Oleg volvía a casa tras el trabajo, en una gélida tarde de invierno de esas en que todo parece cubierto por el manto de la rutina. Al pasar delante del supermercado, vio a un perro abandonado, pelirrojo y desgreñado, con los ojos de un niño perdido. —¿Y tú qué haces aquí? —gruñó Oleg, pero se detuvo. El perro levantó el hocico y le miró. No pedía nada, solo miraba. “Quizá espera a sus dueños”, pensó Oleg y siguió su camino. Pero al día siguiente, y al siguiente, la misma imagen. El perro seguía allí, como pegado al sitio. Oleg notó que la gente simplemente pasaba, alguno tiraba un trozo de barra, otro una salchicha. —¿Y tú por qué no te vas? —preguntó él, agachándose a su lado—. ¿Dónde están tus dueños? Entonces el perro se le acercó con cuidado y apoyó su hocico en su pierna. Oleg se quedó quieto. ¿Cuándo había acariciado a alguien por última vez? Desde el divorcio llevaban tres años. El piso vacío; solo trabajo, el televisor y el frigorífico. —Mi Lada —susurró sin saber de dónde había salido ese nombre. Al día siguiente le llevó salchichas. Y una semana después puso un anuncio en internet: “Se ha encontrado perro. Se buscan dueños”. Nadie llamó. Un mes más tarde, al volver de una guardia —trabajaba de ingeniero, a veces pasaba la noche entera en obra— vio un alboroto en la puerta del súper. —¿Qué pasa? —preguntó a una vecina. —Han atropellado al perro, ese que llevaba aquí un mes. El corazón se le vino abajo. —¿Dónde está? —Lo han llevado a la clínica veterinaria de la Avenida de Rosalía de Castro. Pero piden una pasta, ¿qué vas a hacer por un perro sin dueño? Oleg no dudó. Se dio la vuelta y salió corriendo. En la clínica, el veterinario meneó la cabeza: —Fracturas, hemorragia interna. El tratamiento será caro. Y ni siquiera sabemos si sobrevivirá. —Cúrela —dijo Oleg—. Pagaré lo que sea. Y cuando la dieron de alta, la llevó a casa. Por primera vez en tres años, su piso se llenó de vida. Todo cambió, de arriba abajo. Oleg ya no se despertaba con el despertador, sino con Lada rozándole la mano con la nariz: vamos, jefe, es hora de levantarse. Y él se levantaba, sonriente. Antes el día empezaba con café y telediario. Ahora, con un paseo por el parque. —¿Salimos, chica? —le decía, y Lada movía el rabo llena de alegría. En la clínica arreglaron todos los papeles: pasaporte, vacunas. Oficialmente era su perro. Oleg incluso fotografiaba cada papel, por si acaso. Sus compañeros de trabajo le miraban sorprendidos: —Oleg, ¿te veo más joven o es cosa mía? ¡Se te ve otra cara! Y era verdad: por primera vez en años, se sentía necesario. Lada resultó ser lista, increíblemente lista. Le entendía con media palabra. Si Oleg tardaba en volver del trabajo, ella le esperaba en la puerta con una mirada que decía: “Me estabas asustando”. Por las tardes paseaban largo rato por el parque. Oleg le contaba cosas del trabajo, de la vida. ¿Ridículo? Tal vez. Pero a ella le bastaba escuchar. Le miraba de cerca y, a veces, le respondía con un quejido. —¿Sabes, Lada? Antes pensaba que era más fácil estar solo. Nadie molesta, nadie agobia. Pero resulta —la acariciaba en la cabeza—… resulta que simplemente daba miedo volver a encariñarme con alguien. Los vecinos se acostumbraron a verles juntos. La señora Carmen siempre guardaba un hueso. —Es buena perrita —decía—. Se nota que es querida. Pasó un mes. Luego otro. Oleg incluso pensó en abrirle una cuenta en redes sociales, colgar fotos de Lada. Era fotogénica: el sol hacía brillar su pelaje rojizo como oro. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Un día, paseando por el parque, Lada olisqueaba arbustos y Oleg leía algo en el móvil. —¡Gerda! ¡Gerda! Oleg levantó la cabeza. Se acercaba una mujer de unos treinta y cinco, rubia, pintada y vestida con ropa deportiva de marca. Lada se puso tensa, bajó las orejas. —Disculpe —dijo Oleg—, se confunde. Es mi perra. La mujer se plantó firme, manos en las caderas. —¿Cómo que suya? ¡Veo perfectamente que es mi Gerda! ¡Hace medio año que la perdí! —¿Qué? —Justo eso. Se escapó en el portal y la busqué por todas partes. ¡Usted me la ha robado! A Oleg se le fue el mundo al suelo. —Espere. ¿Cómo que robado? Yo la recogí en la puerta del súper. Llevaba allí un mes, sola. —¿Y por qué? Porque se había perdido. ¡Yo la quería! ¡La compramos de raza, carísima! —¿De raza? —Oleg miró a Lada—. Pero si es una chuchilla. —¡Es mestiza! ¡Muy valiosa! Oleg se puso en pie. Lada se pegó a sus piernas. —Bien. Si es suya, muéstreme papeles. —¿Qué papeles? —Pasaporte veterinario, cartilla de vacunas, lo que sea. La mujer vaciló. —Los tengo en casa. ¡Pero da igual, la reconozco! ¡Gerda, ven! Lada no se movió. —Gerda, ¡aquí! ¡Ahora mismo! La perra se apretó más a Oleg. —¿Ve? —dijo Oleg bajito—. No le conoce. —Se enfada porque la perdí, ¡pero es mía! Exijo que me la devuelva. —Yo tengo los papeles —dijo Oleg tranquilo—. El alta de la clínica, los recibos de comida, juguetes, todo. —¡Me da igual! ¡Esto es un robo! La gente empezaba a mirar. —¿Quiere que llamemos a la policía? —¡Llame! ¡Ya verán! Tengo testigos. —¿Qué testigos? —Vecinos vieron cómo se escapaba. Oleg marcó el número. El