Mi exsuegro me llevó al altar.
Jamás imaginé que volvería a vestirme de blanco. Tras perder a mi marido, mi mundo se sumió en una niebla gris donde lo único que importaba era respirar y cuidar a nuestra hijaun bebé de apenas ocho meses. Pero sus padres no me permitieron derrumbarme. Me acogieron como a una hija. Literalmente.
Me decían que era una más de la familia, que yo era su hija y que su nieta seguiría siendo su nieta. Que nada de eso cambiaba, aunque él ya no estuviera.
Pasaron cinco años cuando su madre apareció en mi casa con esa sonrisa suya tan característica, la que delataba algún plan entre manos.
Cariño, quiero presentarte a alguien me dijo mientras removía el café en mi cocina.
Por favor, no insistas respondí, aunque en el fondo agradecía que siguiera tratándome como parte de la familia.
Es mi sobrino. Ingeniero, divorciado, sin hijos. Y cocina.
¿Cocina? pregunté, como si eso fuera lo definitivo.
Y resultó ser tal cual lo describió. Paciente con mi hija, comprensivo con mi dolor y, sí, cocinaba mejor que yo. Al principio me parecía extraño. Seguía siendo un familiar político de mi difunto marido. Pero su padre me tranquilizó.
A él le encantaría verte sonreír otra vez. Y este hombre es bueno.
Un año después, se arrodilló delante de mi hija y de mí en el mismo parque donde solíamos pasear con mi marido.
¿Nos casamos los tres? preguntó, mirando sobre todo a la niña.
Mi hija, ya con seis años, le miró con una seriedad que sólo tienen los niños.
¿Podré seguir yendo a casa de los abuelos?
Todos los domingos le prometió él.
Y así aceptamos.
El día de la boda, mientras me arreglaba, su madre entró en la habitación con lágrimas en los ojos.
Estoy tan feliz por ti. Y sé que él también lo está.
Gracias por no dejarme nunca sola susurré abrazándola.
Cuando llegó el momento de ir al altar, no tuve dudas de quién debía acompañarme. Su padre apareció en la puerta, impecable de traje, con los ojos húmedos y el corazón en el rostro.
¿Lista, hija? me ofreció el brazo.
Listísima, papá contesté. Porque era cierto.
Mientras cruzábamos el pasillo, oía murmullos. Alguien se preguntó si él no era el padre de mi primer marido. Se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja:
Que digan lo que quieran. Si hace falta, te llevo al altar una y mil veces.
Se me escapó una risa entre lágrimas.
Al llegar hasta el novio, no se limitó a tomar mi mano y entregármela. Nos abrazó fuerte a los dos.
Sois mis hijos declaró emocionado. Y para los que murmuran: esto no es raro. Esto es amor.
La ceremonia fue sencilla y sincera. Mi hija llevó los anillos. Su madre lloraba en primera fila. Y cuando nos proclamaron una familia, sentí un calor especial, como si alguien desde otro lugar nos estuviera bendiciendo.
En la celebración, él brindó. Habló de las familias que se eligen. Del amor que nunca termina. Y de cómo siempre seré su nuera, aunque ahora tenga dos yernos: uno en el cielo y otro a mi lado.
Luego le vi bailar con mi hija, haciéndola reír a carcajadas. Y su madre nos fotografiaba con el orgullo de una abuela verdadera.
Hoy, cuando me preguntan por qué fue mi exsuegro quien me llevó al altar, sólo sonrío y respondo:
Jamás ha sido mi ex. Es mi padre.
¿Y tú, qué hubieras hecho en mi lugar?







