¡Otra vez relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro! Nuria miraba irritada a Temo, dando saltos inútiles junto a sus pies. ¿Cómo habían acabado con semejante tontorrón? Se lo pensaron muchísimo antes de elegir la raza, consultaron con adiestradores. Sabían bien lo que implicaba esa responsabilidad. Al final, decidieron optar por un pastor alemán: querían un amigo fiel, guardián y protector. Como un champú, tres en uno. Pero, claro, a este supuesto “protector” había que salvarlo hasta de los gatos… — Pero si es todavía un cachorro —replicó Maxi—. Ya verás, crecerá y entonces… — Sí, sí… Estoy contando los días para que este caballo se haga grande. ¿Te has fijado que come más que nosotros dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y deja de pisotear, que vas a despertar a la niña —refunfuñaba Nuria mientras recogía unos zapatos que Temo había desparramado. Vivían en la Castellana, en el entresuelo de un enorme edificio de los años cincuenta, con ventanales bajos, casi a ras del asfalto. Era un lugar estupendo, si no fuera por un pequeño detalle: las ventanas daban a un rincón aislado del patio, donde por las noches se veían sombras, se juntaban hombres a charlar y hasta a veces había grescas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién nacida, Catalina. Maxi salía temprano hacia el Museo del Prado, y en su tiempo libre recorría mercadillos de antigüedades y puestos de libros. Ojo experto de historiador del arte —“ojo de lince”, bromeaba Nuria—, Maxi encontraba en medio de la maraña pequeñas joyas: cuadros, libros raros y objetos cotidianos. De pronto la casa se llenó de cuadros, y en la alacena sesentera lucían platos de cerámica de Talavera, figuritas del realismo social, cubertería de plata antigua… A Nuria le inquietaba quedarse sola por tanto tesoro y la niña, sobre todo sabiendo de los robos en aquel edificio. — ¿Nuria, cuándo te parece mejor sacar a pasear a Temo? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. Y, además, ¡eso es un asunto muy perruno para mí! Al escuchar “pasear”, Temo salió disparado hacia el recibidor —casi resbalando en la curva—, pescó la correa, regresó saltando hasta casi rozar el techo. Vamos, parecía un caballo más que un perro. Lo adoraba todo el mundo, a todos se pegaba y jugaba; traía la pelota a los vecinos, menos al que se acercara a la puerta. ¡Un alma abierta, un “tío legal”! Pero lo habían comprado por seguridad, y ni siquiera perseguía a los gatos del patio, sino que iba tras ellos con la pelota en la boca, convencido de que jugaría… Ya se llevó algún capón. En la comunidad, los gatos eran duros: ¡esos sí servirían de guardaespaldas! Al día siguiente Nuria estaría sola, su marido iba a Aranjuez a un encuentro artístico, ¿y ella qué? ¿A cuidar porcelana y pasear a ese orejón? Como si no tuviera suficientes preocupaciones… Al amanecer, Maxi se levantó sin hacer ruido, pero Nuria escuchó el hervidor en la cocina, el tintineo de la correa, cómo Maxi le chistaba al perro para que no gimiera ni pisoteara. Entre esos sonidos domésticos volvió a dormirse y, cuando la despertó la niña, Maxi ya se había ido. El día comenzó como cualquier otro. ¿No era eso felicidad? Sus amigas suspiraban: Nuria, ¡tan joven casada, tirando entre el marido y la niña, todo el día en la cocina, el hogar te atrapa…! Pero, ¿acaso no tiene encanto la vida cotidiana? Aunque no todo saliera a pedir de boca —las ausencias de Maxi, la falta de espacio y dinero, y, por encima de todo, esa pasión suya que se tragaba los ahorros—. Ahora, encima, el amigo de orejas caídas; pero tener a los seres queridos es quererlos tal y como son. Nadie te prometió perfección… Al entenderlo, Nuria se sintió en paz y decidió disfrutar lo que tenía en vez de sufrir por lo que faltaba. Sentada en la habitación, daba el pecho a la pequeña, que, en cuanto se saciaba, se quedaba dormida y había que esperar a que despertara para seguir mamando. Sonó el timbre, pero Nuria no abrió. No esperaba a nadie y ya sabía que sin