corazón le latía a mil. ¿Y si tenía razón esa mujer? ¿Y si Lada sí se había escapado? Pero entonces, ¿por qué se quedó un mes sentada en la puerta del súper? ¿Por qué no halló el camino a casa? Y, sobre todo, ¿por qué ahora temblaba, pegada a él? —¿Policía? Tengo una situación… La mujer sonrió con rencor. —Ya verá. La justicia se hará. Devuélvame mi perra. Y Lada seguía apretada a él. Entonces Oleg comprendió: lucharía por ella. Hasta el final. Porque Lada, en estos meses, había dejado de ser una simple perra. Era su familia. El agente de barrio llegó en media hora. El sargento Morales, hombre pausado, eficaz. Oleg lo conocía de la comunidad de vecinos. —A ver, ¿qué pasa aquí? —preguntó sacando la libreta. La mujer empezó a hablar atropellada: —¡Es mi perra! ¡Gerda! La compré por mil euros. Se perdió hace medio año, la busqué por todas partes. ¡Él me la ha robado! —No robé nada —replicó Oleg tranquilo—. La recogí en la puerta del súper. Llevaba allí un mes sin moverse, perdida y hambrienta. —Porque estaba perdida. Morales miró a Lada, que seguía apretada a Oleg. —¿Alguien tiene documentos? —Yo —Oleg sacó la carpeta. Por suerte llevaba los papeles desde la última revisión veterinaria. —Alta de la clínica, tras el atropello. Pasaporte, vacunas al día. El agente revisó los papeles. —¿Usted aporta algo? —le pregunta a la mujer. —Todo está en casa. Pero da igual, sé que es mi Gerda. —Cuénteme cómo la perdió. —Se soltó del collar y se escapó. La busqué, puse anuncios. —¿Dónde fue eso? —En el parque, aquí cerca. —¿Y dónde vive? —En la Avenida de Rosalía de Castro. Oleg se estremeció. —Espere. Eso está a dos kilómetros del súper donde la encontré. Si se perdió en el parque, ¿cómo acabó ahí? —Pues se perdería. —Los perros suelen encontrar el camino de vuelta. La mujer se sonrojó. —¿Y usted qué sabe? —Sé —dijo Oleg en voz baja— que un perro querido no pasa un mes solo y hambriento en el mismo sitio. Busca a su familia. —¿Puedo preguntar? —interrumpió Morales—. Dice que puso anuncios, ¿por qué no avisó a la policía? —¿A la policía? No lo pensé. —¿Se le perdió una perra de mil euros y en seis meses no lo pensó? —Pensé que aparecería… Morales frunce el ceño. —¿Su DNI y dirección? La mujer rebuscó nerviosa en el bolso. —Aquí está. Morales miró. —Correcto. Vive en Rosalía de Castro, piso quince, puerta veintitrés… ¿Y la fecha exacta de la pérdida? —El veinte o el veintiuno de enero, más o menos. Oleg sacó el móvil. —Yo la recogí el veintitrés de enero. Y llevaba ya allí casi un mes. Así que se perdió antes. —Quizá me equivoqué con la fecha… —la mujer empezó a temblar. Y entonces se rindió: —Vale, quédese con ella. Pero yo la quería. Silencio. —¿Cómo pudo ser? —preguntó Oleg. —Mi marido dijo que no permitirían perros en el piso de alquiler al que nos mudábamos. No la vendimos porque no era de raza. Así que la dejé junto al súper. Pensé que alguien se la quedaría. Oleg sintió un nudo dentro. —¿La abandonó? —Solo la dejé. No la tiré. Pensé que alguien la recogería. —¿Y ahora por qué la quiere recuperar? La mujer sollozó. —Me he divorciado, él se fue y yo estoy sola. Quiero a Gerda de vuelta. Yo la quería. Oleg no daba crédito. —¿La quería? —repitió—. A los que se quiere no se les abandona. Morales cerró la libreta. —Está claro. Los papeles están a nombre del señor… —miró el DNI—, González. La curó, la inscribió, la cuida. No hay dudas legales. La mujer se echó a llorar. —Pero he cambiado de opinión, ¡la quiero devolver a casa! —Demasiado tarde —dijo el agente secamente—. Quién abandona, abandona. Oleg se agachó junto a Lada, la abrazó: —Ya está, pequeña, ya pasó. —¿Puedo al menos acariciarla una vez más? —suplicó la mujer. Oleg miró a Lada. La perra escondió la cabeza. —¿Ve? Le tiene miedo. —No fue adrede. Fueron las circunstancias. —¿Y sabe? Las circunstancias no vienen solas. Las creamos nosotros. Usted creó las que la dejaron en la calle. Y ahora quiere deshacerlo porque le apetece. Ella rompió a llorar. —Ya lo sé. Pero ahora me siento tan sola. —¿Y cómo cree que se sintió ella, esperándola solita aquel mes? Silencio. —Gerda —la llamó una última vez. La perra ni siquiera se movió. Entonces la mujer se dio la vuelta y se fue. Sin mirar atrás. Morales palmeó a Oleg en el hombro. —Buena decisión. Se nota que te ha cogido cariño. —Gracias. Por comprenderlo. —Qué va. Yo también soy amigo de los perros, sé lo que es esto. Cuando se hubo ido, Oleg se quedó a solas con Lada. —Bueno —le dijo acariciando su cabeza—, ya nadie nos separa. Te lo prometo. Lada le miró a los ojos. Y en ellos Oleg vio algo más intenso que gratitud: vio un amor perruno, infinito. Amor. —¿Vamos a casa? Lada ladró feliz y fue a su lado. De camino, Oleg pensó que, en eso, la mujer tenía razón: las circunstancias cambian. Puedes perder trabajo, hogar o dinero. Pero hay cosas que no deberíamos perder nunca: la responsabilidad, el cariño, la compasión. En casa, Lada se tumbó en su alfombra favorita. Oleg se preparó un té y se sentó a su lado. —¿Sabes, Lada? —dijo pensativo—. Al final, quizá ha salido todo bien. Ahora lo sabemos: nos necesitamos el uno al otro. Lada suspiró satisfecha.

