Nochebuena. Hoy he preparado la mesa para dos personas, aunque tenía asumido que cenaría sola. He sacado del armario aquellas copas de cristal antiguas, las buenas, y las he colocado con cuidado sobre el mantel. Luego he dado un paso atrás.
Dos cubiertos.
Dos platos.
Dos servilletas almidonadas, planchadas hasta crujir entre los dedos.
Como si, en cualquier momento, fuera a entrar por la puerta y a decir, como siempre, que ya es hora de sentarse, que hace frío fuera, que la Navidad no espera a nadie. Pero no iba a entrar. Hace un año que ya no está.
El móvil guardaba silencio.
Mi hija, Lucía, este año no podía venir.
Ni una llamada de los nietos.
He recorrido con la mano el mantel blanco, aquel de flores que bordé de joven, cuando aún soñábamos juntos. A él le encantaba. Decía que le recordaba a mis ojos de entonces.
Por una fracción de segundo he sonreído primera vez en todo el día.
He cocinado sus platos preferidos. No por esperar visitas, sino porque así lo he hecho siempre; porque mi corazón todavía no asume que el sitio frente a mí permanecerá vacío para siempre.
Me he sentado, he contemplado la mesa y he visto que era bonita. Tan bonita como siempre ha estado en Nochebuena.
He recordado la última Navidad juntos. Ya estaba débil, pero se sentó frente a mí, me miró sonriendo y me pidió, casi suplicando, que no me cerrara al mundo cuando él faltase. Que siguiera viviendo, que no renunciara.
Aquel día prometí.
El reloj repicaba. Fuera, las calles de Valladolid lucían sus luces, la gente reía, algunos niños corrían pisando la escarcha bajo los faroles. En algún rincón había celebración, brindis, villancicos. Aquí dentro sólo quietud.
Muy tarde sonó el teléfono. Una llamada breve. Voz alegre desde lejos. Rápida, sin preguntas, sin tiempo.
Después, de nuevo, el silencio.
He agarrado la copa frente a mí, la he levantado un poco y, entre susurros, le he dado las gracias: por tantos años, por tanto amor, por el simple hecho de haber sido de alguien.
Luego me he puesto a recoger la mesa. Despacio, sin prisa. Como se recogen las cosas que sabes, en el fondo, que no volverán a ser igual.
Me he sentado junto a la ventana, envuelta en la oscuridad del salón. Afuera, la Navidad seguía su curso, llena de vida. Dentro quedaba sólo el recuerdo.
La mesa para dos estaba puesta.
Sólo que uno de los sitios, seguía vacío.
¿Alguna vez has preparado la mesa para alguien que ya no está? No porque esperes que vuelva, sino porque el corazón, por mucho que pasen los años, todavía no ha aprendido a dejarlo ir.







