La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerta; la primavera había llegado pronto aquel año, aún era finales de marzo pero toda la nieve ya se había derretido. Sabía que volvería el frío, pero mientras el sol calentaba así, Ana salía afuera con ganas de hacer algo: apuntalar la valla caída, arreglar el cobertizo de la leña. Tendría que comprar unas gallinas y un cerdito, y también un perro y un gato. Basta, ya está bien, pensó Ana sonriendo para sí misma, con eso es suficiente. Tenía ganas ya de arar el huerto cuanto antes, ponerse con los bancales, respirar el aroma de la tierra de toda la vida, como cuando era niña, descalzarse y correr por el campo recién arado, hundiéndose hasta los tobillos en la tierra húmeda y tibia, suave como el algodón. -Aún nos queda vida, -le dijo en voz alta a alguien invisible. -Hola Ana se sobresaltó. Una chica, apenas una adolescente, estaba junto a la verja. Llevaba una gabardina gris —Ana las conocía, las repartían en los institutos de FP del pueblo—, zapaticos finos, medias color carne. Con este tiempo, aún hacía frío para ir sólo con esas medias, pensó Ana, tan jovencita, se va a enfriar, además los zapatos parecen de papel, con la suela de cartón, de mala calidad, anotó mentalmente Ana. La chica se movía de un pie a otro, nerviosa. -Hola, —dijo Ana secamente. -Perdón, ¿podría usar su baño? -Anda, ve. Todo recto y luego a la derecha. Ana observaba con interés a la muchacha mientras corría. -Gracias, me ha salvado. Busco piso de alquiler, ¿no tendrá una habitación disponible? -No pensaba alquilar, ¿para qué la buscas? -Quiero alquilar una habitación, no quiero vivir en la residencia, allí se emborrachan y fuman. Y los chicos entran por todas partes. -¿Y cuánto piensas pagar? -Cinco rublos… no tengo más. -Venga, pasa a la casa, entra, entra. -¿Puedo ir otra vez al baño? -Ve… -¿Cómo te llamas? -le preguntó Ana al meterla en casa. -Olga —susurró la chica, como un ratoncito—. O sea, Olya… Bueno… Olya, ¿para qué has venido? —Ana la miraba fijamente. -Yo… quería alquilar una habitación… -No me engañes… Olya… ¿por qué has venido? -¿Puedo ir otra vez al baño…? -¿Qué te pasa, niña? -No lo sé, —dijo la chica llorando—, no puedo aguantar más. -Ve… Ana salió tras ella. -¿Es para hacer pis o…? -No, —negó—, es que todo me arde… Ya lo hablamos luego, ahora diga, ¿por qué ha venido? La chica guardaba silencio, recogiendo fuerzas. -¿Sí? Si has venido a robar, no tengo nada, di la verdad, ¿quién te ha mandado? -Nadie, he venido sola. ¿Usted… usted es Ana Pavlovna Samoylova? -¿Yo? Sí… -No me reconoce… Mamá, soy yo… Olya… tu hija. Ana se sentó tiesa. En su semblante endurecido por los años, el viento y el frío, no se movió ni un músculo. -Olya… —susurró la mujer— hija… mi Olyushka… -Sí, mamá… soy yo… En el orfanato nunca me dieron tu dirección, decían que no podían, mamá… Pero hablé con mi profesora, Anastasia Sergeyevna, del colegio, que es un encanto y me ayudó, hicimos la gestión y encontramos tu nombre, tu apellido, y luego la dirección… y aquí estoy. Ana seguía sin moverse, con lágrimas rodando por las mejillas. -Olya, Olyushka… hijita… -Mamá, mamá —gritó la niña lanzándose a su cuello—, cuánto tiempo te he estado buscando, mamá. Te escribía cartas y se reían, decían que me habías abandonado, dejado como a una cosa… Pero yo creía, mamá… Yo creía… Con timidez, Ana abrazó a la chica, sus manos endurecidas, llenas de callos, se aferraban al jersey de punto grueso de Olya, su hija… su hijita, Olyushka… Se sientan fundidas en el abrazo, no necesitan hablar, ya está todo dicho. Después, recordando enseñanzas de la abuela, corretea, calienta agua, le hace una infusión de eneldo, baña a su hija, su Olyushka-hermosa. Olga, hijita mía, razón de mi vida. Ya tengo para qué vivir, ya tengo… Él lo quiso así, Él tuvo clemencia, no está todo perdido… El huerto, el cerdito, hay que arreglarle el abrigo. Tengo unos ahorros, no era para morirse… y apareció la hija, la Olyushka… *** -Mamá, -¿Sí? -Mamá… -Di, corazón. Olya cogió una empanadilla de la mesa, la que había hecho su madre, ya tenía las mejillas redondas, su madre la vestía como a una muñeca y ella hasta parecía más joven. -Mamitaaaaa -¿Qué pasa ahora? Mamá, me he enamorado. -¡Vaya! -Sí, mamá, es tan bueno, se llama Iván, es tan… Quiere conocerte… -No sé… Dentro pensó: se han acabado los días dichosos, Él me lo dio, Él me lo quita. -Mamá, ¿qué te pasa, mamá? -Nada, hija, nada, mi niña. Qué deprisa has crecido, cómo pasa el tiempo… Perdona, Olyushka… -Mamá, madre, ¿cómo puedes…? No digas eso. Tendremos hijos, ¿sabes cuánto te quiero, cuánto te he buscado? ¡Cómo puedes pensar o decir eso, madre queridísima! Te quiero, mamá. Iván, el chico del pueblo, trabajador y sensato, cayó bien a Ana, pensó que por fin podía dar la mano de su hija con tranquilidad. Eran tiempos duros; algunos apenas comían y otros alimentaban mejor a los perros que a las personas. Ana, Olya e Iván no pasaban necesidad; Ana cosía muy bien, cuando cerraron la fábrica entró en una cooperativa, allí pagaban bien, vistió a su Olya de firmamento y también al yerno. Iván no paraba quieto: levantó una valla nueva, cambió las traviesas podridas del hogar, arregló el granero, la casa se llenó aún más de vida desde la llegada de Olya. El corazón de Ana se derritió, volvió a sentir ganas de vivir por todo lo pasado, por los años duros y por todo lo que deseaba