Recuerdo aquellos días de hace años, cuando mi marido comenzó a llegar tarde a casa cada noche. Todo empezó con apenas media hora, luego una hora, después dos. Siempre encontraba una excusa distinta: reuniones que se alargaban, atascos en la Castellana, trabajo de última hora. Mantenía el móvil en silencio, apenas comía, iba directo a ducharse y se metía en la cama sin apenas dirigirme la palabra. Yo empecé, casi sin querer, a contar las horas. No era por control, sino porque, tras quince años de matrimonio, jamás había tenido costumbres semejantes.
Antes, siempre me mandaba un mensaje cuando salía de la oficina. Ahora, nada. Si le llamaba, la mayoría de las veces no respondía o devolvía la llamada mucho más tarde. Volvía a casa con los ojos enrojecidos, la ropa impregnada en un aroma a tabaco que me resultaba ajenoél nunca había fumadoy con un aire de agotamiento que no correspondía con lo que me contaba de su trabajo. Una noche me atreví a preguntarle directamente si había otra mujer en su vida. Me aseguró que no, que solo estaba cansado y que yo exageraba. Cambió de tema y se acostó.
Las semanas transcurrieron igual.
Un día pedí salida anticipada en mi trabajo. A él no le dije nada. Fui hasta su oficina y esperé. Le vi salir a la hora habitual, solo, sin hablar con nadie. Subió a su coche y me sorprendió al no tomar el camino de casa. Le seguí, manteniendo la distancia. No hablaba por teléfono, no parecía especialmente nervioso. Se apartó del tráfico principal y tomó una calle secundaria que conocía bien. Algo dentro de mí dejó de encajar.
Entró al cementerio municipal.
Aparcó cerca de una de las avenidas interiores. Yo dejé el coche lejos y le seguí caminando. Le vi bajar, recoger una bolsa del asiento trasero y avanzar sin prisas. No consultaba el móvil, no hablaba con nadie. Se detuvo ante una tumba. Se arrodilló, sacó flores de la bolsa, limpió la lápida con la manga de la camisa y se quedó allí quieto.
Era la tumba de su madre. Hacía tres meses que había fallecido.
Sabía que la visitaba. Por supuesto que lo sabía. Pero creía que lo hacía de vez en cuando. No, no sabía que iba cada día. Me quedé a distancia. Le vi hablar solo, sentarse largo rato, llorar sin esconder el rostro. Le vi marcharse cuando ya caía la noche. Nunca supo que estuve allí.
Aquel mismo anochecer volvió a casa tarde, como siempre. No le dije nada. Al día siguiente, de nuevo se retrasó. Y al siguiente. Le seguí en otras dos ocasiones. Siempre iba al mismo sitio. Siempre llevaba flores. Siempre se quedaba mucho tiempo.
Comencé a reparar en pequeños detalles en casa: envoltorios de flores, tiques del florista junto al cementerio, ningún mensaje sospechoso, ninguna llamada extraña. No había otra mujer.
Una semana después, decidí hablarlo con él. Le confesé que le había seguido. No se enfadó; ni alzó la voz. Se sentó a la mesa y me contó que no sabía cómo decirme que iba cada día, porque sentía que si dejaba de hacerlo algo malo pasaría. Que la muerte de su madre le había dejado vacío. Que le era imposible volver a casa sin pasar por allí primero. Que necesitaba hablarle, contarle el día, pedirle perdón por cosas no resueltas entre los dos.
Desde ese momento, nunca más ha llegado tarde sin avisar dónde está. A veces voy con él. Otras, prefiere ir solo.
No era una infidelidad.
No llevaba otra vida.
Era dolor, vivido en silencio.
Y yo lo descubrí siguiéndole, creyendo que encontraría algo completamente distinto.







