Mi nuera tiró mis cosas antiguas mientras yo estaba en el pueblo – pero pronto recibió su merecida respuesta

Pues mira, ahora sí que se respira bien, de verdad, parecía esto una cripta, te lo juro escuché la voz clara y autocomplacida de mi nuera, esa voz que reconocería entre mil.

Me quedé parado en el recibidor, sin soltar aún las bolsas cargadas de verduras, tomates raf y queso manchego que traía de la casa del pueblo. El olor fresco del tomillo y las manzanas reineta se disipó, sustituido por un aroma químico, una mezcla de abrillantador moderno y perfumes extraños. El bombín giró suave en la cerradura, como recién engrasado, y el habitual chirrido de la tabla del suelo al entrar, había desaparecido.

Di un paso y eché un vistazo. El recibidor era otro. Nada quedaba de la percha de madera oscura que había hecho el difunto Antonio, mi padre, cuando se casó con mi madre. Ahora solo colgaban unos ganchos metálicos anodinos, como si fuera la sala de espera de un ambulatorio. También había desaparecido el espejo de marco tallado, aquel donde siempre se peinaba mi madre antes de salir. Ahora había un simple rectángulo sin gracia.

Sentí el corazón golpear fuerte en el pecho. Crucé el pasillo y al ver el salón, un nudo me cerró la garganta.

La estancia estaba vacía, o mejor dicho, despojada de alma, de ese calor que da lo propio. Ya no estaba el aparador de nogal donde se guardaban los vasos de cristal de la Bohemia y la vajilla de Limoges, recuerdo de un viaje a París de mis padres. Tampoco quedaban las estanterías, atestadas con medio siglo de literatura: clásicos, enciclopedias y libros raros. Ni rastro de mi butaca favorita, la que siempre acompañó las sobremesas de recuerdos al sol de la ventana.

En su lugar, un sofá gris bajo y cuadriculado, como un bloque de ladrillo. Un televisor negro, desmesurado, colgaba de la pared. En el suelo, una alfombra blanca tan extraña y ajena como un iceberg en la Albufera. Las paredes, de ese gris claro de hospital privado.

¡Ay, Rosario! salió Carmen, mi nuera, de la cocina, con bata corta y una taza de algo verde en la mano. ¡No sabíamos que volvías ya! La Renfe llegaría antes de lo previsto, ¿no?

Por detrás vino Santiago, mi hijo, arrastrando las zapatillas y sin levantar la vista, con cara de niño pillado en falta.

¿Dónde…? logré articular, abarcando todo con la mano. ¿Dónde está todo?

¿Todo el qué? replicó Carmen, pestañeando con sus pestañas postizas. Ah, ¡la cosa vieja! Te queríamos dar una sorpresa, ¡reforma exprés! Mientras tú estabas en el campo, nosotros pusimos esto precioso. Dime, ¿a que ha quedado guay? Luz, amplitud… ¡aire! Es el estilo minimalista, Rosario, lo llevan hasta en Madrid.

¿Dónde están mis cosas? las piernas me temblaban, y busqué la mirada de mi hijo. Santiago, ¿y el aparador de papá? ¿Los libros? ¿La máquina de coser?

Santiago tosió, fingiendo seguridad.

Mamá, no te agobies, solo lo… sacamos todo.

¿A dónde? ¿Al trastero? ¿A la casa del pueblo?

Al contenedor, Rosario interrumpió Carmen, apurando su batido de aguacate. De verdad, ¿para qué quieres chatarra? Ese aparador olía a humedad, solo ocupaba sitio. Y los libros… pero, ¿quién lee papel hoy en día? Si todo está ya en el móvil. ¡Dan alergia y polvo! Aquí ya no podía respirar nadie con todo eso.

La vista se me nubló y me aferré al marco de la puerta para no caerme.

