Expreso nocturno Las puertas del trolebús se plegaron en forma de acordeón y el calor del interior escapó en una nube de vapor hacia la fresca noche madrileña. Un grupo de cinco juerguistas irrumpió en el vehículo, haciendo resonar los sucios zapatos contra todo lo que encontraban: peldaños, barras de sujeción y piernas de los pasajeros. Ninguna de las almas solitarias presentes, reunidas por la única opción de transporte nocturno de la ciudad, se atrevió a hacer comentarios a la eufórica pandilla, borracha de risas y alcohol, que con ojos encendidos discutía a gritos sobre sus hazañas y posibilidades amorosas, interrumpiendo sus improperios sólo para brindar y retumbar botellas en el fondo del trolebús convertido en improvisado botellón. El mecanismo del trolebús repiqueteó, las puertas resoplaron, el acordeón se estiró y la máquina, oscilando suavemente, zarpó del puerto urbano camino a la Calle Alcalá. Apenas una decena de pasajeros quedaban, contando a la revisora. La mujer, cuyos gafas parecían tan antiguas como la Gran Vía, se levantó y se acercó al grupo, blandiendo el manojo de billetes de viaje. —Chicos, hay que pagar el billete —dijo, con un cansancio que sólo conoce la madrugada en una ciudad grande. —Yo tengo abono transporte —eructó uno, —¡Y yo! —¡Y yo también! El más joven, aún con el bigote naciente y cierta inseguridad tras la fanfarronería, gritó más fuerte para ocultar sus dudas. —¡Enseñadmelos! —replicó ella, imperturbable. —¡Primero enseña tú el tuyo! —soltó el más musculado, dejando caer cerveza por su cazadora. —Soy la revisora —repitió, indiferente. —¡Y yo electricista! ¿Y por eso no pago la luz? —contestó el mismo, ahora apestando todo el autobús con el ácido aroma de la cerveza derramada. —O pagan o se bajan, chavales. En ese instante el trolebús se detuvo y el resto de pasajeros, previsores, abandonaron el vehículo. —Que ya te hemos dicho: llevamos abonos —graznó el chico, sacando pecho. —¡Venga, Chema, directo a cochera! —gritó ella al conductor. —Sí, Chema, directo a cochera —corearon burlas, limpiándose lágrimas imaginarias. Las puertas se cerraron de nuevo y, tras un giro imposible, el trolebús tomó velocidad, superando incluso a taxis y coches, con las luces del interior apagándose lentamente. Sólo los faroles de la ciudad y carteles luminosos iluminaban el vagón. La revisora, muda y seria, observaba el frente. Sin más paradas. —¿Dónde nos llevas? —gritó por fin uno, la voz ahora perlando la sobriedad. Silencio por respuesta. —¡Eh, para que bajemos, majetes! —insistieron, con el miedo filtrándose en sus palabras. Ya estaban lejos de la ciudad, en una carretera oscura, los móviles buscando señal sin éxito. En cuanto giraron hacia un campo, uno de ellos lanzó amenazas desesperadas: —¿Tú sabes quién soy yo? ¡Como no aparezca mañana en la oficina, te quedas sin pensión! Las luces delanteras se apagaron. —Por favor, déjame salir, tengo que preparar la EVAU… —suplicó, a punto de llorar, el benjamín del grupo. El trolebús rugía, rompiendo la quietud de la noche. Los chicos, pálidos y temblando, intentaron romper ventanas con botellas, arañaban la puerta plegable: todo en vano. Aparecieron los primeros billetes. —¡Quédese con el cambio! Pero llévenos de vuelta, por favor. La revisora, inmutable. Gritos, súplicas, llamadas a la compasión y, finalmente, lágrimas llenaron el bus mientras llegaban a la orilla de un gran lago. —¿Dónde estamos? —susurraban. —Nos van a tirar al agua —lloraba el pequeño. —Oye, Álvaro, ¿tú pilotas trolebuses? ¿Y si les reducimos?… —sugería otro, casi sin fe. Pero Álvaro negaba con la cabeza, derrotado. Por fin, la puerta delantera se abrió y la revisora salió. A la luz de la luna vieron que llevaba algo largo en la mano. —Esto es el final… Nos van a disparar… y a ahogar… —lloriqueaban, incapaces ya de consolarse. La revisora entró de nuevo, haciendo retumbar sus pasos; traía una fregona y un cubo. —Cuando acabéis de limpiar las paredes, os doy trapos y seguís con los asientos y suelo. Cuando acabéis, os llevamos a casa. ¿Algún problema? Los cinco negaron al unísono. La noche fue larga. Dos buscaban agua, uno cambiaba trapos y otros dos vaciaban el cubo en un bidón enorme y misterioso que probablemente llevaba allí antes de que existieran los trolebuses. Al amanecer, el vehículo brillaba: los cristales relucían más que nunca y los rebeldes madrileños, sobrios y en silencio, trabajaban sin rechistar. Cumplida la tarea, la revisora marcó sus billetes y el trolebús partió rumbo a la ciudad. Uno a uno les dejó en sus paradas habituales antes de volver a la ruta para recibir el nuevo día y nuevos pasajeros.