olvidar, aunque de noche a veces regresaban los recuerdos y el llanto era inevitable… -Mamá, ¿qué te pasa, mamá? ¿Dónde te duele? -No es nada, hija, duerme, duerme, preciosa… -Mamá, ¿puedo dormir contigo? -Claro, —Ana se hacía a un lado para dejarle espacio a la hija en la cama. Mi niña, niña mía, el corazón me estalla de amor. Éste es el amor de madre, gracias Señor, gracias por permitírmelo conocer. Se casaron, los jóvenes se quedaron a vivir con Ana, ella florecía como una amapola. Hasta en el trabajo notaron que la siempre severa Ana Pavlovna ya no podía ocultar la sonrisa. -Voy a ser abuela, —susurró a las compañeras durante el café—, estoy nerviosa. Qué hija más buena tiene Ana Pavlovna, suspiraban todas, cómo la quiere. ¡Un nieto! ¡Ha nacido Antoñito! … Por mi madre, la abuela de Olya, —decía Ana contenta— Era estricta, pero justa, —decía divertida—. Tan bonito que es, ay, no puedo… Nunca tuve un bebé en brazos… Desde Olya, nunca, han pasado tantos años… Lo sostengo y me late la cabeza de pura dicha. Ahora todos sus pensamientos son para Antoñito. El mejor, el más guapo, se queda pegado siempre a su abuela. Iván se puso a construir, levantó una casa enorme y Ana tenía su sitio, ¿cómo no? No imaginaban nada sin la madre. Iván y sus hermanos montaron una empresa de construcción, abrieron tienda de materiales, vivían con tranquilidad… Y hubo otra buena noticia, venía una niña, una nietecita. Cuántos vestidos no cosió Ana para su nieta, cuántos trajes preciosos preparó. Marinita, niña bonita. Una niña preciosa. No dejaba de sonar la risa infantil en casa. Todo iba bien para Ana, aunque últimamente sentía un ardor en el pecho, ardía mucho. -Mamá, mamá querida, ¿por qué no decías nada? ¿Dónde te duele? ¿Dónde? -Todo va bien, hija, todo bien… *** …Es tarde, no podemos hacer nada. -Doctor, doctor, ¿cómo es esto posible?, es… es… mi madre… -Entiendo, lo siento. *** -Hija, Olyushka… me voy. Perdoname, he vivido de más. Hace tiempo que me dieron por muerta, pero llegaste tú y me salvaste, viniste a mí, mi niña… -Mamá, no digas eso… -Hija, quiero decirte algo, ay qué difícil… escucha… Yo no soy tu madre, Olya. Perdóname… -¡Mamá! ¡Mamá, eso no lo digas nunca, ni a nadie, ¿oyes? Eres mía, ni quiero oír hablar de otra cosa. Eres mi madre… ¿entiendes? -Sí, hija… ya lo he entendido, corazón… En el cuaderno está, mi diario… Perdóname, Olya. Te quiero, hija mía. -Yo también te quiero, mamá… Mamá… Mamá… *** -Olya, deberías comer… -Sí, Iván… ahora… Ve tú… Olya se quedaba en la habitación de su madre, leyendo su cuaderno. Allí estaba la vida de Ana, sin piedad, con lo feo y lo alegre. Madre dura, Antonia, padre muerto en la guerra. Anna, Anita, Aniuta-flor. Se enamoró de un ladrón, qué vida más descarriada. Diversión, peligro, la sangre joven… Se fue con el ladrón… Y así, se tragó la vida… Un pozo, muchos años, y luego, la vejez de golpe. Saltó la vida como la cigarra. El ladrón desapareció en prisión, no quedaba nadie… Hubiera habido un bebé, pero se resfrió en la nieve ayudando a escapar a su ladrón, juventud y locura. Lo perdió todo, hasta lo más esencial como mujer… Sin niños, sin gatitos, sólo le quedó la casa de la madre y se aposentó allí, curándose poco a poco. Los médicos le dijeron que esperara, o una cosa u otra. Fue a la iglesia, pidió perdón, lo pasó duro… Y entonces Dios le envió una alegría inesperada, no quiso dejarla pasar. Pensó: aunque sea por poco tiempo, seré madre, a ver qué tal es, a sentirlo… Hija, Olya, luz de mi vida, nunca creí que viviría tanto, —escribe en tercera persona—. Felicidad, como todos, trabajo, vivo. Tengo hija, mi alma, mi corazón. Y hasta la enfermedad parece que se fue. Perdóname Señor mi petición, déjame vivir para cuidar de mis nietos, ayudar a mi hija… Se relajó, al principio tenía miedo. Miedo de que Olya supiera la verdad, que era sólo tocaya, o que hubiera un error. Luego dejó de tener miedo y empezó a vivir. Por fin creyó que lo merecía… Perdón, hija, perdón por haberte robado a tu madre verdadera, así es mi felicidad robada… -Mamá, —llora Olya—, mamita querida. Espero que me escuches. Yo supe, casi enseguida supe. Cuando vivía contigo, me dijeron que los datos no eran correctos, que Anna era Ivánovna, la busqué, sólo por curiosidad. Ella misma me rechazó, se casó, yo le estorbaba, mamá… Ella vive, tiene su familia, no le importé nunca, mamá. Tenía miedo de que nos vieran juntas. De que se supiera de mí, me ofrecía dinero, mamá… Me fui, huí, mamá. ¿Recuerdas, mamá, cuando caí tan enferma? Tuve fiebre, ¿recuerdas, mamita? Tú, mi madre, agradezco a Dios que nos haya unido, tanto tiempo quise encontrarte. Eres tú mi madre… Qué suerte que se equivocaron, o quizá no fue un error, allá arriba lo sabrán, quién va con quién y a dónde. ¿Cómo vivir sin ti ahora, mamá? -Olya, Olya… -Iván, déjame llorar, he enterrado a mi madre, ¿no lo ves? *** -Abuela, ¿era buena la abuela Ana? -Muy buena, cariño. -¿Y era guapa? -La más guapa, Anechka. -¿Quién le puso ese nombre? -No lo sé, tu abuelo o tu abuela, quizá. -Tu abuelo, o tu abuela. -Sí, mi abuelo o mi abuela. -¿A mí me pusiste el nombre de la bisabuela? ¿El de tu madre? -Sí, yo y tu papá, le quería mucho a su abuela. -¿Ella me ve? -Claro que sí, te cuida siempre. -Te quiero, bisabuela Anita —la niña deja una corona de flores en la tumba de la bisabuela. -Y yo a ti, pequeña, —susurra el abedul—. Y todos nosotros, contesta el viento.