¿Al contenedor? susurré. ¿La biblioteca de mi padre, suya desde la facultad? ¿La Sigma donde os arreglaba los bajos de los pantalones? ¿El cristal de Bohemia que papá trajo envuelto para que no se rompiese?

Ese cristal es casposo, Rosario, las casas modernas no tienen eso resopló Carmen. Ahora se lleva IKEA, lo nórdico. Y la máquina de coser esa… era una reliquia de hierro. Tuvieron que venir tres para bajarla a la calle. Mamá, si decías que no cabíamos, pues desahogamos un poco. Quitamos ruido visual.

Ruido visual repetí yo, sintiendo esa palabra como una puñalada. ¿Y me preguntasteis? Porque este piso es mío, Carmen. Mío y de Santiago. Pero todo lo que había aquí era mío.

Ya estamos otra vez bufó mi nuera. Lo hicimos por ti, nos costó la Visa, ¿lo sabes? Los papeles pintados esos no se pagan solos, y ni un gracias, solo pegas. Los mayores y sus cosas, de verdad, deberíais ir al psicólogo. Tú eres lo que mi madre llama una Diógenes pura.

Santiago, al fin, me miró.

Mamá, por favor, si estaba todo viejo. Mira el sofá, nuevo, ortopédico, para que duermas cómoda.

Supe entonces que mi hijo jamás se rebelaría. Como plastilina en manos de mujer fuerte. Había cambiado de jefa, ya no era yo.

¿Cuándo lo hicisteis? pregunté, secándome las manos en el pantalón.

Hace tres días, en cuanto entraron los pintores Carmen movió la mano. Pedimos una furgoneta grande, lo metimos todo y lo llevaron al vertedero. Ya estará todo en chatarra, no busques.

Entré en “mi” habitación, más bien la celda sin personalidad en la que la habían convertido. Mis cosas habían sido reemplazadas por muebles impersonales. Mi caja de botones, aquellos de mi juventud, se había desvanecido. Tampoco quedaban los álbumes de fotos.

¿También las fotos? pregunté gritando. ¿Las de papá?

Esas viejas cartulinas, Rosario contestó Carmen desde el salón. Ya las digitalizaré, si eso. El papel lo llevé al punto limpio, junto con tus “Lecturas” del 83. Hay que mirar por el planeta.

Me senté en el nuevo, ajeno y duro sofá. Noté un vacío abismal. Era como si hubieran tirado mi vida a la basura con las cosas. Treinta años de recuerdos, de vida, de esfuerzos y fiestas, todo considerado “ruido visual” y tirado sin piedad.

No lloré. No me quedaban lágrimas, solo ese nudo de rabia y dolor que se acurruca dentro. Escuché cómo Carmen regañaba a Santiago en la cocina por el tipo de leche y presumía de que ahora sí circulaba “energía limpia” por el hogar, como decía su nueva gurú.

Esa noche, no cené con ellos. Me tumbé en la habitación, hundido en oscuridad, pensando. Les había dejado vivir aquí hasta que ahorrasen para su piso propio. Tres años llevaban: entre móviles nuevos, ropa y viajes a Mallorca. Y yo, pagando la comunidad, “ayudando a los hijos”.

Por la mañana, me planté en la cocina con porte sereno.

Buenos días gorjeó Carmen, como si nada. Estoy haciendo unas magdalenas de avena, sin azúcar, con harina de chía. ¿Quieres?

Gracias, me tomo solo un té contesté. ¿Santiago está en el trabajo?

Sí, tenía reunión. Yo hoy me quedo, me toca formación online sobre el orden en casa. ¡Es lo máximo!

Eso está muy bien, Carmen. Organizar el espacio es fundamental. He pensado irme dos días a casa de Encarna, en Cuenca. Necesito desconectar, me subió la tensión.

Qué bien, claro que sí, un cambio te hará bien. No te preocupes, que yo controlo la casa.

Hice una maleta pequeña. Antes de marchar, me volví y pregunté:

¿Tienes copia de las llaves?

