¡Aléjate de mí! ¡Yo nunca te prometí matrimonio! Y, de hecho, ni sé de quién es ese niño.
¿Y si al final ni siquiera es mío?
Así que, búscate la vida, que yo me iré por mi camino me soltó Víctor, aquel ingeniero que estuvo una temporada en nuestro pueblo, dejándome desorientada y dolida.
Yo me quedé allí, plantada, sin poder terminar de creer lo que escuchaba. ¿Era ese mismo Víctor el que me juraba amor y me tenía sobre un pedestal?
¿Aquel Víctor que me llamaba Valen y me prometía el cielo y las estrellas? Quien estaba ante mí era ahora otro: nervioso, ajeno, frío.
Lloré una semana entera, despidiéndome de Víctor para siempre. Pero con treinta y cinco años a cuestas y sabiendo que nunca fui muy agraciada, y que las posibilidades de encontrar la felicidad eran casi ninguna, decidí ser madre.
Al llegar el momento, di a luz a una niña con un llanto fuerte. La llamé Carmen. Creció tranquila, sin dar problemas ni quejas.
Parecía como si supiera, desde pequeña, que por mucho que gritase o pidiera, nada iba a conseguir. Yo la cuidaba, la vestía, le compraba juguetes pero el cariño no brotaba de mí, ese instinto materno nunca se despertó del todo. Abrazarla o jugar con ella no era algo natural para mí. Siempre tenía una excusa: estaba cansada, tenía trabajo o me dolía la cabeza.
Cuando Carmen cumplió siete años ocurrió lo inesperado: conocí a un hombre. Y no solo eso, ¡me lo llevé a casa! En nuestro pequeño pueblo, aquello fue un escándalo. Decían que yo, Valentina, era una imprudente.
El hombre no era de la zona, no tenía trabajo fijo, venía de no se sabía dónde, y algunos incluso lo tacharon de aprovechado.
De casualidad le conocí en el supermercado en el que yo trabajaba; él venía algunas mañanas a descargar los camiones. A partir de esas charlas sencillas comenzó nuestra historia.
Pronto le invité a instalarse en mi casa. Los vecinos no tardaron en criticarme:
¡Mira que traer a cualquiera a casa! ¿Y tu niña, qué? murmuraban.
Encima él era callado, casi no decía palabra. Eso levantaba aún más sospechas: algo tenía que ocultar.
Pero yo a nadie hacía caso. Sentía que esa era mi última oportunidad para agarrar, aunque fuera un trozo de felicidad.
Y, con el tiempo, quienes lo juzgaban cambiaron de opinión. Mi casa, que necesitaba con urgencia manos de hombre, fue transformándose. Se llamaba Ignacio. Primero arregló la entrada, después reparó el tejado, levantó la valla caída Día tras día, Ignacio ponía la casa en orden; parecía tener oro en las manos. Pronto, la gente empezó a pedirle ayuda.
Si eres mayor o estás sin dinero, te ayudo igualmente. Si no, pues págame en euros o tráeme algo en especie decía él.
De algunos aceptaba euros, de otros leche fresca, conservas, huevos, carne. Yo tenía huerto, pero sin hombre en casa nunca había animales; antes, Carmen apenas tomaba leche o nata. Ahora, en la nevera, siempre había un poco de todo.
Ver cómo Ignacio valoraba los pequeños detalles, me fue cambiando. Empecé a sonreír más, hasta dulcificarme, y hasta fui aprendiendo a mostrar cariño a Carmen. Descubrí que, si sonreía, se me hacían hoyuelos en las mejillas.
Carmen, mientras tanto, crecía y ya iba a la escuela. Un día, al volver de casa de su amiga, se encontró en el patio ¡un columpio! El viento lo mecía suavemente y parecía invitarla.
¡¿Es para mí?! ¡Tío Ignacio, ¿de verdad es para mí?! ¡¿Un columpio?! gritó, sin creer lo que veían sus ojos.
Claro, Carmen, es para ti respondió él, y su cara reservada por fin se iluminó con una sonrisa.
Ella se subió y empezó a columpiarse alto, riendo como nunca. No podía haber una niña más feliz en el mundo.
Como yo entraba muy temprano a trabajar, Ignacio empezó a encargarse también de la cocina. Preparaba desayunos, comidas, y menuda mano tenía para las empanadas y las tartas.
Fue él quien enseñó a Carmen a poner la mesa y a cocinar platos ricos. En ese hombre callado había más talento del que nadie sospechaba.
Cuando llegó el invierno y los días se hacían cortos, Ignacio la llevaba al colegio y la recogía después. Caminaban juntos, él llevando su mochila, contándole historias de su vida: cómo cuidó a su madre enferma, cómo vendió su piso para ayudarla, y cómo su hermano lo engañó y le echó de la casa.
Le enseñó a pescar. En verano, al amanecer, iban juntos al río y esperaban pacientemente a que picasen los peces; ahí aprendía Carmen la paciencia.
A mitad de verano, Ignacio le compró su primera bicicleta y le enseñó a montar. Curaba sus rodillas con mercromina cada vez que se caía.
Ignacio, que la niña se va a matar protestaba yo.
No se va a matar. Tiene que aprender a caerse y a levantarse ella sola respondía él, con firmeza.
Un año por Nochevieja, le regaló unos patines de verdad. Aquella noche cenamos todos juntos, con la mesa puesta gracias a Ignacio y Carmen. Brindamos a medianoche, reímos era una noche especial.
Por la mañana, nos despertó el grito de alegría de Carmen.
¡Patines! ¡Gracias, gracias, son para mí! gritaba abrazada a su regalo, llorando de ilusión.
Después, se fue con Ignacio al río helado; él estuvo quitando la nieve del hielo y luego le enseñó a patinar. Ella caía, pero Ignacio, paciente, la sostenía. Hasta que de pronto, anduvo sola, segura, y no se volvió a caer. Carmen, feliz, daba vueltas de alegría.
Al final, cuando volvían a casa, se lanzó a su cuello:
¡Gracias por todo! ¡Gracias, papá!
Esa vez, fue Ignacio quien lloró, de pura felicidad. Limpió rápido sus lágrimas, para que nadie las viera, pero era imposible detenerlas.
Después, Carmen creció y se marchó a estudiar a Madrid. La vida no le fue fácil, como a casi nadie, pero Ignacio siempre estuvo ahí.
Fue a su graduación. Le llevaba bolsas con comida a la residencia, para que nunca le faltara nada a su niña. La acompañó al altar cuando se casó. Junto a su yerno, esperó bajo las ventanas del hospital la noticia del nacimiento de su nieto. Jugaba con ellos y los quería como si fuesen suyos.
Y cuando llegó el día de la despedida, Carmen y yo, juntas, arrojamos un poco de tierra sobre su tumba y, muy emocionadas, susurramos:
Adiós, papá Siempre serás el mejor padre del mundo. Yo nunca te olvidaré
Y así quedó para siempre en nuestro corazón. No como tío Ignacio ni como padrastro, sino como PADRE Porque a veces, padre no es quien da la vida, sino quien la cría, quien te acompaña en los momentos amargos y dulces, quien está, simplemente, a tu lado.
Así es la vida. Y así lo escribo hoy en mi diario.