La felicidad ajena

Hoy, mientras trabajaba en el pequeño huerto de la casa en las afueras de Segovia, no pude evitar pensar en lo temprana que llegó esta primavera. Apenas estamos a finales de marzo y ya no queda ni rastro de nieve en el campo: el sol calienta tanto, que salí sin chaqueta a reparar la valla caída y a mirar qué habría que arreglar en el cobertizo de leña.

Me dije que este año sí, que tal vez sería buen momento para criar unas gallinas y un cerdito. Igual hasta adopto un perrillo y un gato, aunque ya he vivido lo mío, me reí para mis adentros, suficiente está bien.

Con ganas de arar ya el huerto y plantar las primeras semillas, recordé lo que disfrutaba de niño corriendo descalzo sobre la tierra mojada, sintiendo ese cosquilleo calentito del suelo de Castilla, blando como el algodón debajo de los pies.

Aún nos queda vida por delante me dije en voz alta, pensando en nadie en particular.

¡Buenos días!

Me llevé un susto. En la verja apareció una chiquilla, poco más que adolescente, con un abrigo escolar gris, uno de esos que dan en el instituto público del pueblo, zapatos flojos y medias de nailon color piel… demasiado primaveral para el fresco de estas fechas, pensé, esos zapatos no valen nada, la suela se deshace si pisa un charco.