El expreso nocturno

Las puertas del autobús plegable se cerraron con un chirrido, y el calorcito del interior salió en una nube de vapor hacia la fresca noche madrileña. Un grupo de cinco juerguistas entró dando tumbos, arrastrando el barro de sus zapatillas por los escalones, los barrotes y, de paso, por las canillas de los demás pasajeros.

Ninguno de los solitarios presentes obligados a compartir transporte por la escasez de autobuses nocturnos en Madrid se atrevió a reprochar la presencia de aquel grupo de jóvenes, que, con la chispa del vino en los ojos, discutían a voces sobre las infinitas posibilidades de su anatomía, usando un humor tan fino como el serrín de un bar de barrio. Todos hablaban más alto que el anterior, soltando teorías sobre el destino de sus conquistas y castigando a cada risa con un trago y un brindis sonoro, dando la sesión de botellón en la parte trasera del bus, chocando las cerves por cada arranque de carcajada.

El motor cascabeleó, las puertas bufaron, el acordeón se estiró y la nave urbana se fue deslizando, arrancando suavemente desde la glorieta de Atocha. No contemos a los recién llegados; quedaban en el autobús apenas diez personas, incluyendo a la cobradora. Ella se levantó, ajustó las gafas claramente compradas cuando Aznar tenía todavía bigote y se plantó ante la peña, empuñando en alto el rollo de billetes.

Chavales, aquí se paga el viaje dijo con la voz de quien ha repetido la frase más veces que por mi madre que no bebo más.

Abono transportes, eructó uno con aire de genio.

¡Yo también tengo abono!

¡Y yo! gritó el más joven, que apenas sumaba dieciocho, con el bigotillo rubio y los movimientos de un cervatillo. Pero en su tribu se sentía grande y gritaba el doble para no quedarse atrás.

A ver, enseñadme los abonos sentenció la señora sin pizca de emoción, como si le hubieran puesto en bucle el Telediario.

¡Enséñanos tú primero el tuyo! saltó el más grandullón, escupiendo medio litro de espuma.

Yo soy la cobradora insistió la señora con la tranquilidad de quien ya ha visto mucho arroz pasarse.

¡Y yo soy electricista! ¿Y qué, no te pago la luz entonces? ironizó el que ya había vaciado la botella de Mahou y ahora la llevaba colgando de la chaqueta, dejando olorcillo a fermentación de caña por todo el bus.

O pagáis, o a la calle, que ya hemos terminado la miniserie de esta noche zanjó la cobradora.

Como si se tratara de un conjuro, el bus se paró y los pocos pasajeros decentes que quedaban aprovecharon para largarse.

Te han dicho ya que llevamos abono, graznó el más enclenque, sacando pecho de colibrí.

Marisa, ¡a la cochera! ordenó la cobradora al conductor.

Eso, Marisa, ¡a la cochera! rebuznaban los chicos, secándose lágrimas imaginarias.

Puertas cerradas, vuelta de campana y el autobús empezó a coger velocidad. Diez segundos más de bromas y risas y, de repente, el más centrado preguntó:

Oye, ¿pero cómo se ha dado la vuelta el bus si va por el cable?

Los demás encogieron hombros; total, tampoco era para ponerse a analizarlo a esas horas.

El bus aceleraba y, para sorpresa de todos, adelantaba taxis. Las luces temblaban, algunas parpadeaban y otras se apagaban. Solo quedaba la luz intermitente de la cabina del conductor y los anuncios exteriores que se asomaban a ratos. La cobradora volvió a su asiento, la mirada puesta en el infinito. No hubo más paradas.

