Mi padre ha decidido casarse: la historia de una hija madrileña enfrentada a la nueva vida de su padre tras la pérdida de su madre, el peso de la herencia familiar y las emociones ocultas en su piso de toda la vida en el barrio de Chamberí

El padre decide casarse

La madre de Carmen falleció hace cinco años. Tenía solo cuarenta y ocho. Su corazón se detuvo de repente, mientras regaba las violetas africanas en la cocina. El padre entonces tenía cincuenta y cinco.

No lloró, ni gritó. Simplemente se sentó en el sillón de su esposa y miró su foto. Observaba con tal intensidad que parecía querer devolverle la vida solo con la fuerza de su mirada.

Aquel día, Carmen perdió no solo a su madre. De algún modo, también perdió a su padre. Seguía allí, en el mismo piso de Madrid, pero era como una sombra de sí mismo, un fantasma encerrado en un capullo de dolor.

El primer año fue durísimo. Con veintitrés años, Carmen tuvo que convertirse en hija, enfermera y psicóloga a la vez. Cocinaba cocido madrileño que él no comía, lavaba sus camisas que no se ponía e intentaba arrancarle palabras, sacarlo del abismo al que había caído.

El padre permanecía en silencio. A veces contestaba con monosílabos. Y cada respuesta era como una bofetada: ¡No te metas! ¡Déjame! ¡No me toques!

Poco a poco, entre ellos fue creciendo un muro espeso, infranqueable y gris

***

El tiempo pasa. Viven como si fueran dos desconocidos bajo el mismo techo.

Por las mañanas se cruzan en la cocina, cada uno se marcha. Por la noche, vuelven, intercambian un saludo fugaz y se encierran en sus habitaciones. Apenas hablan. No comparten nada.

Carmen dejó de insistir en cuidar a su padre. Él se lo agradeció. Ambos, poco a poco, se acostumbran a la nueva realidad.

Sin esposa Sin madre

***

Con los años, el padre volvió a despertar.

Sonreía a la vecina, que a menudo les traía rosquillas recién hechas. Empezó a irse de pesca con un amigo de la infancia. Redescubrió su portátil y sus antiguas películas favoritas.

Carmen ya no percibía esa sombra de desesperación en su figura encorvada y pensó que lo peor había pasado. Animada, aceptó un trabajo de verano en un balneario cerca de San Sebastián y se fue todo el verano, dejando al padre solo por primera vez.

Al volver, la esperaba una gran sorpresa.

***

El padre le comunica que va a casarse.

Se lo dice nada más cruzar ella el umbral de casa. Su voz es calmada, segura, como si esa conversación ya estuviera cerrada.

Van a la cocina, él se sienta enfrente.

He conocido a una mujer dice, sonriendo levemente. Se llama Inés. Vamos a casarnos.

A Carmen le entran escalofríos. No porque su padre tenga a alguien, incluso le alegraría verle feliz. Es esa alarma que se enciende en su mente: ¡El piso!

¡Su piso! Donde creció. Donde la vieja máquina de coser de su madre aún está en la esquina y su taza preferida sigue guardada en el armario. No como esa otra, que alguna desconocida ha dejado sucia en la mesa.

Carmen, con palpable desaprobación, mira ese objeto ajeno

Papá logra decir tras esforzarse por encontrar las palabras, ¿no crees que es demasiado pronto? ¿La conoces bien? ¿Dónde vais a vivir? Espero que no aquí, ¿verdad? Porque este piso no solo es tuyo, también era de mamá

El padre alza lentamente la mirada. Sus ojos solo transmiten cansancio y una fría desilusión.

Ya veo de qué va esto dice muy bajo. Empieza el reparto. Qué rápido. Y eso que sigo vivo Ya estás matando al oso antes de cazarlo.

No estoy repartiendo nada. Solo quiero claridad salta Carmen. Es lógico. Vas a tener una nueva familia, y yo… ¿qué hago si pasa algo?

Ya pensarás qué hacer entonces responde él con sequedad, y se marcha a su cuarto.

***

Poco después, el padre trae a Inés a casa. Una mujer alta, elegante y de ojos tristes pero intensos, extremadamente cortés.

Carmiñita, comprendo cómo te sientes. Créeme, no busco nada. Tengo mi vida, mi piso. Solo quiero a tu padre.

Inés mantiene un tono amable, pero sus preguntas inquietan a Carmen.

