Me negué a cuidar de la madre enferma de mi marido y le obligué a elegir: o una solución profesional juntos o el divorcio

Era finales del otoño. La lluvia golpeaba los cristales de la ventana sin tregua, día tras día, y ese golpeteo constante se me ha quedado grabado al recordar esta historia, que tiene como protagonistas a mis vecinos o más bien, a mi vecina Pilar. Pilar ya había cumplido los cincuenta y trabajaba de dependienta en una tienda de alimentación que abría toda la noche. Salía de casa cuando Madrid dormía. Su marido, Jesús, ingeniero en una fábrica, era un hombre bastante apañado, pero, como suele suceder tantas veces, llevaba la vida según las costumbres, sin apartarse nunca del camino marcado. Todo iba bien, hasta que un día la adversidad llamó a su puerta: la madre de Jesús, doña Ángeles.

La señora Ángeles, que debía rondar los ochenta y cinco años, vivía sola en un pueblo de la Mancha. Le dio un ictus, leve, pero suficiente para dejar claro que no podía valerse por sí misma. Jesús no tardó en decidir: se traería a su madre a casa. Su hermana Carmen, que vivía en Madrid también, respiró tranquila: Menos mal, Jesús. Ya ves que mi piso es diminuto y mi marido no lo entendería.

Así fue como doña Ángeles vino a vivir con ellos. Y desde ese momento, la vida de Pilar cambió por completo.

Toda la responsabilidad terminó recayendo sobre ella. De día, tras pasar la noche trabajando, lejos de poder dormir y reponerse, tenía que encargarse de la suegra: darle de comer, asearla, cambiarle los pañales, sacarla a pasear en silla de ruedas bajo el aire templado del otoño madrileño. Jesús, al volver de la fábrica, solo asomaba la cabeza por la puerta: ¿Cómo está mamá?, y desaparecía en el salón, frente a la televisión.

Más de una vez la vi regresar de madrugada a casa: pálida, con ojeras profundas. Caminaba arrastrando los pies, agotada. En una ocasión la ayudé a subir unas bolsas llenas de comida y pañales hasta el portal.

Gracias, don Fernando murmuró ella, y su voz sonaba hueca, sin vida.

Pilar, necesitas ayuda tú también. Tienes que pensar en ti misma.

Ella sonrió con amargura, una sonrisa breve y muda.

¿Y quién va a pensar en mí? Todos tienen sus cosas. Jesús dice que llega agotado del trabajo. Carmen esa solo aparece los domingos, a criticar y dar consejos.

Pilar intentó hablar con Jesús. Lo hizo con calma, como quien lleva los asuntos de casa.

Jesús, no puedo más. Estoy fundida. Busquemos una cuidadora, aunque sea unas horas al día. O o pensemos en una buena residencia, bien atendida.

La reacción fue inmediata y desproporcionada. Jesús la miró como si le hubiera sugerido dejar a su madre abandonada en la calle.

¡Estás loca! ¿Llevar a mi madre a una residencia? ¡Ni lo sueñes! ¡Eso no lo hago! ¡Es mi madre!

En su voz no se notaba tanto el cariño como el miedo al qué dirán, sobre todo su hermana Carmen.

Carmen, al enterarse de la conversación, apareció esa misma noche. No para ayudar, sino para echar una reprimenda.

Pilar, ¿no te da vergüenza ni siquiera pensarlo? ¡A mamá a un asilo! ¡Te vas a coronar, egoísta! ¡Te importas más tú que ella!

Pilar no discutió, se quedó mirando la mesa. ¿Qué se le puede decir a alguien que viene quince minutos cada dos semanas solo para dar un beso y largarse con aires de compasión?

Y así siguió Pilar, trabajando de noche y cuidando incansablemente de día, perdiendo fuerzas en cuerpo y alma. Jesús, como si no quisiera ver el desgaste; solo le importaba que su madre estuviera limpia y alimentada, como si se tratase de una consecuencia lógica de la vida, la parte que le tocaba a la mujer.

El desenlace llegó de la peor manera. Un día, al intentar pasar sola a doña Ángeles de la cama a la silla, Pilar sintió una punzada aguda y quemante en la espalda. No cayó, pero se dejó deslizar lentamente al suelo, al lado de la cama de la suegra, mientras esta la miraba sin entender nada, con los ojos perdidos.