Óscar volvía a casa tras otra jornada de trabajo. Era una tarde de invierno cualquiera en Madrid. Todo parecía envuelto en una especie de velo de monotonía. Al pasar junto a un pequeño supermercado de barrio, vio a un perro sentado en la puerta. Era un chucho, pelirrojo, con el pelaje desordenado. Los ojos, grandes y tristes, parecían los de un niño perdido.

¿Y tú qué esperas aquí? gruñó Óscar, aunque no pudo evitar detenerse.

El perro levantó la cabeza, lo miró, pero no pidió nada. Solo sostenía la mirada.

Quizá esté esperando a sus dueños, pensó Óscar y continuó su camino.

Sin embargo, al día siguiente, allí seguía el animal. Y al otro también. Parecía que el perro se hubiese pegado a ese trozo de acera. Óscar empezó a notar que algunas personas le lanzaban un trozo de pan, una loncha de jamón, alguna salchicha.

¿Por qué te quedas aquí? le preguntó una tarde, agachándose junto a él. ¿Dónde están tus dueños, chico?

Entonces el perro se arrimó lentamente y apoyó su hocico contra la pierna de Óscar.

Él se quedó petrificado. ¿Cuánto hacía que no acariciaba a nadie? Desde el divorcio habían pasado ya tres años. Su piso se encontraba desértico, lleno solo del silencio, el televisor y el trabajo.

Mi linda Alba… susurró sin saber de dónde le salió aquel nombre.

Al día siguiente le llevó unas salchichas.

Una semana más tarde, colgó un anuncio en Internet: Perro encontrado en Chamberí, buscamos a sus dueños.

Nadie llamó.

