Hoy he cumplido setenta años. Me encuentro en el banco del pequeño jardín del hospital de Madrid, llorando en silencio. Mi hijo ni mi hija se han acordado de felicitarme ni de venir a verme. Es curioso, cómo la vida puede resultar tan larga y, a la vez, tan sola.
Al menos Carmen Gutiérrez compartió conmigo esta fecha especial: mi compañera de habitación en el geriátrico me dio un tarjetón escrito a mano y un pañuelo bordado, tan sencillo, pero tan sentido que dolía sólo de mirarlo. Y la auxiliar de planta, Maruja, me obsequió una manzana y una sonrisa. El personal es amable, pero distante, como si temiesen encariñarse de quienes ven marchar a menudo.
En fin, la verdad es que todos sabemos por qué estamos aquí: hijos que nos ven como una carga y buscan un lugar decente donde “descansar”. Fue mi propio hijo, Javier, quien me trajo con la excusa de que aquí me cuidarán mejor y podré reponerme. Lo cierto es que siempre le molestó a su esposa que viviera con ellos, en el piso que durante tantos años fuera mío.
Me acuerdo muy bien cómo me convenció para poner el piso a su nombre. Prometió que nada cambiaría, que seguiría estando en mi casa, con los míos. Pero todo viró: él, su mujer y sus hijos se instalaron de inmediato y empezó la guerra con mi nuera, Irene, siempre molesta por cómo cocinaba o por si dejaba alguna marca en el baño. Al principio Javier me defendía, pero poco a poco fue dejando de hacerlo; incluso se sumó a los reproches. Empecé a notar miradas y murmullos en cuanto entraba en una habitación.
Fue entonces cuando, una mañana cualquiera, Javier se acercó y me propuso unas vacaciones en este centro. No pude evitar mirarle con tristeza y decirle: ¿Me vas a dejar en una residencia, hijo?. Se sonrojó, buscó excusas y me aseguró que era solo por un mes, que después volvería a casa. Firmó los papeles con prisa y no volvió más que una vez, con un par de manzanas y unas naranjas. Preguntó por mi salud y enseguida se marchó.
Así llevo ya dos años, viendo pasar las estaciones desde este mismo banco. Al mes de estar aquí, intenté llamar a casa. Me contestó una voz desconocida: Javier había vendido el piso y nadie sabía dónde estaba. Lloré un par de noches, pero luego entendí que de nada servía. Al fin y al cabo, lo que más me duele es saber que fui yo quien, en su día, sacrificó a mi hija para favorecer a mi hijo.
Nací en un pequeño pueblo de Castilla. Me casé allí con Miguel, un amigo de la infancia. Teníamos una casa grande, gallinas y huerta, y aunque no éramos ricos, hambre no pasamos. Un verano, un vecino de Soria convenció a Miguel de que en la ciudad había trabajo y viviendas para jóvenes familias. Vendimos nuestras cosas y nos mudamos. Tuvimos suerte: nos dieron pronto un piso de protección oficial y hasta nos compramos un modesto SEAT 600. Pero un accidente nos arrebató a Miguel, y me dejó sola con Javier y mi pequeña, Lucía.
Tuve que fregar escaleras por las noches para vestir y alimentar a mis hijos. Pensé que algún día me lo agradecerían. Pero Javier se metió en problemas serios de joven y para que no fuera a prisión, tuve que pedir dinero prestado. Tardé dos años en liquidar esa deuda. Después, Lucía se casó y tuvo un niño, pero el pequeño enfermó y mi hija tuvo que dejar el trabajo para llevarlo de hospital en hospital. Nadie encontraba lo que tenía.
Finalmente, en la Clínica Ramón y Cajal hallaron el diagnóstico, aunque el tratamiento era costoso y había que esperar meses. Su marido la abandonó, pero al menos le dejó el piso. Lucía, volviéndose a cruzar con la esperanza, conoció a Ernesto, un hombre viudo cuya hija sufría la misma enfermedad. A los dos les unió el dolor y la lucha diaria.
Pasaron los años y un día Ernesto enfermó; Lucía necesitaba dinero para operarle. Yo lo tenía entonces: era el dinero que había reservado para ayudar a Javier a comprar piso. Cuando Lucía me lo pidió, me pesó gastar ese dinero en alguien ajeno, y pensé que mi hijo, sangre de mi sangre, lo necesitaba más. Se lo negué.
Lucía no me lo perdonó jamás. Me dijo que ya no tenía madre y que cuando estuviera necesitada no acudiera a ella. Hace veinte años que no hablamos.
Después, Lucía consiguió salvar a su marido y, junto a sus hijos, se marcharon a vivir a la costa. Si pudiera retroceder el tiempo, haría muchas cosas de otra manera, pero el pasado es inamovible.
Me levanto despacio del banco, camino hacia el edificio. Oigo de repente una voz:
¡Mamá!
El corazón se me sale del pecho. Me giro lentamente Allí está. Lucía. Casi me caigo de la impresión, pero viene corriendo y me abraza fuerte.
Por fin te he encontrado. Javier no quería darme la dirección, pero le amenacé con demandarle por la venta ilegal del piso, y entonces habló.
Entramos juntas y nos sentamos en un sofá del vestíbulo.
Perdóname, mamá, por haber tardado tanto en buscarte. Al principio estaba dolida, luego lo fui dejando y ya me daba vergüenza. Hace una semana soñé contigo, estabas sola en el bosque llorando. Me desperté con una angustia tremenda. Se lo conté a Ernesto y me animó a venir, a reconciliarme. Fui a tu casa, pero ya no era tuya. Busqué a Javier, hallé este sitio y aquí estoy. Haz la maleta, vas a venirte conmigo. Tenemos una casa grande, junto al mar, y Ernesto siempre me ha recordado: si tu madre sufre, tráetela.
No sé cómo darle las gracias. Lloro, pero son lágrimas de alegría, de alivio infinito, de esperanza.
Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da.