La joven se movía insegura, cambiando el peso de un pie al otro.

Buenos días contesté seco.

Perdone, ¿puedo pasar un momento a su baño?

Ah, claro, pasa. Al fondo, derecho y luego a la izquierda.

La observé curiosa mientras echaba a correr, casi niña, casi mujer.

Gracias, me ha salvado usted. Estoy buscando una habitación, ¿no alquila usted, verdad?

No tenía pensado, ¿y eso?

Pues… busco una habitación porque no quiero quedarme en la residencia de estudiantes. Allí beben, fuman, entran chicos a todas horas…

¿Y cuánto piensas pagar?

Cincuenta euros… no tengo más…

Venga, entra un momento en casa. Vamos.

¿Puedo ir primero de nuevo al baño?

Corre…

¿Cómo te llamas? le pregunté al dejarla pasar.

Luz me respondió, casi entre susurros.

Luz, ¿qué te trae hasta aquí?

Yo… busco una habitación…

No me mientas, Luz. ¿A qué has venido?

Puedo ir otra vez… al baño…

¿Pero tú estás bien?

No sé… dijo la muchacha, casi llorando no aguanto el dolor…

Ve, tranquila…

La seguí hasta el pasillo.

¿Te duele al orinar?

Sí… todo me escuece…

Ya veremos, dime de verdad, ¿por qué vienes?

Guardó silencio, recogiendo fuerzas.

¿Bueno? ¿Te escucho? Si vienes a robar, aquí no hay nada que llevarse. ¿Quién te manda?

Nadie… sólo vengo yo… ¿Tú eres Carmen Serrano Hernández?

Yo soy…

¿No me reconoces…? Mamá, soy yo, Luz… Tu hija.

Me quedé con la espalda recta, mudo, la cara curtida por años de campo y de viento no se estremeció ni un segundo.

¿Luz…? susurré Hija… Luz…

Sí, mamá… Soy yo. En el orfanato no me daban tu dirección, decían que no podían, que no estaba permitido, ¿te imaginas mamá? Al final convencí a mi profesora, una mujer buenísima, Mercedes Gómez, que me ayudó a buscar. Con ella conseguimos tu nombre, tus apellidos… y dimos con la dirección. Por eso estoy aquí.

No podía moverme. Sólo sentía las lágrimas correr por mis mejillas arrugadas.

Luz, Luchi, hija mía…

Mamá… Ay, mamá… cuánto he soñado verte, cuánto te he buscado… Decían que me habías dejado, que te había dado igual. Pero yo siempre creí en ti, mamá… Yo te creí…

La abracé con temor, las manos endurecidas por la labor del campo no encontraban ángulo para rodear el torpe jersey de lana de mi pequeña… de mi hija, de mi Luchi…

Nos quedamos allí, callados, abrazados, sin necesitar palabras. Lo demás vino después: recordando lo que la abuela me enseñó, y por pura experiencia, anduve de aquí para allá preparando una infusión, calentando la bolsa de agua, curando a mi niña, mi Luz, mi razón de vivir.

Había vuelto a tener un propósito. Dios se apiadó de mí, aún no lo había perdido todo…

El huerto, el cerdito, el abrigo para arreglar… tenía mis ahorros, y estaba tan cansada y a punto de dejar este mundo. Pero llegó ella, mi hija Luz.

***
Después:

Mamá…

¿Qué, hija?

Mami…

Dime, mi vida.

Luchi cogió una empanadilla de la mesa, de las que yo le había hecho esa mañana. Tenía ya las mejillas redondas, vestía como una princesa, y yo me sentía rejuvenecer.

Mami…

¿Qué pasa, hija?

Estoy enamorada…

¿Eso? sonreí.

Sí, sí, se llama Miguel. Es tan bueno, mamá, y quiere conocerte…

Veremos, veremos…

Por dentro pensé: ya se acaban los días felices, Dios da y Dios quita.

Mamá, ¿te pasa algo?

No, cariño, nada. Has crecido tan deprisa… No me ha dado tiempo ni a quererte tanto como quería…

Mamá, pero si me quieres con toda tu alma, ¿cómo dices eso?

Conocer a Miguel fue bonito. Era un chico de pueblo, formal y trabajador, cayó bien en casa, y para qué engañarnos: buen marido sería para mi Luz.

Tiempos difíciles aquellos. Más de uno pasaba hambre, mientras otros daban manjares al perro.

Pero Luz, Miguel y yo sobrevivíamos. Yo cosía bien, aunque la fábrica cerró, seguí trabajando en una cooperativa de confección, y vestía a mi hija y a mi yerno con buenos trapos.