Al cabo de un mes, regresando de una guardia nocturna como ingeniero, Óscar encontró un corro de vecinos frente al supermercado.

¿Qué ocurre? preguntó a la señora Carmen, la portera.

Han atropellado a la perra, la que llevaba ahí sentada un mes.

Sintió que el mundo se le venía abajo.

¿Dónde está?

Un chico la ha llevado a la clínica veterinaria del Paseo de la Castellana. Pero ya piden una barbaridad de dinero Y como es de la calle, ¿quién se va a hacer cargo?

Óscar no dijo ni una palabra. Dio media vuelta y echó a correr.

En la clínica el veterinario movió la cabeza.

Fracturas, hemorragia interna. El tratamiento será caro y no garantizo que sobreviva.

Haga todo lo posible contestó Óscar. Pagaré lo que haga falta.

Cuando la dieron de alta, se la llevó a casa.

Por primera vez en tres años, el piso se llenó de vida.

Óscar dejó de despertarse con el despertador. Ahora lo hacía el roce suave del hocico de Alba en su mano. Es hora de levantarse, jefe, parecía decir. Y él se levantaba. Sonriendo.

Antes, sus mañanas eran café y noticias. Ahora, el paseo por el Retiro era su ritual.

¿Qué, princesa, vamos a respirar el aire del parque? le decía, mientras Alba movía la cola, feliz.

En la clínica animal formalizó todo: documentos, microchip, vacunas. Oficialmente, Alba era su perra ahora. Óscar incluso fotografió todos los papeles, por si acaso.

Sus compañeros no salían de su asombro.

¿Pero Óscar, te has quitado diez años de encima? ¡Estás rejuvenecido!

Y era cierto. Por primera vez en años, se sentía importante para alguien.

Alba resultó ser increíblemente lista. Entendía al vuelo. Si Óscar se retrasaba, lo esperaba en la puerta con esos ojazos que decían: Me he preocupado.

Por las tardes paseaban largo rato. Óscar le contaba cosas de su trabajo, confidencias de la vida. ¿Ridículo? Quizá, pero a ella parecía interesarle; lo miraba atenta, llegaba a responderle con pequeños quejidos.

¿Sabes, Alba? Antes pensaba que mejor solo. Sin molestias, sin complicaciones. Pero al final le acariciaba la cabeza, al final lo que daba miedo era querer a alguien de nuevo.

Los vecinos ya los miraban con cariño. La señora Paula, del portal de al lado, siempre guardaba un hueso para Alba.

Qué perrita tan guapa tienes, Óscar. Se nota lo querida que está.

Pasó un mes. Después otro.

Óscar hasta pensó en abrir una cuenta de Instagram con fotos de Alba. Era tan fotogénica, con ese pelaje cobrizo reluciendo al sol.

Y entonces, el giro inesperado.

Paseo matutino por el parque. Alba olisqueaba arbustos; Óscar revisaba el móvil sentado en un banco.

¡Luna! ¡Luna!

Óscar alzó la mirada. Una mujer, de unos treinta y cinco, rubia y vestida con ropa deportiva cara, se acercaba decidida. Alba se puso tensa, orejas hacia atrás.

Disculpe dijo Óscar. Creo que se equivoca. Esta es mi perra.

La mujer se plantó, manos en jarras.

¿Cómo que tuya? ¡Claro que es mi Luna! Se me perdió hace seis meses.

¿Perdón?

¡Tal como lo oyes! Salió corriendo del portal y no pude recuperarla. ¡Tú la has robado!

Óscar sintió que el suelo se le movía.

Espere… Yo la recogí aquí cerca, llevaba un mes sola en la calle.

Por eso, porque se perdió. Yo la adoro. Mi marido y yo la compramos carísima.

¿Comprada? Óscar miró a Alba, que se apretaba a su pierna. Si es mestiza…

¡Eso! Es mestiza, pero de las caras.

Óscar se levantó. Alba lo siguió, pegada.

Muy bien. Si es su perra, muéstreme papeles.

¿Qué papeles?

Papeles veterinarios. Vacunas, microchip, lo que sea.

La mujer dudó.

Los tengo en casa. Pero me da igual. ¡Yo la reconozco! ¡Luna, ven!

Alba ni se inmuto.

¡Luna! ¡Aquí!

La perra se apretó aún más a Óscar.

¿Lo ve? dijo él, bajando el tono. No la conoce.

Solo está dolida porque la perdí, pero es mía y la quiero de vuelta.

Tengo todos los papeles respondió Óscar con calma: la ficha de la clínica donde la curaron del atropello, el pasaporte, facturas de comida y juguetes.