aviso, nadie cruzaba todo Madrid para visitarla. Momentos matutinos de paz que tanto valoraba… Sólo el tic-tac del reloj antiguo, el bullicio de la ciudad colándose por la ventana: el zumbido de los trolebuses, los coches bufando, el sisear de una escoba en la acera, voces de niños… ¿Y el orejón? Hacía rato que no aparecía, raro. Claro que ninguna oreja caída tenía; las tenía tiesas y bonitas, pero de carácter, un auténtico despistado. Ahora a vivir con él, a alimentarlo, pasearlo y ¿de utilidad? Cero. Mejor se habrían comprado un bichón. Sonrió a su hija, que dormía satisfecha, pegadita al pecho. ¡Qué niña más linda! Mi tesoro —murmuraba Nuria al acostarla—, crece, mi vida… ¿Qué más podríamos pedir? Entonces, desde el salón llegó un ruido extraño, un crujido, o tal vez un chirrido. Nuria aguzó el oído. Volvió a oírlo. Sin hacer ruido, se quitó las zapatillas y se deslizó hasta el salón. Lo primero que vio fue la espalda de Temo, agazapado tras la cortina que separaba la entrada. El perro, casi agachado, quietísimo, la lengua fuera, observaba la estancia en tensión. Nuria siguió su mirada y se heló: medio hombre colgaba de la ventana abierta, busto rapado, brazos y hombros ya dentro, forzando y quejándose mientras introducía su cuerpo anguloso. No podía creerlo. ¡No podía estar pasando! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El ladrón ya casi estaba dentro! Un segundo más y… Un chillido la hizo reaccionar. Una sombra negra se abalanzó hacia la ventana; tardó un instante en reconocer a Temo. Saltó al alféizar y se lanzó a la garganta del ladrón. —¡Aaaah!—chilló el hombre con voz rasposa, los ojos fuera de sus órbitas. Nuria salió al pasillo y llamó a los vecinos. Todo fue entonces menos aterrador. Llegó la gente, llamaron a la policía. Muchos quisieron ayudar, aunque lo que realmente animaba era su simple presencia. ¡Qué habría hecho sola! Nuria superó el miedo y se acercó al ladrón: no fuera que Temo le hiciera daño de verdad, ¡eso sí que faltaba! Pero el perro, tan listo, lo tenía cogido del cuello del abrigo y no le había roto ni la piel. Sólo apretaba más fuerte si el hombre intentaba soltarse, y cuando se quedaba quieto, aflojaba el mordisco. ¿De dónde le salió eso? Ese tonto del balón actuó como un profesional. Al oír el ruido, fue a investigar sin ladrar, se escondió tras la cortina y dejó que el ladrón se atascara bien antes de lanzarse sobre él, cogiéndolo de la forma exacta para no asfixiarlo ni herirlo. Como dicen: nuestro trabajo es detener, la justicia ya decidirá. Ni los policías más veteranos recordaban un delincuente tan feliz de ser arrestado. El tipo, temblando de miedo tras la dentellada de Temo, hasta daba gracias por la llegada de la autoridad, mientras el perro no quería soltar su presa. Estaba tan orgulloso que hubo que rogarle para que soltara, y sólo obedeció tras la orden del adiestrador de la policía. Temo se detuvo, escupió al ladrón y se sentó junto a la ventana, mirándole con devoción, dispuesto a cumplir órdenes. Sólo le faltó hacer el saludo marcial. — Habéis tenido suerte con el perro —comentó el agente acariciando a Temo—, uno así nos vendría de perlas en la brigada… Maxi regresó tarde esa noche. Abrió la puerta sin hacer ruido y se detuvo boquiabierto en el recibidor. No era para menos: primero, Temo tumbado en el sofá (prohibido rotundamente). Segundo, dormía panza arriba, en una pose despatarrada y casi indecente, mientras Nuria le rascaba la barriga, acariciándole y casi besándole el hocico, susurrando: “Mi alegría, pollito, potrillo pequeño… crece sano, para orgullo de papá y mamá. ¡Y qué injusta he sido contigo, hijo! No te me enfades…” Esta historia me la contó, en uno de los encuentros artísticos de Levitan, el protagonista en persona: Maxi, el experto en arte. Temo tendría su crónica particular —de cómo lo acechó, detuvo y entregó a la policía—. Hace ya muchos años, pero la historia sigue viva, siento a Temo rascando la puerta del recuerdo, y por fin me he decidido a compartirla con vosotros…

