Diario de Lucía, 7 de enero
¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no logran alcanzarme! grité en voz alta mientras leía en voz alta mi deseo escrito en aquel papelito, y después lo prendí con el mechero. Eché las cenizas en la copa y me terminé el cava entre las risas de mis amigas.
El abeto parpadeó con sus luces, como si meditara un instante, y luego brilló aún más fuerte. La música subió de volumen, las copas tintinearon, los rostros se arremolinaron en un torbellino festivo. De las ramas cayó un polvillo dorado o quizás es solo un recuerdo nebuloso…
Ma-maaa ¡Mamá, despierta!
Con esfuerzo abrí un ojo. Delante de mí se alzaban, ni más ni menos, que un equipo de fútbol infantil.
¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños?
Ellos, divertidos, se presentaban inclinando la cabeza:
Mamá, acuérdate, Mateo 9 años, Pablo 7, Diego 5, Martín 3.
El equipo titular, todos con caritas de pillos y bien resueltos. Claramente, no era a este tipo de hombres corriendo tras de mí a quienes deseé la Nochevieja…
¿Dónde está vuestro entrenador? Perdón… ¿dónde está vuestro padre? pregunté con voz ronca y la boca reseca. Traedle un poco de agua a mamá…
Cerré los ojos un instante y ya estaban otra vez: ¡Mamá!
De pronto sentí en cada mano un vaso de agua, una mandarina y una taza con caldo de pepinillos. Ya se sabe… el mayor, que ya sabe bien cómo resucitar a su madre tras las fiestas. Crecen tan deprisa…
Mamá, venga, que prometiste… insistían los pequeños.
Intenté acordarme de cómo había llegado allí y qué era exactamente lo que les había prometido.
¿Ir al cine?
Nooooo.
¿Unas hamburguesas?
¡Que no!
¿A la tienda de juguetes?
Venga, mamá, no te hagas la despistada ¡si estamos casi listos y tú sigues tirada!
Pero ¿a dónde queréis ir, al menos avisadme? me rendí.
Cielo, despierta sonó entonces una voz de hombre. Entró en la habitación un hombre alto, moreno, con ojos color avellana en los que chisporroteaban destellos dorados. Vaya, un hombre guapísimo.
Estamos listos, ya he cargado el coche. Pasaremos primero por el supermercado ¡y nos vamos!
Traté honestamente de recordar quién era aquel chico y por qué esos niños me llamaban mamá. Mi cabeza era un túnel vacío. Ni una pista.
Mamá, ¡no te olvides de nuestros bañadores! gritó uno de ellos desde el pasillo.
¿Bañadores? ¿Además hay piscina? pensé. ¿Qué vida milagrosa es esta, y por qué no recuerdo nada?
Abrí los ojos y observé la habitación a mi alrededor. Con cada minuto me daba cuenta de que no reconocía absolutamente nada. Ni las fotos sobre la cómoda, ni los muebles, ni las cortinas gruesas de un patrón desconocido.
Era una habitación ajena. Solo una cosa me resultaba un poco familiar: una poinsettia roja, tan navideña, en una maceta blanca adornada con pequeñas cuentas de perlas. Eso, por algún motivo, me sonaba.
Cerré los ojos y, con mucho cuidado, empecé a deshacer el hilo de la noche anterior. Nos habíamos juntado las chicas en un restaurante para despedir el año y jugar al Amigo Invisible. Como en los tiempos de la facultad, solo que ahora con bolsos caros, peinados complicados y mucho menos tiempo.
Las amigas estaban elegantes y felices, algo alteradas por esa libertad tan rara. Habíamos escapado un rato de la órbita habitual: maridos, niños, deberes, guisos… Brillábamos como adolescentes que se han saltado la última clase.
Y yo, Lucía, tan tranquila y a gusto como siempre. Soltera, dueña de mi vida. Sin deber explicaciones a nadie, ni alarmar a nadie si llego tarde.
La última novia, decían de broma, guiñándome un ojo y rellenándome la copa de cava.
Le regalé a María un set de cosmética con caviar negro y hilos de oro. Nos reímos mucho diciendo que un día lo untaríamos en pan y lo tomaríamos con cava para desayunar. Fotos desde todos los ángulos a la caja, como si fuera una obra de arte.