Me da igual tus papeles. ¡Esto es un robo!

Algunos paseantes empezaron a mirar.

¿Sabe qué? dijo Óscar, sacando el móvil. Que decida la policía.

¡Llama, llama! ¡Tengo testigos! ¡Mis vecinos la vieron escaparse!

Mientras marcaba el número, el corazón se le revolvía. ¿Y si la mujer decía la verdad? ¿Y si Alba de verdad se había perdido?

Pero entonces, ¿por qué estuvo tanto tiempo sola en la calle? ¿Por qué se acurruca así ahora?

¿Policía? Buenas tardes, tengo una situación

La mujer sonrió con rabia.

Vas a ver lo que es justicia. ¡Devuélveme a mi perra!

Y Alba, contra el cuerpo de Óscar, seguía temblando.

Fue entonces cuando Óscar decidió que lucharía por ella hasta el final.

Porque en esos meses, Alba había dejado de ser solo una perra.

Era su familia.

Media hora después llegó el agente de barrio, el sargento Jiménez, hombre tranquilo y de pocas palabras, conocido en el vecindario.

A ver, ¿quién me empieza?

Comenzó la mujer, atropellada:

¡Es mi perra, Luna! ¡Nos costó tres mil euros! Se perdió hace seis meses. ¡Este señor me la ha quitado!

No la quité replicó Óscar pausado. La recogí cuando llevaba un mes abandonada y hambrienta sin nadie que la reclamara.

¡Porque se perdió!

Jiménez miró a Alba, que seguía muy pegada a su rescatador.

¿Papeles tiene alguno?

Yo Óscar sacó una carpeta. Aquí está el informe veterinario del atropello, el pasaporte, la vacunación, recibos de comida y correas.

El agente revisó todo.

¿Y usted?

Todo está en casa, pero no viene al caso: ¡Es mi Luna!

Cuénteme, ¿cómo se perdió exactamente?

Paseábamos por el parque de aquí cerca. Se soltó del collar y desapareció. Puse carteles.

¿Por qué zona vive usted?

En el Paseo de la Castellana.

Óscar se sorprendió.

Eso está a dos kilómetros de donde yo la encontré. Si se escapó allí, ¿cómo terminó aquí?

¡Pues se perdió!

Lo normal es que los perros busquen volver a casa.

La mujer se puso colorada.

¿Y usted qué sabe?

Sé dijo Óscar muy bajo que los perros queridos no esperan durante un mes en una acera, muertos de hambre, sin moverse. Buscan a sus dueños sin descanso.

Jiménez intervino:

Dice que puso carteles. ¿Por qué no acudió a la policía?

No me pareció

¿Ni gastándose ese dineral en el animal?

Pensé… que la encontraría sola.

¿Su DNI, por favor? ¿Y su dirección exacta?

Ella, nerviosa, rebuscó el monedero.

Aquí tiene: Castellana, número 52, piso tercero B.

¿Y la fecha exacta de la desaparición?

Veinte de enero… o veintiuno, no recuerdo bien.

Óscar sacó su móvil:

Yo la recogí el veintitrés de enero y ya llevaba casi un mes ahí, según los del supermercado.

Eso significaba que la pérdida fue mucho antes.

Bueno, puede que me equivoque de fecha dijo, y rompió a llorar. ¡Vale, quédatela! Pero yo sí la quería.

Silencio.

¿Cómo pudo pasar? musitó Óscar.

Mi marido y yo, con la mudanza… En el piso nuevo no admitían perros y venderla no podía, no encontraba comprador porque no era de raza pura… Así que la dejé en la puerta del súper. Pensé que alguien la recogería.

Óscar sintió un vuelco.

¿La abandonó entonces?

Solo la dejé, no la abandoné… Pensé que alguien sería bueno con ella.

¿Y por qué quiere ahora recuperarla?

La mujer sollozó más fuerte.

Mi marido se fue, ya estoy sola, y la echo de menos. Quise recuperar a Lunita. Porque la quería.

Óscar la miró sin poder creerlo.

¿La quería? A los que se quiere no se les abandona jamás.

Jiménez cerró el cuaderno.

Documentalmente, la perra es de don Óscar García. La registró, pagó sus facturas, la cuidó. No hay duda legal.

La mujer insistió entre lágrimas:

¡Pero he cambiado de idea, la quiero de vuelta!

Ya es tarde dijo el agente. Lo hecho, hecho está.

Óscar se agachó junto a Alba y la rodeó con los brazos.

Ya está, pequeña. Todo ha pasado.

¿Puedo acariciarla, aunque sea una última vez? pidió la mujer.

Óscar miró a Alba. Ella hundió la cabeza en su costado, temblando.

