Hacia una nueva vida
Mamá, ¿hasta cuándo vamos a seguir en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en la provincia, estamos en el rincón más remoto de la provinciarepetía mi hija preferida, Alba, cuando regresó de la cafetería de la plaza.
Alba, hija, te lo he dicho mil veces: este es nuestro hogar, aquí están nuestras raíces. Yo no me voy a ir a ninguna parte.
Mi madre descansaba en el sofá, con las piernas cansadas apoyadas en el cojín. Siempre bromeaba llamando a esa postura Gimnasta Lenin.
Siempre con las raíces, mamá. En diez años tus raíces se habrán podrido, y vendrá otro escarabajo al que querrás que llame papá soltó Alba con su habitual desparpajo.
Después de esas palabras, mi madre se levantó y fue al espejo grande que había en el armario.
No tengas tanta guasa, que yo estoy estupenda replicó, colocándose un mechón detrás de la oreja.
Que sí, que aún estás bien, pero dentro de poco elegirás entre nabo, calabaza o boniato lo que mejor se adapte al menú, como buena cocinera.
Si estás tan deseosa de irte, vete tú sola. Hace dos años que ya puedes hacer lo que quieras según la ley. ¿Para qué me necesitas?
Para la conciencia, mamá. Si yo me voy a probar suerte, ¿quién cuidará de ti aquí?
El seguro médico, el sueldo fijo, internet y siempre aparece algún escarabajo, ¡ya lo has dicho! Para ti todo es fácil, eres joven, moderna, entiendes la vida de ahora y los adolescentes aún no te sacan de quicio, pero yo ya voy camino del Camposanto.
¡Venga ya! Que pareces más joven que muchos de mis amigas solo tienes cuarenta años.
¿Eso tenías que decirlo en voz alta? ¡Ya me has fastidiado el día!
Si lo pasamos a años gatunos son solo cinco corrigió Alba pensando rápido.
Así sí. Eres perdonada.
Mamá, mientras aún haya tiempo, vámonos. Aquí no hay nada que nos retenga.
Hace un mes que conseguí que escribieran bien nuestro apellido en las facturas del gas, y estamos apuntadas a la consulta de la Seguridad Social de aquí replicó ella, usando sus últimos argumentos.
En cualquier centro te atienden con la tarjeta sanitaria. Ni siquiera hace falta que vendamos la casa. Si sale mal, siempre podemos regresar. Te prometo que te sacaré a la luz y te enseñaré cómo se vive.
Ya me lo decía el técnico de la eco: no te va a dejar en paz, señora. Pensé que bromeaba… No es de extrañar que luego saliera tercero en Got Talent. Vale, vámonos, pero si no resulta, prométeme que me dejarás volver sin dramas ni escenitas.
Te lo juro.
Lo mismo me prometió tu padre en el Registro Civil, y luego salió rana.
***
Ni Alba ni mi madre se conformaron con mudarse a Valladolid o a Zaragoza. Decidieron lanzarse directamente a Madrid. Tras sacar todos los ahorros de tres años, alquilaron una diminuta vivienda tipo estudio en el extrarradio, entre un mercado de abastos y la estación de autobuses, y pagaron el alquiler por cuatro meses por adelantado. El dinero se esfumó antes incluso de empezar a gastarlo.
Alba estaba tranquila y llena de energía. Sin perder tiempo en desembalar cajas o poner la casa a punto, enseguida se lanzó de lleno a la vida madrileña: su faceta creativa, social y nocturna floreció nada más llegar. Era una madrileña más, hablando y vistiéndose como las chicas de Malasaña, como si nunca hubiera puesto pie en un pueblo perdido sino que hubiese surgido del aire de la capital y de un ramalazo de esnobismo.
Mientras tanto, mi madre alternaba el lexatín matutino con una valeriana por la noche. El primer día, pese a mis súplicas para que saliera a pasear, se puso a buscar trabajo. La capital ofrecía sueldos y contratos tan dispares que parecía que te estaban tendiendo una trampa. Tras hacer un par de cálculos, sin necesidad de médium, llegó a la conclusión: para medio año nos da, después a casa.
Sin aceptar críticas de su hija progresista, eligió el camino seguro: se incorporó como cocinera en un colegio privado y, por las noches, fregaba platos en una cafetería del barrio.
Mamá, ¿otra vez trabajando todo el día entre fogones? Así no vas a conocer nunca Madrid de verdad. Podrías haber estudiado algo: diseño, sumiller, o aunque fuera especialista en cejas. Coges el metro, tomas café caro, te adaptas.
Alba, ahora no puedo pensar en estudiar nada. Tú no te preocupes, yo me adapto. Ocúpate tú de buscarte la vida, como siempre has querido.
Yo, suspirando por la mente anticuada de mi madre, me las arreglaba como podía. Me acomodaba en las cafeterías donde pagaban chicos jóvenes, igual de recién llegados, y me integraba en grupos donde solo se hablaba de éxito y dinero. No tenía prisa por conseguir un empleo ni por relacionarme en serio con nadie. Quería tomarle el pulso a la ciudad.
