Quedarse sola a los cincuenta: El redescubrimiento de Natalia tras treinta años de matrimonio, traiciones y nuevos comienzos en Madrid

14 de mayo

A veces me pregunto cuándo fue que mi vida empezó a resquebrajarse de esta manera, aunque en el fondo siempre sentí que lo veía venir. Hoy ha sido uno de esos días que te arañan el alma. No he podido dormir bien, pero sospecho que ningún colchón podría ofrecerme consuelo esta vez.

Todo empezó por un simple mensaje.

«Te echo de menos, gatito. ¿Cuándo nos volvemos a ver?»

Estaba sentada en la cama, con el móvil de Ricardo en la mano. Había salido de casa deprisa y se lo dejó olvidado en la mesilla. Al vibrar por ese mensaje, no pude evitar mirar. El nombre, Alicia, no me sonaba. Empecé a deslizar entre las conversaciones y, con cada palabra, con cada foto mandada, sentía como si treinta años de vida juntos se fueran deshojando delante de mis ojos. Caricias. Fotos. Planes de escapada durante esos fines de semana que, supuestamente, él pasaba de pesca con los amigos.

Dejé el móvil despacio en su sitio, me senté un rato largo mirando el vacío. El reloj de la cocina marcaba los minutos con su tictac, los vecinos comentaban algo en la tele al otro lado de la pared. Yo pensaba en la incertidumbre del futuro. Sabía de memoria el guion de lo que estaba por venir. Cada frase, cada gesto. Todos repetidos. Demasiadas veces.

Ricardo llegó a casa cerca de las once, agotado y de mal humor. Lanzó la bolsa en la entrada y fue directo a la cocina, donde yo me preparaba una infusión.

Buenas noches, Carmen. ¿Queda algo para cenar?

Sin decir palabra, acerqué su móvil, esa vez boca arriba, en la mesa. Ricardo lo cogió de forma automática, hasta que de pronto lo entendió todo y su rostro se modificó al instante.

Carmen, yo
No digas que es trabajo, por favor le interrumpí, sin mirarle. Al menos esta vez.

Guardó silencio. Se sentó y se frotó el puente de la nariz. Yo me apoyé contra la encimera y esperé.

¿Quién es?
No es nadie. Una tontería, de verdad Ricardo balbuceó, buscando cualquier lugar donde posar la mirada. Me dejé llevar. Nada importante.
Nada importante repetí, como si probara la frase. Entiendo.

Dos días después apareció con un ramo descomunal de rosas rojas, envuelto en papel marrón, apoyándolo encima de la mesa. Noté que le temblaban los dedos.

Carmen, hablemos. Sin reproches, como antes.

Yo me serví un vaso de agua, me senté delante y esperé.

Habla.
Sé que te he fallado, sí Es la tercera vez, lo sé. Pero llevamos juntos toda la vida, somos una familia. Los chavales ya son mayores. ¿No cuenta para ti?

Cogí el vaso y jugueteé con él en las manos.

Te juro que esta vez es diferente. No sé ni cómo ha pasado. Pero te quiero, Carmen. Me buscó la mano sobre la mesa, pero yo la aparté. ¿A dónde irías tú sola con cincuenta años encima? No hace falta esto Olvidémoslo. Empecemos de nuevo.

Miré las rosas, a mi marido. Recordé cómo había creído las mismas promesas hace dos años. Hace cuatro. Cada vez, esperando que esta vez sí, que habría sido la última.

Ya pensaré, dije al final, solo por cerrar la conversación.

Las semanas siguientes se convirtieron en una extraña convivencia de gestos forzados. Ricardo hacía un esfuerzo, llegaba a su hora, ayudaba aquí y allá, se mostraba atento. Pero yo aprendí a fijarme en lo pequeño: cada vez que dejaba el móvil boca abajo al verme entrar; cómo se sobresaltaba ante cada alerta de WhatsApp; cómo se le iba la mirada con demasiada facilidad detrás la cajera joven en el supermercado.

¿Qué miras? pregunté una vez en la cola.
¿Yo? ¡Nada! Replicó, dándose la vuelta con demasiada rapidez. Anda, vamos antes de que se enfríe el coche.

Volvió a estar irritable, saltaba por nimiedades. Cuando entraba y él estaba con el móvil, se molestaba. La correspondencia seguía, seguro, mejor escondida. Ni me molestaba ya en buscarla. No merecía la pena. Lo sabía.

Por la noche, acostada en la penumbra, escuchaba su respiración tranquila y pensaba, no en él, sino en mí. ¿Qué me retiene aquí? ¿Amor? Ni recuerdo cuándo fui feliz con Ricardo. ¿Rutina? Treinta años juntos, hijos, cuentas, costumbres ¿Miedo? Sí. Sobre todo, miedo. Tengo cuarenta y ocho. ¿Qué haría sola?

Una noche llamé a Laura, mi hija. Tardó tres tonos en contestar.

¿Mamá? ¿Va todo bien?
Sí, bueno, no exactamente Laura, ¿puedes hablar conmigo de verdad?
Por supuesto. ¿Qué pasa?