Miguel no paraba, arregló la cerca, cambió las vigas del sótano con sus hermanos, restauró el cobertizo y le dio nueva vida a la casa, igual que cuando volvió a mí mi pequeña y ojalá tan lista y tan guapa Luz.

Mi corazón se ablandó, rejuveneció con ganas de vivir el triple, de olvidar el pasado vergonzoso y doloroso, aunque a veces las noches me hacían presa y no me dejaban soltar ni el lamento…

Mamá, ¿estás bien?, ¿te duele algo?

No, hija, duerme, mi vida…

¿Mami, puedo dormir contigo?

Claro… me aparté en la cama para hacerle sitio.

Mi pequeña, mi niña, cuánto amor cabe en este corazón. Gracias, Dios mío, por dejarme sentir esto.

Se casaron, los jóvenes se quedaron a vivir conmigo, y yo florecía. En el trabajo notaban cómo la siempre seria doña Carmen no podía contener la sonrisa, ni siquiera el rubor en las mejillas.

Vas a tener nieto o nieta, Carmen les susurraba a las compañeras, ay, qué nervios.

¡Es tan buena la hija de Carmen! suspiraban, cuánto la quiere.

¡Nieto! Llegó Juanito, en honor a mi madre, abuela de Luz, severa pero justa. Y yo, que no había vuelto a tener un bebé en brazos desde mi Luz, sentía latir el corazón con fuerza… Eso sí que era felicidad.

Todo mi pensamiento era para Juanito: el más guapo, el más bueno, el nieto. Miguel amplió la casa, construyó otra ala, no podían imaginar su vida sin la madre.

Reinventaron el negocio familiar, montaron una ferretería, abrieron una tienda de materiales, y vivíamos tranquilos.

Y más buenas noticias: llegaba una niña. Mi nieta Julia. Cosí vestidos, preparé mil lazos y trajes. Julia, qué niña tan preciosa.

La casa rebosaba de risas infantiles.

Todo marchaba bien hasta que empecé a sentir siempre ese ardor en el pecho.

Mamá, mi madre querida, pero ¿cómo no decías nada? ¿Dónde te duele?

Todo está bien, hija, no te preocupes…

***

… Demasiado tarde, no podemos hacer más dijo el médico.

Doctor, ¿cómo puede ser? Ella… ella… es mi madre…

Lo siento mucho…

***

Luz, hija… me tengo que ir, perdóname, ya viví de más. Hace mucho que la vida me había dejado atrás, pero tú me salvaste, viniste a buscarme…

Mamá, no digas eso…

No me dejes sin decirte… no soy tu madre de sangre, Luz. Perdóname…

¡Mamá! Nunca digas eso ni a mí ni a nadie, ¿me oyes? Eres mi madre, aunque no quieras oírlo, siempre lo fuiste.

Sí, hija Te quiero, Luz Mi diario está ahí, al fondo Perdóname, hija, yo te quiero.

Y yo a ti, mamá… mamá…

***

Luz, come algo…

Ya, Miguel… en un momento… ve tú primero.

Me quedé en la habitación materna leyendo el cuaderno de mi madre, tal como había dicho. Su vida, la de Carmen, era implacable: abandono, trabajo, seriedad y tristezas. De niña, hija de una madre rígida y de padre muerto en la guerra, la llamaban Carmencita y era alegre y orgullosa.

Se enamoró de un golfo, vivió una vida loca y honda, de riesgos y fiestas. Siguió a ese hombre hasta perderlo todo, hasta que la prisión, el frío y la soledad acabaron con sus fuerzas. Soñó con ser madre de verdad, pero la vida la devolvió a la tierra, sola y sin esperanzas, hasta que la casualidad o el destino me trajo a su puerta y me adoptó como hija suya, aunque no tuviera su sangre.

Ella siempre pensó que yo no descubriría que, en realidad, mi madre de verdad la había abandonado, se había casado, cambiado de ciudad. Pero yo lo supe desde casi el principio; cuando fui a vivir con Carmen me advirtieron del error en los papeles, que buscara a Ana, madre legítima. La encontré: Ana tenía su vida hecha y no quería saber nada de mí, me veía como un estorbo y sólo buscaba compensar con dinero su mala conciencia.

En ese pozo de tristeza, volver a casa de Carmen fue lo mejor. Allí, cuando enfermé y ella me cuidó, supe que aquella mujer, aunque por casualidad, siempre había sido mi verdadera madre. Dios sabe a cada cual dónde lo lleva, y yo nunca dejaré de dar gracias por aquella confusión o aquel destino.

¿Qué haré yo ahora, sin ti, mamá…?

Luz, Luz…

Déjala, Miguel, tiene que llorar, ha enterrado a su madre…

***

Abuela, ¿la abuela Carmen era buena?