A los cuatro meses, mi madre ya pagaba el alquiler con su sueldo, dejó la cafetería y pasó a encargarse de la cocina de otro colegio más. Yo, por mi parte, abandoné algunos cursos online, fui al casting de una emisora, hice de extra en una peli universitaria donde pagaban con tupper de macarrones, y salí fugazmente con dos músicos de Lavapiés: uno resultó ser un auténtico burro y el otro, un alma libre con seis gatos.
***
Mamá, ¿quieres salir hoy? ¿Pedimos pizza y vemos una peli? Estoy agotada bostecé una noche, tumbada en el sillón, justo cuando mi madre se acicalaba ante el espejo.
Pídela, te paso dinero a la tarjeta. No me guardes, seguro que no tendré hambre cuando vuelva.
¿Cómo que cuando vuelvas? ¿De dónde?
Me han invitado a cenar respondió mi madre, ocultando una risilla, como una colegiala nerviosa.
¿Qué dices? ¿A casa de quién? ¿De un hombre al que apenas conoces?
Y qué tiene de raro.
Mamá ¿y si no es solo una cena?
Hija, tengo cuarenta años, estoy soltera, él tiene cuarenta y cinco, es majo, culto y está libre. Sea lo que sea lo que quiere de mí, me parece bien.
Hablas como una resignada de pueblo, como si no tuvieras elección.
Alba, esto es lo que tú querías para mí: que viviera la vida, no solo sobreviviera.
No pude responder. Por primera vez comprendí que nos habíamos intercambiado los papeles y me sentí descolocada. Con el dinero que me envió, pedí la pizza más grande del menú y me la comí a solas, a modo de castigo. Mi madre regresó cerca de medianoche, toda brillante y sonriente, iluminando el recibidor.
¿Qué tal? pregunté, fingiendo desinterés.
Muy buen tipo, y es de aquí, nada de escarabajos rió, y se fue directa a la ducha.
A partir de ahí, mamá empezó a tener citas: fue al teatro, a monólogos, a conciertos de jazz, sacó el carné de la biblioteca, se apuntó a un club de té y se apuntó por fin al ambulatorio. Seis meses después, la tía se matriculó en cursos de cocina de autor, coleccionó diplomas y aprendió recetas complicadas.
Yo tampoco perdí el tiempo: intenté acceder a empresas de prestigio, pero las entrevistas siempre terminaban dejándome fuera. Sin amistades dispuestas a sufragar mis caprichos, acabé trabajando de barista y luego ascendi a camarera de barra en un pub nocturno.
La rutina empezó a atraparme, regalándome ojeras y robándome la energía. Mi vida amorosa era inexistente, y los clientes embriagados del bar solo sabían soltar indirectas penosas. Acabé hasta el gorro.
Mamá, tenías razón le solté una madrugada, al llegar tras otro turno caótico. No pintamos nada aquí. Perdona por arrastrarte. Hay que volver.
¿Volver a dónde? respondió mamá, mientras llenaba una maleta.
¡A casa! iba metiendo ropa sin ton ni son en otro equipaje. Allí donde ponen bien nuestro apellido y conocemos al médico de toda la vida.
Yo ya estoy empadronada aquí, y no me pienso ir me atajó, mirándome con ternura inquisitiva.
¡Pues yo sí quiero! No aguanto más: el metro es un lío, el café cuesta tanto como un filete, y los caraduras del bar me tienen harta. Prefiero estar donde tengo amigos, mi piso y todo en regla. Y tú también, si te veo haciendo la maleta
Me mudo a casa de Eugenio declaró ella de repente.
¿Qué? ¿Que te vas a vivir con él?
Pensé que ya estás asentada y puedes pagar el piso tú sola. Alba, es un regalo. Eres guapa, independiente, tienes trabajo y vives en Madrid: aquí tienes mil oportunidades. Estoy tan agradecida de que me lanzaras a esta aventura. Si no es por ti, habría seguido marchitándome allí. Aquí la vida vibra. ¡Gracias de corazón! me besó las dos mejillas, pero yo no sabía si reír o llorar.
¿Y yo? ¿Quién cuidará de mí? pregunté, sin disimular el llanto.
El seguro médico, salario fijo, internet y seguro aparecerá un escarabajo me respondió, citando mis palabras.
¿Así de fácil me dejas sola?
No es eso. Me prometiste aceptarlo sin dramas, ¿te acuerdas?
Sí. Dame las llaves.
Están en mi bolso. Solo te pido un favor.
¿Cuál?
También tu abuela quiere mudarse. Ya he hablado con ella. Pásate a ayudarla.
¿A Madrid?
Sí. Le he contado lo de la mejor vida, los escarabajos y nuestro pueblo. Justo buscan operaria en la oficina de Correos aquí y, ya sabes, tu abuela lleva cuarenta años en esto, manda una carta a la Concha Espina sin sello y seguro que llega. Que se arriesgue mientras sus raíces sigan frescas
Así terminó otro capítulo en mi diario. A veces empujar a otros a buscar una vida mejor es lo mejor que uno puede hacer, aunque signifique quedarse solo durante un tiempo. Aprendí que las raíces a veces hay que moverlas para que no se sequen.







