Mi hijo ya no quiere verme: La historia de una madre española que no acepta a la esposa de su hijo, entra en su casa en secreto para cuidarle y acaba provocando una ruptura familiar

Mamá, ¿qué le has dicho a mi mujer? Estaba a punto de hacer la maleta.
Solo le conté la verdad. Tienes que entenderlo, ella no es para ti. Una chica como Covadonga te iría mucho mejor.
¿Covadonga? ¿Pero de dónde te has sacado eso ahora?

Siempre supe que mi hijo era especial, el niño de mis ojos, mi primer churumbel. Cuando creció y se casó, fui incapaz de digerirlo. ¿Cómo iba a aceptar que otro ser humano, una forastera además, pudiera pretender sustituirme? Costó soltarlo, ¡y mira que no quedó más remedio que encomendárselo a otra mujer!

Mi hijo es mi vida. Lo repito más que el ajo: por él haría lo que fuera. Lo saqué adelante sola, porque su padre se pasaba años entre viajes de negocios y ferias del vino. Yo hice de madre, padre y hasta de árbitro de fútbol. Aprendí a cambiarle la cadena a la bici, a chutar un balón e incluso a montar ejércitos de soldaditos con él. Sé que me lo agradece, aunque sólo sea porque le saco las castañas del fuego.

Ahora, qué quiere que te diga, su esposa no lo quiere ni la mitad de lo que lo quiero yo. Ni le cuida bien, ni cocina nada con fundamento, deja la vajilla bailando en el fregadero y va dejando sus trastos por todos lados. Madre de familia… ¡ja! Ni aunque la pusieran con un tutorial de Arguiñano.

Aun así, yo seguía queriendo estar cerca. Por eso, cada semana me plantaba en su piso en Arganzuela. Le recogía la ropa sucia y me la llevaba a casa para lavarla y plancharla. Tengo llaves, claro, ¿cómo no iba a tener? Mientras curraban, entraba como un fantasma, recogía calcetines y jerséis, para que ni su arpía se enterara. Mejor hacerlo yo, que esperar a que le destroce otra vez la colada.

Y es que a mi niño la alergia al detergente barato le saca ronchas. ¿Tú te crees que la nuera después de tres años ha aprendido dónde está el botón de los programas delicados? Yo, pacientemente, lavando con Norit bebés y planchando con esmero, como si fueran pañuelos de la reina. Vamos, que la ropa limpia aparece misteriosamente en su armario, ni se entera.

Eso sí, la nuera no lo entiende. Que si “déjale ser independiente”, que si “métale en un bootcamp de vida adulta”. Y yo venga a pensar… ¡pero si la dejara, vivirían en una pocilga! Amo a mi hijo y quiero verlo sano y feliz, aunque a su señora le chirríe.

Mi marido, que ya ves tú, vino a largarse el día que los calcetines y los partidos de la Champions se le solaparon. Dice que me paso y que ya es mayor, que si ha elegido esa penitencia de mujer, pues que apechugue. Pero yo no duermo tranquila sabiendo que el pobre llega, se fríe unos huevos, plancha unos pantalones y ella tumbada en el sofá tejiendo macramé o mirando Instagram.

Pensé entonces hacer la última colada y santas pascuas. Bien temprano, cuando salieron, bajé al piso y me hice con toda la ropa, incluso cosas de ella (menudo pestazo que llevaban ya). Mandé a mi marido de cañas con su amigo Manolo para que no molestara y me puse manos a la obra.

Lavé mantas, toallas, camisas; todo reluciente. Resultó una talega de ropa que no podía ni con ella, pero suerte que el portal está al lado del mío. Eso sí, vivía en un cuarto sin ascensor ¡y ese día estaban de obras, cómo no! Yo, con mis varices, escaleras arriba suspirando por San Judas.

Tardé un siglo y un día, me deslomé, pero sólo pensaba en mi niño, que no le faltara de nada. Me dolía el alma imaginarle sumido en suciedad, ¡mi hijo en un nido de mugre, por Dios! Y venga a llorar escaleras arriba, dándome pena a mí misma… Si al menos se buscara a otra mujer más apañada, que le cuidara como yo.

