Cuando bajé del autobús en la Plaza Mayor, me encontré con algo que parecía salido de un cuadro de Dalí: mi madre, Teodora, sentada en el suelo, extendiendo la mano como si pescara monedas invisibles del aire madrileño. Mi marido, Aurelio, y yo nos quedamos petrificados, mirándonos con ojos tan abiertos como ventanas en agosto. Nadie, ni siquiera en los rincones más remotos de nuestros sueños inquietos, se aștepta la asta.
Yo tengo 43 años, mi madre 67. Vivimos en Madrid, pero ella en Chamberí y yo en Vallecas, casi como si fuéramos habitantes de dos planetas hermanos. Como muchas mujeres mayores, mi madre necesita una atención casi constante, pero negarse a mudarse conmigo es su lema, porque en su pequeño piso viven con ella cuatro gatos Luz, Carmela, Tristana y Fulgencia y tres perros Moro, Sombra y Ramira. Alimenta a cada animal perdido que pasa por el barrio; los vecinos dicen que la siguen como ratones a un flautista. Todo euro que le doy se esfuma entre medicinas y sacos de pienso. Los domingos, incluso reparte sobras entre los vencejos del parque.
Yo misma cargo toda la compra y sus recetas de la farmacia, porque sé que un solo céntimo entregado en su palma jamás terminará en nada que no maúlle o ladre. Hace unos días, después de una visita a casa de nuestra amiga Leticia, dejamos el coche aparcado y, movidos por una lógica extraña propia de las tardes de calor madrileño, elegimos volver en autobús a casa. Al bajarnos, aquel espectáculo: mi madre pidiendo limosna con la misma dignidad que una reina destronada.
Sentí que el suelo se convertía en zócalo de mercurio. Aurelio no lograba articular palabras. Él, que siempre pregunta en qué invierto el dinero que saco del monedero familiar para mi madre, se quedó como si el tiempo hubiera hecho una pausa solo para él.
Así nos enteramos: mi madre mendigaba para comprar alimento y vacunas para su tropa peluda. Solo de pensarlo me retumbaban los oídos como si hubiera campanas en vez de pensamientos.
¿Y si la familia, los amigos del colegio, los vecinos del bloque supieran que mi madre recorre aceras con la mano extendida? ¿Qué pensarían de mí, su hija? Mi reflejo en el espejo se estiraba y encogía, volviéndome irreconocible en el sueño. Ahora, recorro las calles de Madrid buscándola, decidiendo si la encontraré disfrazada de sombra bajo cualquier soportal. Sé que ni al oír mis gritos ha dejado de hacerlo; lo que pasa es que ahora se esconde entre los pliegues del sueño, con un sigilo calcado al de sus gatos.







