¿Y a quién le importas tú? ¿Desdentada, estéril, sin linaje como tú, Dolores?
¿A quién le importas tú? gritó Tomás, y luego escupió y se marchó.
Dolores corrió a la ventana y miró cómo se alejaba aquel hombre con quien había compartido quince años. Creía que lo hicieron alma con alma. Pero antes de irse, él le aclaró todo: solo era por conveniencia.
**Las extrañas sesiones familiares**
Dolores tenía su piso, sabía cocinar de maravilla, era una anfitriona perfecta, y estaba dispuesta a todo por él.
Pensó que lo correcto sería abrir la ventana y gritarle que no la abandonara.
Incluso estaba lista para humillarse, permitiendo que viviera con ella aunque pasara días enteros fuera, con la otra…
Lo prefería a quedarse sola y olvidada a los cuarenta y cinco años. Ya tenía la mano en el cierre, pero sus ojos tropezaron por casualidad con el retrato de su padre. Allí estaba él, con uniforme militar, el mentón alzado, mirando con orgullo al objetivo.
De repente Dolores cambió de opinión. Le dio vergüenza. Vergüenza de su debilidad.
Vio una vez más cómo su esposo elegante y atractivo subía al coche nuevo con sus maletas.
Caminó hacia la cocina, atravesando el pasillo. Allí estaba el viejo espejo de cuerpo entero heredado de su abuela.
Reflejaba a una mujer marcada por el cansancio y la edad, de cabello ya gris y ojos apagados.
Dolores sabía que nunca fue hermosa. Y ahora la salud tampoco la acompañaba. Los dientes se le rompían. No tenía dinero para arreglarlos. Porque Tomás necesitaba coche nuevo. Y en el trabajo debía vestirse con prendas lujosas.
Pero, ¡qué tontería! Tu Tomás viste como actor, y tú solo tienes ese jersey estirado, la falda prehistórica y alguna blusa. Zapatos gastados y esas pantuflas en vez de botas. Ese abrigo de cuello tan viejo que ni mi abuela se lo pondría. Y te exige menús como en un restaurante Un día quiere solomillo, otro albóndigas al vapor, otro crepes rellenos, otro carne guisada. ¡Que se largue! No puedes andar detrás de un hombre así, amiga le decía su compañera de trabajo, Lucía.
Dolores escuchaba, pero seguía su propio camino. Y después él le anunció que se iba. Con una chica de veintisiete años. Con cuatro hijos.
Es que es joven suspiraba Dolores.
Sin embargo, su amiga Lucía, que también era su confidente, investigó un poco. Se metió en redes, preguntó a vecinos. Y le soltó:
¡Pero si esa no tiene ni de dónde ser! Y te llama sin linaje. Si tú eres de buena familia. Ella es un desastre. Nunca ha trabajado. Cada niño de un padre distinto. En el octavo mes siempre estaba de fiesta. La madre igual de inmoral. La juventud es lo que él busca, dicen, pero no sé no se puede construir familia así. Me sorprende tu Tomás. Lo importante es que tú sigas firme.
Dolores lo hizo. El piso que tenía, grande y céntrico, se lo dejaron sus padres.
Su padre, intuyendo algo, lo gestionó de modo que Tomás nunca pudiera reclamar ni un metro de la vivienda. Dolores decidió alquilar una de las habitaciones. Así estaría más cómoda con la plata.
En el barrio se construían varias cosas. Y llegó un ingeniero, de barba, amable, culto. Se llamaba Salvador Fernández de la Vega. Miraba a Dolores con atención. Y de repente le propuso:
Puedo pagarle por adelantado, vaya y arréglese los dientes. Es usted muy señora, no debe sufrir así.
Dolores se sonrojó. Y, aunque no se consideraba bonita, sí quería mejorar su salud dental.
Él le dio aún más dinero. Dijo que lo devolviera cuando pudiera. Unos días después, apareció el hermano de Salvador. Dolores nunca vio a nadie igual. Se quedó boquiabierta.
Llevaba chaqueta color canario, pantalón morado y un peinado imposible.
Dijo llamarse Jaime y que era estilista.
Visitó a su hermano, y tomó bajo su “protección” a Dolores. Cuando ella preparaba bizcochos para los inquilinos, Jaime le sugirió un cambio de imagen.
Y, ¿sabéis? Cambió. Su cabello brillaba con luz, el maquillaje resaltaba sus rasgos más bellos. Arregló los dientes. Ahora iba andando al trabajo. Perdió los kilos sobrantes, empezó a correr cada mañana en el Retiro.
Fue como si de la crisálida saliese una mariposa: una mujer dulce, con sonrisa luminosa y hoyuelos en las mejillas.
Un día sonó el timbre. El inquilino fue a abrir y gritó:
¡Dolores, es para ti!
En la puerta estaba su exmarido. A ella le costó reconocerlo. Tomás, más envejecido, pálido, desorientado, sin el brillo de antes. Al lado, sus bolsas.
¿Qué quieres? preguntó Dolores.
Recordaba que, al principio, intentó llamarlo. Pero él no la quiso escuchar. Al final la bloqueó.
Ahora venía de vuelta.
¡Pero qué cambio has dado! exclamó Tomás.
Los halagos ya no impresionaban a Dolores. Recordaba sus noches en vela, las lágrimas infinitas, el pánico, la idea de terminar con todo.
Ay, Dolores, cuánto sufrí. Esa víbora solo quería mi dinero. Los niños al principio bien, pero luego… Malcriados, gritan, ella no quiere educarlos. Se pasa el día en el móvil, nunca cocina. Compra empanadillas congeladas. Un día hizo sopa de sobre. ¿Te imaginas? ¡A mí! Lavó todas mis camisas juntas, se dañaron. No me he comprado nada, ¡todo el dinero se fue en ellos! Es como vivir en una pesadilla. Dolores Yo contigo era tan feliz. Siempre te recuerdo. ¿Podemos empezar de nuevo, eh? le suplicó.
Pero en la cabeza de Dolores resonaban sus palabras:
¿A quién le importas tú? Desdentada, estéril, sin linaje como tú, Dolores.
Miró una vez más al hombre que fue su marido. Y justo entonces, Salvador Fernández de la Vega asomó la cabeza, preocupado:
¡Dolores! ¿Quieres ayuda? Señor, ¿qué necesita usted?
Tomás se irguió y gritó:
¿Y usted quién es?
Es mi marido, Salvador. No vuelvas más por aquí y Dolores le cerró la puerta en la cara, dejando a Tomás atónito.
Pidió disculpas al inquilino por llamarlo marido así. Él suspiró y murmuró:
Supongo que es hora de aclararlo. Dolores, te amo. ¿Quién pudo dejar ir a una mujer como tú? ¿Quieres casarte conmigo de verdad?
Salvador era viudo. Y Dolores aceptó. Dos meses después estaban casados. Su esposo le regala rosas sin cesar. Se compraron una casita en la sierra.
Dolores nunca vio cómo su exmarido los espiaba de vez en cuando desde la esquina, lamentándose por haber cambiado a una buena mujer por una ilusión vacía.
Al final, se quedó sin nada.
Y Dolores y Salvador pasean de la mano por las calles madrileñas. Ríen, felices, enamorados. Ella espera un hijo.
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