Por fin llegué a la puerta y, como siempre, entré sin llamar. Dejé la bolsa, cerré con disimuloque el perrillo del vecino se pone a ladrar como una alarmay me topé con zapatos por todas partes. Eso antes no estaba. Habían debido llegar pronto él y su mujer, y esta desparramada otra vez.

Al avanzar, vi en el suelo sus pantalones. Pensé que se me habrían escapado y fui a recogerlos para plancharlos directamente allí. Justo al agacharme, oí ruidos desde el dormitorio. Miré… y allí estaba: mi hijo en la cama con otra, pelo oscuro esta, nada que ver con la rubia oxigenada de su mujer.

Me quedé seca como un bacalao. Él me vio y pegó tal grito que retumbó el edificio:
¡Mamá, sal de aquí! ¿Pero es que no dejas un respiro ni debajo del agua? Tapándome la cara de la vergüenza, contesté:
Hijo, sal un momento, necesito hablar contigo.
Salió al rato, con la bata que yo le regalé
Mamá, ¿qué haces aquí? ¿Tienes llaves todavía?
Claro, hijo, me las diste tú el año pasado para venir de vez en cuando…
Lo normal es avisar, mamá.
Bueno, sólo venía a traerte la ropa limpita, ya te avisé.
Pensé que venías mañana rezongó mientras evitaba mirarme.

Perdona hijo. ¿Se ha teñido de oscuro tu Lucía?
No, mamá, no es Lucía. Es otra.
¿Le estás poniendo los cuernos?
No hace falta que me crucifiques…
Tranquilo, la vida es tomar decisiones, hijo.
Esta Covadonga es más maja, vamos, cocina, limpia, es amable… pero creo que lo nuestro es solo un lío, me quedaré con Lucía aunque la casa sea un caos.
Sea como sea, hagas lo que hagas, siempre estaré de tu parte. Te dejo aquí la ropa y no volveré a molestarte si tienes a una Covadonga que te cuide como se debe.

Al entrar en la cocina lo entendí todo: orden, suelo limpio, un puchero al fuego. Esta chica sí que valía para poner firme a mi hijo. De Lucía sólo quedaba el eco del desastre.

Pasó una semana. Tranquila porque mi hijo, al menos, tenía casa en condiciones. Entré al supermercado de debajo y me encontré con Lucía comprando productos imposibles: aguacate, maracuyá, pan integral, quinoa y kéfir. No me pude resistir:
¿Anda, Lucía, a dieta?
Hola, Doña Carmen. Sí, mi marido y yo queremos vernos geniales este verano en Palma de Mallorca. Hay que estar de foto. contestó, altiva como ella sola.
¿Cómo que con mi hijo? Si lo habéis dejado, ¿no?
¿Qué dice? ¿Se lo ha inventado él?
Si tiene otra, Covadonga.
¿Otra? Imposible. Ni discusión hemos tenido.
Pues Covadonga ya ha pasado por casa, se han enredado allí en la cama, limpió la cocina y todo. Pensé que lo sabías. Así que felicidades, ahora ya puedes encontrar a otro que te ayude con la quinoa.
¿Qué Covadonga? ¿Está usted loca? Ya está bien de meter cizaña y de buscarle novia a su hijo… ¡nos estáis volviendo locos! dijo Lucía arrojando su cesta y marchándose indignada.
Vaya carácter. Pero más me chocó ver que mi hijo era capaz de dejar a Covadonga y volver con la versión castiza de Cruella de Vil.

Al poco, suena el móvil:
¿Mamá? ¿Qué le has dicho a Lucía? ¡Se quiere largar de casa!
Le conté la verdad, hijo. Que no es para ti, que Covadonga sería mejor.
¿Covadonga? ¡Pero si no hay ninguna Covadonga! ¿De qué vas?
Yo pensé que la habías elegido ya y que estabais separados.
Pues ni estoy separado ni existe ninguna Covadonga. Mamá, no me llames más. Además, hemos cambiado la cerradura. Ya está bien, olvídate de mí. Para ti, ¡es como si no existiera!

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Mi hijo ya no quiere verme: La historia de una madre española que no acepta a la esposa de su hijo, entra en su casa en secreto para cuidarle y acaba provocando una ruptura familiar