¡Otra vez está relamiéndose! ¡Álvaro, quítalo de aquí!
Isabel miraba con fastidio a Tristán, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo fue posible que acabáramos con semejante cabeza loca? Tantas vueltas le dimos, escogiendo la raza, preguntando a adiestradores Sabíamos la responsabilidad que suponía. Al final optamos por un pastor alemán: queríamos un amigo leal, guarda y protector, todo en uno. Como un tres-en-uno. Solo que este supuesto protector habría que salvarlo de los gatos

¡Si es aún un cachorro! Dale tiempo, ya verás cuando crezca.
Sí, sí, estoy deseando ver cómo ese caballo se convierte en perro. ¿Te has fijado que come más que los dos juntos? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, por favor, que vas a despertar a la niña! rezongaba Isabel recogiendo los zapatos que Tristán había desperdigado.

Vivíamos en la Calle de Alcalá, en un bajo de esos edificios antiguos de Madrid, con las ventanas casi a ras del asfalto. El barrio era estupendo, si no fuera por un detalle: las ventanas daban a un rincón ciego del patio, donde al caer la tarde aparecían sombras dudosas, se reunían los parroquianos y a veces hasta había alguna pelea.

Isabel pasaba casi todo el día sola, cuidando a la pequeña Inés. Álvaro se marchaba temprano, trabajaba en el Museo del Prado, y en su tiempo libre recorría el Rastro y las librerías de lance. Tenía ojo de experto: Isabel decía que veía lo que a los demás se les escapaba. Así fue llenando la casa de cuadros, libros raros, y en la alacena brillaban platos de porcelana de Sargadelos, figuritas de posguerra, y cubertería de plata de principios del siglo XX A Isabel le inquietaba quedarse sola con ese tesoro y la niña, sobre todo porque los robos en el edificio eran habituales.

Isabel, ¿tú cuándo crees que debería sacar a Tristán? ¿Ahora, o después de comer?
No lo sé. Y en todo caso, ¡no es asunto mío!

Apenas oyó sacar, Tristán voló al recibidor, casi patinando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando. Es que era más potro que perro. A todos los saludaba y a todo el mundo abrazaba; el primero en traer la pelota, menos mal que a los extraños sí les marcaba la distancia. Era un buenazo, abierto como un libro, pero le cogimos por seguridad y ni siquiera perseguía a los gatos del patio. Al revés, se les acercaba con la pelota, esperando jugar, y claro, se llevaba algún que otro zarpazo. Los gatos del barrio eran de armas tomar; ¡a esos sí que había que llevárselos de guardaespaldas! Al día siguiente Álvaro estaba todo el día fuera, que si se iba a Cuenca por un homenaje a Zuloaga, y ¿yo qué? ¿Vigilando platos y paseando al orejudo? Qué cruz

Al alba, mi marido se fue sin hacer ruido, o eso creyó él. Yo oía el silbido del hervidor, el tintineo de la correa, cómo regañaba al perro para que no gimiera. Con esos ruidos de fondo me amodorré y cuando la niña me despertó, Álvaro ya no estaba. El día empezó como siempre. Un día más, tranquilo. ¿No es eso felicidad? Las amigas se sorprendían: que si me había casado joven, que si vivía para mi marido y mi hija, siempre en la cocina, devorada por el día a día ¿Pero acaso la vida doméstica no tiene encanto? Y aunque no fue como uno sueña: el marido ausente, el espacio justo, el dinero medido, y sobre todo esa pasión suya, en la que se iba medio sueldo Y ahora, el orejudo, que me tocaba a mí cuidar. Pero entendí que a quien se ama hay que quererle entero, con defectos y virtudes. Nadie te promete perfección Entendiendo eso, Isabel se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de lamentar lo que no.

En la habitación, mientras amamantaba a Inés, sentía que el tiempo se detenía. Cuando la niña se dormía en el pecho, no quedaba otra que esperar a que espabilara para seguir comiendo. Llamaron al timbre, pero no abrí. No esperaba a nadie, y cruzar Madrid sin avisar era impensable. Aquellas horas de la mañana eran un tesoro. La calma en casa solo la rompía un tic-tac de reloj antiguo y el rumor familiar de la calle: autobuses, el roce de las escobas, los gritos de los chiquillos ¿Y el orejudo? Hacía rato que no asomaba. No es que tuviera las orejas caídas, al contrario, bien tiesas, pero era tan despistado que el apodo le pegaba. Lidiar con él era una lata, y encima ningún provecho. ¡Mejor nos habría ido con un bichón!

