Cuando mi marido y yo apenas teníamos para comer, mi suegra se compró un abrigo de visón, una televisión enorme y vivía como una reina en su piso de Salamanca.
Pero, años después, todo eso cambió de la forma más extraña.
Cuando tenía dieciocho años, me quedé embarazada. Mis padres dijeron que era demasiado joven para tener un hijo y no me apoyaron. Mi marido justo había sido llamado a la mili en Zaragoza. Las abuelas de ambos lados solo repetían en coro:
Ese bebé es tu problema.
Ahora no quiero ocuparme de tu hijo me soltó mi madre, Mariana, con la frialdad de una noche de invierno en Burgos.
Mi suegra, Consuelo, ni siquiera quería hablarme por teléfono. Me refugié entonces en casa de mi tía Pilar, la hermana de mi padre.
Pilar tenía treinta y ocho años. Sin hijos, siempre había dedicado su vida al trabajo en la biblioteca municipal y jamás juzgó a mis padres:
Puedo entenderles me decía mientras el aroma a café recién hecho flotaba por la casa. Cuando naciste, ellos lucharon. Había días en los que no quedaba ni un mendrugo de pan. Recuerdo a tu padre descargando sacos en el puerto de Bilbao por la noche para llevar algo de pesetas a casa.
Pero ahora tienen su piso de dos habitaciones en Valladolid y buen sueldo. Y mamá sigue trabajando. Tú ahora vas a tener un bebé.
¿De verdad no les importo? le pregunté sin poder reprimir las lágrimas.
Quieren vivir para ellos mismos. No lo tomes a mal. En algún momento, se darán cuenta de lo que han hecho.
Nunca recibí nada de ellos. Me llevé mis pocas cosas, mi pequeño periquito llamado Pepe, y me instalé en casa de Pilar.
Cuando mi marido, Mateo, regresó de la mili, nuestro hijo tenía ya año y medio. En su ausencia, Consuelo nunca vino a conocer a su nieto. Mis padres tan solo vinieron un par de veces, siempre de paso.
Mateo empezó a trabajar como mecánico en un taller de Segovia, soñando aún con terminar sus estudios, pero nunca pudo. Seguíamos viviendo con Pilar. Cuando nuestro hijo entró en la guardería pública y yo encontré un trabajo de administrativa, Pilar tuvo que mudarse por su trabajo a otra ciudad. Así que alquilamos un pequeño piso en las afueras.
Poco después, falleció la abuela de Mateo. Su madre, Consuelo, vendió el antiguo piso y sola, sin ayuda de nadie, lo reformó entero y se compró todo cuanto quiso. Mateo le suplicó que no lo hiciera, proponiéndole pagarle una mensualidad para luego poder recomprarlo, pero ella se rio con esa lógica de sueño que no admite respuesta:
¿Por qué tendría que sacrificarlo todo? Llevo queriendo reformas mucho tiempo. ¿Queréis hacerlas vosotros para mí? contestó Consuelo con voz de eco que parecía venir de todas partes y ninguna.
Pasaron cinco años y nació nuestra hija, Inés. Supimos que necesitábamos nuestro propio hogar. Mateo empezó a cruzar Europa para trabajar en Francia y Suiza. Pero ahorrar para un piso en Madrid era como intentar atrapar olas con un fajo de euros. Mientras tanto, vivíamos alquilados, el tiempo resbalando entre los dedos como arena de playa.
Mi madre, ya divorciada de mi padre, vivía sola en su piso de tres habitaciones en Valladolid. No tenía espacio, decía, ni para mí ni para sus nietos, como si las habitaciones estuvieran hechas de humo. Con Consuelo tampoco podía contar: seguía cambiando los muebles, pintando las paredes, rehuyendo cualquier ayuda y sumida en sus propias reformas infinitas.
Muchos años después, después de infinidad de noches soñando con cifras, logramos comprar nuestro propio apartamento, mil gracias a los ahorros y ninguna ayuda de nadie.
Ahora, nuestro hijo mayor acaba la ESO y nuestra hija está en segundo de primaria. Saben bien el valor de cada euro porque nunca hemos dejado caer ni uno solo. Ya no sufrimos por nada. Cada cual tiene su coche, y todos los veranos escapamos al mar, a aquel Mediterráneo donde los sueños y las vacaciones se mezclan.
La única persona a la que realmente estamos agradecidos es mi tía Pilar. Puede llamarnos cuando quiera y estar seguros de que allí estaremos, como ella lo estuvo para nosotros.
Nuestros padres viven tiempos difíciles. Mi madre perdió el trabajo y me llamó hace poco para pedirme ayuda. Le dije que no.
Consuelo, mi suegra, también se ha jubilado. No quiso nunca vivir con modestia. Se gastó cuanto sacó del piso que vendió. Mateo la animó a que vendiera el piso grande y se comprara uno pequeño, pero ella sigue atrapada en su palacio de sueños, esperando que todo vuelva a ser como antes.
Mi marido y yo no le debemos nada a nadie. A nuestros hijos los tratamos de otra manera. Siempre los ayudaremos, porque sabemos que, en esta vida, todo gira y regresa como en los sueños más extraños. Y confío en que, cuando seamos mayores y caigamos en el mundo confuso de la vejez, podremos contar con su apoyo.