¡Eh, conductor! ¿A dónde nos llevas? gritó finalmente uno.

Silencio.

¡Oye, para! ¡Que nos bajamos aquí! Ahora las voces sonaban menos valientes, con la resaca asomando ya por el horizonte.

La cobradora ni pestañeó.

Dejaron atrás la ciudad y la carretera se volvió negra como un pozo sin fondo. En el bus era noche cerrada, sólo el piloto del conductor titilaba. Los móviles, sacados de los bolsillos a la desesperada, anunciaban Sin Servicio. Ni un WhatsApp entraba.

Cuando el bus giró hacia un campo perdido, uno de los bromistas se encaró a la cobradora con tono amenazador (el nivel de chulería solo apto para quien no puede con la borrachera):

¿Tú sabes dónde trabajo yo? Si no aparezco mañana por la oficina, te quedas sin pensión, ¿eh?

Y, como respuesta, se apagaron hasta los faros.

Por favor, señora, suéltenos, que mañana tengo que estudiar para la EvAU… suplicó el benjamín desafinando la voz.

El bus seguía rugiendo, cortando la noche como cuchillo en tortilla. Los chavales, ya más sobrios que un caldo de hospital, tiritaban y recordaban borrosamente un tutorial sobre Cómo sobrevivir a un secuestro en bus urbano. Intentaron romper los cristales con una botella vacía, forzaron la puerta-plegada con las uñas, pero nada, como si aquello fuera un búnker.

En esto, uno ya sacó la cartera:

¡Tome, no hace falta cambio! ¡Llévenos de vuelta a Madrid, se lo ruego!

La cobradora siguió impasible. Los ruegos, los juramentos por la Virgen del Pilar y hasta lágrimas de arrepentimiento empaparon el autobús, que avanzaba hasta que llegó a la orilla de un lago descomunal.

¿Dónde estamos? murmullos.

Nos van a hundir en el lago… lloriqueaba el chico del bigote a medio salir.

Sergio, ¿tú sabrías conducir el bus? Quizá los tumbamos y… propuso uno. Sergio sólo negó con la cabeza, derrotado.

Finalmente, la puerta delantera se abrió, y la cobradora bajó. A la luz de la luna, se le vio hacer algo en la cabina. De repente, regresó al bus, sosteniendo algo largo y extraño.

Ya está… aquí termina todo… el electricista se secó los ojos hinchados, mientras los demás temblaban ya sin chulería.

Se encendieron todas las luces. La cobradora entró pisando fuerte y, sin perder la sonrisa, dejó a su lado un cubo y un par de fregonas.

Cuando acabéis de fregar las paredes, os doy las bayetas y seguís con los asientos y el suelo, que luego os llevo de vuelta. ¿Algún problema?

La pandilla negó con la cabeza al unísono, sin mediar palabra.

La noche fue larga, pero al final, se organizaron: dos iban y venían con cubos de agua, uno cambiaba fregonas, los demás vaciaban el agua sucia en una extraña cisterna gigante, que parecía saber demasiado de buses nocturnos.

Terminaron al amanecer. El bus relucía como recién salido de fábrica, hasta los cristales brillaban de puro limpios. Ya sobrios y compenetrados, trabajaron en silencio hasta que la cobradora perforó los billetes y el autobús volvió a la ciudad. Así, la pandilla fue bajando en sus respectivas paradas, y el bus reanudó su ruta, listo para otro día… y para nuevos pasajeros.

