Mientras aguardábamos al autobús
El final de octubre en Madrid siempre guardaba una atmósfera muy particular en mis recuerdos de juventud. El aire era fresco, impregnado del aroma de hojas caídas y la promesa cercana de las primeras heladas. Justo en una de esas tardes, Leonor, enfundada en una inmensa bufanda de cuadros, se balanceaba en la parada, contemplando con melancolía el tráfico lento de la Castellana. Su móvil, silente e incapaz de atrapar señal, reposaba inerte en la mano, mientras en su cabeza retumbaba la pegadiza sintonía de la serie que había visto la noche anterior. Había llegado tarde al autobús. Tarde, como casi siempre.
No estaba sola. Un joven aguardaba también. Lo observó de reojo: manos en los bolsillos del abrigo, postura erguida, mirada tranquila, más pendiente de lo que sucedía al otro lado de la avenida. Él no miraba la carretera, sino un nido de urracas en la copa pelada de un plátano de sombra. Leonor, sin querer, siguió el rumbo de sus ojos. Las aves, inquietas, acarreaban en el pico las últimas ramitas, reforzando su hogar para el invierno.
Quizá ellas también estén atrapadas en atascos dijo el joven de repente, con voz sosegada, sin mirarla. Seguro que hay una urraca que siempre llega tarde.
Leonor soltó una risita inesperada, sincera.
Y que pierde el pico en el túnel cada dos por tres añadió.
Él giró la cabeza y le regaló una sonrisa cálida y abierta.
Luis.
Leonor.
El autobús no llegaba. Permanecieron en silencio, pero ya no era una soledad compartida, sino una pausa compartida. Cálida. Cuando por fin llegó el suyo, Leonor, con pesar, se acercó a la puerta.
Mañana seguro que hiela le dijo él al despedirse.
Tendré que traerme un termo con té asintió ella cruzando el umbral.
Aquel mañana se repitió. Coincidieron en la misma parada de la calle Velázquez. Sin haberlo planeado. Esta vez Leonor llevaba consigo un termo con té verde. Luis le ofreció una pequeña bolsa con dos pastelitos de nata.
Por si hay hambre cultural, explicó él con media sonrisa.
Así comenzó su espera. Nunca se citaron. Simplemente, si ambos salían tarde del trabajo, se encontraban a las 18:30. A veces, el autobús llegaba puntual y solo intercambiaban unas frases. Otras, tardaba tanto que charlaban de todo: jefes absurdos, sueños extraños, por qué la piña en la pizza era un delito (ahí coincidían), o qué música encajaba mejor en un crepúsculo de otoño (ahí disentían).
Un día, Luis no apareció. Tampoco al día siguiente. Leonor se sorprendió espiando el nido de urracas, ahora vacío y silencioso. Se sentía más sola de lo que creía posible.
Una semana después, ya entrado noviembre, él volvió a su rincón habitual. Tenía el rostro pálido, ojeroso.
Mi padre, en el hospital dijo escuetamente. Ya está todo bien, por suerte.
Se quedaron allí, callados. Leonor, con suavidad, le tomó la mano. Él dio un respingo, pero no rehuyó el contacto. Sus dedos estaban helados. Ella los cubrió con los suyos.
Anda, susurró Leonor, hoy dejamos pasar el autobús. Vámonos a tomar chocolate caliente. Con nata. Y dos pastelitos, para compartir.
Ese día todo cambió.
El itinerario cambió. Dejaron de esperar y comenzaron a caminar. Su refugio era una pastelería de Malasaña, donde el aire olía a vainilla y canela.
Al principio, sólo compartían chocolate y charlas ligeras. Pero pronto las conversaciones se hondo. Era como si, al dejar de apresurarse, se atrevieran a mirarse de verdad.
Leonor descubrió que, tras la tranquilidad de Luis, había un universo. No solo era ingeniero de caminos, diseñaba puentes; hablaba de ellos como si fueran seres vivos, cada uno con su carácter.
