómo sigo yo adelante? Ay, ¡Juanito! ¡Tengo que ir volando al cole a por él!
A la fuerza, las obligaciones diarias te hacen levantarte aunque tengas la moral por los suelos.
Mamá, ¿has llorado?
No, Juanito, no.
¿Estás triste por el abuelo? Yo le echo muchísimo de menos.
Y yo, hijo. Pero hay que ser valientes. Ya sabes, tu abuelo siempre lo era. Seguro que ahora está de lujo, allá arriba con Dios, ¡descansando finalmente! En vida no descansó ni medio día.
¿Y papá?
Papá… Ha debido irse de viaje de trabajo. ¿Qué tal en clase?
Hay que vivir. No te quiere. Bueno, cosas que pasan. Nadie puede obligar al amor. Seguro que se le escapó algo entre tanta prisa.
Mientras Juanito comía y pasaba revista a sus soldaditos de juguete, María se acercó furtivamente al portátil que había dejado su marido. Nunca antes lo había hecho, pero el acceso al correo era sencillo. Ni se molestó en borrar la última conversación. Lo suyo sí que era pasión. Y ella pasaba al ranking de no querida. Diez años fue mi cielo, después de ocho luchando por tener un hijo, pasó a ser la madre de la casa.
Y ahora ahora todo era distinto. Tendría que acostumbrarse.
Pero, antes de nada, tenía que buscar trabajo. ¿Quién iba a fijarse en todos sus títulos universitarios? Lo de la oficina de empleo era de chiste: unos cuantos euros como subsidio de paro y poco más.
¿Qué le había pasado al sensato, responsable, moderadamente cariñoso marido para convertirse en un extraño? Solo una explicación: se le había ido la olla. La casa seguía a medio hacer, pero al menos tenían techo y una habitación decente para vivir.
¡Trabajo, cómo te necesito! María estaba a punto de romper en llanto otra vez, pero ni eso daba tiempo.
Pasó varios días buscando, sin resultado. El niño en primero de primaria y ella sola: opciones mínimas. Una tarde, tras otro intento fracasado, recibió la llamada de Román, su compadre:
María, ¿que no ha vuelto?
No.
Oye, ¿y si entrases de almacenera?
¿Lo dices en serio?
Claro. Ya sé que estáis pasando lo de Vítor. Jornada partida, que puedas recoger a tu ahijado, o apuntar a Juanito a comedor. El sueldo son 900 euros. Es poco, sí, pero peor es nada. Mañana te llevamos unas patatas, cebollitas y pollo.
Román, que yo tengo gallinas. Nos dan huevos y, cuando hay suerte, algún pollo.
¡Pues que sigan! Ni se te ocurra matarlas.
Gracias. ¿Qué tal Galita?
Bien, tirando. Es una campeona.
Así era Román. Su mujer, Gala, aguantando una operación dura y sesiones de quimioterapia, él nunca se quejaba de nada, como si tuviera superpoderes. Con gente así, dan ganas de seguir adelante. Gracias al cielo, que nunca falla. Gracias por el compadre.
El trabajo era sencillo, y podía robarle unos ratos a la soledad, llorar y pensar: ¿qué demonios ha pasado?
Los días, y luego las semanas y meses, pasaron en un vuelo. Al cabo de un año, María se descubrió de nuevo con ganas de comer, dormir, reír y alegrarse por los logros de su Juanito. La herida del marido se reabría cuando él venía a recoger al niño para el fin de semana. Ella nunca ponía pegas, porque en esos líos no debía sufrir el chico. Qué ganas le daban de preguntar ¿Qué hice mal?, aunque sabía que la respuesta estaba en la nueva pasión de su ex por otra. Se acordó de una peli: El amor dura hasta la primera curva; después empieza la vida. Para ella, amor y vida era una misma cosa. ¿Y para él?
Ese otoño parecía una segunda parte del verano: cálido, árboles aún verdes, los críos gritando en la calle y las asters y crisantemos mezclando colores en el jardín. El día que María notó la mirada penetrante de Miguel, apenas destacaba del resto, salvo que el sol brillaba más fuerte y la música de la vecina se colaba con ritmo de fiesta. A lo mejor era que le tocaba encontrarse con otro corazón solitario, que en los planes del destino siempre hay hueco para el humor.
Señorita, ¿le ayudo con eso? ¿No ve que va cargada como si fuese a mudarse?
Ya estoy acostumbrada.
Eso es muy malo, que una belleza como usted se haya hecho a cargar cajas.
¿Y usted ayuda a todas las bellezas o hace guardias en la puerta del súper?