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MagistrUm
Expreso nocturno Las puertas del trolebús se plegaron en forma de acordeón y el calor del interior escapó en una nube de vapor hacia la fresca noche madrileña. Un grupo de cinco juerguistas irrumpió en el vehículo, haciendo resonar los sucios zapatos contra todo lo que encontraban: peldaños, barras de sujeción y piernas de los pasajeros. Ninguna de las almas solitarias presentes, reunidas por la única opción de transporte nocturno de la ciudad, se atrevió a hacer comentarios a la eufórica pandilla, borracha de risas y alcohol, que con ojos encendidos discutía a gritos sobre sus hazañas y posibilidades amorosas, interrumpiendo sus improperios sólo para brindar y retumbar botellas en el fondo del trolebús convertido en improvisado botellón. El mecanismo del trolebús repiqueteó, las puertas resoplaron, el acordeón se estiró y la máquina, oscilando suavemente, zarpó del puerto urbano camino a la Calle Alcalá. Apenas una decena de pasajeros quedaban, contando a la revisora. La mujer, cuyos gafas parecían tan antiguas como la Gran Vía, se levantó y se acercó al grupo, blandiendo el manojo de billetes de viaje. —Chicos, hay que pagar el billete —dijo, con un cansancio que sólo conoce la madrugada en una ciudad grande. —Yo tengo abono transporte —eructó uno, —¡Y yo! —¡Y yo también! El más joven, aún con el bigote naciente y cierta inseguridad tras la fanfarronería, gritó más fuerte para ocultar sus dudas. —¡Enseñadmelos! —replicó ella, imperturbable. —¡Primero enseña tú el tuyo! —soltó el más musculado, dejando caer cerveza por su cazadora. —Soy la revisora —repitió, indiferente. —¡Y yo electricista! ¿Y por eso no pago la luz? —contestó el mismo, ahora apestando todo el autobús con el ácido aroma de la cerveza derramada. —O pagan o se bajan, chavales. En ese instante el trolebús se detuvo y el resto de pasajeros, previsores, abandonaron el vehículo. —Que ya te hemos dicho: llevamos abonos —graznó el chico, sacando pecho. —¡Venga, Chema, directo a cochera! —gritó ella al conductor. —Sí, Chema, directo a cochera —corearon burlas, limpiándose lágrimas imaginarias. Las puertas se cerraron de nuevo y, tras un giro imposible, el trolebús tomó velocidad, superando incluso a taxis y coches, con las luces del interior apagándose lentamente. Sólo los faroles de la ciudad y carteles luminosos iluminaban el vagón. La revisora, muda y seria, observaba el frente. Sin más paradas. —¿Dónde nos llevas? —gritó por fin uno, la voz ahora perlando la sobriedad. Silencio por respuesta. —¡Eh, para que bajemos, majetes! —insistieron, con el miedo filtrándose en sus palabras. Ya estaban lejos de la ciudad, en una carretera oscura, los móviles buscando señal sin éxito. En cuanto giraron hacia un campo, uno de ellos lanzó amenazas desesperadas: —¿Tú sabes quién soy yo? ¡Como no aparezca mañana en la oficina, te quedas sin pensión! Las luces delanteras se apagaron. —Por favor, déjame salir, tengo que preparar la EVAU… —suplicó, a punto de llorar, el benjamín del grupo. El trolebús rugía, rompiendo la quietud de la noche. Los chicos, pálidos y temblando, intentaron romper ventanas con botellas, arañaban la puerta plegable: todo en vano. Aparecieron los primeros billetes. —¡Quédese con el cambio! Pero llévenos de vuelta, por favor. La revisora, inmutable. Gritos, súplicas, llamadas a la compasión y, finalmente, lágrimas llenaron el bus mientras llegaban a la orilla de un gran lago. —¿Dónde estamos? —susurraban. —Nos van a tirar al agua —lloraba el pequeño. —Oye, Álvaro, ¿tú pilotas trolebuses? ¿Y si les reducimos?… —sugería otro, casi sin fe. Pero Álvaro negaba con la cabeza, derrotado. Por fin, la puerta delantera se abrió y la revisora salió. A la luz de la luna vieron que llevaba algo largo en la mano. —Esto es el final… Nos van a disparar… y a ahogar… —lloriqueaban, incapaces ya de consolarse. La revisora entró de nuevo, haciendo retumbar sus pasos; traía una fregona y un cubo. —Cuando acabéis de limpiar las paredes, os doy trapos y seguís con los asientos y suelo. Cuando acabéis, os llevamos a casa. ¿Algún problema? Los cinco negaron al unísono. La noche fue larga. Dos buscaban agua, uno cambiaba trapos y otros dos vaciaban el cubo en un bidón enorme y misterioso que probablemente llevaba allí antes de que existieran los trolebuses. Al amanecer, el vehículo brillaba: los cristales relucían más que nunca y los rebeldes madrileños, sobrios y en silencio, trabajaban sin rechistar. Cumplida la tarea, la revisora marcó sus billetes y el trolebús partió rumbo a la ciudad. Uno a uno les dejó en sus paradas habituales antes de volver a la ruta para recibir el nuevo día y nuevos pasajeros.