Mira, hoy tengo que contarte algo precioso. Hoy ha sido el día más feliz de la vida de Victoria. La pobre llevaba una sonrisa que no le cabía en la cara. ¡Imagínate! Doce años esperando ser madre, aguantando la incertidumbre día tras día, y por fin ha llegado la noticia: ¡va a tener un hijo! No hay alegría más grande para una mujer, y eso lo sabe cualquiera que haya sentido ese amor tan especial.
Victoria estaba flotando, como quien dice. Cada rato se acariciaba la barriga y, sonriendo emocionada, hablaba en voz bajita con ese bebé que estaba creciendo dentro, aunque apenas tenía dos meses y medio de vida.
A Victoria la conozco desde jovencita, cuando iba a la universidad, y allí fue donde conoció a Miguel. Se hicieron inseparables, estudiaron juntos, se graduaron y, a los tres meses de sacar el título, se casaron. Eran felices, de verdad. Pero a los seis meses de casados, empezó la preocupación: nada de hijos. Miguel, siempre paciente, intentaba tranquilizarla: No pasa nada, mujer. Ya vendrán los niños cuando tengan que venir. Pero el tiempo pasaba y nada.
Después de un par de años, Victoria ya empezaba a perder la esperanza. Fue al médico, claro, pero no le encontraron nada serio. Miguel la apoyaba en todo, la llevaba de paseo por el Retiro, la cuidaba como un tesoro. Pero ella, cada vez más triste. Así pasaron doce años… doce. No había calma en esa casa.
Un día, un julio madrileño, de esos de calorcito suave, Victoria salió a pasear mientras Miguel trabajaba. Caminaba despacito, perdida en sus pensamientos, sin fijarse demasiado en lo que pasaba alrededor. De repente, oye muy cerquita una vocecita:
¿Podrías ser tú mi mamá?
Se quedó parada, como si le hubiera caído un rayo encima. Levantó la cabeza y vio a un niño pequeñito, no tendría más de tres años, asomado detrás de una valla y agarrado a los hierros con sus manitas, mirándola muy serio.
Victoria se quedó sin palabras al principio. Miraba al niño y no sabía qué decirle. Sabía que ese momento podía cambiarle la vida. Se acercó despacio, y entonces se dio cuenta de que estaba frente al Hogar de Niños, y al fondo vio a más niños jugando.
¿Recuerdas a tu mamá? ¿Cómo era? le preguntó, temblándole la voz.
No, nunca la he visto. Por eso estoy aquí esperando, porque sé que ella me reconocerá si pasa por aquí.
Es verdad, cariño, contestó Victoria, con el corazón ardiéndole dentro. En ese instante supo que tenía que intentarlo, que su destino había cruzado justo por ahí.
¿Cuál es tu nombre? preguntó.
Me llamo Gonzalo.
Ya está, Victoria lo tuvo claro. Quería adoptar a ese niño, lo sentía muy dentro. Como si la vida le hubiera puesto ahí. Le contó, con mucha ternura, que ella perdió a un niño hace años, también llamado Gonzalito, y que lo ha estado buscando todo este tiempo. Tal vez seas tú, le dijo.
Gonzalo, con una sonrisa grandísima, gritó:
¡Sí! ¡Eres mi mamá! ¡Te he reconocido! ¡Eres tú!
Le tendió los bracitos entre los barrotes y Victoria lo abrazó fuerte, sin pensar en nada más.
Pues vamos a ver al director, vamos a decirle que nos hemos encontrado, y te llevo a casa.
¡Bien! chilló Gonzalo, saltando de alegría.
Entraron juntos al Hogar, y las cuidadoras ya decían que por fin Gonzalito tenía mamá. Empezaron los trámites, revisiones de papeles, entrevistas interminables, pero Victoria lo vivió como si fuera un sueño. Gonzalo confiaba, sabía que su mamá ya estaba ahí.
Victoria se lo contó a Miguel, que no podía negarse; nunca había visto a su mujer tan feliz. Prepararon la habitación, compraron muebles y todos los detalles, hasta una lámpara con estrellas en el techo.
Cuando por fin llegó el gran día, Gonzalo salió con ellos de la mano, camino de casa, los tres radiantes de felicidad. El silencio de doce años en casa desapareció, y se llenó con pequeños pasitos y ese grito tan dulce: ¡Papá, mira!. Victoria volvió a ser ella misma, volcó todo su amor en ese niño, y Miguel se convirtió en el mejor padre que puedas imaginar.
Pasó el tiempo y Gonzalo crecía, alegrando cada día. Y en una mañana cualquiera, Victoria se sintió rara, así que Miguel la llevó al médico. Allí les dieron una noticia que parecía imposible: ¡Victoria esperaba otro hijo! Imagina la emoción… no había palabras para expresarla.
Toda la familia estaba ilusionada esperando a esa niña, y el día llegó: nació una niña preciosa llamada Jimena. Ahora sí, la familia estaba completa.
Victoria siempre pensó que el milagro de Jimena fue posible porque un día no pasó de largo junto a aquel niño detrás de la valla. Los buenos actos siempre encuentran su recompensa, y la felicidad no tiene calendario: llega a quien abre su corazón y deja que el amor le cambie la vida sin condiciones.







