La felicidad ajena
Hoy, mientras trabajaba en el pequeño huerto de la casa en las afueras de Segovia, no pude evitar pensar en lo temprana que llegó esta primavera. Apenas estamos a finales de marzo y ya no queda ni rastro de nieve en el campo: el sol calienta tanto, que salí sin chaqueta a reparar la valla caída y a mirar qué habría que arreglar en el cobertizo de leña.
Me dije que este año sí, que tal vez sería buen momento para criar unas gallinas y un cerdito. Igual hasta adopto un perrillo y un gato, aunque ya he vivido lo mío, me reí para mis adentros, suficiente está bien.
Con ganas de arar ya el huerto y plantar las primeras semillas, recordé lo que disfrutaba de niño corriendo descalzo sobre la tierra mojada, sintiendo ese cosquilleo calentito del suelo de Castilla, blando como el algodón debajo de los pies.
Aún nos queda vida por delante me dije en voz alta, pensando en nadie en particular.
¡Buenos días!
Me llevé un susto. En la verja apareció una chiquilla, poco más que adolescente, con un abrigo escolar gris, uno de esos que dan en el instituto público del pueblo, zapatos flojos y medias de nailon color piel… demasiado primaveral para el fresco de estas fechas, pensé, esos zapatos no valen nada, la suela se deshace si pisa un charco.
La joven se movía insegura, cambiando el peso de un pie al otro.
Buenos días contesté seco.
Perdone, ¿puedo pasar un momento a su baño?
Ah, claro, pasa. Al fondo, derecho y luego a la izquierda.
La observé curiosa mientras echaba a correr, casi niña, casi mujer.
Gracias, me ha salvado usted. Estoy buscando una habitación, ¿no alquila usted, verdad?
No tenía pensado, ¿y eso?
Pues… busco una habitación porque no quiero quedarme en la residencia de estudiantes. Allí beben, fuman, entran chicos a todas horas…
¿Y cuánto piensas pagar?
Cincuenta euros… no tengo más…
Venga, entra un momento en casa. Vamos.
¿Puedo ir primero de nuevo al baño?
Corre…
¿Cómo te llamas? le pregunté al dejarla pasar.
Luz me respondió, casi entre susurros.
Luz, ¿qué te trae hasta aquí?
Yo… busco una habitación…
No me mientas, Luz. ¿A qué has venido?
Puedo ir otra vez… al baño…
¿Pero tú estás bien?
No sé… dijo la muchacha, casi llorando no aguanto el dolor…
Ve, tranquila…
La seguí hasta el pasillo.
¿Te duele al orinar?
Sí… todo me escuece…
Ya veremos, dime de verdad, ¿por qué vienes?
Guardó silencio, recogiendo fuerzas.
¿Bueno? ¿Te escucho? Si vienes a robar, aquí no hay nada que llevarse. ¿Quién te manda?
Nadie… sólo vengo yo… ¿Tú eres Carmen Serrano Hernández?
Yo soy…
¿No me reconoces…? Mamá, soy yo, Luz… Tu hija.
Me quedé con la espalda recta, mudo, la cara curtida por años de campo y de viento no se estremeció ni un segundo.
¿Luz…? susurré Hija… Luz…
Sí, mamá… Soy yo. En el orfanato no me daban tu dirección, decían que no podían, que no estaba permitido, ¿te imaginas mamá? Al final convencí a mi profesora, una mujer buenísima, Mercedes Gómez, que me ayudó a buscar. Con ella conseguimos tu nombre, tus apellidos… y dimos con la dirección. Por eso estoy aquí.
No podía moverme. Sólo sentía las lágrimas correr por mis mejillas arrugadas.
