Vivo con un hombre que insiste en que el dinero tiene energía baja. Llevamos casi dos años juntos y hasta hace tres meses todo parecía normal. Él tenía un trabajo, colaboraba en casa, seguía una rutina constante. Pero una tarde volvió al piso y me dijo que había experimentado un despertar espiritual, que su empleo ya no vibraba con su verdadero propósito. Esa misma semana dejó el trabajo.
Al principio le apoyé. Me explicó que necesitaba tiempo para conectar consigo mismo, que estaba agotado del sistema y que quería vivir desde la conciencia. Yo seguía con mi vida laboral de siempre. Me despertaba temprano, corría al metro, volvía tarde y cansada. Él permanecía en casa: meditaba, veía vídeos de autoconocimiento y encendía incienso. Decía que estaba sanando.
Pasaron dos semanas y aún no había contribuido ni un euro al alquiler. Cuando se lo mencioné, me dijo que no me preocupara, que el Universo siempre provee. Resultó que ese universo era yo. La comida, las facturas, el transporte todo corría a mi cargo. Él usaba el piso, comía, bebía agua, encendía la luz, navegaba por internet, pero insistía en que no cree en facturas, porque eso es vivir desde el miedo.
Una noche regresé completamente agotada y le encontré tumbado, escuchando un audio sobre la abundancia. Le planteé la necesidad de hablar de dinero. Me respondió que estaba en modo carencia, que mi estrés solo atraía vibraciones negativas y debía aprender a soltar el control. Me enfadé. Le dije que no era cuestión de control, sino de responsabilidad. Me miró con pena y dijo que yo aún no me había despertado.
Me prometió que pronto empezaría a ganar dinero con sus conocimientos; que daría consultas, asesorías, algo. Pasaban los días y no ocurría nada. Lo único que cambiaba era su empeño en corregirme: cómo hablo, cómo pienso, cómo siento. Si me quejaba de estar cansada, me decía que vibraba bajo. Si llegaba de mal humor, me acusaba de estar bloqueada emocionalmente.
Hubo un instante que se me quedó clavado. Regresé con bolsas del súper, las dejé encima de la mesa y le pedí ayuda para guardarlas. Me contestó que estaba en una meditación profunda y no quería interrumpir el flujo de su energía. Callé. Mientras recogía sola, pensé que no tenía pareja, sino a un adulto que se negaba a asumir la más mínima responsabilidad sobre su vida.
Recientemente le pedí que buscara cualquier trabajo. Respondió que jamás volvería a someterse a algo que le enferma solo para pagar recibos. Que debía entenderle y apoyarle como pareja consciente. Le respondí que una cosa es apoyar y otra mantener a alguien que no hace nada. Se ofendió. Dijo que no creía en él.
Hoy sigo trabajando y pagando todo, preguntándome en qué momento pasé de ser su novia a convertirme en la mecenas de su retiro espiritual en mi propio salón. No sé si soy su compañera o su bienhechora esotérica. Solo sé que estoy agotada y que, por mucho incienso que encienda, las facturas en euros no se pagan solas.
¿Qué hago?