Sí, guardias. He estado esperando a ver a alguien como usted.
Imposible no reírse, y los dos acabaron con carcajadas de lágrimas y dolor de tripa.
Miguel,dijo ofreciéndole la mano, los ojos chispoteando de bromas.
María.
¿Has oído esa canción? María, María, mujer ajena
No. Qué va, yo no soy ajena.
¡Pues vaya suerte! Conoces a una chica como tú, libre y guapa, y es soltera. Aquí están todos chiflados, o ciegos.
Veo que el humor no te falta. ¿Y para lo serio?
Para eso también tengo arte. María, ¿y si hoy vamos al cine, a charlar, lo que surja?
No puedo, tengo que ir a por mi hijo al cole.
¿Esto es en serio? ¿Tienes un hijo? Pero si pareces de veinte.
Tengo treinta y cinco.
Y yo igual. Vaya coincidencia. Pero lo tuyo parece de menos años.
¿Ahora qué?
Nada. Pensando. Todos los hombres sueñan con tener hijo. Y tú lo dices así, siendo soltera. ¿Dónde está el padre de la criatura?
Prefiero no hablar ahora de eso.
Entiendo. Vale, pues el fin de semana. Podemos ir los tres a una sesión infantil.
Los fines de semana Juanito se va con su padre.
María, no quiero agobiarte. Si alguna vez tienes unas horas libres, háblame. Toma mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil.
Eso sí que es serio.
Y no deja tiempo para ligar, desde luego.
Bien, Miguel. Te avisaré,dijo María, con una naturalidad que casi daba ternura.
Te espero.
¡Qué regalo era ese otoño! Las sombras doradas, los colores imposibles de las hojas, los días de sol y los parques a su disposición. Y su dulzura, capaz de barrer las penas y meterles en una danza de hojas caídas. Se acercaron con tanta paciencia que, hasta para ella misma, fue inesperado descubrir lo mucho que le atraía ese hombre peculiar. Cuando apenas llevaba un mes y pico de conocerse, fue María quien tímidamente soltó:
¿Te apetece que tomemos un té en casa?
María, no te enfades, pero prefiero no ir ahora. Esto está siendo tan importante para mí, que quiero ir despacio. ¿Confías en mí?
El siguiente fin de semana se escaparon a un parque natural, donde Miguel rentó una casita que parecía un pequeño castillo. Por dentro era acogedor y limpio, aunque María apenas veía más allá de los ojos marrones de él, en los que se perdía cada vez que la abrazaba. María no imaginaba que lo más íntimo entre una mujer y un hombre podía ser tan dulce.
Miguelito, ¿dónde estoy? ¿Me muero de felicidad? ¡Te quiero tanto! ¿Cómo he vivido sin ti?
¡Eres increíble! ¡Qué afortunado soy!
Un par de meses más tarde les costaba cada día más despedirse.
María, cásate conmigo.
Miguelito, ¡que aún no termino el divorcio! Es el mes que viene.
¡Pues te casas conmigo justo después! No vaya a venir otro y me robe a mi chica.
La chica se manda sola, no es para cualquier despistado. Tiene a su favorito. Pero, Migue, nada de fiestas. Nos casamos y te vas a nuestro castillo conmigo, que allí ya fui tu esposa de hecho.
Perfecto, lo que tú quieras.
Román y Gala fueron los únicos testigos. La madre y la hermana de María mandaron un telegrama de felicitación que casi explotaba de alegría. Pronto, los recién casados se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Entre los dos hicieron un arreglo al estilo brico-casero, poniendo cada azulejo con amor propio. Miguel dedicó máximo cariño en la habitación para Juanito, aunque el niño para quien su madre y padre eran como las dos mitades de una manzana apenas hablaba con Miguel.
María, no te asustes, pero deberíamos revisar la sangre de Juanito. Demasiado pálido.
Anda ya, Miguel. Solo está preocupado. Es duro asumir que nos hemos separado. He leído que para los niños el divorcio es mucho peor que la muerte de uno de los padres.
Totalmente, mi sabia. Yo lo viví y me dejó tocado. Pero hagamos el análisis, ¿vale, campeón?
Aquel día Miguel entró a casa con cara de entierro. María enseguida entendió: algo malo había pasado.
María, tranquila, pero hay cambios en la sangre de Juanito. No falló mi intuición. Mañana me lo llevo al hospital.
Eso sí que era injusto. Como si para poder ser feliz tuviese que pagar, y el precio fuera este. Leucemia. Qué palabra más fea.
