Tengo sesenta y nueve años y, hace seis meses, mi marido se marchó a ese cielo donde vuelan las palomas hechas de nubes. Estuvimos juntos cuarenta y dos años. No tuvimos hijos. Éramos solo nosotros: nuestra rutina, nuestro pequeño mundo, las costumbres construidas como quien borda un paño de cocina, nuestros diminutos destellos de alegría.
Al principio todo empezó como una bruma: el cansancio que cae sobre los huesos, dolores que iban y venían como trenes en la lejanía, análisis que no parecían urgentes en un hospital de Madrid donde los relojes marchan a su extraña manera. Después llegaron las pruebas, las batas blancas, los goteros, la espera en los pasillos. Yo iba a su lado, pisando el mismo mosaico frío.
Aprendí el horario de sus medicinas, el nombre castellano de los alimentos que ya no podía probar. Llegué a conocer ese brillo triste en sus ojos, cuando la punzada le robaba el sueño y yo solo podía apretarle la mano. Algunas noches, la única acción posible es quedarse, silenciosa y despierta, sujetando una palma que otra vez se hace pequeña.
Salía de la cama antes que él, preparándole el café con leche y unas tostadas con tomate. Le ayudaba a bañarse cuando el cuerpo apenas le obedecía. Le narraba cualquier detalle, los cotilleos mínimos del barrio, para distraerle de su propio dolor, y a veces él no contestaba, no por falta de ganas, sino porque su cuerpo ya era sombra.
El día que se fue, fue como flotar en un lugar imposible: tendido en la cama, con su mano aferrada a la mía. No hubo palabras dramáticas, ni frases de despedida. Simplemente se apagó. Como el reloj de la plaza cuando nadie lo mira. Un instante estaba, y al siguiente, su ausencia llenaba el aire.
Marqué el 112 con los dedos como de plastilina. Era tarde. Ya no había billete de regreso.
El día del velatorio fue como soñar con desconocidos. Vinieron personas que no veía desde hacía años, dejando palabras que sonaban lejanas: Era buen hombre, Ahora descansa, Tienes que ser fuerte, Luisa. Yo asentía, sin saber exactamente a qué.
Después la casa se hizo inmensa, aunque siempre fue un piso modesto en la calle Mayor. No es que sea grande: es que el aire ya no tiene eco de vida.
Las noches pesan como ladrillos mojados. Me acuesto temprano, huyendo del silencio; antes veíamos juntos el telediario, y él hacía comentarios que me arrancaban la risa, preguntándome después si quería una infusión. Ahora dejo la tele puesta, solo para escuchar voces, solo para disfrazar el vacío.
No tengo hijos ni familia que me llame. Ningún nieto a quien contarle que hoy me duele la espalda o que el médico en la Seguridad Social me ha cambiado una pastilla, o que ayer me mareé y no había nadie que me acercase un vaso de agua.
Los domingos caen sobre mí como las piedras de una iglesia antigua. Antes íbamos al Retiro; comprábamos pan de pueblo y regresábamos despacio, como si el tiempo fuera infinito y de mantequilla. Él siempre caminaba más lento y yo bromeaba llamándole cabezota, y él soltaba una carcajada seca y alegre.
Ahora paseo sola. La gente me mira o no me mira. En el supermercado elijo lo imprescindible, sin saber para quién cocinar. Hay días en que no abro la boca. Días enteros sin pronunciar palabra.
A veces me sorprende que una vecina me salude, y cuando respondo, mi propia voz suena a desconocida, desgastada por el sueño.
No me arrepiento de no haber tenido hijos, pero ahora comprendo qué significa envejecer sola. Todo va más despacio, más pesado, más callado. Nadie espera mi regreso. Nadie pregunta si he tomado mis medicamentos. Nadie se inquieta si anochece y no he vuelto.
Sigo aquí porque no hay alternativa. Me levanto, hago lo que tengo que hacer, y vuelvo a acurrucarme. No busco compasión; no quiero lástima de nadie.
Solo necesitaba decirlo: cuando pierdes a la persona con quien tejiste tu vida, te quedas en un lugar donde todo lo demás pierde sentido, como si el reloj del mundo se deshiciera en polvo sobre la alfombra.







