Diario de Juan Martínez, Madrid
Hoy he decidido poner por escrito cómo, de ser el tío simpático, pasé a ser el cajero automático oficial de dos niños que sólo se acuerdan de mí cuando quieren dinero para ir al cine y luego ni me felicitan en Navidad.
Todo empezó hace tres años, en una terraza de Lavapiés. Allí conocí a Lucía, una mujer maravillosa, divorciada y con dos niños de 8 y 10 años entonces. Caí rendido a sus pies. Literalmente cegado. Ella no paraba de repetirme:
¡A los niños les encantas, de verdad!
Y yo, como buen iluso, me lo creía. Claro, ¿cómo no me iban a querer? Si cada fin de semana los llevaba al Parque de Atracciones o al Zoo de Madrid.
Un día, en una de esas charlas trascendentales, Lucía me suelta:
Me da una pena horrible que los niños no lleven el apellido de su padre. Nunca los reconoció legalmente.
Y claro, yo, en uno de esos arrebatos brillantes (léase con sarcasmo), le salté:
Podría adoptarlos si quieres. Son como mis hijos igualmente.
Me encantaría decir que escuché esa voz en off de las películas que dice En ese momento supe que esto iba a acabar mal. Pero no, ni rastro. Tendría que haberla escuchado.
Lucía se echó a llorar de felicidad. Los niños vinieron a abrazarme. En ese instante me sentí el héroe el héroe bobo, pero héroe.
Pasamos por todo el papeleo, abogados, notarios, juez en el Juzgado de Familia de Getafe Y así, de golpe, Pablo Martínez y Claudia Martínez. Con MI apellido.
Yo era feliz. Lucía era feliz. Hasta montamos una pequeña celebración familiar, con tarta y todo.
Seis meses después. SOLO seis.
Lucía me dice:
Tenemos que hablar No sé cómo empezar Pero Jorge ha vuelto.
¿Qué Jorge? pregunté yo, ya temiéndome lo peor.
El padre de los niños. Dice que ha cambiado, que ha madurado y quiere volver a formar una familia.
Me quedé mudo. En seco.
¿Y tú qué piensas hacer?
Voy a darle una oportunidad. Por los niños, ¿lo entiendes?
Claro que lo entendía. Como si alguien me hubiese señalado la puerta de salida con luces de neón.
Lucía, ACABO de adoptar a sus hijos. Son legalmente míos.
Sí, sí Eso ya lo arreglaremos. Ahora lo importante es que tengan un padre.
Ya lo arreglaremos. Como quien habla de una factura de Endesa.
Fui directo al despacho de mi abogado. El hombre casi se atraganta con el cortado.
¿Has firmado la adopción plena?
Sí.
Ahora eres su padre. Con todo. Pensión, colegio, médico, lo que toque.
Pero ya no estoy con la madre
No importa. Padre eres. Así funciona en España.
Y ahora, aquí me veo, pagando pensión todos los meses mientras Lucía vive feliz en MI piso con Jorge. Porque los niños necesitan estabilidad y no deberían mudarse. Sí, MI piso, pagado por mí. Yo, fuera. Porque es demasiado traumático para los niños que se vayan ellos.
Lo más absurdo:
Jorge, el padre ausente que no gastó ni un euro en diez años, ahora lleva a los críos al Retiro, al fútbol, como si nada. El nuevo héroe. Y a mí cada mes me llega el correo del abogado:
Pensión transferida: 470 euros.
Con ese emoticono triste que no ayuda en absoluto.
Hace poco me escribió Pablo:
Hola, ¿me puedes pasar algo más de dinero? Quiero unas zapatillas nuevas.
¿Y por qué no se las pide a Jorge?
Él ha dicho que el papá legal eres tú. Él es solo papá de corazón.
Papá de corazón. Qué cómodo. Yo, papá de nómina.
Me han dejado claro que la adopción apenas se puede revertir. Para el juez sería el malo, el padre que se quiere desentender.
Mis amigos ya ni me compadecen.
Tronco, ¿en qué momento pensaste que era buena idea?
Estaba enamorado.
Pero estar enamorado no es dejar el cerebro en casa.
Tienen toda la razón.
Cuando ahora veo parejas con niños que no son suyos, me dan ganas de gritar:
¡NO FIRMES! Sé tío enrollado, pareja, lo que quieras ¡PERO NO FIRMES!
Mi madre solo me dijo:
El amor te ha dejado tonto, hijo.
Y me abrazó tan fuerte, que me dolió todavía más.
Ayer me llegó otro gasto extra: Material escolar: 89 euros. Extra. Como si la vuelta al cole fuera sorpresa.
Y mientras, Lucía sube fotos a Instagram de su familia feliz. Los niños con MI apellido al lado del hombre que antes los ignoró.
La gota final. Claudia, 10 años, con Instagram (sí, aquí ya empiezan pronto), y en su bio pone: Hija de Lucía y Jorge .
¿Mi nombre? Ni rastro.
Yo, el donante anónimo de la familia.
Así estoy, solo, 470 euros menos cada mes, dos hijos que apenas me escriben y solo para pedir dinero y absolutamente convencido de que, por amor, hice la mayor tontería de mi vida.
Al menos, cuando en alguna cena me preguntan si tengo hijos, puedo contestar sí y contarles esta historia. Todos se ríen. Yo solo río por fuera.
Así que, si has firmado algo por amor y te ha salido caro, házmelo saber. A lo mejor no soy el único genio que ha regalado apellido y cuenta bancaria en oferta conjunta.
Lección aprendida: el amor ciega, pero los papeles te dejan pagando a ciegas.