Muchísimo, hija.

¿Y era guapa?

La más guapa, Julita.

¿Y quién le puso ese nombre?

Supongo que su padre o su madre…

¿Tu abuelo o tu abuela?

Sí, mi abuelo o mi abuela.

¿A mí me llamaste como a la bisabuela? ¿A tu madre?

Sí, tu padre y yo. Él la quería mucho.

¿Y ella me puede ver ahora?

Por supuesto, te cuida y te acompaña siempre.

Yo te quiero, bisabuela Carmen la niña deja una corona de margaritas en la tumba de mi madre.

Y yo a ti, pequeña susurran las hojas del álamo… nosotros también te queremos, responde el viento.

***

Hoy, sentado aquí, tras todas estas páginas, entiendo el verdadero valor de la felicidad, la que encontramos y nos encuentra, a veces incluso cuando no nos corresponde. La vida te da sorpresas; la verdadera familia es la que te acoge, la que te cuida aunque no comparta tu sangre y te enseña a querer incluso lo ajeno. Eso aprendí de mi madre Carmen: la felicidad, aunque no sea la tuya de nacimiento, cuando la quieres de verdad, se convierte en la tuya para siempre.

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MagistrUm
La felicidad ajena Ana trabajaba en su huerta; la primavera había llegado pronto aquel año, aún era finales de marzo pero toda la nieve ya se había derretido. Sabía que volvería el frío, pero mientras el sol calentaba así, Ana salía afuera con ganas de hacer algo: apuntalar la valla caída, arreglar el cobertizo de la leña. Tendría que comprar unas gallinas y un cerdito, y también un perro y un gato. Basta, ya está bien, pensó Ana sonriendo para sí misma, con eso es suficiente. Tenía ganas ya de arar el huerto cuanto antes, ponerse con los bancales, respirar el aroma de la tierra de toda la vida, como cuando era niña, descalzarse y correr por el campo recién arado, hundiéndose hasta los tobillos en la tierra húmeda y tibia, suave como el algodón. -Aún nos queda vida, -le dijo en voz alta a alguien invisible. -Hola Ana se sobresaltó. Una chica, apenas una adolescente, estaba junto a la verja. Llevaba una gabardina gris —Ana las conocía, las repartían en los institutos de FP del pueblo—, zapaticos finos, medias color carne. Con este tiempo, aún hacía frío para ir sólo con esas medias, pensó Ana, tan jovencita, se va a enfriar, además los zapatos parecen de papel, con la suela de cartón, de mala calidad, anotó mentalmente Ana. La chica se movía de un pie a otro, nerviosa. -Hola, —dijo Ana secamente. -Perdón, ¿podría usar su baño? -Anda, ve. Todo recto y luego a la derecha. Ana observaba con interés a la muchacha mientras corría. -Gracias, me ha salvado. Busco piso de alquiler, ¿no tendrá una habitación disponible? -No pensaba alquilar, ¿para qué la buscas? -Quiero alquilar una habitación, no quiero vivir en la residencia, allí se emborrachan y fuman. Y los chicos entran por todas partes. -¿Y cuánto piensas pagar? -Cinco rublos… no tengo más. -Venga, pasa a la casa, entra, entra. -¿Puedo ir otra vez al baño? -Ve… -¿Cómo te llamas? -le preguntó Ana al meterla en casa. -Olga —susurró la chica, como un ratoncito—. O sea, Olya… Bueno… Olya, ¿para qué has venido? —Ana la miraba fijamente. -Yo… quería alquilar una habitación… -No me engañes… Olya… ¿por qué has venido? -¿Puedo ir otra vez al baño…? -¿Qué te pasa, niña? -No lo sé, —dijo la chica llorando—, no puedo aguantar más. -Ve… Ana salió tras ella. -¿Es para hacer pis o…? -No, —negó—, es que todo me arde… Ya lo hablamos luego, ahora diga, ¿por qué ha venido? La chica guardaba silencio, recogiendo fuerzas. -¿Sí? Si has venido a robar, no tengo nada, di la verdad, ¿quién te ha mandado? -Nadie, he venido sola. ¿Usted… usted es Ana Pavlovna Samoylova? -¿Yo? Sí… -No me reconoce… Mamá, soy yo… Olya… tu hija. Ana se sentó tiesa. En su semblante endurecido por los años, el viento y el frío, no se movió ni un músculo. -Olya… —susurró la mujer— hija… mi Olyushka… -Sí, mamá… soy yo… En el orfanato nunca me dieron tu dirección, decían que no podían, mamá… Pero hablé con mi profesora, Anastasia