La visita de la tía, la esposa llorando: Una noche caótica en el piso de Robert con parientes inesperados, camas cambiadas y secretos familiares al estilo castizo

La tía de visita, la esposa llorando

Roberto fue despertado por el timbre de la puerta. Al otro lado de la cama, su esposa empezaba a desperezarse. Le rozó el hombro con suavidad:
Cariño, tú quédate en la cama. Abro yo murmuró mientras salía al pasillo, medio dormido. ¿Quién será a estas horas tan intempestivas?

Al abrir la puerta, vio a su tía Carmen en el umbral, arrastrando una maleta que parecía tener una enciclopedia dentro. Su marido, el tío Eusebio, tamborileaba nervioso sobre el felpudo, dando pasitos de aquí para allá detrás de ella.

¡Mi querido sobrino! exclamó la tía Carmen, abriendo los brazos como una actriz de zarzuela. ¿No te alegras de verme? Vamos, ¡dame un abrazo! y se colgó del brazo de Roberto como si quisiera aplastarlo en su pecho.

Adiós, paz pensó Roberto con nostalgia mientras arrastraba las maletas de la tía por el pasillo, imaginando el fin de sus días tranquilos.

El resto de la noche fue un desbarajuste: la tía Carmen se negó a usar el sofá porque decía que era más incómodo que un banco de parque de pueblo. Luego empezó a sugerirle a Roberto que igual podía quedarse él a dormir en el suelo, que ella seguro no protestaba.

Su esposa, Lucía, no daba crédito a lo que estaba viendo. A menos de una hora de llegada, la tía Carmen ya había revuelto la casa como si buscara un tesoro. Finalmente, se acostaron todos: tía y tío en la cama; Roberto y Lucía, plegados en el sofá.

¿Cuánto crees que se van a quedar aquí? susurró Lucía mientras le ponía una tostada enfrente al día siguiente.
Ni idea. Voy a preguntarle al volver del trabajo contestó Roberto, con la mirada puesta en el horizonte como si esperara ver libres volando.

Lucía, indignada, escuchaba el estrépito de ronquidos que salía del dormitorio y no pudo evitar decir:
Roberto, de verdad, me dan miedo ¿no podrías volver antes hoy, por favor?
Haré lo que pueda respondió resignado, antes de marcharse a la oficina.

Cuando Roberto regresó, le esperaba una mesa bien puesta, con mantel de cuadros y hasta servilletas de tela.
¡Anda, entra, muchacho! ¡Vamos a celebrar que estamos todos juntos! le gritó su tía Carmen desde la cocina, pelando patatas como si no hubiera un mañana.
Lucía le susurró entre dientes:
¡Menos mal que has vuelto ya!

Se sentaron todos a la mesa.
Tía Carmen, ¿os vais a quedar mucho? preguntó por fin Roberto, cogiendo el toro por los cuernos.
¿Ya nos estás echando? ¿Ves, Eusebio, que aquí no somos bienvenidos? Bufó la tía Carmen al tío, que seguía picoteando aceitunas como si no oyera nada.

Pero tía, ¡¿qué dices?! ¡Aquí podéis estar el tiempo que queráis! Roberto empezaba a sudar en frío.
Pues nos vamos a quedar para siempre, Roberto. Nuestro piso ya lo hemos vendido. Eres la única familia que nos queda. No irás a tirar a tu tía a la calle, ¿verdad? ¡Aguántanos lo poco que nos quede! y se limpió una lágrima con el dorso de la mano pero tan exageradamente que parecía que interpretara una escena de culebrón español.

La mandíbula de Roberto casi tocó el plato. Lucía rompió a llorar y se fue al dormitorio. El silencio era tan incómodo que hasta los cubiertos parecían cortar la tensión. El tío Eusebio tranquilamente terminaba su ensalada.

¿Y tú qué? le lanzó la tía Carmen. Sólo sabes comer, hombre. ¿No se te ocurre decir nada nunca?
Completamente de acuerdo contigo, querida dijo Eusebio, con la flema del que ha corrido varios Sanfermines y sigue vivo.

¡Eres más blando que un flan, Eusebio! protestó la tía. Aquí siempre decido yo. Y tú, Roberto, ¿eres feliz?
¡Os podéis quedar el tiempo que queráis! contestó Roberto mientras escuchaba a Lucía llorar tras la puerta.

Agarró su plato con desgana. Los tíos devoraban la comida como si se acabara el mundo.

Cuando terminaron, la tía Carmen se recostó en la silla, suspirando altiva:
Estoy que no puedo más. Ay, Roberto, era broma, hombre. Sólo estaremos aquí tres días, que tengo que hacerme unas pruebas en el hospital. Y tú, hijo, me has dado mucha pena. Un susto sí, pero ni se te ha movido un pelo. Te has acordado de la familia. Eres mi único heredero, porque hijos ya ves tú, ni uno. El piso será tuyo cuando yo estire la pata.

Roberto no recordaba sentirse tan liberado en su vida. Así que contestó, medio en broma:
Tía Carmen, que vivas cien años más.

En los próximos días, Lucía se convirtió en una plañidera, casi como las de los funerales de pueblo: la sopa no era buena, los filetes demasiado duros, lavaba la ropa como le daba la gana y el suelo parecía poco brillante para el gusto de la tía Carmen.

Al irse, la tía le susurró a Roberto:
¿Pero cómo te has casado con una mujer tan llorona? ¿No será que está embarazada? Llora por todo.

En cuanto cerraron la puerta detrás, Lucía se puso a bailar de alegría:
Ojalá no vuelvan nunca
No sé qué decirte; a la tía le ha encantado el piso
¡No podría soportarlo otra vez! gimió Lucía.

En ese momento, volvió a sonar el timbre, insistente.

¡No, otra vez! saltó Roberto. Ah, espera, es sólo el despertador. Y sonrió, sabiendo que le esperaba, por fin, un día maravilloso.

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