Recuerdo, como si fuera ayer, la noche en que ingresé al bloque de partos del Hospital Universitario La Paz para observar la cinta que registra los latidos del bebé durante el alumbramiento. La cardiografía del recién nacido estaba perfectamente normal.
Miraba esa cinta serpenteante que salía del monitor y pensaba en la niña que había atendido días antes, la pequeña Lucía, cuya madre, la enfermera de guardia, había padecido una enfermedad tan grave que tuve que darle el alta y enviarla a casa. Ahora necesitaba coordinarme con otra auxiliar de ginecología para cubrir la sala de emergencias.
¿Todo está tan mal? Dígame, por favor preguntó una embarazada, con el rostro pálido, clavando sus ojos en los míos. En la pantalla ¿algo no va bien? Su mirada tan concentrada me angustiaba.
Lo más difícil de la profesión sanitaria es saber mantener la cara. Todo el camino de la vida lo aprendemos sobre la marcha: establecer diagnósticos, recoger fragmentos para, al final, formar el cuadro completo. Aprendemos a observar, a esperar pacientemente, a no intervenir sin necesidad y a tomar decisiones precisas al instante. Nunca nos enseñaron a actuar como actores.
Así, tras una cirugía complicada, en la madrugada, con los ojos empapados de agua helada, sin haber siquiera exhalado para secar la sangre que se coló por los bordes del calzado, descendía al pabellón de urgencias y, con una sonrisa sincera y amable, recibía al nuevo paciente. Esa sonrisa era la llave que mostraba a la persona aterrorizada, traída en la ambulancia, que estaba a salvo, que la esperábamos para aliviar su sufrimiento, curarla…
Nunca nos dijeron que el enfermo siente miedo. Por mucho que seamos profesionales y afrontemos situaciones críticas, debemos saber mantener la cara, porque el temor distorsiona la realidad, la propia y la ajena. Allí, fuera del umbral del hospital, los padres enferman, los niños pierden las llaves y se quedan sentados en los escalones esperando a alguien; en la reanimación, una embarazada con un feto no viable no se estabiliza, mientras la enfermera de quirófano sufre una crisis hipertensiva.
Todo gira en nuestra cabeza, pero más allá de nuestro rostro Mantener la cara es una tarea inmensamente dura, sobre todo cuando se está a quince minutos de una catástrofe. Superar el propio miedo, dar instrucciones claras y tranquilas a la paciente, explicar por qué actuamos con premura, calmar a los familiares, obtener el consentimiento para la operación y correr al vestíbulo, desnudándose en el camino, siempre con la cara impávida.
Y luego, bajarse del escenario sin entrar al salón, sino a los bastidores Lo peor llega cuando la catástrofe ya ha ocurrido. Entonces también hay que mantener la cara, olvidar el frío en el pecho y seguir hablando, hablando, hablando: con el paciente, sus familiares, desconocidos, con uno mismo, con Dios, con los pensamientos paralizados, con los superiores, otra vez con los familiares, otra vez con uno mismo
Hasta que ese dolor insoportable en el pecho ceda y logremos respirar de nuevo, comprendiendo que la guardia, esa marca personal en el corazón, ya está grabada. Una hora después, al bajar a la consulta del siguiente enfermo, seguimos manteniendo la cara, aferrándonos con todas nuestras fuerzas, rozando sutilmente la piel bajo la clavícula izquierda.
Porque los médicos erramos. Todos. Incluso los que se dicen de Dios. Son humanos. Sólo quien no trabaja no se equivoca. La tecnología de precisión también falla, pues fue creada por manos humanas, y el ser humano, por naturaleza, se equivoca.
Lo más terrible es reconocer el error. La mente vuelve una y otra vez al instante en que podríamos haber actuado distinto. Pero la pregunta permanece sin respuesta: ¿qué habría pasado si hubiéramos tomado otro camino? Esa respuesta nunca la sabremos.
¿Cuántas veces observé una cardiografía perfectamente normal con la vista nublada por el cansancio? Los ojos se acostumbran a la fatiga tras años de guardia. ¿Cuántas veces pasé por alto un análisis perfectamente normal que a nadie más llamó la atención? ¿Cuántas veces calculé la dosis de un fármaco siguiendo al pie de la letra el protocolo? ¿Cuántas veces llegué tarde o, por el contrario, demasiado pronto? ¿Cuántas veces miré una radiografía y no vi nada o vi algo equivocado? La visión era la misma que la de ayer, del mes pasado, del año pasado.
¿Y cuándo, por accidente, la mano tembló con el bisturí y el pinzón salió disparado del vaso? ¿Por qué no había saltado el año pasado? Tal vez seis guardias en dos semanas sea demasiado; quizás en casa mi madre sufre un ictus. Pero ya nos hemos acostumbrado a que el tiempo en medicina sea relativo, mientras los seres queridos llevan años en el último asiento de honor.
Lo peor, a veces, es no comprender qué se hizo mal, pues entonces el error puede repetirse. ¿Cuántos libros debemos leer, cuántos cursos pasar, cuántas noches sin dormir para evitarlo? Nadie lo sabe. Y ¿cómo ahuyentar el pensamiento de que existen estadísticas?
La fría estadística médica, con su voz impersonal, dice que por cada mil partos, cirugías o maniobras deben producirse tres, cinco o diez complicaciones. En todo el mundo, cada día, cada mes, cada año. Hay una vida, una salud, una tragedia que se cuenta en números. Así, alguien. Y, ¿qué debe hacer un médico cuando su nombre aparece en esa estadística? Debe plantarse ante los familiares destrozados y decir: Ese soy yo, su asesino.
¿Puedes imaginarte en esa posición? Rodeado de incontables personas desdichadas, y tú, la única causa de su dolor inalcanzable. Ese soy yo. Destruyes. Y cuando el médico falla una vez, se borran de la memoria las miles de veces que acertó. Los médicos tropiezan porque son humanos. Los dioses no tropiezan. Ese es su mundo, su creación, su estadística.
Cuanto más trabajo, más entiendo que solo a los elegidos se les permite comprender el designio. Nosotros no somos elegidos. Somos simples, gente corriente, médicos corrientes.