Observando a Inés, ya satisfecha, dormida y con carita de ángel, Isabel sentía que nada más necesitaba. Crece, hija mía, susurraba, ¿qué más podemos pedir?

Entonces, en el salón, sonó un ruido extraño. Se tensó, escuchó un crujido, luego un quejido. Se quitó las zapatillas y se deslizó hasta la puerta. Lo primero que le chocó: el lomo de Tristán, medio escondido tras la cortina que separaba el recibidor. Estaba agachado, totalmente alerta, mirando fijamente al interior. Siguió su mirada y se le heló el alma: en la ventana, o mejor dicho, en el ventanuco, un hombre se colaba. Una calva de matón, brazos y hombros ya dentro, y haciendo fuerza para pasar su cuerpo enjuto. Isabel no se creía lo que veía. ¡Esto no podía estar pasando! ¿Qué hacer? ¿Gritar? Si ya casi estaba dentro Un instante más y

Un grito desgarrador la sacudió. Una sombra negra voló hacia la ventana: era Tristán. Saltó, se lanzó al cuello del ladrón y escuchó un aullido tremendo. Isabel corrió al rellano, llamó a los vecinos, y a partir de ahí el miedo fue menos. Llegó la gente, llamaron a la Policía Nacional. Todos querían ayudar, y aunque poco podían hacer, su sola presencia era alivio. ¿Qué habría hecho ella sola? Venciendo el pavor, se acercó al hombre: no fuera a ser que Tristán le destrozara el cuello. Eso faltaba. Pero el perro, listo, le sujetaba sólo del cuello de la chaqueta, firme pero sin herir. Ni una gota de sangre. Solo cuando el ladrón hacía el más mínimo intento por soltarse, apretaba más fuerte. Si el tipo se quedaba quieto, Tristán aflojaba al momento. ¿Cómo sabía hacer aquello? El torpón de la pelota actuó como un profesional: alertado por el ruido, sin ladrar, se escondió, dejó que el ladrón entrase bien, y sólo entonces atacó, sujetando sin soltar pero sin herir. Como decía mi padre: a nosotros nos toca sujetarlo; lo demás, déjaselo a la justicia.

Ni los inspectores más veteranos recordaban un ladrón tan feliz de ser detenido. El tipo, aterrado tras la prisión canina, se entregó encantadísimo; y el perro, colmado de orgullo, no quería soltar la presa. Costó convencerle, hasta que llegó el adiestrador, que con una orden, logró que Tristán abriera la boca. Tras escupir al ladrón, se sentó frente a la ventana, mirando devotamente al oficial, como si pidiera nuevas instrucciones. Sólo le faltó hacer el saludo militar.

Menuda suerte han tenido ustedes con este perro, dijo el policía, dándole una palmada cariñosa a Tristán. Nos vendría de perlas así en la comisaría

Álvaro llegó muy tarde esa noche. Al entrar, se quedó de piedra. Motivos no le faltaban: Tristán tumbado en el sofá, cosa prohibidísima y jamás tolerada, y encima despatarrado en una postura tan descarada como cómoda, mientras Isabel le rascaba el vientre y le susurraba: Mi alegría, mi pollito, mi potrillo pequeño ¡Crece sano, para alegría de papá y mamá! Y qué injusta he sido contigo Perdóname, anda

Esta historia la escuché directamente de Álvaro en una jornada cultural en Cuenca. Seguro que Tristán la contaría aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón. Han pasado años, pero nunca la olvido. A veces noto como si Tristán me rozara el alma con su pata, pidiéndome que la escriba. Y así lo hago.

He aprendido que lo importante no es buscar defectos en quienes nos rodean, sino confiar en que el cariño y la lealtad acaban saliendo a la luz justo cuando más se les necesita. Y eso es, al final, el verdadero tesoro de esta vida.