Sí, las mismas. Solo engrasamos un poco la cerradura.

Perfecto. Bueno, que todo vaya bien.

Me fui a casa de mi hermana, pero solo estuve hasta por la tarde. Quería asegurarme de que Carmen estuviera fuera: los jueves por la tarde iba siempre a pilates o a su manicura.

Regresé a casa sobre las cuatro. El piso estaba vacío. Me vestí con mi bata de faena, me cubrí el pelo y saqué de la despensa, gracias a Dios intacta, bolsas de basura industrial, justo las que Carmen había traído para la obra.

Entré en la habitación de la pareja. Hasta ahora, nunca me había asomado allí. Pero ahora, los límites estaban cancelados. Carmen rompió nuestra confianza cuando arrojó mis recuerdos a la basura.

La habitación era un santuario de consumismo. Frascos y botes carísimos, perfumes, sérums coreanos, una lámpara de selfies que parecía un ovni. Sin remordimientos, empecé a llenar bolsazas.

Mucho ruido visual me oí mascullar.

Frascos Chanel, Dior, “potingues” sin fin, cayeron dentro. Ropa casi intacta, vestidos caros, montones de vaqueros. Bolsos de marca, sus zapatos imposibles, todo al saco.

Fui metódico, frío, sin rabia ciega, como quien extirpa lo superfluo de su vida. Las cosas de mi hijo ni las toqué. Pero el mundo de Carmen fue barrido por completo.

Después, recogí sus figuritas de Buda, velas aromáticas, cuadros con frases en inglés, plumas de atrapasueños.

Cachivaches decreté. Adicción a lo material, pero se puede curar.

En dos horas solo quedaban la cama y armario vacío. Llevé quince bolsas al rellano. No las tiré, sino que llamé a un transportista: Lléveme esto al trastero de mi hermano Luis, en Vallecas. Si ella había tirado los recuerdos de una vida, sus caprichos podían dormir entre polvo y humedad.

Al terminar, fregué el suelo, abrí las ventanas. Encendí una tetera y empecé a leer un libro de los de siempre, el papel aún olía a imprenta, esperando el regreso de Carmen.

Fue la primera en llegar. Alegre, bolsas de supermercado en la mano.

¿Ya estás aquí? Dijiste dos días… ¿ha pasado algo?

Sí, Carmen, me iluminé. Decidí seguir tu consejo sobre organizar el espacio.

Carmen me miró extrañada, pero no dijo nada. En cuanto entró en el dormitorio, se escuchó un grito seco, tan agudo que vibraron los cristales recién puestos.

¿Dónde están? ¿Dónde están mis cosas? ¡Mi maquillaje! ¡Mi abrigo! ¡Mis bolsos!

Yo, sin prisas, di un sorbo a mi té verde.

Carmen, hija, bajé el nivel de basura visual. Demasiado polvo, demasiadas cosas inútiles. Esto necesitaba flujo de energía. Te ayudé a limpiar, como decías. ¡Fuera chatarra!

¡¿Has tirado mis cosas?! sollozaba. ¡¿Sabes lo que costaba todo eso?! ¡Una sola crema vale más que tu pensión entera! ¡Eso es robo! ¡Llamaré a la policía!

Adelante le contesté, frío. Y que de paso te expliquen cómo se llama lo que hiciste con mis pertenencias: destrozo, daño, crueldad. Si mi pasado era basura para ti, tus botes y trapos lo son para mí. Todo tóxico y artificial, ni ecológico ni humano.

Justo entonces llegó Santiago. De un vistazo, supo que había tormenta.

¡Todo lo ha tirado tu madre! lloraba Carmen. ¡Mi ropa, mis perfumes, mi vida! ¡Está loca!

Mamá… ¿de verdad?

Muy en serio, hijo. Me has dado una lección de orden. Ahora, espacio abierto, minimalismo. Ahora podéis meditar.