¿Tu chalé está lejos del centro? pregunta con inocente curiosidad. ¿Lleváis mucho con este piso? Los de los años cincuenta están muy cotizados.

Además, Inés opina que no es correcto hablar de herencias antes de tiempo, pues esas conversaciones dañan a su padre y le hacen sentir innecesario.

Después de esa visita, las dudas de Carmen se multiplican. Está segura de que esa mujer es calculadora e interesada. Su relación con su padre, ya tensa, termina por quebrarse. Carmen ve en él a un anciano susceptible, cegado por un amor tardío, dispuesto a entregar todo a cualquier desconocida. Y él, claramente, la ve como una hija ambiciosa, incapaz de pensar en su felicidad.

Cada charla acaba en reproches. El padre exige privacidad y derecho a rehacer su vida. Carmen defiende su derecho a la tranquilidad futura. Se hieren, sin entender que se lastiman a sí mismos.

***

Al final, Carmen no aguanta más y propone ir al notario para dejar claro el tema de la herencia.

El padre protesta bastante, pero al final accede con un suspiro.

Está bien acepta triste, como tú quieras.

Todo el trayecto a la notaría lo hacen en silencio. Carmen estruja el bolso, preparándose para el combate.

La notaría está tranquila. El padre se sienta apartado, las manos unidas en el regazo. Su cara es impenetrable.

La notaria, una mujer de cabello gris y gesto severo, abre la carpeta.

Bien, estamos aquí para

Un momento la interrumpe el padre. Su tono es bajo, pero tan firme que Carmen se estremece. En realidad, vengo a otra cosa

Le entrega un documento.

Aquí tienes.

La notaria se pone las gafas, revisa el papel, y pregunta sorprendida:

¿Está usted seguro? Esto es una donación. Cede todo su patrimonio a su hija. ¿Sin contraprestación?

A Carmen se le corta la respiración. ¿Qué? ¿Se lo da todo? ¿Así, sin más? ¿Una trampa? ¿Después querrá decir que ella le obligó?

Intenta descifrar la mirada de su padre.

Pero él la observa con una expresión tal que a Carmen se le hiela el alma. No hay rabia ni reproche. Solo infinita decepción y compasión, por ella, por Carmen.

Toma dice bajo, se levanta y deja el documento ante ella. Ahí lo tienes. Todo eso que tanto te preocupaba: el piso, el chalé, todo. Ya puedes estar tranquila de que este viejo no va a cambiar tus propiedades por una felicidad fantasmal.

La palabra “felicidad” la pronuncia tan envenenada que Carmen da un respingo.

Papá yo no quería susurra ella, sintiendo el llanto de la humillación correr por las mejillas.

¿No querías? esboza una media sonrisa. Esa sonrisa vale más que mil gritos. Carmen, en estos seis meses no has preguntado ni una vez cómo me encuentro, si tengo frío, si necesito alguna medicina. Tus únicas conversaciones han sido sobre papeles. Solo has visto metros cuadrados. No has visto a tu padre. Solo un obstáculo entre tú y tu ansiada propiedad. ¿Crees que no me daba cuenta?

Camina hacia la puerta. Mira atrás:

¿Soñabas con esta jaula? Pues toma, es toda tuya.

Sale. Carmen queda inmóvil, apretando el papel frío entre los dedos. ¡Ha ganado! ¡Lo tiene todo! Y, de pronto, comprende que lo ha perdido todo

***

Han pasado muchos años.

Su padre y Inés siguen juntos. Carmen los ve a veces en el mercado o paseando por el Retiro. Casi siempre van cogidos de la mano. El padre está más mayor, pero su rostro se ilumina al mirar a Inés.

Carmen vive sola.

En un piso de tres habitaciones con muebles nuevos y reforma de lujo.

Los fines de semana va al chalé. Todo perfecto allí también.

Solo que la felicidad no se encuentra por ningún lado

Carmen entiende que su padre no le dio el piso ni por rencor, ni por enojo. Le entregó, simplemente, lo que ella eligió: paredes en vez de personas, papeles en vez de amor.

Cambió a su propio padre por tres habitaciones y un chalé. Y ese es el legado más duro que pudo recibir.

Rate article
MagistrUm
Mi padre ha decidido casarse: la historia de una hija madrileña enfrentada a la nueva vida de su padre tras la pérdida de su madre, el peso de la herencia familiar y las emociones ocultas en su piso de toda la vida en el barrio de Chamberí