Éste, sobre el Tajo dibujaba con el dedo en el vaho de la ventana, es tozudo, no le gustan los camiones pesados, cruje. Aquel, en la salida sur, es joven, apenas aprende a soportar pesos.
Leonor lo escuchaba con los ojos bien abiertos. Donde otros veían sólo hormigón, ella encontraba poesía. Preguntaba: ¿y cómo es el puente donde nos paramos? Él meditaba y respondía: Un romántico. Hecho para paseos y charlas lentas.
Por su parte, Leonor no era simplemente una bloguera, la chica que escribe textos. Investigaba conexiones invisibles. Durante un paseo, podía decir:
¿Hueles? Viene sopa de acelgas de la tercera ventana. Seguro que ahí vive la abuela Mariana, que la cocina los martes. Arriba, ensayan Para Elisa al piano siempre se equivocan en el mismo compás.
Luis, tan acostumbrado a interpretar el mundo a través de planos y cifras, aprendió a escuchar. Descubrió que la ciudad vibraba en mil sonidos, colores y aromas. Observaba las cortinas de las ventanas que cruzaban y le contaba sus pequeños hallazgos a Leonor.
Comenzaron a visitar sus casas. Luis miraba admirado el desorden del escritorio de Leonor: montañas de libros, pósits de colores, una taza azul con infusión y los restos de menta. Probó por primera vez las galletas de jengibre que se deshacían en la boca y comprendió que hogar era un sabor, cálido y concreto.
En su piso, austero y ordenado, donde la luz era protagonista, Leonor encontró un viejo álbum de fotos. En una de ellas, el padre de Luis, joven y de mirada serena, arreglaba un gran reloj de pared, mientras un Luis niño, demasiado serio, observaba todo conteniendo la respiración.
Él me enseñó lo más importante, dijo Luis mirando la foto, que todo sistema complejo está hecho de piezas simples. Si algo se estropea, sólo hay que encontrar la pieza y repararla, sin miedo.
¿Hablabas del reloj? sonrió Leonor.
Y de la vida, se encogió de hombros él.
Nunca intentaron impresionarse. Más bien, se fueron quitando capas, como una cebolla, hasta llegar a lo auténtico, incluso a lo frágil. Leonor confesó que, además del blog, escribía poemas que nunca mostraba a nadie porque eran demasiado ingenuos. Luis, ruborizado, contó que de estudiante frecuentó un club literario hasta que se hizo mayor y lo dejó.
Mediado el invierno, Leonor enfermó con fiebre y un molesto resfriado. Luis apareció después del trabajo, sin avisar. Traía una bolsa con limones, miel, infusiones y un libro nuevo de la poeta favorita de Leonor.
No sabía qué haría falta, dijo inseguro, así que traje todo lo que podría servir para arreglar el sistema.
Ella, envuelta en una manta y con la nariz roja, rió y luego lloró. De gratitud. De saberse vista en su cansancio y no sólo en su alegría, y de que alguien no temiera a esa vulnerabilidad.
Así, poco a poco, ya no fueron el chico de la parada y la chica de la bufanda. Fueron Luis, que sabía que Leonor sólo bebía té en la taza azul, y Leonor, que entendía que si Luis callaba mirando la ventana, solo ponía en orden sus ideas.
Llegaron a ser para el otro un refugio real, un lugar seguro en la gran ciudad madrileña. Un sitio al que siempre regresar, incluso aunque supusiera perder el autobús.
Pasó un año. Al cumplirse exactamente un año y dos meses de aquel primer encuentro en la parada, Luis, en una merienda de merengues y café en su pastelería habitual, se armó de valor.
Leo, dijo mirando sus manos, quiero hacerte una propuesta. Pero por favor, no respondas de inmediato.
Ella enarcó una ceja y dejó la cucharita en la mesa.