¿Ve? Le da miedo.

No quise hacerle daño. Solo fueron las circunstancias.

Las circunstancias no se presentan solas sentenció Óscar, poniéndose en pie. Nuestra responsabilidad es construirlas. Usted eligió dejar a una criatura inocente en la calle. Y eso no se puede borrar porque ahora le convenga.

La mujer se fue llorando, cabizbaja y rápido, sin mirar atrás.

El sargento Jiménez le dio a Óscar una palmada en el hombro:

Ha hecho lo correcto. Sé lo que es esto, yo mismo tengo perros.

Gracias, de corazón.

Nada, hombre.

Cuando se marchó el agente, Óscar se quedó solo con Alba bajo los pinos.

Ya está, pequeña, ya nadie nos va a separar le prometió mientras le acariciaba la cabeza.

Alba lo miró con esos ojos llenos, ya no solo de gratitud, sino de una lealtad infinita.

¿Volvemos a casa?

Ella ladró alegremente y brincó a su lado.

De camino, Óscar reflexionó: Quizá aquella mujer tenía razón en una cosa. Las circunstancias pueden cambiar de un día para otro. Puedes perder el trabajo, la casa, el dinero.

Pero hay cosas que nunca debes perder: la responsabilidad, la compasión, el amor verdadero.

En casa, Alba se acomodó en su alfombra preferida. Óscar preparó té y se sentó a su lado.

¿Sabes, Alba? Al final todo salió como debía. Ahora sabemos, sin ninguna duda, que nos necesitamos el uno al otro.

Alba suspiró satisfecha, segura de que, al fin, estaba donde siempre debió estar.