A cambio, recibí la poinsettia navideña, esa misma, en su maceta de perlas. Y una botella de un cava raro, que mi amiga trajo desde un castillo antiguo de la región de Champaña. De esos que solo se abren para ocasiones muy especiales.
Leí en voz alta un deseo o un brindis (¡ya no sé!), y ahí mi memoria se difumina. Como decimos, vine caí desperté ¡enyesada!
Me miré al espejo. Seguía siendo la misma joven de siempre, hasta el maquillaje era el de la noche de Fin de Año. Pero entonces, ¿de dónde salen estos niños, este marido? No recuerdo haber dado a luz, ni fiestas infantiles, ni siquiera mi boda con este Adonis Y a la vez, sé los nombres de los niños, pero del marido no me sale ni la inicial. Aquí pasa algo raro…
Salí de la habitación. En el pasillo, maletas con ruedas. Dos grandes, de adulto, abatibles y de marcas caras. Al lado, tres mochilas deportivas de niños.
No, no es un picnic al parque. ¿Un viaje?
En ese momento, el marido volvió al piso. Cogió las maletas con total costumbre, como si lo hiciera a diario, y empezó a empujarme suavemente hacia la puerta.
Vamos a llegar tarde dijo sin perder la calma.
Mecánicamente miré mi mano y me quedé de piedra. ¡No había alianza! Ni en mi dedo, ni en el suyo. Un misterio más. ¿O acaso?
Los niños entraron al coche una espaciosa furgoneta familiar. Las mochilas volaron a sus sitios, los cinturones se abrocharon al instante. El marido al volante, y yo, tras un suspiro hondo, en el asiento del copiloto.
Me tendió un vasito de café. Caliente, con leche, ¡y no soporto el café con leche! Por algún motivo, eso dolió más que todo lo demás.
¡Vamos! dijo él, sonriendo y guiñando a los niños por el retrovisor. El coche arrancó, y con cada kilómetro mi inquietud crecía.
Detrás, los niños cuchicheaban, reían y discutían entre ellos con camaradería. Él manejaba con decisión. De vez en cuando me lanzaba una mirada traviesa, como compartiendo un secreto que solo él sabía.
Miré la carretera y me sentía como el erizo del cuento en la niebla. Todo parecía claro: familia, coche, ruta y sin embargo, nada tenía sentido.
Cruzamos los límites de Madrid y pronto estábamos saliendo a la autovía. Yo ya no me creía ni media historia. Algo dentro de mí gritaba: ¡Esta no es mi familia! ¡Este hombre es un desconocido, estos niños no son míos!
¡Me había secuestrado!
No, ¡me habían secuestrado ellos!
Pero entonces, ¿por qué me salían tan naturales los nombres de los niños? Estaba completamente confundida, pero saco una conclusión: ese hombre es un extraño, me ha secuestrado, ¡y hay que actuar!
Me incorporé en el asiento, apreté el vaso de café y fingí mirar normal por la ventanilla. En mi interior empezaba a funcionar ese modo superviviente.
Al cabo de media hora estalló la rebelión infantil:
¡Papá, quiero ir al baño!
¡Tengo sed!
¿Hay algo de comer?
El coche se desvió a una gasolinera y se detuvo. Todos salieron disparados hacia la tienda.
Ahí estaba la ocasión. El corazón me retumbaba tanto que apenas oía los coches pasar. En cuanto se despistaron, me escabullí del bar agachada hacia el coche, tiré de la puerta, después corrí al puesto del conductor
¡No había llaves en el contacto!
Aquí estás, te estábamos buscando oí su voz desde la ventanilla abierta. Me sobresalté.
Pues venga, que seguimos, continuó suave. Cielo, conduzco yo y tú descansas. Y así seguimos el camino.
Una hora después empezó a asomar el aeropuerto de Barajas: vidrio, cemento, montones de coches y personas. Aparcamos en un descampado enorme y entramos todos juntos.
Yo ya iba mentalizada: no me iba a dejar llevar al otro lado del mundo; no sería la víctima de un secuestro. Iba a defenderme, costara lo que costara.