Verás Mi bisabuela vive en un pueblo cerca de Ávila. Cada Navidad espera que vaya. Hay auténtica nieve, chimenea de leña, silencio que corta. Y me ha pedido, con mucha insistencia, que le lleve a esa chica de la que me hablas tanto. Levantó la mirada, titubeante. No es un hotel de lujo, apenas hay cobertura junto al buzón. Hace frío, los gansos son escandalosos Puedes decir que no.
Leonor le sostuvo la mirada, en sus ojos titilaban luces, como de un farolillo en Nochebuena.
¿Gansos? repitió seria.
Atronadores.
¿Nieve de verdad? ¿Hasta la cintura?
Chirría bajo los pies, como en los viejos discos.
¿Y una chimenea auténtica?
El corazón de la casa, asintió Luis, esperanzado.
Entonces hago la maleta, anunció Leonor, sonriendo con una alegría ancha. Hazme una lista de imprescindibles. Y un manual de defensa contra los gansos del lugar.
La aldea abulense resultó aún mejor de lo prometido. El aire olía a caramelo. La bisabuela, Pilar Teresa, ágil y menuda como un pajarillo, acogió a Leonor como a una nieta; la atiborró de torrijas y la mandó al bosque de la mano de Luis a buscar ramas de acebo para decorar.
La mesa navideña rebosaba manjares sencillos y exquisitos: cochinillo, sopa castellana, queso de oveja. Brindaron con cava, mientras en la tele sonaban las campanadas de la Puerta del Sol. La bisabuela levantó la copa por la salud de los jóvenes y, pícara, se retiró a descansar un rato, dejándolos solos.
El silencio que quedó era especial. Lo interrumpía solamente el crepitar de la leña y el parpadeo de las luces del pequeño árbol en la esquina. Parecía que el mundo entero se hubiera quedado sepultado bajo la nieve y que sólo existieran ellos en aquella casa de piedra.
Luis se levantó, fue a la chimenea y recolocó la leña con unas pinzas. Se volvió hacia Leonor, que abrazaba con las manos la copa.
¿Sabes? empezó, y la voz le temblaba un poco, cuando te vi esta mañana entre la nieve, en el abrigo de mi bisabuela, con la nariz roja y riendo como una niña, supe algo muy claro.
¿El qué? Leonor sonrió.
Que esa escena tú, envuelta en un abrigo que te triplica, con la risa brillando en el aire helado Eso es la dicha para mí. Más que cualquier ciudad, puente o proyecto.
Se arrodilló ante ella, sacó de su jersey una pequeña caja de terciopelo, tomó su mano entre las suyas, ya cálidas.
Leonor, aquella chica de la parada que me mostró el mundo. ¿Quieres casarte conmigo? ¿Construir juntos nuestro futuro? Habrá sitio para tu caos creativo, para mis planos, para las torrijas de la abuela para todo.
Leonor lo miró, y lágrimas rodaron por sus mejillas mientras sonreía. En sus ojos vio no solo amor, sino una confianza profunda. La que sostiene los puentes, pensó.
Sí susurró, y fue más un espasmo de alivio y una promesa solemne que otra cosa. Sí, Luis. Claro que sí.
Él le puso el anillo. Encajaba perfecto, como si la hubiera esperado toda la vida. Cuando la abrazó, por la ventana se encendía la primera traca de fuegos artificiales de Año Nuevo. Los destellos se reflejaban en el cristal cubierto de escarcha y en sus ojos, que ahora miraban juntos en la misma dirección.
Dentro, la luz era cálida. Y la felicidad, firme como el anillo, como el sencillo y deseado sí.
Su camino, nacido de un otoño húmedo esperando un autobús madrileño, les llevó a aquel rincón nevado, al calor del hogar. Sabían que, pasara lo que pasara, construyeran los puentes que construyesen, lo harían juntos.
Porque ya se había erigido el vínculo fundamental: el que latía al compás de dos corazones, unidos en el momento preciso. Solo porque un día, ambos, llegaron tarde al autobús.