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MagistrUm
¡Otra vez relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro! Nuria miraba irritada a Temo, dando saltos inútiles junto a sus pies. ¿Cómo habían acabado con semejante tontorrón? Se lo pensaron muchísimo antes de elegir la raza, consultaron con adiestradores. Sabían bien lo que implicaba esa responsabilidad. Al final, decidieron optar por un pastor alemán: querían un amigo fiel, guardián y protector. Como un champú, tres en uno. Pero, claro, a este supuesto “protector” había que salvarlo hasta de los gatos… — Pero si es todavía un cachorro —replicó Maxi—. Ya verás, crecerá y entonces… — Sí, sí… Estoy contando los días para que este caballo se haga grande. ¿Te has fijado que come más que nosotros dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y deja de pisotear, que vas a despertar a la niña —refunfuñaba Nuria mientras recogía unos zapatos que Temo había desparramado. Vivían en la Castellana, en el entresuelo de un enorme edificio de los años cincuenta, con ventanales bajos, casi a ras del asfalto. Era un lugar estupendo, si no fuera por un pequeño detalle: las ventanas daban a un rincón aislado del patio, donde por las noches se veían sombras, se juntaban hombres a charlar y hasta a veces había grescas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién nacida, Catalina. Maxi salía temprano hacia el Museo del Prado, y en su tiempo libre recorría mercadillos de antigüedades y puestos de libros. Ojo experto de historiador del arte —“ojo de lince”, bromeaba Nuria—, Maxi encontraba en medio de la maraña pequeñas joyas: cuadros, libros raros y objetos cotidianos. De pronto la casa se llenó de cuadros, y en la alacena sesentera lucían platos de cerámica de Talavera, figuritas del realismo social, cubertería de plata antigua… A Nuria le inquietaba quedarse sola por tanto tesoro y la niña, sobre todo sabiendo de los robos en aquel edificio. — ¿Nuria, cuándo te parece mejor sacar a pasear a Temo? ¿Ahora o después de comer? — Ni idea. Y, además, ¡eso es un asunto muy perruno para mí! Al escuchar “pasear”, Temo salió disparado hacia el recibidor —casi resbalando en la curva—, pescó la correa, regresó saltando hasta casi rozar el techo. Vamos, parecía un caballo más que un perro. Lo adoraba todo el mundo, a todos se pegaba y jugaba; traía la pelota a los vecinos, menos al que se acercara a la puerta. ¡Un alma abierta, un “tío legal”! Pero lo habían comprado por seguridad, y ni siquiera perseguía a los gatos del patio, sino que iba tras ellos con la pelota en la boca, convencido de que jugaría… Ya se llevó algún capón. En la comunidad, los gatos eran duros: ¡esos sí servirían de guardaespaldas! Al día siguiente Nuria estaría sola, su marido iba a Aranjuez a un encuentro artístico, ¿y ella qué? ¿A cuidar porcelana y pasear a ese orejón? Como si no tuviera suficientes preocupaciones… Al amanecer, Maxi se levantó sin hacer ruido, pero Nuria escuchó el hervidor en la cocina, el tintineo de la correa, cómo Maxi le chistaba al perro para que no gimiera ni pisoteara. Entre esos sonidos domésticos volvió a dormirse y, cuando la despertó la niña, Maxi ya se había ido. El día comenzó como cualquier otro. ¿No era eso felicidad? Sus amigas suspiraban: Nuria, ¡tan joven casada, tirando entre el marido y la niña, todo el día en la cocina, el hogar te atrapa…! Pero, ¿acaso no tiene encanto la vida cotidiana? Aunque no todo saliera a pedir de boca —las ausencias de Maxi, la falta de espacio y dinero, y, por encima de todo, esa pasión suya que se tragaba los ahorros—. Ahora, encima, el amigo de orejas caídas; pero tener a los seres queridos es quererlos tal y como son. Nadie te prometió perfección… Al entenderlo, Nuria se sintió en paz y decidió disfrutar lo que tenía en vez de sufrir por lo que faltaba. Sentada en la habitación, daba el pecho a la pequeña, que, en cuanto se saciaba, se quedaba dormida y había que esperar a que despertara para seguir mamando. Sonó el timbre, pero Nuria no abrió. No esperaba a nadie