No, mamá, de verdad, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien El viaje es muy largo, toda la noche en tren, y tú ya no eres ninguna joven. ¿Para qué te vas a meter en ese lío? Además, es primavera y seguro que tienes mucho trabajo ahora en el huerto me dijo mi hijo.
Hijo, ¿cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos. Además, tengo muchas ganas de ver a tu mujer, como se suele decir, conocer un poco mejor a mi nuera le respondí con sinceridad.
Mira, mamá, hagamos una cosa: espera hasta finales de mes y venimos todos a verte. Con la Semana Santa vamos a tener varios días libres me tranquilizó mi hijo.
La verdad, ya casi lo tenía todo listo para ir, pero le creí y acepté esperarle en casa, como siempre.
Sin embargo, nadie vino a verme. Llamé varias veces y sólo conseguía que colgara la llamada rápido. Luego me devolvió la llamada y me dijo que estaba ocupadísimo, que mejor que no les esperase.
Me llevé un gran disgusto. Yo ya lo tenía todo preparado para recibirle a él y a su mujer. Se casó hace ya seis meses y aún no he visto nunca a mi nuera.
A mi hijo, Ignacio, lo tuve, como dice el refrán, para mí misma. Cuando lo di a luz ya tenía treinta años, y nunca me casé. Así que decidí tener al menos un hijo para no quedarme sola.
Quizás no esté bien lo que hice, pero nunca me arrepentí, aunque las cosas fueran cuesta arriba. Apenas había dinero y no vivíamos, sobrevivíamos. Trabajaba en varios sitios para que a mi hijo no le faltase nada de lo necesario.
Ignacio creció y se fue a estudiar a Madrid. Para ayudarle al principio, hasta me fui varias temporadas a trabajar a Francia, para poder enviarle suficiente dinero para sus estudios y alojamiento en la capital. Era una alegría saber que podía apoyarle.
Ya en tercero de carrera comenzó a buscar trabajo y pronto se mantenía solo. Al acabar la universidad, encontró empleo y ya se ocupaba de sus gastos.
A casa venía pocas veces, como mucho una vez al año. Yo nunca había estado en Madrid, aunque hasta me daba vergüenza admitirlo.
Pensaba que cuando se casase, esa sería mi oportunidad de viajar. Incluso empecé a ahorrar dinero por si hacía falta. Llegué a juntar 3.000 euros.
Hace medio año me llamó por teléfono y me dio la que yo veía como la gran noticia: se casaba.
Mamá, pero no vengas, que sólo nos casamos por lo civil, la celebración será más adelante me advirtió Ignacio.
Me llevé una pequeña decepción, pero qué iba a hacer. Ignacio me presentó a su mujer por videollamada. La chica parecía maja. Muy guapa, además. Y rica. Su padre, mi consuegro, es un gran empresario. Solo me quedaba alegrarme de su suerte.
Pasó el tiempo, y ni él venía a verme, ni me invitaba a su casa. Se me hacía cada vez más cuesta arriba. Tenía ganas de ver a mi nuera y de abrazar a mi hijo, así que me animé, compré billete de tren, cociné comida casera, incluso horneé pan, preparé algunas conservas y me marché a Madrid. A mi hijo le llamé justo antes de subirme al tren.
¡Pero mamá! ¿Por qué te pones así? Yo estoy en el trabajo y no voy a poder recogerte. Te paso la dirección, coges un taxi y vienes me contestó Ignacio.
Llegué por la mañana a la estación, pedí un taxi y me llevé un buen susto con el precio. Pero el Madrid de la mañana es precioso, y desde la ventanilla del coche admiré la ciudad.
Me abrió la puerta mi nuera. Ni una sonrisa, ni un abrazo, sólo me indicó amablemente que pasara a la cocina. Ignacio ya se había ido a la oficina.
Empecé a sacar las bolsas: patatas, remolachas, huevos, manzanas secas, setas en escabeche, pepinillos, tomates, y algunos botes de mermelada. Mi nuera me miró en silencio y de repente me dijo que para qué traía todo eso, que ellos no comían ese tipo de cosas, que además, ella no cocina nunca en casa.