Sergeyevna, del colegio, que es un encanto y me ayudó, hicimos la gestión y encontramos tu nombre, tu apellido, y luego la dirección… y aquí estoy. Ana seguía sin moverse, con lágrimas rodando por las mejillas. -Olya, Olyushka… hijita… -Mamá, mamá —gritó la niña lanzándose a su cuello—, cuánto tiempo te he estado buscando, mamá. Te escribía cartas y se reían, decían que me habías abandonado, dejado como a una cosa… Pero yo creía, mamá… Yo creía… Con timidez, Ana abrazó a la chica, sus manos endurecidas, llenas de callos, se aferraban al jersey de punto grueso de Olya, su hija… su hijita, Olyushka… Se sientan fundidas en el abrazo, no necesitan hablar, ya está todo dicho. Después, recordando enseñanzas de la abuela, corretea, calienta agua, le hace una infusión de eneldo, baña a su hija, su Olyushka-hermosa. Olga, hijita mía, razón de mi vida. Ya tengo para qué vivir, ya tengo… Él lo quiso así, Él tuvo clemencia, no está todo perdido… El huerto, el cerdito, hay que arreglarle el abrigo. Tengo unos ahorros, no era para morirse… y apareció la hija, la Olyushka… *** -Mamá, -¿Sí? -Mamá… -Di, corazón. Olya cogió una empanadilla de la mesa, la que había hecho su madre, ya tenía las mejillas redondas, su madre la vestía como a una muñeca y ella hasta parecía más joven. -Mamitaaaaa -¿Qué pasa ahora? Mamá, me he enamorado. -¡Vaya! -Sí, mamá, es tan bueno, se llama Iván, es tan… Quiere conocerte… -No sé… Dentro pensó: se han acabado los días dichosos, Él me lo dio, Él me lo quita. -Mamá, ¿qué te pasa, mamá? -Nada, hija, nada, mi niña. Qué deprisa has crecido, cómo pasa el tiempo… Perdona, Olyushka… -Mamá, madre, ¿cómo puedes…? No digas eso. Tendremos hijos, ¿sabes cuánto te quiero, cuánto te he buscado? ¡Cómo puedes pensar o decir eso, madre queridísima! Te quiero, mamá. Iván, el chico del pueblo, trabajador y sensato, cayó bien a Ana, pensó que por fin podía dar la mano de su hija con tranquilidad. Eran tiempos duros; algunos apenas comían y otros alimentaban mejor a los perros que a las personas. Ana, Olya e Iván no pasaban necesidad; Ana cosía muy bien, cuando cerraron la fábrica entró en una cooperativa, allí pagaban bien, vistió a su Olya de firmamento y también al yerno. Iván no paraba quieto: levantó una valla nueva, cambió las traviesas podridas del hogar, arregló el granero, la casa se llenó aún más de vida desde la llegada de Olya. El corazón de Ana se derritió, volvió a sentir ganas de vivir por todo lo pasado, por los años duros y por todo lo que deseaba olvidar, aunque de noche a veces regresaban los recuerdos y el llanto era inevitable… -Mamá, ¿qué te pasa, mamá? ¿Dónde te duele? -No es nada, hija, duerme, duerme, preciosa… -Mamá, ¿puedo dormir contigo? -Claro, —Ana se hacía a un lado para dejarle espacio a la hija en la cama. Mi niña, niña mía, el corazón me estalla de amor. Éste es el amor de madre, gracias Señor, gracias por permitírmelo conocer. Se casaron, los jóvenes se quedaron a vivir con Ana, ella florecía como una amapola. Hasta en el trabajo notaron que la siempre severa Ana Pavlovna ya no podía ocultar la sonrisa. -Voy a ser abuela, —susurró a las compañeras durante el café—, estoy nerviosa. Qué hija más buena tiene Ana Pavlovna, suspiraban todas, cómo la quiere. ¡Un nieto! ¡Ha nacido Antoñito! … Por mi madre, la abuela de Olya, —decía Ana contenta— Era estricta, pero justa, —decía divertida—. Tan bonito que es, ay, no puedo… Nunca tuve un bebé en brazos… Desde Olya, nunca, han pasado tantos años… Lo sostengo y me late la cabeza de pura dicha. Ahora todos sus pensamientos son para Antoñito. El mejor, el más guapo, se queda pegado siempre a su abuela. Iván se puso a construir, levantó una casa enorme y Ana tenía su sitio, ¿cómo no? No imaginaban nada sin la madre. Iván y sus hermanos montaron una empresa de construcción, abrieron tienda de materiales, vivían con tranquilidad… Y hubo otra buena noticia, venía una niña, una nietecita. Cuántos vestidos no cosió Ana