VECINOS EXTRAÑOS
Al piso 222, del edificio número 8, en la calle de Federico García Lorca, llegaron nuevos vecinos. Matrimonio de unos cincuenta años, algo más, ambos bajitos y delgados. Él lleva barba y un abrigo gris. Ella suele salir con faldas largas y boina de colores vivos. Son amables, sonríen en el ascensor y te sujetan la puerta si llevas bolsas pesadas. Y, que no es poco hoy en día con cómo se construyen los pisos, muy silenciosos.
Pero eso solo pareció al principio. Un par de semanas después, los Gutiérrez del 221 y los Vargas del 223 empezaron a notar mucho mejor a sus nuevos vecinos. Aquello se convirtió en tema de charla en las cenas familiares.
Esto comentaban los Gutiérrez, ya con cuarenta, juntos desde hace media vida:
¿Has visto a los vecinos nuevos?
Sí, ayer, coincidimos en el ascensor.
¿Qué te parecen?
Pues normales, gente corriente. ¿Por?
Resulta que son muy amorosos
¿Cómo?
Por las tardes, cuando todos salís, se queda todo el bloque en silencio. Se oye todo en casa. Llevan ya tres días de… juegos. Pero para adultos, vaya
¿De verdad?
Ya lo creo, y con creatividad. Parece una película, más que vida real…
Jajaja, qué cosas.
Algún día lo oirás tú mismo y verás qué gracia. Pero a mí, la verdad, me pone nerviosa y no me deja trabajar.
Bah, no seas moralista, si tienen cincuenta y tantos y aún «juegan».
No como nosotros, pensó él, pero no lo dijo en voz alta.
El domingo, hasta el señor de la casa terminó siendo testigo involuntario de las escenas vecinales. Aquella vez la trama era la clásica del jardinero y la dueña. Los Gutiérrez escuchaban y se sonrojaban.
*****
En casa de los Vargas, la pareja más joven del rellano, casados desde hace cinco años y esperando su primer hijo:
Sergio, ¿has visto a los nuevos?
Sí, ayer, bajando las escaleras. ¿Por?
Me parecen curiosísimos. Ella le cocina todo el rato platos de restaurante. Y él la inunda de regalos. Cada día le trae algo.
¿Y eso cómo lo sabes?
Bajo a pasear cada día y siempre huele su piso de maravilla. Y me lo he cruzado varias veces con flores o bolsas de regalo. Y sube a casa con una cara de enamorado
Vaya.
¿Y si no están casados? Parecen novios…
Ni idea. Pero viven juntos.
Y en la cocina siempre están de risitas, si no suenan platos, se les oye claro: jijis, carcajadas como chicos jóvenes.
Está bien Ahora empiezan las noticias, voy a poner la tele.
Pero el viernes, Sergio se topó en el ascensor con el vecino, que traía flores, una botella de tinto y una sonrisa como si fuera a vivir la gran noche.
*****
Fue pasando el tiempo. Los extraños vecinos llevan ya un mes en el piso 222. Los del 221 ya se han acostumbrado a los sonidos tras la pared. Aquellos, por lo visto, no se cansan nunca: cada día algo distinto, o suspiros dulces y el típico crujir del colchón. Como si les fuera la vida en ello.
Una noche, Violeta Gutiérrez, con la mirada esquiva, le dijo a su marido:
Hoy ha sido raro. He acabado en la sección de lencería, en El Corte Inglés. Mira lo que me he comprado y se abrió la bata.
A los ojos de José Gutiérrez se les encendió una chispa y se pasó la lengua por el labio involuntariamente.
Y yo he parado hace poco en una tienda ya sabes, para adultos. Mira lo que pillé, a ver si te apetece probarlo
Si no lo probamos, no lo sabremos se sonrojó Violeta.
*****
Ya han empezado susurró el vecino del 222, pegando la oreja a la pared compartida con los Gutiérrez.
*****
Sergio, de los Vargas, pensó al mediodía en pasarse por la joyería. Hacía mucho que no sorprendía a Laura con un regalo. Antaño incluso le llevaba su tableta de chocolate preferida en la mochila, cualquier detalle. Nada más entrar a la tienda, reconoció una chaqueta familiar.
¡Laura! llamó a su esposa ¿Tú por aquí? Está lejos de casa.