Le solté toda la verdad: los mensajes, las promesas vacías, el ramo, las dudas. Todo.

Laura escuchó en silencio.

Mamá, ¿y TÚ qué quieres?
No lo sé reconocí. No tengo claro nada.
Pues parte de ahí. No tienes por qué aguantar esto. Treinta años ¿y? No es razón para soportar la deslealtad.
¿Pero dónde voy?
A mi casa. Tengo una habitación vacía. Vente y ya vemos. Unos días tranquila, buscas trabajo eres contable, siempre hace falta gente así. Una vez ubicada, miramos un piso para ti. Mamá, esto no es el fin. Puede ser el comienzo. Si así lo quieres.

No contesté enseguida, solo escuchaba el ritmo de mi propia respiración.

Piénsalo añadió Laura. Estoy contigo, hagas lo que decidas.

Me contó que, cerca, se alquilaba un piso pequeño a buen precio; que los niños estarían encantados de ver a la abuela todos los días; que en el centro de salud buscaban una contable con experiencia; que vivir en soledad no es vivir en el vacío, sino en libertad.

Mamá, mereces otra vida. Sin humillaciones.

Por primera vez en años, sentí que alguien me decía que sí, que tengo derecho a ser feliz. No a resignarme, ni a soportar, ni a fingir que todo va bien. A ser feliz.

Tardé tres días en atreverme. Ensayaba frases en voz baja, me desvelaba de madrugada pensando en el momento. Al final, una mañana mientras desayunábamos:

He decidido pedir el divorcio.

Ricardo estuvo unos segundos petrificado, con la taza de café a medio camino. Me miró como si le hablara en euskera.

¿Cómo?
Totalmente en serio.
Pero mujer Dejó la taza, intentó sonreír. ¿Por qué llegar a esto? Una discusión la tiene cualquiera, no exageres.
No es una discusión, Ricardo. Tres infidelidades en cinco años. Estoy cansada.
¿Cansada? ¿Y yo? ¿Vivir contigo treinta años crees que ha sido fácil?

Me limité a beber el té y levantarme.

¡Espera! se plantó frente a la puerta para no dejarme salir. ¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¿A quién le importas con cincuenta años?
A mí misma.
¡Ay por favor! ¿Te has visto? Nadie te va a hacer caso así.
No necesito que nadie me haga caso.
¿Y entonces qué buscas, Carmen? Yo te he dado de todo. Te he sostenido, vestido, alimentado, te he dado techo ¿y tú? ¿Qué hiciste tú para que yo quisiera volver a casa?

Le miré de frente, con la calma del río tras la tormenta.

¿Yo tengo la culpa de tus engaños?
¿Y de quién si no? ¡Mírate! Siempre en bata, siempre igual Es tedioso. Nada que decir, nada que Se paró, hizo un gesto brusco. Te lo has buscado. Ahora encima con aires de dignidad.

Di un paso atrás, le observé. Cinco años esperando en este hombre remordimiento real. No lo había. Nunca. Su enfado no era por perderme, sino por perder la comodidad: camisas planchadas, cena caliente, casa limpia.

Gracias le dije en voz baja. Por este momento. Ahora ya no tengo dudas.

Atravesé la puerta dejando sus gritos sobre la ingratitud y los años perdidos. Me puse a recoger, en silencio, lo imprescindible.

Un mes después, me encontraba en el centro de un piso chiquitín en el barrio Salamanca de Madrid, a dos paradas de casa de Laura. La nevera sonaba al fondo, una fragancia extraña a pintura y, sorprendentemente, manzanas nuevas en el aire. Cajas en el recibidor. Nueva vida. Y, aunque me aterraba, sentía que volvía a respirar con plenitud.

Los nietos vinieron enseguida. Lucía, con sus cinco años, inspeccionó la casa como una inspectora y dijo que faltaba un gato; Marcos, de ocho, trajo una manta para que la abuela no pase frío. Laura llegó con una olla de cocido y una botella de cava.

Por la nueva casa, mamá.

Reí a carcajadas. ¿Cuándo fue la última vez que me solté, sin miedo al gruñido de Ricardo?

Seis meses después, mi hijo Pablo se mudó también a Madrid, con su esposa y el niño pequeño. Encontró trabajo y alquiló cerca. Los domingos en mi piso son ya sagrados. Cocina estrecha, voces entremezcladas, nietos corriendo, Laura y Pablo discutiendo sobre política.

Ya no temo la soledad. Era un fantasma alimentado durante treinta años. El pánico al vacío, la jaula que yo misma forjé. La familia de verdad estaba aquí. Donde me aceptan sin exigir, donde basta mi presencia.

A veces, Ricardo llama. Quiere que vuelva, promete haber cambiado. Yo le deseo suerte, cuelgo y ya ni rabia, ni dolor. Ya no es de mi mundo.

Lucía tira de mí la falda:

Abu, ¿mañana vamos al Retiro? ¡Han vuelto los patos!
Por supuesto, cariño.

Y sonrío. El miedo ha dejado de tener sentido. La vida sigue mejor.

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