Empezaba otra vida. María pidió reducción de jornada, porque ni soñar con dejar ahora a Juanito solo frente a pruebas, pinchazos, goteros y análisis. Ella le sujetaba la mano, y solo le decía: Aguanta, campeón. Siempre has sido mi amigo más fuerte. Nunca nos hemos separado y nunca lo haremos.
Cuando estaba exhausta, Miguel le enviaba a descansar y se quedaba con el niño. Dormir era una utopía; la mayoría de veces, María solo se tumbaba a mirar el techo.
El ex llamó exigiendo que saliera del piso a medio construir.
Al niño lo cuidaré yo. Ésta será su casa.
Mejor ven a visitarlo.
Ahora no puedo, me voy de viaje.
Miguel consoló a María, acariciándole el hombro:
María, ya trabajaremos para salir adelante. No vivas en el pasado.
Es que me da rabia. Todo lo que gané, lo metí en la casa. ¿Me va a echar justo ahora?
Olvídalo. Pon toda tu energía en Juanito. Yo me ocupo de lo demás. Siempre soñé con una familia. Dios lo sabe. No os dejaré ir.
¿Y los análisis?
Seguimos luchando. Por ahora, malos.
María lloraba en silencio. Era crucial que Juanito no notara nada.
Tío Miguel, ¿qué tengo en la sangre?
Verás, en la sangre tenemos barquitos rojos y blancos, y tus caballeros están en una batalla.
¿Y quién va ganando?
Por ahora los blancos.
¿Y cómo lo arreglo?
¡Ayuda a los rojos!
Mamá, llévame donde sea. Estoy agotado.
María, yo también quería decirte eso. Vámonos a nuestro castillo con Juanito. El tiempo está agradable. Vamos a pasear por el bosque, a relajarnos.
La primavera llenó su rincón de flores y árboles en flor. Los tres paseaban por la naturaleza, celebrando cada brote, cada hoja. Pero a veces Juanito se quedaba muy serio, concentrado, como si jugara una batalla dentro de sí mismo.
¿Qué pasa, hijo? ¿Te sientes mal?
No molestes, mamá. Estoy en guerra naval.
El pequeño descanso acabó muy rápido. Juanito volvió más vivo, con cierto color en las mejillas.
Mamá, ¿y papá?
De viaje, hijo.
Otra vez bueno.
Al volver al hospital, les repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio entró en persona.
Doctor Miguel, ¿dónde ha estado su hijo?
En un parque natural, aquí cerca. ¿Por qué? ¿La sangre?
Está perfecta. Remisión.
Miguel entró a la habitación a toda velocidad.
¡Juanito, campeón! Estás mejor, hijo. María, no llores más, se está curando. ¿Qué has hecho, hijo?
Papá, ¿te acuerdas de los barquitos? Pues en todas las batallas he hecho que ganen los rojos.
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su esposo, el único, el hombre al que siempre consideró su apoyo y su fortaleza, hoy le había dicho: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó paralizada en una pose absurda mientras él, moviéndose de un lado a otro, recogía sus cosas y hacía sonar las llaves. Justo lo que menos necesitaba en ese momento. Hacía poco que su padre había fallecido de manera inesperada y, a pesar de su propio dolor, debía cuidar de su madre, ya canosa, y de su hermana, que con solo 18 años y tras una grave lesión cerebral, había quedado discapacitada. Su familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora, también sin marido… Natacha se sentó a la mesa, se cubrió la cabeza con las manos y rompió a llorar amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo voy a seguir adelante? ¡Ay, Alejito! Tengo que ir corriendo a buscarle al colegio. La rutina diaria le obligó a levantarse y continuar. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, querido, no. – ¿Lloras por el abuelo? ¡Mamá, cuánto le echo de menos! – Yo también, hijo, pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo era. Ahora está bien, con Dios, tranquilo. Se merecía descansar, nunca lo hizo en vida. – ¿Y papá? – Papá… debe estar de viaje otra vez. ¿Qué tal en el cole? Hay que seguir. ¿No me quiere? Nada que hacer. No se puede obligar a nadie. Algo se le escapó entre tanta prisa… Mientras Alejito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha encendió el ordenador que su marido había dejado. Nunca lo había hecho antes. El acceso al correo era fácil, en la esquina. Vova no había borrado la última conversación. Un amor total. Y ella, ahora, la mujer no querida. Diez años siendo «mi sol», ocho luchando por tener un hijo y luego «nuestra mamá». Todo había cambiado. Y había que aprender a vivir con ello. Lo primero era buscar trabajo. Nadie se preocupaba de su titulación