Nada, que me apetecía un paseo respondió ella, algo cortada. ¿Y tú?
He visto unos pendientes. Son para ti. Toma no pudo aguantarse.
El rostro de Laura se iluminó:
¡Gracias, vida! le besó. Esta noche preparo pasta carbonara con gambas, ¿te acuerdas lo buena que la hacía? Aquí venden las mejores gambas.
¡Cómo olvidarlo! Solo de pensarlo se me hace la boca agua
No vuelvas tarde hoy, quiero que esté lista a las 19 h para no recalentar.
De acuerdo contestó Sergio, pensando que aún podía comprarle flores.
*****
¿Y qué tal? preguntó el hombre del 222.
Hoy cocina algo diferente sonrió su mujer y ahí van, los otros también en faena.
*****
Pasó otro mes, y los Gutiérrez estaban irreconocibles. Parecía que les hubieran quitado diez años de encima. No se cansaban de mirarse, esperando cualquier ocasión para quedarse a solas. Y hasta se escapaban de los hijos, alquilaban una habitación de hotel, nunca tenían suficiente.
Con los Vargas, el nacimiento del primero estaba al caer, pero ellos iban de cita en cita: cine, restaurante, museos. Laura rescató un viejo libro de recetas. Sergio no faltaba a sus regalos semanales, y al menos una chocolatina iba siempre en la mochila para ella. Ni recordaba cuándo encendió la tele para ver las noticias.
*****
¿Qué, todo bien ahí? susurró la mujer del 222.
Sí, cruje un poco el colchón, pero deben tener a los niños en casa. La cosa va mejor, me paso el día escuchando para asegurarme.
Los otros también estupendo. Parecen tórtolos en la cocina, todo risas. Y huele su casa a gloria, como de restaurante.
¡Así da gusto! Tres meses y listos. Un par de semanas más y reforzamos el efecto.
Bien. ¿Quién sigue ahora?
Simón, edificio 4, piso 65. En el 66 viven una familia totalmente apagada, casi ni se saben los nombres. Y en el 64, como siempre, dormitorio en ruinas. Hay que poner orden por ahí.
Entendido. Dejo tus cassettes por aquí, haz un poco más de ruido. Y la comida del restaurante sigue en marcha. Todavía nos quedan aceites aromáticos. Y, por cierto, aquellas rosas a las que cambiabas el agua, ya se han mustiado. Va tocando volver a la floristería.
Iré. Acuérdate de darme un masaje en la espalda y nos vamos a dormirY así, sin que nadie pudiera sospecharlo, los misteriosos vecinos del 222 recogieron sus pocas pertenencias y, una mañana sin ceremonia, desaparecieron tan discretamente como habían llegado, dejando tras de sí un edificio irreconocible. Los Gutiérrez, con una complicidad recién estrenada, desayunaban juntos a diario y se citaban al salir del trabajo. Los Vargas, felices y radiantes, dieron la bienvenida a su pequeño en una atmósfera cálida, de esas que huelen a vainilla y promesa.
Las historias sobre aquellos vecinos comenzaron a circular como leyendas en las reuniones, y algunos, medio en broma, decían que nunca fueron vecinos de verdad, sino una especie de emisarios enviados a encender las emociones que dormían tras las puertas cerradas. Más de uno se asomaba al ascensor con cierto anhelo, esperando descubrir quién ocuparía ahora el 222.
Pero el piso permaneció vacío durante largo tiempo, como si necesitara descansar. A veces, cuando el edificio entraba en silencio profundo, podía escucharse, quién sabe si por efecto del eco o de la imaginación, la risa lejana de una mujer y los susurros de un hombre diciendo: Ya es hora, sigue el siguiente.
Y así, aquellos de la calle Federico García Lorca aprendieron que la vida podía ser música a través de una pared, el aroma de un pan horneado al otro lado del rellano, o el valor de lanzarse a la aventura diaria del amor, simplemente porque sí, porque aún estaban vivos. Nadie volvió a ver a la pareja bajita y sonriente, pero a veces, cuando tocaban flores frescas al pasar, los vecinos sentían cómo, por un instante, se les encendía el corazón como una lámpara olvidada, de pronto, vuelta a la luz.







