La gente tiene cosas de lujo.
Frigoríficos que te hablan.
Coches que pitan si respiras mal.
Herramientas para el jardín que cuestan más que la fianza de mi primer piso.
¿Y yo?
Yo tengo un cortacésped antiguo, con la pintura saltada, el arrancador gruñón y el carácter terco de una cabra montesa.
Llegó a mi vida como llegan casi todas las herramientas de supervivenciapor accidente y necesidad.
Mi ex, Lucía, lo compró hace años por cuatro duros en un mercadillo. Cuando nuestra vida todavía era un nosotros, cuando aún creíamos en el para siempre y pagábamos las facturas a tiempo. Cuando llegó el divorcio, repartimos como pudimos.
Ella se llevó las cosas grandes, de esas que salen bien en las fotos.
Yo me quedé con lo que hace que la vida no se detenga.
Algunas cosas básicas de la cocina.
Un aspirador que sonaba a moribundo.
Y el cortacéspedporque al césped no le importa que mi cuenta corriente esté en las últimas.
No me quedé con él por nostalgia.
Me lo quedé porque no me podía permitir otro.
Pero el tiempo hace lo suyo.
Lo de Lucía se deshizo igual que las hojas secas se deshacen con el vientomalas decisiones, excusas cada vez más extrañas, creencias que ni entiendo. Me llegan noticias a través de conocidos que bajan la voz cuando hablan de ella, como si contaran un secreto delicado.
Ella perdió lo grande.
Lo impresionante.
Eso que hace que la gente parezca tenerlo todo controlado.
Mientras, yo seguí con el cortacésped.
Y los años fueron pasando.
Once años siendo yo quien se encarga.
Once años aprendiendo a apañármelas solo, sin un par de manos extra.
Once años siendo el que arregla, improvisa y hace que funcione.
Y aquí viene la cosa: no tengo cobertizo.
No hay un trastero cálido, ni un garaje cerrado.
Nada de un sitio decente para guardar herramientas.
Así que el cortacésped pasa todo el año fuera, soportando lo que venga.
El invierno de Castilla no perdona.
Ese frío que parte el plástico y duele en los metales.
El tipo de aire que convierte el viento en amenaza y la escarcha en peso.
Cada año, me preparo para lo peor.
Y cada primavera, salgo como quien va a saludar a un viejo amigo que quizá ya no se acuerde de ti.
Le quito el polvo a la carcasa.
Saco las hojas muertas de huecos donde nadie sabe cómo han llegado.
Miro el depósito de la gasolina como quien toma el pulso a un enfermo.
Luego le doy unas cuantas veces al cebador, ese pequeño corazón de goma que inyecta vida en el motor.
Hace un sonido diminuto.
Una promesa chiquitita.
Después, el ritual.
Planto bien los piescalzo un 41, nada de botas de mecánico, pero valen.
Agarro el manillar.
Tiro del cordón.
Nada.
Tiro otra vez.
Nada.
A la tercera, murmurando una plegaria entre dientes, como si negocias con los antiguos dioses:
Por favor. Hoy no. Que arranque.
Porque si no arranca, no es solo una molestia.
Es un gasto nuevo.
Un problema nuevo.
Un recordatorio más de que la vida se complica sin previo aviso.
Y entoncescomo si se indignara por mis dudas
ruge de golpe.
Nada de modales, nada de suavidades.
Arranca con ese estruendo cascado de siempre que parece decir:
Aquí sigo. Vamos allá.
Cada primavera.
Once primaveras.
Después de lluvia, nieve, heladas, barro y todo lo que le haya caído del cielo, sigue despertando para hacer su trabajo.
Y cada vez que lo hace, noto cómo me inunda una gratitud extraña y tierna.
No porque sea un cortacésped.
Porque es una prueba.
La prueba de que algo viejo, cascado y marcado puede seguir aguantando.
La prueba de que la resistencia no es bonita, pero sí digna.
La prueba de que sobrevivir no necesita brillo, solo terquedad.
De estas victorias silenciosas no habla nadie.
Se celebra el gran cambio, el coche nuevo, el piso nuevo.
Pero a veces la verdadera victoria es mucho más pequeña:
Una máquina que se niega a rendirse.
Un hombre que sigue adelante con lo suyo.
Un césped que se corta porque alguienyodecide ocuparse.
Ya tengo 50.
La espalda protesta más que antes.
La paciencia no dura.
El dinero sigue siendo un ejercicio de funambulista.
Pero cuando el cortacésped arranca, me quedo un rato de pie con una sonrisa boba, las manos en el manillar, el pelo seguramente hecho un desastre, oyendo su rugido como si me animara.
El cortacésped no conoce mi historia.
Pero ya es parte de ella.
Así que sí.
Quiero a mi cortacésped.
No porque sea lujoso.
Porque es fiel.
Y en un mundo donde tanto se rompe, la fidelidad es casi un milagro.
Hoy he comprendido que la grandeza no está en lo nuevo ni en lo reluciente, sino en lo que, pese a todo, permanece.





