Madrid, 18 de diciembre
Hoy la nostalgia me pesa en el pecho y no puedo dejar de recordar aquel invierno que marcó mi niñez, cuando solo tenía seis años y la vida me había impuesto responsabilidades que a esa edad nadie debería conocer. Vivíamos mis padres, mis hermanos más pequeños y yo en un pueblo escondido entre colinas y encinas, en una casa antigua de paredes encaladas que temblaba con cada soplido del viento de la sierra. Las noches parecían eternas y el frío se nos colaba por las rendijas, calando hasta los huesos.
Mis padres, Dolores y Francisco, se ganaban el jornal como podían, limpiando olivares o ayudando en las tareas del campo. La incertidumbre marcaba el ritmo de los días: un trabajo hoy, nada mañana. A veces volvían a casa derrotados, las manos agrietadas y la mirada perdida, y los bolsillos siempre casi tan vacíos como la despensa. Yo me quedaba al cuidado de Clara y Lucía, mis hermanitas, y, cuando el hambre apretaba más que el frío, las abrazaba fuerte para olvidar el vacío en la tripa.
Era diciembre, de esos de cielo plomizo y aire cortante que huele a leña y a promesa de nieve. La Navidad rondaba por las casas, pero parecía olvidar la nuestra. Sobre la estufa hervía una humilde caldereta de patatas, sin chorizo ni azafrán, solo los restos que mi madre, con todo su amor, lograba encontrar. Removía despacio, como si así pudiera multiplicar la comida y engañar al hambre.
De pronto, desde la casa de al lado, llegó el aroma tentador de carne asada y especias. Los vecinos, los García, celebraban la tradicional matanza del cerdo, riendo y conversando animadamente en su patio, con el chisporroteo de la carne fundiéndose con las voces alegres. Ese olor me acariciaba el alma antes que el estómago.
Me acerqué con mis hermanas prendidas de mi falda al viejo muro que nos separaba, tragando saliva sin atreverme a pedir nada. Solo miraba, con los ojos llenos de anhelo callado. Mamá siempre me decía que no estaba bien desear lo ajeno, que era mejor aprender a soñar en silencio.
Ay, Virgen Santa susurré muy bajito, aunque sólo sea un trocito, por favor…
Como si esas palabras hubieran atravesado las nubes, la voz de la señora Carmen, la abuela de los García, rompió el aire helado:
¡Venga, Inés, acércate aquí, niña!
Me sobresalté. Ella, firme junto al fogón, con las mejillas encendidas por el fuego y unos ojos que supe buenos de inmediato, removía la cazuela de migas mientras me sonreía con una ternura que ya casi no recordaba.
Ven aquí, para ti y tus hermanitas, tesoro dijo, natural, con esa generosidad sencilla de los pueblos.
Me quedé paralizada. Me daba reparo aceptar, el pudor me cerraba la garganta, pero la abuela Carmen insistió y llenó una fiambrera con carne jugosa y calentita, esa que huele a hogar y a fiesta.
Toma, hija. Que compartir no es pecado. Pecado es mirar a otro lado.
Las lágrimas se me escaparon solas. No lloraba de hambre, sino porque, por primera vez, alguien me había visto. No como la niña pobre, sino como una niña, sin más.
Corrí a casa abrazando la fiambrera como si fuera un tesoro sagrado. Mis hermanas saltaron de alegría y, por un instante, la risa y el calor llenaron la casa, arrinconando el frío y la desolación.
Cuando por fin llegaron mis padres, cansados y tiritando, nos encontraron sonrientes y cenando. A mamá se le escapó una lágrima, y papá se descubrió la boina y, en un susurro, dio gracias al cielo.
Aquel año, en casa, no hubo árbol de Navidad ni regalos. Tuvimos algo aún más grande: humanidad.
Ahora sé que hay muchas Ineses por el mundo, mirando en silencio, sin pedir nada, soñando con las Navidades de otros. A veces, solo hace falta compartir un plato, un gesto amable, una palabra cálida, para encender la esperanza.
Si esta historia ha tocado tu corazón, no apartes la mirada. Porque, a veces, lo más humilde es también el regalo más grande.







