Querido diario,
Hoy fue uno de esos días en los que siento que el mundo entero se me cae encima, y sin embargo, aquí estoy, intentando poner mis pensamientos en orden en estas páginas privadas.
Todo empezó esta mañana en nuestro piso de Madrid. Me quedé dormida otra vez y el móvil no sonó (bendito móvil, y maldito a la vez). Sergio y yo nos cruzábamos como locos por el pasillo, con prisas por ir a trabajar y vestir a nuestro hijo, Gonzalo, para llevarlo a la guardería.
¡Cariño! ¿Tú puedes recoger hoy a Gonzalo, verdad? grité desde la habitación, mientras me subía los vaqueros y metía su merienda en la mochila.
¡Vale! ¿Has visto mis llaves? contestó él desde el pasillo.
¡No! respondí, ya un poco crispada, buscando desesperadamente mi móvil.
Por fin lo encontré, pero resultó que Gonzalo, ajeno a nuestro estrés, seguía en el suelo tirado jugando con sus coches. Logré vestirlo y salimos corriendo, casi volando por la Castellana, y en cinco minutos llegamos a la guardería. Como siempre, se atascó la cremallera de su abrigo justo cuando más prisa tenía. De pronto, noté que le caían unas lágrimas.
Mamá no quiero ir hoy sollozó Gonzalo, arrugando la naricilla y apretando las manos en puños diminutos.
Gonzalo, cielo, venga, que vas a ver a tus amigos intenté consolarlo, arrodillándome para ponerme a su altura, pero sentía que la voz me temblaba.
No hubo manera. Empezó a patalear hasta que salió su seño, que me regaló una sonrisa de esas que sólo las educadoras de vocación tienen.
No te preocupes, Inés me dijo, cogiéndole de la mano . Aquí lo pasará bien, ya verás.
Un alivio, sí, pero acto seguido volví a sentirme al borde del colapso. Miré el reloj: llegaba tarde otra vez. Buscando el móvil en mi bolso para avisar a una clienta, noté algo raro. Ese móvil no era el mío. Mismo modelo, mismo estuche, mismo código. ¡Por favor! Sergio y yo habíamos vuelto a confundirnos con las dichosas fundas a juego.
Perfecto, lo que faltaba mascullé, intentando recordar el teléfono de la clienta. Tenía que llamar a Sergio y pedirle que me reenvíe el número.
De pronto, el móvil (bueno el de Sergio) vibró en mi mano. En la pantalla, un mensaje de WhatsApp:
Dani: «¿Qué tal con la chica del gimnasio? ¿Te dio el número ya?»
Me quedé helada. Abrí el chat, el dedo temblando.
Dani: «¿Entonces, ya has conseguido que confíe en ti?»
Sergio: «Sí, me lo dio. Hemos quedado este finde. En mi casa.»
Las letras bailaban ante mis ojos. ¿Este fin de semana? Precisamente cuando yo pensaba llevar a Gonzalo con mi madre y pasar noche allí
Casi sin darme cuenta susurré: Ojalá nunca hubiese leído esto. Malditas fundas a juego maldito despiste.
El resto del día fingí normalidad, pero me costaba hasta respirar. Cada gesto, cada mirada de Sergio era un recordatorio de lo que acababa de leer. Intentaba convencerme de que podía ser un malentendido, que quizá no era lo que parecía Pero cada vez que le veía, sus palabras del chat martilleaban mi cabeza: Este finde. En mi casa.
Él no notó nada. Segía igual de atento, cariñoso y dispuesto a ayudar. Por la noche charlábamos como siempre, cocinábamos juntos, y Sergio incluso acostaba a Gonzalo. Yo me debatía entre la rabia, el miedo y las ganas de fingir que todo iba bien.
Llegó el miércoles, veíamos una peli en el sofá y Sergio me abrazó con esa naturalidad de siempre. Contuve las lágrimas para no desmoronarme ahí mismo. Cualquier muestra de afecto me dolía, como si ya no fuera real.
El viernes, tras acostar a Gonzalo, me quedé pensativa en la cocina, viendo cómo el agua caía sobre mis manos. Sergio me rodeó la cintura y susurró:
Te veo más triste hoy. ¿Va todo bien?
Sentí un escalofrío.
Sí, sólo estoy cansada, no te preocupes sonreí lo mejor posible.
Lo entiendo respondió dulce y me besó la coronilla.
Esa noche, cuando él dormía, fui al baño, cerré el pestillo y puse el grifo al máximo para ahogar mi llanto.
¿Por qué? repetía, entre sollozos. ¿Por qué?
Mil preguntas sin respuesta me atormentaban. ¿Qué hago? ¿Se lo digo? ¿Huyo? ¿Quizá sólo es un malentendido?
