¡Sinvergüenza! ¡Desagradecida! vociferaba Carmen a su hija Lucía, señalando su vientre abultado con rabia contenida. El embarazo de Lucía no solo no frenaba la furia de su madre, sino que la exacerbaba. ¡Lárgate de esta casa y no vuelvas jamás! ¡No quiero volver a verte nunca!
Carmen había echado a Lucía antes por otros motivos, pero esta vez sentenció que una hija embarazada no tenía sitio bajo su techo. Lucía, ahogada en lágrimas y arrastrando una pequeña maleta, llamó a la puerta de Andrés, su novio, tan perdido como ella. Resultó que él ni siquiera había confesado a sus padres el embarazo. La madre de Andrés le preguntó directamente si todavía había tiempo de “arreglarlo”. Por supuesto, ya era tarde: la barriga de Lucía se dejaba notar mucho.
Lucía, superada, aceptaba cualquier ayuda. Hace un mes se había enfrentado ferozmente a su madre, pero ahora la desesperación y el miedo por el futuro le ganaban la partida.
Mi hijo no está preparado para ser padre le dijo tajante la madre de Andrés. Es joven, tienes toda la vida por delante y no podemos cargarle con esa responsabilidad ahora. Por supuesto que te ayudaremos, hasta donde podamos. He conseguido que una amiga tuya te busque una plaza en un centro de acogida para jóvenes embarazadas como tú, dejó caer con frialdad.
En el centro le asignaron una pequeña habitación. Allí, Lucía por fin pudo respirar tranquila, descansar, y prepararse para el nacimiento de su hija física y mentalmente, acompañada por el psicólogo del centro. Y cuando por fin le entregaron aquel pequeño bulto envuelto en mantas, Lucía sintió un pánico inmenso. Luego, mientras la miraba con detenimiento, empezó a descubrir el milagro y la belleza su pequeña hija Rocío.
Llegaron las Navidades, pero la noticia que recibió Lucía fue amarga: debía buscarse otro sitio, había lista de espera para ocupar su habitación.
Con Rocío, que justo cumplía un mes, Lucía se sentó en la cama sin saber cómo seguir adelante. No tenía dinero, ni casa, ni a quién acudir. Carmen, su madre, no aflojó el corazón ni cuando nació la nieta; las borró a ambas de su vida.
Rocío, hija… vaya Nochebuena tan triste nos espera suspiró Lucía, acariciando suavemente a la pequeña. Recordó aquel tiempo en el que, de niña, salía a cantar villancicos por las calles con sus amigos del barrio, recogiendo monedas y dulces de los vecinos. Aquello le despertó en el pecho un deseo de recuperar algo de esperanza. “¿Y por qué no? Mi niña es tranquila, la arropo bien, la llevo conmigo y canto unos villancicos… lo necesito”. Y quien no me quiera abrir la puerta, que Dios le bendiga.
Al día siguiente, eligió un barrio residencial y tranquilo de las afueras de Valladolid para cantar. Su aspecto, una joven madre con un bebé en brazos, sorprendía a quienes abrían la puerta, pues la tradición era esperar niños y hombres. Sin embargo, en algunas casas la recibían, y Lucía, con su voz cálida y sentida, emocionaba a los anfitriones. No solo la recompensaban con euros, sino también con turrón, polvorones y algún que otro abrigo o bufanda. Las familias se enternecieron cuando vieron a Rocío. Entendían que, para estar en esa situación, Lucía no podía estar pasando por buenos momentos.
Avanzar de casa en casa era agotador. “Después de aquella casa grandeuna villa, seguro que vive gente pudiente terminaré por hoy. Quizá ahí recibo un buen aguinaldo”, pensó.
En su bolsillo ya había reunido una suma decente, suficiente para obstener esperanza.
¿Me permite cantarle un villancico? preguntó al dueño de la villa, quien la invitó a pasar. De pronto, la reacción del hombre la desconcertó. Tras mirarla detenidamente, dirigió la mirada a la niña y se desplomó en el sofá, pálido como la cera.
¿María? susurró.
¿Perdón? No, soy Lucía. Me habrá confundido con otra persona…
¿Lucía? Eres increíblemente parecida a mi esposa… Y esa niña… también fue una hija lo que perdimos, en un accidente de coche, hace ya años. Hace nada soñé que volvían… Y ahora, apareces tú… ¿Será posible?
No sé qué responder balbuceó Lucía.
Por favor, pasa, entra. Cuéntame tu historia…
Lucía, aunque asustada por la intensidad del hombre, decidió quedarse. No tenía adónde ir y, además, la curiosidad la venció. Dentro, vio en la pared una foto de una mujer y una niña, los parecidos resultaban asombrosos.
Lucía se puso a contarle su vida, desgranando detalles que nunca antes había compartido con nadie. El hombre solo escuchaba, atento, lanzando miradas cariñosas a Rocío, que dormía tranquila entre sus brazos. Tal vez sentía, en esa casa llena de ausencias, que el calor de un hogar podía nacer de la casualidad y la generosidad.
Y así, en una Nochebuena distinta, Lucía comprendió que incluso en los momentos más duros puede aparecer alguien que escuche y te extienda la mano. Aprendió que la vida a veces nos quita, pero también nos ofrece la oportunidad de empezar de nuevo, si nos atrevemos a confiar en los desconocidos y a no rendirnos ante la adversidad.