Luz, Luchi, hija mía…
Mamá… Ay, mamá… cuánto he soñado verte, cuánto te he buscado… Decían que me habías dejado, que te había dado igual. Pero yo siempre creí en ti, mamá… Yo te creí…
La abracé con temor, las manos endurecidas por la labor del campo no encontraban ángulo para rodear el torpe jersey de lana de mi pequeña… de mi hija, de mi Luchi…
Nos quedamos allí, callados, abrazados, sin necesitar palabras. Lo demás vino después: recordando lo que la abuela me enseñó, y por pura experiencia, anduve de aquí para allá preparando una infusión, calentando la bolsa de agua, curando a mi niña, mi Luz, mi razón de vivir.
Había vuelto a tener un propósito. Dios se apiadó de mí, aún no lo había perdido todo…
El huerto, el cerdito, el abrigo para arreglar… tenía mis ahorros, y estaba tan cansada y a punto de dejar este mundo. Pero llegó ella, mi hija Luz.
***
Después:
Mamá…
¿Qué, hija?
Mami…
Dime, mi vida.
Luchi cogió una empanadilla de la mesa, de las que yo le había hecho esa mañana. Tenía ya las mejillas redondas, vestía como una princesa, y yo me sentía rejuvenecer.
Mami…
¿Qué pasa, hija?
Estoy enamorada…
¿Eso? sonreí.
Sí, sí, se llama Miguel. Es tan bueno, mamá, y quiere conocerte…
Veremos, veremos…
Por dentro pensé: ya se acaban los días felices, Dios da y Dios quita.
Mamá, ¿te pasa algo?
No, cariño, nada. Has crecido tan deprisa… No me ha dado tiempo ni a quererte tanto como quería…
Mamá, pero si me quieres con toda tu alma, ¿cómo dices eso?
Conocer a Miguel fue bonito. Era un chico de pueblo, formal y trabajador, cayó bien en casa, y para qué engañarnos: buen marido sería para mi Luz.
Tiempos difíciles aquellos. Más de uno pasaba hambre, mientras otros daban manjares al perro.
Pero Luz, Miguel y yo sobrevivíamos. Yo cosía bien, aunque la fábrica cerró, seguí trabajando en una cooperativa de confección, y vestía a mi hija y a mi yerno con buenos trapos.
Miguel no paraba, arregló la cerca, cambió las vigas del sótano con sus hermanos, restauró el cobertizo y le dio nueva vida a la casa, igual que cuando volvió a mí mi pequeña y ojalá tan lista y tan guapa Luz.
Mi corazón se ablandó, rejuveneció con ganas de vivir el triple, de olvidar el pasado vergonzoso y doloroso, aunque a veces las noches me hacían presa y no me dejaban soltar ni el lamento…
Mamá, ¿estás bien?, ¿te duele algo?
No, hija, duerme, mi vida…
¿Mami, puedo dormir contigo?
Claro… me aparté en la cama para hacerle sitio.
Mi pequeña, mi niña, cuánto amor cabe en este corazón. Gracias, Dios mío, por dejarme sentir esto.
Se casaron, los jóvenes se quedaron a vivir conmigo, y yo florecía. En el trabajo notaban cómo la siempre seria doña Carmen no podía contener la sonrisa, ni siquiera el rubor en las mejillas.
Vas a tener nieto o nieta, Carmen les susurraba a las compañeras, ay, qué nervios.
¡Es tan buena la hija de Carmen! suspiraban, cuánto la quiere.
¡Nieto! Llegó Juanito, en honor a mi madre, abuela de Luz, severa pero justa. Y yo, que no había vuelto a tener un bebé en brazos desde mi Luz, sentía latir el corazón con fuerza… Eso sí que era felicidad.
Todo mi pensamiento era para Juanito: el más guapo, el más bueno, el nieto. Miguel amplió la casa, construyó otra ala, no podían imaginar su vida sin la madre.
Reinventaron el negocio familiar, montaron una ferretería, abrieron una tienda de materiales, y vivíamos tranquilos.
Y más buenas noticias: llegaba una niña. Mi nieta Julia. Cosí vestidos, preparé mil lazos y trajes. Julia, qué niña tan preciosa.
La casa rebosaba de risas infantiles.
Todo marchaba bien hasta que empecé a sentir siempre ese ardor en el pecho.