Empecé a quedarme atrás del grupo, cada paso más separada. De repente, cuando menos lo esperaban, salí corriendo.
¡Me están secuestrando! ¡Por favor, ayúdame! grité lanzándome hacia un guardia de seguridad.
El guardia reaccionó al instante; me redujeron al suelo, boca abajo, esposas en las muñecas. De pronto estaba rodeada de personas armadas y con pinganillos.
¡Esperen! ¡Puedo explicarlo! gritó el hombre al que consideraba mi secuestrador.
¡Es una broma de Año Nuevo! ¡Una sorpresa! ¡No hay armas, nadie la ha secuestrado!
Yo le oía como bajo el agua. Y de pronto, como de película, las vi. Detrás de un cartel publicitario estaban mis amigas, riendo, algo cortadas, asustadas y a la vez radiantes.
¡Mamá! gritaron los niños, corriendo hacia una mujer entre las amigas. Las otras también llegaron hasta los guardias, explicándose, pidiendo disculpas y suplicando que soltaran a la secuestradora.
Me quitaron las esposas, me ayudaron a levantarme. El mundo dejó de girar. Ahí estaba yo, en medio del aeropuerto, despeinada, el corazón a mil… y comprendí de golpe: No me habían secuestrado.
¿¡Me habían gastado una broma!?
Cuando por fin se me bajó la adrenalina y el zumbido de los oídos, empecé a oír y a entender.
Había sido una broma. Una broma de las grandes. Colectiva, costosa. Con toque de película policiaca.
Nuestras amigas hablaban todas a la vez, riendo, justificándose, pidiendo disculpas. Resulta que llevaban tiempo queriendo presentarme a un hombre bueno. Ese de mirada avellanada que me gustaba hace años, pero que no se atrevía a dar el paso, conociendo mi carácter. Porque yo, con los hombres, siempre lo he dejado claro:
Gracias, pero paso. Estoy bien sola.
Ellas lo sabían. Por eso no intentaron nada directo. ¿Para qué perder el tiempo si puedes darle a Lucía una muestra gratis?
Así nació la idea: no presentarme, sino meterme de lleno en una atmósfera familiar. Mira: mañana familiar, café, hijos bien organizados, él sereno y paciente, y hasta con sonrisa bonita. Y sí, los ojos preciosos.
Queríamos que no pensaras y simplemente sintieras el calor confesaron con sinceridad.
Yo intentaba enfadarme, pero era imposible. La lógica femenina puede ser rara, pero una vez que los resultados molan…
El método, cuestionable. El susto, casi mortal. El experimento, puro. A veces, para saber si necesitas a alguien, basta una mañana, tres niños y un café del secuestrador.
Y ahí estaba él. El héroe de la novela sonreía con picardía a lo Gato con Botas. Sus ojos llenos de brillitos dorados. Los niños resultaron ser primos, encantados con la broma del tío favorito.
Ay, ¡que vais a perder el avión! exclamaron mis amigas. ¡Corred al mostrador!
¿Otro secuestro? pensé. ¿A dónde me llevaban? ¿A la Costa del Sol? ¿Al Mediterráneo a bucear y comer mangos?
Él me ofreció la mano.
Empecemos de nuevo: soy Álvaro. ¿Me dejas secuestrarte? dijo con esa sonrisa suave.
Volví a mirar a las amigas. Estaban todas expectantes, calladas. Esperando mi decisión. Miré de reojo las maletas. Y volví a sus ojos avellana con destellos dorados, fijos en los míos.
Por un instante pensé: ¿qué me impide decir que sí?
¡Vamos! respondí casi sin voz, sonriendo, sabiendo que aquel secuestro sería la aventura más bonita de todas.
Y enseguida, en voz baja: Pero solo si los niños se quedan en casa…
Ellas rieron, él sonrió aún más. El aeropuerto, la multitud y la confusión se disolvieron, y supe que justo entonces empezaba algo nuevo. Algo divertido, cálido e inesperadamente cómodo.
A veces la vida no nos secuestra.
Simplemente nos empuja con fuerza justo al lugar donde debíamos estar desde hace tiempo.