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MagistrUm
Oleg volvía a casa tras el trabajo, en una gélida tarde de invierno de esas en que todo parece cubierto por el manto de la rutina. Al pasar delante del supermercado, vio a un perro abandonado, pelirrojo y desgreñado, con los ojos de un niño perdido. —¿Y tú qué haces aquí? —gruñó Oleg, pero se detuvo. El perro levantó el hocico y le miró. No pedía nada, solo miraba. “Quizá espera a sus dueños”, pensó Oleg y siguió su camino. Pero al día siguiente, y al siguiente, la misma imagen. El perro seguía allí, como pegado al sitio. Oleg notó que la gente simplemente pasaba, alguno tiraba un trozo de barra, otro una salchicha. —¿Y tú por qué no te vas? —preguntó él, agachándose a su lado—. ¿Dónde están tus dueños? Entonces el perro se le acercó con cuidado y apoyó su hocico en su pierna. Oleg se quedó quieto. ¿Cuándo había acariciado a alguien por última vez? Desde el divorcio llevaban tres años. El piso vacío; solo trabajo, el televisor y el frigorífico. —Mi Lada —susurró sin saber de dónde había salido ese nombre. Al día siguiente le llevó salchichas. Y una semana después puso un anuncio en internet: “Se ha encontrado perro. Se buscan dueños”. Nadie llamó. Un mes más tarde, al volver de una guardia —trabajaba de ingeniero, a veces pasaba la noche entera en obra— vio un alboroto en la puerta del súper. —¿Qué pasa? —preguntó a una vecina. —Han atropellado al perro, ese que llevaba aquí un mes. El corazón se le vino abajo. —¿Dónde está? —Lo han llevado a la clínica veterinaria de la Avenida de Rosalía de Castro. Pero piden una pasta, ¿qué vas a hacer por un perro sin dueño? Oleg no dudó. Se dio la vuelta y salió corriendo. En la clínica, el veterinario meneó la cabeza: —Fracturas, hemorragia interna. El tratamiento será caro. Y ni siquiera sabemos si sobrevivirá. —Cúrela —dijo Oleg—. Pagaré lo que sea. Y cuando la dieron de alta, la llevó a casa. Por primera vez en tres años, su piso se llenó de vida. Todo cambió, de arriba abajo. Oleg ya no se despertaba con el despertador, sino con Lada rozándole la mano con la nariz: vamos, jefe, es hora de levantarse. Y él se levantaba, sonriente. Antes el día empezaba con café y telediario. Ahora, con un paseo por el parque. —¿Salimos, chica? —le decía, y Lada movía el rabo llena de alegría. En la clínica arreglaron todos los papeles: pasaporte, vacunas. Oficialmente era su perro. Oleg incluso fotografiaba cada papel, por si acaso. Sus compañeros de trabajo le miraban sorprendidos: —Oleg, ¿te veo más joven o es cosa mía? ¡Se te ve otra cara! Y era verdad: por primera vez en años, se sentía necesario. Lada resultó ser lista, increíblemente lista. Le entendía con media palabra. Si Oleg tardaba en volver del trabajo, ella le esperaba en la puerta con una mirada que decía: “Me estabas asustando”. Por las tardes paseaban largo rato por el parque. Oleg le contaba cosas del trabajo, de la vida. ¿Ridículo? Tal vez. Pero a ella le bastaba escuchar. Le miraba de cerca y, a veces, le respondía con un quejido. —¿Sabes, Lada? Antes pensaba que era más fácil estar solo. Nadie molesta, nadie agobia. Pero resulta —la acariciaba en la cabeza—… resulta que simplemente daba miedo volver a encariñarme con alguien. Los vecinos se acostumbraron a verles juntos. La señora Carmen siempre guardaba un hueso. —Es buena perrita —decía—. Se nota que es querida. Pasó un mes. Luego otro. Oleg incluso pensó en abrirle una cuenta en redes sociales, colgar fotos de Lada. Era fotogénica: el sol hacía brillar su pelaje rojizo como oro. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Un día, paseando por el parque, Lada olisqueaba arbustos y Oleg leía algo en el móvil. —¡Gerda! ¡Gerda! Oleg levantó la cabeza. Se acercaba una mujer de unos treinta y cinco, rubia, pintada y vestida con ropa deportiva de marca. Lada se puso tensa, bajó las orejas. —Disculpe —dijo Oleg—, se confunde. Es mi perra. La mujer se plantó firme, manos en las caderas. —¿Cómo que suya? ¡Veo perfectamente que es mi Gerda! ¡Hace medio año que la perdí! —¿Qué? —Justo eso. Se escapó en el portal y la busqué por todas partes. ¡Usted me la ha robado! A Oleg se le fue el mundo al suelo. —Espere. ¿Cómo que robado? Yo la recogí en la puerta del súper. Llevaba allí un mes, sola. —¿Y por qué? Porque se había perdido. ¡Yo la quería! ¡La compramos de raza, carísima! —¿De raza? —Oleg miró a Lada—. Pero si es una chuchilla. —¡Es mestiza! ¡Muy valiosa! Oleg se puso en pie. Lada se pegó a sus piernas. —Bien. Si es suya, muéstreme papeles. —¿Qué papeles? —Pasaporte veterinario, cartilla de vacunas, lo que sea. La mujer vaciló. —Los tengo en casa. ¡Pero da igual, la reconozco! ¡Gerda, ven! Lada no se movió. —Gerda, ¡aquí! ¡Ahora mismo! La perra se apretó más a Oleg. —¿Ve? —dijo Oleg bajito—. No le conoce. —Se enfada porque la perdí, ¡pero es mía! Exijo que me la devuelva. —Yo tengo los papeles —dijo Oleg tranquilo—. El alta de la clínica, los recibos de comida, juguetes, todo. —¡Me da igual! ¡Esto es un robo! La gente empezaba a mirar. —¿Quiere que llamemos a la policía? —¡Llame! ¡Ya verán! Tengo testigos. —¿Qué testigos? —Vecinos vieron cómo se