¿Pues qué coméis entonces? pregunté extrañada.
Nos traen comida a domicilio cada día. Cocinar no me gusta, luego huele toda la casa y tarda en quitarse el olor afirmó Clara.
Y aún no había terminado de asimilar su respuesta cuando oí pasos y entró un niño pequeño, de unos tres años y medio.
Te presento a mi hijo. Daniel dijo mi nuera.
¿Daniel? me extrañé.
No, Daniel. No me gusta que cambien los nombres, es Daniel.
Como tú digas, Clara.
Y no soy Clarita, soy Clara. En la ciudad nadie cambia los nombres pero claro, cómo vas a saberlo.
Sentí ganas de llorar. No porque mi hijo se casara con una mujer con un hijo, sino porque nunca me lo había dicho.
Pero aún había más sorpresas. Miré la pared y vi un gran retrato de boda.
Vaya, por lo menos os hicisteis buenas fotos, qué bien dije, intentando cambiar el tema.
¿Cómo que no tuvimos boda? Claro que sí, una fiesta para 200 personas. Solo no estuviste tú porque Ignacio me dijo que estabas enferma; quizás fue mejor así me miró de arriba abajo Clara.
¿Quieres desayunar?
Sí
Clara me puso delante una taza de té y unos trozos de queso caro. Según ella, eso es desayuno.
No suelo comer tan poco y, después del viaje, aún menos. Decidí que me freiría unos huevos, que además traía pan casero, pero mi nuera me prohibió encender la sartén porque luego la cocina olía.
Ni el pan quiso probarlo, dijo que ella y Ignacio estaban a dieta saludable.
Al final hasta se me quitó el hambre, de lo apenada que estaba por lo de la boda. Tantos años esperando ese momento, ahorrando para nada.
Bebía el té callada, mi nuera también, un silencio muy incómodo. El niño se acercó a mí, buscando cariño; fui a abrazarle y Clara saltó con que no le tocara, que a saber qué traía de la calle y que era un niño pequeño.
No tenía chuches para él, así que le tendí un bote de mermelada de frambuesa: Para que tengas algo rico con las tortitas.
Mi nuera cogió la conserva de un tirón de manos, diciendo:
¿Cuántas veces tengo que decirte que seguimos una alimentación sana y aquí no comemos azúcar?
Sentí que iba a romper a llorar. No terminé ni el té. Me levanté, me puse el abrigo. Ella ni se inmutó, ni preguntó adónde iba.
Salí, me senté en un banco junto al portal y me deshice llorando. Nunca me sentí tan mal en mi vida.
Al rato vi salir a Clara, de la mano de Daniel, llevando al contenedor todas mis conservas.
No tenía palabras. Cuando se marcharon, recogí todo lo mío y me fui a la estación. Tuve suerte, alguien devolvió un billete y lo pude comprar para volverme esa misma noche.
Al lado de la estación había una taberna. Me pedí un plato de cocido, algo de carne asada, y patatas con ensalada. Tenía hambre, y aunque pagué bastante, ¿no tenía derecho a darme un gusto?
Dejé las bolsas en la consigna y aproveché esas horas para pasear un poco por Madrid. La ciudad me encantó, hasta se me pasó un poco la pena.
En el tren no pude dormir. Lloraba. Me dolía que mi propio hijo ni siquiera me llamase para preguntar dónde estaba.
Antes esperaría encontrar nieve en Sevilla en julio, que pensar que mi hijo me recibiría así. Era mi único hijo, en quien había puesto todas mis esperanzas, y ahora resultaba que le era indiferente.
Ahora no sé qué hacer con esos 3.000 euros que guardé para él y su boda. ¿Dárselos igualmente, para que siempre sepa que su madre se preocupa? ¿O no darle nada, porque no se lo ha ganado?
He aprendido que por mucho que des y sacrifiques, los hijos a veces siguen su propio camino, y uno tiene que aprender a valorarse y quererse también a uno mismo.







