Las dos esposas

Mujer sin hijos ya no es una mujer, dice mi suegra, es casi una mitad de mujer. Murmuró María, suspirando y forzando una sonrisa amarga.
No le hagas caso intervino de golpe la medio sorda vecina Sara, que Dios sabe lo que hace. No te apresures a dar a luz; él ya ve todo con antelación.
¿Y cómo lo ve, Sara? exclamó María entre lágrimas. Llevo cinco años casada y aún deseo un hijo.

No solía hablar de ello en voz alta; guardaba el dolor en su interior. Esa tarde había vuelto a la aldea de su infancia, a diez kilómetros de su casa, para visitar la tumba de su madre y, mientras se sentaba con la vieja vecina, buscó consuelo.

Es una cuestión de resignación, niña le respondió Sara. No somos nosotros los que hallamos niños, sino ellos quienes nos encuentran. Ten paciencia.

Los perros del pueblo ladraban y los gorriones trinaban, pero los sonidos habituales de la aldea ya se habían apagado. La aldea de Zamora, en la región de Castilla y León, estaba casi desierta, sus casas, torcidas y deterioradas, se inclinaban hacia el río como ofreciendo su último saludo.

María regresó a su casa en el gran pueblo de Iruña, donde vivía con su marido. Tenía que salir de Zamora antes del amanecer; siempre había temido el bosque y los campos nocturnos, un miedo infantil que nunca superó.

María había nacido allí. Se quedó sola a los seis años cuando su padre murió después de la guerra y su madre falleció de joven. Trabajó como lechera en la cooperativa agrícola local.

Conoció a su futuro esposo en un caluroso junio, el decimoséptimo verano de su vida y el primero que trabajó en la granja. Ir a la granja era un largo trayecto, pero lo hacía con gusto, aunque al principio sus manos dolían por el esfuerzo de ordeñar.

Una mañana, mientras regresaba, la lluvia la sorprendió. El cielo se cubrió de nubes y el trueno retumbó ásperamente. Todo parecía inclinarse bajo una fuerza extraña. María se refugió bajo un toldo al borde del bosque y, mientras exprimía el agua de su cabello en la mano, distinguió entre la cortina de lluvia a un joven de pelo negro, con camisa a cuadros pegada al cuerpo y pantalones arremangados hasta la rodilla.

¡Qué regalo! exclamó el joven, acercándose. Yo soy Nicolás, ¿y tú?
María, temblando, apenas respondió: María.

¿Te ha dejado la tormenta sorda? bromeó él. ¿Hace frío?
No, gracias replicó ella, retirándose al borde del toldo.

Nicolás siguió haciendo chistes, pero pronto su actitud se volvió más insistente, y María, con la blusa pegada al cuerpo, sintió que él cruzaba una línea. Corrió bajo la lluvia, sin detenerse, mientras el bosque oscuro la rodeaba.

Más tarde, Nicolás regresó a la granja como reemplazo temporal de los encargados del ganado. María lo miró con recelo, pero él empezó a cortejarla con seriedad. Esa primera reunión dejó una huella en ella.

Al casarse, María se llenó de alegría, pero su futuro en la familia de su marido y en la extraña aldea la inquietaba. Su suegra resultó ser una mujer dura y enferma, que delegaba muchas tareas a la nuera pero vigilaba todo con ojo crítico. Aun así, María no se desanimó; era trabajadora y tenaz, aunque las críticas de su suegra le dolían.

Pasaron los años y la esperanza de un embarazo no llegaba. La suegra, impaciente, la acusó:

¡Hija, eres una parienta inútil! Sin hijos, ¿qué sentido tiene esta casa?

María lloró en el hombro de Nicolás, quien defendió a su mujer, mientras la suegra se enfurecía aún más. María no perdió la esperanza; visitaba a la enfermera del pueblo, recorría en secreto la parroquia para rezar y tomaba brebajes recomendados por la curandera del vecindario para intentar concebir.

La vida continuó con su ritmo. La casa de los Nicolás no era pobre, aunque los tiempos de la posguerra eran duros. Una mañana, Nicolás llegó con medio saco de grano húmedo.

¡Cuidado, mamá, no lo pierdas! exclamó la suegra.

María trató de disuadirlo de llevar esos trabajos extra, pero él insistía.

Las noches María dormía mal, esperando a su marido bajo la luz de la lámpara, con los pies bajo la manta. Un día, al salir a buscar a Nicolás, encontró su abrigo, una chaqueta de lona y unas botas de goma bajo la cama, tomó el impermeable y salió al portal. El viento de noviembre golpeó la puerta abierta y la lluvia golpeó su rostro.

Caminó por el sendero del pueblo, pasando por el granero abandonado al borde del camino. El campo y el bosque nocturno la aterrorizaban, pero decidió esperar allí bajo la lluvia. De pronto, escuchó una risa femenina que se mezclaba con el chapoteo. Era la voz de Katia, una joven del pueblo vecino que trabajaba con ella en la cooperativa.

Al principio Katia había sido alegre, soñadora, con ganas de ir a la ciudad a buscar trabajo. Cantaba en las fiestas:

¡Voy a buscar en la gran ciudad, un hombre rico y calvo!

Con el tiempo, sin embargo, su alegría se apagó; los vecinos murmuraban que se había enfadado por un hombre casado. María no sospechaba que aquel hombre era su propio esposo.

Al oír la risa, María sintió que el frío la calaba los huesos, pero corrió de vuelta a su casa, tropezando con la nieve, empapada y con la chaqueta envuelta en un pedazo de tela de saco. Llegó al baño, se quitó la ropa y empezó a lavar la sangre del día, mientras el perro Fénix lamía su mano.