¡No puedes tocar mis cosas! rugió Carmen. ¡Son MÍAS!

Mis libros también eran míos, el aparador era mío, la máquina era mía. ¿Me preguntasteis? No, solo decidisteis por mí, que ya era poco menos que un estorbo aquí. Ahora estáis pagados con la misma moneda.

¿Y dónde están? Si están destruidas, te denuncio.

No están destruidas, Carmen le revelé, sin mirarla. Solo las guardé en un lugar seguro. Pero no te diré dónde.

Santiago no entendía.

Eso. Ahora recogéis documentos, cepillos de dientes y lo que tengáis y os vais. Donde queráis, en un hostal, con tu madre, alquiláis un piso. A mí me da igual.

¿Nos echas? chilló Carmen. ¡De nuestro hogar!

De mi piso, Carmen. Aquí erais invitados y se os acabó el plazo. Tenéis una hora antes de que el cerrajero cambie la cerradura.

Mamá… no tenemos sitio donde ir… gimió Santiago.

Pues ahora sí que vais a empezar a vivir, como adultos. Por vuestra cuenta, como hace todo el mundo.

¡Mis cosas! lloriqueaba Carmen. ¡Devuélvemelas cuando me devuelvas la biblioteca!

Ya está desaparecida. Piérdelas tú también. Busca en la chatarra si te atreves. Devuélveme mis recuerdos y tendrás tus cachivaches.

Era todo farol: sus cosas estaban perfectamente custodiadas en el trastero de mi hermano. Pero me regodeé viendo cómo se mordía los labios, abrumada por rabia y miedo.

Tú… ¡eres un monstruo! ¡Vámonos, Santiago! ¡Ni un minuto más! Alquilaremos el mejor piso. Quédate aquí con tus ruinas…

Salieron en media hora, rodeados de bultos. Carmen vociferaba, Santiago ni se atrevía a mirarme.

Al cerrar la puerta, llamé al cerrajero para cambiar la cerradura.

Por primera vez en meses, me senté frente a la ventana, en mi casa propia de nuevo. Aún con las paredes grises y el eco, respiré hondo: me sentía ligera, como si hubiese dejado atrás un saco de piedras.

Al día siguiente puse un anuncio: Busco muebles antiguos, libros y máquina de coser. Pagaré algo, recojo personalmente. Increíble la cantidad de gente que regala recuerdos, con tal de que alguien los quiera.

Al cabo de un mes, el piso volvió poco a poco a la vida: apareció un nuevo-viejo aparador, otros libros, otra máquina de coser Sigma, igual de robusta que la de antes. Papeleé de nuevo, elegí flores y tonos cálidos. Estrené alfombra de lana auténtica.

Devolví las cosas de Carmen dos semanas después: Están en el trastero de Luis. Cógelo todo, que a mí lo ajeno no me interesa.

Santiago vino solo: demacrado pero resignado.

Mamá, perdón… Alquilamos pero cuesta una barbaridad, Carmen está destrozada.

Así es la vida adulta, hijo: cara y difícil.

¿No podemos volver? Carmen promete…

No. Os quiero mucho, pero quiero vivir, y morir, entre lo que me da paz, con mis recuerdos. Construid vuestro hogar, pero fuera de aquí.

Se fue con los sacos.

Y yo, por fin, volví a sentarme ante mi máquina de coser, metí el hilo y empecé a pedalear. El traqueteo calmado llenó el cuarto. Cosía cortinas nuevas, llenas de flores, de color, solo alegría. No ruido visual, sino vida auténtica.

A veces, valorar lo que tienes solo llega cuando lo pierdes. Y, otras, es necesario poner la dignidad por encima de la conveniencia. Solo así tu casa y tú mismo respiran en libertad.

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MagistrUm
Mi nuera tiró mis cosas antiguas mientras yo estaba en el pueblo – pero pronto recibió su merecida respuesta