universitaria. Los pocos euros del subsidio de desempleo no solucionaban nada. ¿Qué había pasado con su marido responsable, amable y cariñoso que, de repente, se volvía ajeno? Ella solo encontraba una explicación: se había vuelto loco. La casa, que juntos levantaron ladrillo a ladrillo, sin acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. – ¡Trabajo, cuánto te necesito! – Natacha estaba a punto de llorar otra vez, pero no había tiempo. Buscó empleo varios días, sin éxito. Tener un hijo en primero de primaria y estar sola reducían sus opciones al mínimo. Una noche de otro día frustrante, sonó el teléfono: era Román, el compadre. – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Querrías ser encargada de almacén? – ¿En serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vova. La jornada sería con un descanso, podrías recoger al niño o apuntarlo a comedor. El sueldo son 1.200 euros. Poco, claro, pero mejor que nada. Mañana os traemos patatas, cebolla y pollo. – Roma, que tengo gallinas; nos dan de comer, y huevos. – Pues que sigan alimentándoos. No las mates para comer. – Gracias. ¿Y Galina, cómo está? – Bien, se apaña. Es toda una campeona. Siempre era así. Su mujer, Galina, pasó por una operación difícil, recibe quimioterapia, y él jamás se queja. Puede con todo. Natacha suspiró: hay esperanza. Gracias a Dios, que nunca falla. Gracias por el compadre. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar a solas, llorar y reflexionar. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Natacha volvió a tener hambre, a dormir, a sonreír y disfrutar de los progresos de Alejito. El dolor de la traición del marido reaparecía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca lo impedía; el niño no debía sufrir por lo suyo. Quería preguntar por qué no fue suficiente, aunque sabía que todo era por algo ajeno a ella: una pasión repentina del marido por otra mujer. Recordó una frase de película: «El amor sólo dura hasta la primera curva, después empieza la vida». Para ella amor y vida eran inseparables. ¿Y para él? Ese otoño continuaba el verano: cálido, árboles verdes, risas infantiles en la calle, paleta de colores con ásteres y crisantemos en el jardín. El día en que el doctor Miguel la miró de manera especial no era diferente, quizá brillaba más el sol o la música de la ventana vecina sonaba más fuerte, o tal vez era el destino que decidía juntar dos soledades. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto. – Estoy acostumbrada. – Mal asunto que una belleza se haya acostumbrado a llevar peso. – ¿Ayuda a todas las guapas? ¿Tiene guardia en la puerta del súper? – Claro, vigilo y vigilo, hasta que por fin apareció usted. No pudo evitar reír. Y los dos se rieron hasta llorar, espontáneamente. – Miguel, – dijo dándole la mano, aún con chispa en los ojos. – Natacha. – ¿Conoces la canción: “Natacha, Natacha, esposa ajena”? – No. Pero no soy esposa. – ¡Menudo golpe! ¡Por fin conozco a una mujer con la que sólo soñaba y está soltera! ¿Están todos locos o ciegos? – Veo que el humor no te falta. Eso está bien. ¿Y lo serio? – También bien. Nata, ¿quieres ir al cine hoy y charlar tranquilos? – No puedo, debo recoger a mi hijo del cole. – No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte, ¿qué cole? – Tengo 35. – Yo también. Qué casualidad. Pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Ahora asimilando. Todos los hombres sueñan con tener un hijo, pero tú tan tranquila dices que estás soltera, ¿y el padre de tu hijo? – Prefiero no comentar eso ahora. – Entiendo. Y no lo haremos. Mejor el sábado. Podemos ir con tu hijo a una sesión infantil. – Los fines de semana está con su padre. – Natacha, no quiero incomodarte. Si tienes horas libres, llámame. Te dejo mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil. – Nada más serio. – Y no tengo tiempo de buscar bellezas. – Vale, Miguel, te llamaré, – respondió sincera. – Te esperaré. ¡Qué bello fue aquel otoño! Era su regalo. Rayos de sol que multiplicaban los colores de las hojas. Días templados llenando de vida todos los parques. Y su ternura, atravesando el dolor y mezclándose en el baile otoñal bajo un increíble festival de hojas. Poco a poco se acercaban; Natacha, sorprendida, notó cómo la atraía aquel hombre especial. A las seis semanas de conocerse, ella se atrevió a invitarle a tomar un té. – Nata, ¿no te vas a ofender? No iré a casa. Lo que estamos viviendo es demasiado importante; cuidaré de ello. ¿Confías en mí? El fin de semana viajaron al parque natural; Miguel había alquilado una casa como un pequeño castillo. Dentro, todo era cálido y acogedor, pero Natacha sólo veía aquellos enormes ojos castaños y se sumergía en ellos, perdiéndose en un dulce abrazo. No sabía que lo más íntimo entre hombre y mujer podía ser tan placentero. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Siento que muero. Te quiero tanto… ¿Cómo pude vivir sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – ¡Qué bella eres! ¡Soy el hombre más afortunado! Unos meses después, les costaba separarse. –Nata, ¿te casarías conmigo? –Miguel, estoy en proceso de divorcio. –Directamente esposa, entonces. Que nadie venga y me robe a mi chica. –La chica tiene dueño, pero no es para cualquiera. Tiene amor verdadero. Pero, Miguel, nada de fiestas. Solo firmamos y llévame a ese castillo donde me sentí tu mujer para siempre. –Vale, amor, como tú quieras. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una telegrama llena de felicitaciones. Muy pronto se mudaron al piso de dos habitaciones que Miguel había alquilado. Juntos hicieron reformas para convertirlo en hogar. Miguel prestó especial atención al cuarto de Alejito. Ya se conocían, pero el niño, que veía a mamá y papá como dos mitades, era reticente con Miguel. –Nata, no te asustes; vamos a hacerle una analítica a Alejito. No me gusta su palidez. –No digas eso, Miguel. Son los nervios, le costó entender el divorcio, creyó que no ocurriría. Leí que para un niño el divorcio puede ser peor que la muerte. –Tienes razón, mujer sabia; yo lo viví siendo niño, como fin del mundo. Pero le hacemos la analítica, ¿vale, campeón? Aquella tarde, Miguel regresó cabizbajo a casa. –Nata, no te preocupes. Hay alteraciones en la sangre. Mi intuición no falló. Mañana lo llevo conmigo. Era una injusticia. ¿Había que pagar tan caro la felicidad? Leucemia. Qué palabra tan terrible. Comenzó otra vida. Natacha cogió una excedencia sin sueldo, incapaz de dejar que Alejito pasara solo por agujas y gotas, por pruebas continuas. Le sostenía la mano y repetía: «¡Aguanta, mi niño! ¡Eres fuerte! ¡Siempre fuiste el amigo más fiel! Nunca nos separamos, estaremos juntos siempre». Cuando no podía más, Miguel la mandaba a dormir y se quedaba él con el niño. Dormir era raro; casi siempre solo yacía mirando el techo. El exmarido llamó exigiendo que Natacha se fuera de la casa en obras. –Ya cuidaré yo del niño. Vendrá a mi casa. –Mejor ven a verle. –Ahora no puedo. Debo viajar por trabajo. Al acabar la conversación, Miguel la consoló: –Nata, juntos saldremos adelante. No te aferres al pasado. –Duele. Ganaba buen dinero y todo lo invertí en esa casa. Pero qué importancia tiene ahora si quieren echarme… –Olvídalo. Piensa solo en Alejito. Yo podré. Siempre soñé con una familia; Dios lo sabe. No nos la quitará. –Miguel, ¿qué tal los análisis? –Hacemos todo. Van mal. Natacha lloraba en silencio. Alejito no debía notar el sufrimiento. –Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? –En la sangre hay barcos rojos y blancos. Tus barcos combaten. –¿Quién gana? –De momento, los blancos. –¿Y después? –Ayúda a los rojos. –Mamá, vámonos a algún sitio. Estoy cansado. –Nata, yo también lo pensé. Vamos a nuestro castillo con Alejito. Hace buen tiempo, pasearemos por el bosque. Llegó la primavera y embelleció su refugio con arbustos y árboles en flor. Paseaban los tres por el bosque, celebrando cada flor, cada brizna de hierba. Pero a veces el niño se abstraía profundamente. –¿Qué te pasa, hijo? ¿Te encuentras mal? –Mamá, no moleste; estoy en batalla naval. La escapada duró poco. El niño mejoró, hasta tenía sonrosadas las mejillas. –Mamá, ¿y papá? –En viaje, hijo. –¿Otra vez? Bueno. Al volver al hospital repitieron las pruebas. La jefa de laboratorio vino en persona. –Miguel, ¿dónde habéis llevado al niño? –A un refugio cerca, ¿por qué? ¿Qué ocurre con la sangre? –Todo bien, está en remisión. Sangre sana. Miguel corrió a la habitación. –Alejito, ¿qué has hecho? ¡Estás mejorando! No llores, Natacha. Se cura. ¿Qué hiciste, hijo? –Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barcos? Yo gané todas las batallas con los rojos.