En el baño, reflexionó sobre su vida: el amor que había creído imposible, el dolor de la soledad y la esperanza que, pese a todo, aún la sostenía. Decidió no confrontar a Nicolás esa noche, esperando el día siguiente.

A la mañana siguiente, la policía y el presidente de la cooperativa llegaron a la aldea con dos oficiales. La suegra, que se aferraba al saco del presidente, sollozaba. El padre de Nicolás, con la mirada severa, acompañaba a su hijo en silencio. El marido de María fue detenido y llevado al juzgado.

Catorce hombres fueron arrestados y llevados al ayuntamiento, donde la gente se agolpó para observar. Un camión los trasladó a la ciudad para ser juzgados. María, bajo los abedules, vio a Katia.

El arresto sacudió a toda la aldea; la gente hablaba en sus casas con temor. La suegra cayó en una profunda tristeza y el suegro se debilitó. María pasaba las noches sin dormir, consumida por la incertidumbre.

No hubo divorcio ni reconciliación; la culpa y el miedo la dominaban. El matrimonio quedó en suspenso, y María, aunque dolida, seguía trabajando en la granja.

Pasaron los días y, en enero, nació un niño llamado Ezequiel, traído en una carreta al hogar de los Nicolás. María, aunque no era su madre biológica, cuidó al pequeño con ternura, a pesar del dolor que le provocaba.

El tiempo siguió y la aldea cambió: se construyeron nuevas viviendas de dos pisos y llegaron lecheras sustitutas, habladoras y de otras regiones. Las jornadas laborales se alargaron y María hizo amistad con una nueva compañera, Vera, que la aconsejó:

¿Cómo puedes vivir bajo ese techo con una amante?

María respondió que no tenía otro sitio a donde ir y que la granja necesitaba su ayuda.

El pequeño Ezequiel creció, se arrastró y empezó a reír, tirando de los rizos de María y dándole besos en las mejillas. Con el tiempo, el perro Fénix también jugó con él. María comprendió que sus sueños de estudiar y trabajar en la capital se desvanecían ante la responsabilidad del niño.

El primer día de mayo, María preparó pasteles, vertiendo cuatro cucharones de harina en una cazuela de hierro. Mientras amasaba, Katia salió de fiesta con un collar de perlas y regresó, sonriendo. La suegra, con Ezequiel en brazos, le confesó a María:

Mira, hija, lo que quiero es que el niño tenga una casa. No importa quién sea su padre; el niño necesita ser criado.

María, sin saber qué responder, siguió amasando, pensando en la decisión que se avecinaba.

Al final, la suegra propuso que Katia se quedara en la casa para criar al niño, mientras María continuaba con la granja. María aceptó, pese a la confusión y al dolor. Preparó una cama de paja y una colcha de lana en el suelo, como la que antes usaba su perro.

Los meses se hicieron más fríos y la salud de la suegra empeoró. Katia, a veces, ayudaba a María, defendiendo sus derechos cuando la suegra se mostraba demasiado dura. María pasaba las tardes mirando por la ventana el bosque blanco, recordando su infancia y pensando en la madre que había perdido.

Un día, el niño fue llevado en una cabuya por el abuelo a la parroquia, y le pusieron el nombre de Ezequiel. María, pese al amor que sentía, se sentía desplazada al no haber sido la madre biológica.

Al llegar el invierno más crudo, Katia volvió al pueblo con el niño en brazos. María lo observó, y aunque su corazón se apretaba, aceptó que el niño necesitaba la estabilidad que ella no podía ofrecer.

En la granja, la vida comenzó a cambiar de nuevo: se derribaron casas viejas, se construyeron bloques de pisos y llegaron nuevas lecheras, hablando sin cesar. Una de ellas, Vera, le preguntó a María:

¿Qué haces aquí, María?

María, cansada, respondió que no tenía otro lugar donde ir, que la granja dependía de ella.

El pequeño Ezequiel se volvió más activo, se arrastraba, se reía y llamaba a la puerta de María, que lo abrazaba y lo besaba.

En la fiesta del Primero de Mayo, María horneó pasteles y los colocó sobre la mesa. Katia, con un vestido blanco, tomó un trozo y lo devoró. Mientras tanto, la suegra, con el niño en brazos, le dijo a María:

Mira, hija, el niño necesita un hogar. No importa quién sea su padre; lo criamos juntos.

María escuchó, sin saber qué decir, y siguió amasando, pensando en el futuro incierto.

Al final, la familia decidió que Katia se quedaría a cargo del niño, mientras María seguiría trabajando en la granja. María aceptó la decisión, aunque su corazón estaba dividido. Preparó una cama de paja y la cubrió con una colcha, como la del perro, para que el niño tuviera un rincón cálido.

Los días se hicieron más cortos y más fríos; la suegra cayó enferma y el niño creció bajo el cuidado de todos. María comprendió que la vida a veces no sigue los planes que uno traza, pero que la dignidad y el trabajo honesto pueden dar sentido a cualquier circunstancia.

Al despedirse de la aldea, María tomó una bolsa de tela, se calzó las botas de goma y, bajo la lluvia, se dirigió al tren que la llevaría a Madrid, donde había una escuela de tejedores que aceptaba a mujeres sin recursos. Un campesino le entregó dos billetes de veinte euros como ayuda.

Mientras el tren se alejaba, el sonido del silbato marcó el inicio de una nueva etapa. María miró por la ventana, dejando atrás el dolor y la incertidumbre, y comprendió que, aunque el destino a veces nos niegue lo que deseamos, la fortaleza interior y la voluntad de seguir adelante son la verdadera madre de la felicidad.

Así, con la convicción de que cada paso, por pequeño que sea, construye el camino de la vida, María partió hacia su futuro, sabiendo que el valor de una mujer reside en su capacidad de reinventarse y de amar sin condiciones.

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