Mamá, mi madre querida, pero ¿cómo no decías nada? ¿Dónde te duele?
Todo está bien, hija, no te preocupes…
***
… Demasiado tarde, no podemos hacer más dijo el médico.
Doctor, ¿cómo puede ser? Ella… ella… es mi madre…
Lo siento mucho…
***
Luz, hija… me tengo que ir, perdóname, ya viví de más. Hace mucho que la vida me había dejado atrás, pero tú me salvaste, viniste a buscarme…
Mamá, no digas eso…
No me dejes sin decirte… no soy tu madre de sangre, Luz. Perdóname…
¡Mamá! Nunca digas eso ni a mí ni a nadie, ¿me oyes? Eres mi madre, aunque no quieras oírlo, siempre lo fuiste.
Sí, hija Te quiero, Luz Mi diario está ahí, al fondo Perdóname, hija, yo te quiero.
Y yo a ti, mamá… mamá…
***
Luz, come algo…
Ya, Miguel… en un momento… ve tú primero.
Me quedé en la habitación materna leyendo el cuaderno de mi madre, tal como había dicho. Su vida, la de Carmen, era implacable: abandono, trabajo, seriedad y tristezas. De niña, hija de una madre rígida y de padre muerto en la guerra, la llamaban Carmencita y era alegre y orgullosa.
Se enamoró de un golfo, vivió una vida loca y honda, de riesgos y fiestas. Siguió a ese hombre hasta perderlo todo, hasta que la prisión, el frío y la soledad acabaron con sus fuerzas. Soñó con ser madre de verdad, pero la vida la devolvió a la tierra, sola y sin esperanzas, hasta que la casualidad o el destino me trajo a su puerta y me adoptó como hija suya, aunque no tuviera su sangre.
Ella siempre pensó que yo no descubriría que, en realidad, mi madre de verdad la había abandonado, se había casado, cambiado de ciudad. Pero yo lo supe desde casi el principio; cuando fui a vivir con Carmen me advirtieron del error en los papeles, que buscara a Ana, madre legítima. La encontré: Ana tenía su vida hecha y no quería saber nada de mí, me veía como un estorbo y sólo buscaba compensar con dinero su mala conciencia.
En ese pozo de tristeza, volver a casa de Carmen fue lo mejor. Allí, cuando enfermé y ella me cuidó, supe que aquella mujer, aunque por casualidad, siempre había sido mi verdadera madre. Dios sabe a cada cual dónde lo lleva, y yo nunca dejaré de dar gracias por aquella confusión o aquel destino.
¿Qué haré yo ahora, sin ti, mamá…?
Luz, Luz…
Déjala, Miguel, tiene que llorar, ha enterrado a su madre…
***
Abuela, ¿la abuela Carmen era buena?
Muchísimo, hija.
¿Y era guapa?
La más guapa, Julita.
¿Y quién le puso ese nombre?
Supongo que su padre o su madre…
¿Tu abuelo o tu abuela?
Sí, mi abuelo o mi abuela.
¿A mí me llamaste como a la bisabuela? ¿A tu madre?
Sí, tu padre y yo. Él la quería mucho.
¿Y ella me puede ver ahora?
Por supuesto, te cuida y te acompaña siempre.
Yo te quiero, bisabuela Carmen la niña deja una corona de margaritas en la tumba de mi madre.
Y yo a ti, pequeña susurran las hojas del álamo… nosotros también te queremos, responde el viento.
***
Hoy, sentado aquí, tras todas estas páginas, entiendo el verdadero valor de la felicidad, la que encontramos y nos encuentra, a veces incluso cuando no nos corresponde. La vida te da sorpresas; la verdadera familia es la que te acoge, la que te cuida aunque no comparta tu sangre y te enseña a querer incluso lo ajeno. Eso aprendí de mi madre Carmen: la felicidad, aunque no sea la tuya de nacimiento, cuando la quieres de verdad, se convierte en la tuya para siempre.