y ya sabía que sin aviso, nadie cruzaba todo Madrid para visitarla. Momentos matutinos de paz que tanto valoraba… Sólo el tic-tac del reloj antiguo, el bullicio de la ciudad colándose por la ventana: el zumbido de los trolebuses, los coches bufando, el sisear de una escoba en la acera, voces de niños… ¿Y el orejón? Hacía rato que no aparecía, raro. Claro que ninguna oreja caída tenía; las tenía tiesas y bonitas, pero de carácter, un auténtico despistado. Ahora a vivir con él, a alimentarlo, pasearlo y ¿de utilidad? Cero. Mejor se habrían comprado un bichón. Sonrió a su hija, que dormía satisfecha, pegadita al pecho. ¡Qué niña más linda! Mi tesoro —murmuraba Nuria al acostarla—, crece, mi vida… ¿Qué más podríamos pedir? Entonces, desde el salón llegó un ruido extraño, un crujido, o tal vez un chirrido. Nuria aguzó el oído. Volvió a oírlo. Sin hacer ruido, se quitó las zapatillas y se deslizó hasta el salón. Lo primero que vio fue la espalda de Temo, agazapado tras la cortina que separaba la entrada. El perro, casi agachado, quietísimo, la lengua fuera, observaba la estancia en tensión. Nuria siguió su mirada y se heló: medio hombre colgaba de la ventana abierta, busto rapado, brazos y hombros ya dentro, forzando y quejándose mientras introducía su cuerpo anguloso. No podía creerlo. ¡No podía estar pasando! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El ladrón ya casi estaba dentro! Un segundo más y… Un chillido la hizo reaccionar. Una sombra negra se abalanzó hacia la ventana; tardó un instante en reconocer a Temo. Saltó al alféizar y se lanzó a la garganta del ladrón. —¡Aaaah!—chilló el hombre con voz rasposa, los ojos fuera de sus órbitas. Nuria salió al pasillo y llamó a los vecinos. Todo fue entonces menos aterrador. Llegó la gente, llamaron a la policía. Muchos quisieron ayudar, aunque lo que realmente animaba era su simple presencia. ¡Qué habría hecho sola! Nuria superó el miedo y se acercó al ladrón: no fuera que Temo le hiciera daño de verdad, ¡eso sí que faltaba! Pero el perro, tan listo, lo tenía cogido del cuello del abrigo y no le había roto ni la piel. Sólo apretaba más fuerte si el hombre intentaba soltarse, y cuando se quedaba quieto, aflojaba el mordisco. ¿De dónde le salió eso? Ese tonto del balón actuó como un profesional. Al oír el ruido, fue a investigar sin ladrar, se escondió tras la cortina y dejó que el ladrón se atascara bien antes de lanzarse sobre él, cogiéndolo de la forma exacta para no asfixiarlo ni herirlo. Como dicen: nuestro trabajo es detener, la justicia ya decidirá. Ni los policías más veteranos recordaban un delincuente tan feliz de ser arrestado. El tipo, temblando de miedo tras la dentellada de Temo, hasta daba gracias por la llegada de la autoridad, mientras el perro no quería soltar su presa. Estaba tan orgulloso que hubo que rogarle para que soltara, y sólo obedeció tras la orden del adiestrador de la policía. Temo se detuvo, escupió al ladrón y se sentó junto a la ventana, mirándole con devoción, dispuesto a cumplir órdenes. Sólo le faltó hacer el saludo marcial. — Habéis tenido suerte con el perro —comentó el agente acariciando a Temo—, uno así nos vendría de perlas en la brigada… Maxi regresó tarde esa noche. Abrió la puerta sin hacer ruido y se detuvo boquiabierto en el recibidor. No era para menos: primero, Temo tumbado en el sofá (prohibido rotundamente). Segundo, dormía panza arriba, en una pose despatarrada y casi indecente, mientras Nuria le rascaba la barriga, acariciándole y casi besándole el hocico, susurrando: “Mi alegría, pollito, potrillo pequeño… crece sano, para orgullo de papá y mamá. ¡Y qué injusta he sido contigo, hijo! No te me enfades…” Esta historia me la contó, en uno de los encuentros artísticos de Levitan, el protagonista en persona: Maxi, el experto en arte. Temo tendría su crónica particular —de cómo lo acechó, detuvo y entregó a la policía—. Hace ya muchos años, pero la historia sigue viva, siento a Temo rascando la puerta del recuerdo, y por fin me he decidido a compartirla con vosotros…