escapaba. Oleg marcó el número. El corazón le latía a mil. ¿Y si tenía razón esa mujer? ¿Y si Lada sí se había escapado? Pero entonces, ¿por qué se quedó un mes sentada en la puerta del súper? ¿Por qué no halló el camino a casa? Y, sobre todo, ¿por qué ahora temblaba, pegada a él? —¿Policía? Tengo una situación… La mujer sonrió con rencor. —Ya verá. La justicia se hará. Devuélvame mi perra. Y Lada seguía apretada a él. Entonces Oleg comprendió: lucharía por ella. Hasta el final. Porque Lada, en estos meses, había dejado de ser una simple perra. Era su familia. El agente de barrio llegó en media hora. El sargento Morales, hombre pausado, eficaz. Oleg lo conocía de la comunidad de vecinos. —A ver, ¿qué pasa aquí? —preguntó sacando la libreta. La mujer empezó a hablar atropellada: —¡Es mi perra! ¡Gerda! La compré por mil euros. Se perdió hace medio año, la busqué por todas partes. ¡Él me la ha robado! —No robé nada —replicó Oleg tranquilo—. La recogí en la puerta del súper. Llevaba allí un mes sin moverse, perdida y hambrienta. —Porque estaba perdida. Morales miró a Lada, que seguía apretada a Oleg. —¿Alguien tiene documentos? —Yo —Oleg sacó la carpeta. Por suerte llevaba los papeles desde la última revisión veterinaria. —Alta de la clínica, tras el atropello. Pasaporte, vacunas al día. El agente revisó los papeles. —¿Usted aporta algo? —le pregunta a la mujer. —Todo está en casa. Pero da igual, sé que es mi Gerda. —Cuénteme cómo la perdió. —Se soltó del collar y se escapó. La busqué, puse anuncios. —¿Dónde fue eso? —En el parque, aquí cerca. —¿Y dónde vive? —En la Avenida de Rosalía de Castro. Oleg se estremeció. —Espere. Eso está a dos kilómetros del súper donde la encontré. Si se perdió en el parque, ¿cómo acabó ahí? —Pues se perdería. —Los perros suelen encontrar el camino de vuelta. La mujer se sonrojó. —¿Y usted qué sabe? —Sé —dijo Oleg en voz baja— que un perro querido no pasa un mes solo y hambriento en el mismo sitio. Busca a su familia. —¿Puedo preguntar? —interrumpió Morales—. Dice que puso anuncios, ¿por qué no avisó a la policía? —¿A la policía? No lo pensé. —¿Se le perdió una perra de mil euros y en seis meses no lo pensó? —Pensé que aparecería… Morales frunce el ceño. —¿Su DNI y dirección? La mujer rebuscó nerviosa en el bolso. —Aquí está. Morales miró. —Correcto. Vive en Rosalía de Castro, piso quince, puerta veintitrés… ¿Y la fecha exacta de la pérdida? —El veinte o el veintiuno de enero, más o menos. Oleg sacó el móvil. —Yo la recogí el veintitrés de enero. Y llevaba ya allí casi un mes. Así que se perdió antes. —Quizá me equivoqué con la fecha… —la mujer empezó a temblar. Y entonces se rindió: —Vale, quédese con ella. Pero yo la quería. Silencio. —¿Cómo pudo ser? —preguntó Oleg. —Mi marido dijo que no permitirían perros en el piso de alquiler al que nos mudábamos. No la vendimos porque no era de raza. Así que la dejé junto al súper. Pensé que alguien se la quedaría. Oleg sintió un nudo dentro. —¿La abandonó? —Solo la dejé. No la tiré. Pensé que alguien la recogería. —¿Y ahora por qué la quiere recuperar? La mujer sollozó. —Me he divorciado, él se fue y yo estoy sola. Quiero a Gerda de vuelta. Yo la quería. Oleg no daba crédito. —¿La quería? —repitió—. A los que se quiere no se les abandona. Morales cerró la libreta. —Está claro. Los papeles están a nombre del señor… —miró el DNI—, González. La curó, la inscribió, la cuida. No hay dudas legales. La mujer se echó a llorar. —Pero he cambiado de opinión, ¡la quiero devolver a casa! —Demasiado tarde —dijo el agente secamente—. Quién abandona, abandona. Oleg se agachó junto a Lada, la abrazó: —Ya está, pequeña, ya pasó. —¿Puedo al menos acariciarla una vez más? —suplicó la mujer. Oleg miró a Lada. La perra escondió la cabeza. —¿Ve? Le tiene miedo. —No fue adrede. Fueron las circunstancias. —¿Y sabe? Las circunstancias no vienen solas. Las creamos nosotros. Usted creó las que la dejaron en la calle. Y ahora quiere deshacerlo porque le apetece. Ella rompió a llorar. —Ya lo sé. Pero ahora me siento tan sola. —¿Y cómo cree que se sintió ella, esperándola solita aquel mes? Silencio. —Gerda —la llamó una última vez. La perra ni siquiera se movió. Entonces la mujer se dio la vuelta y se fue. Sin mirar atrás. Morales palmeó a Oleg en el hombro. —Buena decisión. Se nota que te ha cogido cariño. —Gracias. Por comprenderlo. —Qué va. Yo también soy amigo de los perros, sé lo que es esto. Cuando se hubo ido, Oleg se quedó a solas con Lada. —Bueno —le dijo acariciando su cabeza—, ya nadie nos separa. Te lo prometo. Lada le miró a los ojos. Y en ellos Oleg vio algo más intenso que gratitud: vio un amor perruno, infinito. Amor. —¿Vamos a casa? Lada ladró feliz y fue a su lado. De camino, Oleg pensó que, en eso, la mujer tenía razón: las circunstancias cambian. Puedes perder trabajo, hogar o dinero. Pero hay cosas que no deberíamos perder nunca: la responsabilidad, el cariño, la compasión. En casa, Lada se tumbó en su alfombra favorita. Oleg se preparó un té y se sentó a su lado. —¿Sabes, Lada? —dijo pensativo—. Al final, quizá ha salido todo bien. Ahora lo sabemos: nos necesitamos el uno al otro. Lada suspiró satisfecha.