para su nieta, cuántos trajes preciosos preparó. Marinita, niña bonita. Una niña preciosa. No dejaba de sonar la risa infantil en casa. Todo iba bien para Ana, aunque últimamente sentía un ardor en el pecho, ardía mucho. -Mamá, mamá querida, ¿por qué no decías nada? ¿Dónde te duele? ¿Dónde? -Todo va bien, hija, todo bien… *** …Es tarde, no podemos hacer nada. -Doctor, doctor, ¿cómo es esto posible?, es… es… mi madre… -Entiendo, lo siento. *** -Hija, Olyushka… me voy. Perdoname, he vivido de más. Hace tiempo que me dieron por muerta, pero llegaste tú y me salvaste, viniste a mí, mi niña… -Mamá, no digas eso… -Hija, quiero decirte algo, ay qué difícil… escucha… Yo no soy tu madre, Olya. Perdóname… -¡Mamá! ¡Mamá, eso no lo digas nunca, ni a nadie, ¿oyes? Eres mía, ni quiero oír hablar de otra cosa. Eres mi madre… ¿entiendes? -Sí, hija… ya lo he entendido, corazón… En el cuaderno está, mi diario… Perdóname, Olya. Te quiero, hija mía. -Yo también te quiero, mamá… Mamá… Mamá… *** -Olya, deberías comer… -Sí, Iván… ahora… Ve tú… Olya se quedaba en la habitación de su madre, leyendo su cuaderno. Allí estaba la vida de Ana, sin piedad, con lo feo y lo alegre. Madre dura, Antonia, padre muerto en la guerra. Anna, Anita, Aniuta-flor. Se enamoró de un ladrón, qué vida más descarriada. Diversión, peligro, la sangre joven… Se fue con el ladrón… Y así, se tragó la vida… Un pozo, muchos años, y luego, la vejez de golpe. Saltó la vida como la cigarra. El ladrón desapareció en prisión, no quedaba nadie… Hubiera habido un bebé, pero se resfrió en la nieve ayudando a escapar a su ladrón, juventud y locura. Lo perdió todo, hasta lo más esencial como mujer… Sin niños, sin gatitos, sólo le quedó la casa de la madre y se aposentó allí, curándose poco a poco. Los médicos le dijeron que esperara, o una cosa u otra. Fue a la iglesia, pidió perdón, lo pasó duro… Y entonces Dios le envió una alegría inesperada, no quiso dejarla pasar. Pensó: aunque sea por poco tiempo, seré madre, a ver qué tal es, a sentirlo… Hija, Olya, luz de mi vida, nunca creí que viviría tanto, —escribe en tercera persona—. Felicidad, como todos, trabajo, vivo. Tengo hija, mi alma, mi corazón. Y hasta la enfermedad parece que se fue. Perdóname Señor mi petición, déjame vivir para cuidar de mis nietos, ayudar a mi hija… Se relajó, al principio tenía miedo. Miedo de que Olya supiera la verdad, que era sólo tocaya, o que hubiera un error. Luego dejó de tener miedo y empezó a vivir. Por fin creyó que lo merecía… Perdón, hija, perdón por haberte robado a tu madre verdadera, así es mi felicidad robada… -Mamá, —llora Olya—, mamita querida. Espero que me escuches. Yo supe, casi enseguida supe. Cuando vivía contigo, me dijeron que los datos no eran correctos, que Anna era Ivánovna, la busqué, sólo por curiosidad. Ella misma me rechazó, se casó, yo le estorbaba, mamá… Ella vive, tiene su familia, no le importé nunca, mamá. Tenía miedo de que nos vieran juntas. De que se supiera de mí, me ofrecía dinero, mamá… Me fui, huí, mamá. ¿Recuerdas, mamá, cuando caí tan enferma? Tuve fiebre, ¿recuerdas, mamita? Tú, mi madre, agradezco a Dios que nos haya unido, tanto tiempo quise encontrarte. Eres tú mi madre… Qué suerte que se equivocaron, o quizá no fue un error, allá arriba lo sabrán, quién va con quién y a dónde. ¿Cómo vivir sin ti ahora, mamá? -Olya, Olya… -Iván, déjame llorar, he enterrado a mi madre, ¿no lo ves? *** -Abuela, ¿era buena la abuela Ana? -Muy buena, cariño. -¿Y era guapa? -La más guapa, Anechka. -¿Quién le puso ese nombre? -No lo sé, tu abuelo o tu abuela, quizá. -Tu abuelo, o tu abuela. -Sí, mi abuelo o mi abuela. -¿A mí me pusiste el nombre de la bisabuela? ¿El de tu madre? -Sí, yo y tu papá, le quería mucho a su abuela. -¿Ella me ve? -Claro que sí, te cuida siempre. -Te quiero, bisabuela Anita —la niña deja una corona de flores en la tumba de la bisabuela. -Y yo a ti, pequeña, —susurra el abedul—. Y todos nosotros, contesta el viento.