Han pasado dos años desde aquel día, y ahora me la había vuelto a encontrar. Una mujer preciosa paseaba por la calle delante de mí, y al verla, el corazón me dio un vuelco. Enseguida reconocí a mi ex mujer, Lucía, la que siempre hacía que los hombres volvieran la cabeza a su paso.
Después de la boda, apenas reconocía a mi esposa. Se convirtió en una de esas mujeres con el pelo recogido de cualquier manera, sin brillo, y siempre vestida con camisetas enormes. Ya no la veía con vestidos que resaltaran su figura ni con lencería elegante.
Cuando nos casamos, Lucía dejó de preocuparse por ella misma. Solo traía a casa camisetas amplias, pantalones de chándal, y pareció olvidarse de ir a la peluquería, de maquillarse o de hacerse la manicura. Por no hablar de que abandonó el ejercicio, y la tripa después del embarazo, la celulitis, nunca se marcharon
A lo largo de esos dos años que vivimos juntos, vi cómo se transformaba. Cada vez más voluminosa, siempre con ropa suelta. Cuando le sugería que debería mirarse al espejo, se molestaba y dejaba de hablarme.
Me di cuenta de que estaba enamorado de la Lucía de antes de la boda, pero la mujer que habitaba nuestra casa era completamente distinta. Aquella Lucía era divertida, apasionada, guapa; todos mis amigos me envidiaban y no entendían cómo había logrado conquistarla. Pero después de tantos cambios, descubrí que ya no me interesaba como mujer, dejó de inspirarme y solo sentía tristeza al mirarla.
La última vez que la vi antes de la separación, llevaba una camiseta gris llena de manchas de desayuno, pantalones cortos y amplios que dejaban ver la celulitis de sus piernas, y ni siquiera se había depilado. El pelo recogido en un moño que se deshacía, mechones como locos, y la cara, siempre triste, con unas ojeras inmensas.
Aquella noche le confesé que ya no podía seguir con ella, que solo despertaba en mí tristeza y pena, no amor.
Han pasado dos años desde entonces. Hoy, paseando por la Gran Vía de Madrid, la vi de nuevo. Lucía cruzaba la calle, y mi corazón se paró. Era la Lucía de antes de mi boda, la que giraba todas las cabezas: lucía un vestido bonito y su melena rizada suelta. Había adelgazado, había pasado de ser el patito feo a volver a ser reina. Una reina que, además, crió a mis dos hijos.
Solo entonces comprendí que nunca había tenido realmente tiempo ni energía para cuidarse. Siempre estuvo totalmente dedicada a mantener nuestro hogar y educar a los niños. Dejé de interesarme por quién era ella, sin valorar cuánta energía dedicaba ni entender por qué no podía mimarse un poco.
Si alguna vez me quedaba solo con los mellizos, no aguantaba ni dos horas. Ella los llevaba en brazos todo el día y era capaz de limpiar, cocinar y pasar tiempo conmigo. Evidentemente, entre tantas responsabilidades no le quedaba hueco para la manicura ni para el gimnasio. Y yo no supe entender que su cuerpo necesitaba recuperarse tras el embarazo, no urgirle a meterse de nuevo en la cinta de correr.
Tampoco salíamos nunca para que se pusiera sus vestidos o joyas, y no es cómodo usarlos en casa Yo tuve la culpa de que no le permitiera lucirse.
Han hecho falta dos años para mirar nuestra historia a distancia y darme cuenta: en todo este tiempo, ella llevó el peso de la familia sobre sus hombros sin quejarse. Siempre me recibió con una sonrisa al volver del trabajo, nunca me reprochó nada. Lucía creó un hogar al que volver. Me di cuenta demasiado tarde. Si tan solo la hubiera ayudado a tiempo, quizá habría tenido oportunidad de cuidarse y sentirse mejor consigo misma.
Fui un imbécil: perdí un tesoro sin darme cuenta. Tan seguro de mi razón, ni pensé en su vida ni en la de los niños. Y así lo eché todo a perder.
Ahora la observo y la quiero de vuelta, pero no sé si podrá perdonarme alguna vez por este desatino. Quiero intentar hablar con ella, reconstruir aunque sea la mínima confianza, si no por mí, al menos por poder estar cerca de mis hijos, porque ya he perdido dos años de sus vidas…
Ahora Lucía tiene muchos admiradores, pero no deja que nadie se le acerque. Me temo que yo soy quien más la ha herido. Y ahora no sé qué hacer con este sentimiento de vergüenza y culpa, tras darme cuenta, por fin, de lo que perdí.
Esta experiencia me ha enseñado que a veces uno no valora lo que tiene hasta que ya es demasiado tarde. Ojalá pudiera volver atrás y reparar el daño que hice.