Cuando Jesús llegó del trabajo, empezó a dar vueltas por la casa sin saber qué hacer. No sabía cambiar un pañal, ni calentar la comida, ni dar la medicación. Toda su segurida se vino abajo en un instante, descubriendo su propia incapacidad.

El médico del centro de salud, tras examinar a Pilar, fue tajante: espalda dañada, reposo absoluto mínimo quince días. Nada de pesos, nada de esfuerzos.

Pero tengo a mi suegra enferma en casa balbuceó Pilar.

Si no hace reposo total le contestó el médico seco, lo próximo será el quirófano. Y después, puede que nunca vuelva a estar bien.

En casa reinaba el desastre. Jesús, con la cara desencajada, intentaba atender solo a su madre: desorden, suciedad, desesperación. Llamó a su hermana:

Carmen, esto es un desastre. Pilar no se puede mover. Hay que llevarse a mamá contigo unos días.

Se oyó vacilación al otro lado del teléfono.

Jesús, ya sabes que no puedo. El piso es muy pequeño, mi marido no quiere, y yo de estas cosas no tengo ni idea. Tú eres fuerte, yo confío en ti.

Jesús colgó y se sentó en la entrada, con la cabeza entre las manos. Por primera vez vio el problema, no como algo abstracto, sino como una catástrofe real, con su madre indefensa y su mujer hecha trizas en la cama.

Pilar estaba tumbada en su cuarto. El dolor era intenso, pero de repente todo estaba claro en su mente. Oía el ir y venir de su marido en la otra habitación, los pasos inseguros, los susurros de doña Ángeles. Cuando Jesús, pálido y casi derrotado, entró con un tazón de sopa, Pilar lo miró serena. No había reproche ni rabia en su gesto, solo una decisión definitiva.

Jesús dijo tranquila, no pienso volver a cuidar de tu madre. Ni mañana, ni en dos semanas. Nunca.

Jesús abrió la boca, pero ella levantó la mano.

Calla y escucha. Tenemos dos opciones. Una: los dos juntos buscamos una solución profesional. Una cuidadora interna, o una buena residencia de mayores, como quieras llamarlo. Lo hablamos, lo miramos y lo decidimos juntos.

¿Y la otra? susurró Jesús.

La otra es que pido el divorcio y me voy de esta casa. Te quedas con tu madre y con Carmen, tan caritativa. Tú decides.

Pilar se recostó y cerró los ojos. No hacía falta decir nada más.

Esa noche, Jesús pasó mucho tiempo solo en la cocina, a oscuras. Pensó y repasó los últimos meses: el rostro agotado de su mujer, su dolor callado, los miedos propios, las excusas absurdas de su hermana. Recorrió esa pequeña casa hecha un caos, el orden perdido de su existencia y sopesó. No era solo elegir entre su madre y Pilar. Era entre el engaño de la apariencia y el socorro real para los tres.

A la mañana siguiente, entró en el dormitorio.

Buscaremos residencia dijo simplemente. Una buena. Y una cuidadora hasta que encontremos sitio. Ya he hablado en el trabajo, me cojo días libres. Yo llamo y pregunto.

Pilar asintió, sin decir una palabra más.

Hoy en día, doña Ángeles vive en una residencia privada cercana a la ciudad. Una habitación limpia, atención permanente, médicos y cuidados. Jesús y Pilar la visitan cada domingo; le llevan bollos caseros, se sientan a hablar, la ven tranquila. Más importante aún, vuelven a mirarse como marido y mujer, no como verdugo y rehén.

Un día, al cruzarme con ella en el portal, le pregunté:

Y ahora, Pilar, ¿van mejor las cosas?

Me sonrió con una ligereza que hacía años no le veía.

Van mejor, don Fernando. Por fin he entendido algo esencial: la mayor compasión no siempre es sacrificarte hasta anularte, sino buscar una solución factible para todos. Y tener el valor de mantenerla.

Ahí estaba, resumida, la enseñanza de esta historia. El derecho a vivir tu propia vida no es egoísmo. Es la base sin la cual cualquier sacrificio termina siendo inútil y destructivo.

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MagistrUm
Me negué a cuidar de la madre enferma de mi marido y le obligué a elegir: o una solución profesional juntos o el divorcio