Sabía que por la mañana tendría que volver a aparentar. Y que ese sábado todo podía venirse abajo.
Llevé a Gonzalo a casa de mi madre en Chamberí. Ella, al verme, supo que algo me pasaba.
Inés, ¿seguro que estás bien?
Le puse la mejor sonrisa de mentira del mundo.
Sí, mamá, tranquila. Tengo prisa Quiero darle una sorpresa a Sergio.
Un beso fugaz a Gonzalo y salí de allí, desequeriendo quedarme más tiempo.
En el coche, camino a casa, seguía dudando de todo: ¿Y si sólo va a verse con Dani? ¿Y si la chica no aparece? ¿Y si lo he malinterpretado?
Quería pillarle en una mentira, pero dentro de mí también rezaba para que todo fuese una equivocación absurda. Veía mentalmente nuestras mejores escenas: los paseos por El Retiro, los desayunos tranquilos los domingos, las tardes de risas con Gonzalo. Ahora, sentada ante el portal, cada segundo me parecía un regalo antes de cruzar una puerta que podía cambiarlo todo.
Al final, subí, el llavero temblando en mis manos. Al entrar, la casa estaba en penumbra; sólo la luz cálida de la cocina se escapaba por la rendija. Oí voces bajas, risas nerviosas El corazón casi se me sale por la boca.
¿Sergio? mi voz sonó rara, como de otra persona.
Lo repetí más alto, mientras avanzaba.
Me asomé a la cocina y vi a dos personas: un hombre y una mujer. El hombre no era Sergio. Era Dani, el mejor amigo de mi marido. Me paralicé. Dani se giró rojo como un tomate.
Inés, esto no es lo que piensas te lo prometo. Es que bueno, ¿dónde podía estar con ella? ¡No iba a llevarla a casa de mi madre! empezó a tartamudear.
No escuché más, sólo veía gestos, y mi cabeza zumbaba. Sentí una mezcla de alivio y ridículo; las lágrimas bajaban y, no sé cómo, también sonreía.
Ya entiendo, Dani logré decir . Me voy.
Salí despacio. El aire fresco en la cara me devolvió un poco de claridad. Saqué mi móvil por fin el mío y llamé a Sergio.
¿Diga? contestó.
No sabía ni qué decir y, como una tonta, sólo acerté a murmurar entre risas y lágrimas:
Te quiero Te quiero mucho
Luego, intentando serenarme, añadí:
He estado en casa Está Dani.
Ah, vale Perdona, por favor, no te enfades. Estoy en la oficina. ¿Vienes? ¿Por favor? Sabes cómo es Dani. ¿Vienes?
Ya voy
Cogí el coche casi corriendo, y la ansiedad dejó sitio a un deseo irresistible de abrazar a mi marido.
En el despacho, nos sentamos en el suelo del comedor del coworking. Un Rioja barato hacía de cómplice. Apoyé la cabeza en su hombro, el corazón me latía como un tambor.
Perdona nunca quise husmear en tu móvil. Jamás lo había hecho
No, perdóname tú, por meterte en este lío. Tendría que habértelo contado desde el principio.
Pero, ¿por qué Dani te pidió ayuda?
Porque es mi amigo, y el otro día hizo el ridículo con esa chica del gimnasio.
¿Cómo?
Se chocó con ella entrando y la bañó en Aquarius. El traje blanco quedó azul y desde entonces está hecho un lío. No puedo, me da corte. Sergio, ayúdame Sergio imitaba la voz de Dani y hasta yo me reí
Ay, pobrecillo ¿Pero por qué viene a nuestra casa? ¡Que vaya a un hostal!
¿Sabes por qué todavía vive con su madre?
Para no gastar en alquiler Y porque su madre le prepara croquetas y le plancha los calcetines.
Eso sonrió Sergio con complicidad.
¡Es un agarrado, madre mía! solté entre carcajadas.
Nos conocemos desde que teníamos siete años. Seguramente soy el único ante quien no le da vergüenza mostrar ese lado.
Eres un buen amigo, Sergio. Te lo reconozco.
Miré el reloj, y me entró miedo.
¿Y si siguen allí? No podemos dormir en tu oficina
Sergio sonrió, me dio un beso lento.
Yo no soy como él, y creo que nos merecemos una noche de verdad romántica.
¿De veras? ¿Nos vamos a un hotel?
Asintió, y de repente me subió a hombros como un niño grande. Lloraba de risa mientras intentaba zafarme.
Te prometo que esta noche estarás a salvo y muy bien acompañada.
Y pensar que hace un par de horas sentía que el mundo se deshacía Qué curioso es el destino, querido diario.







