No me lo puedo creer

Querido diario,

Aún no lo puedo creer. Hoy, veinte años después del último baile de la escuela, volvía a girar con él al compás de un vals bajo las luces del salón del Instituto San Isidro. ¿Te acuerdas del último encuentro? Era el baile de fin de curso, la música envolvía el aire como perfume de azahar, y yo me perdía en la profundidad de sus ojos, azules como el mar de la Costa Brava. En aquel momento sentí que debía decirle lo que llevaba rondando mi cabeza: pronto seríamos padres. Cuando lo anuncié, su furia estalló como trueno y, entre dientes, me soltó:

Es demasiado pronto, hay que esperar.

Me sentí como si me hubieran lanzado un balde de agua helada. Yo también sabía que la noticia llegaba fuera de tiempo, pero ¿qué hacer? No había marcha atrás. Nos separamos, aunque el amor que sentía por él siguió latente durante mucho tiempo. Me dejó el corazón hecho trizas, una herida que parecía imposible de curar. Su carácter, duro como el granito, era precisamente lo que me había cautivado.

Los años pasaron y, como siempre, las amigas del colegio me mantenían al tanto de su vida: estaba casado, tenía dos hijos ya adultos y había pasado por varios divorcios. Asistía a las reuniones de antiguos alumnos, siempre curioso por saber cómo me iba. Yo, en cambio, nunca me atrevía a ir a esos encuentros; temía mirar sus ojos y perderme, ahogarme sin remedio. Diez años de miedo me hicieron sentir una sombra constante.

Entonces apareció él, Valeriano Fernández, y sin sentir nada más que gratitud me lancé al matrimonio. Él comprendió mi silencio y no me presionó. Adoptó a mi hija como propia; la llamé Amor, porque ese nombre era el único que me venía a la cabeza y, al fin y al cabo, el amor nos une. Amor tiene el pelo rizado y los ojos que me recuerdan a los suyos.

Valeriano me ama con cada fibra de mi ser. Sus gestos, sus palabras y hasta su mirada son testigos de una ternura constante. Fue solo después de cinco años de casados que me di cuenta de que, en realidad, estaba enamorada de mi propio marido. Él supo, sin decirlo, convertirse en mi ancla, en la llave que abrió las puertas de mi alma. Ningún otro ha podido irrumpir en nuestro cariño.

El amor, querido diario, todo lo salva. Tú, Federico, nunca me amaste de verdad; fuiste solo un juego de juventud. Así termina esta parte de mi historia.

¿Y tú, Federico? ¿Cómo te va?
Ay, Celestina Vivo como quien lleva el abrigo de una vez, sin mucho orden. Mis hijos están en sus propios asuntos, y yo paso el día pensando en ti

Yo le respondí: En mi casa somos tres niños: Amor y dos gemelas de seis años. ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo Julián Utrera?
¿Utrera? Claro que sí. Fue mi único amigo de verdad, pero después del instituto cortó todo contacto. Ya no sé nada de él.

Le propuse acercarnos a la ventana del patio del colegio y mirar el recreo. Valeriano, con la mirada clavada, no pudo apartar los ojos de lo que veía.

Lo entiendo, Celestina. Todo está entrelazado dijo, como quien descifra un nudo de destinos.

Al otro lado del patio, allí estaba Julián Utrera, tomando de la mano a dos pequeñitas. Junto a él, una joven de veinte años con esos ojos azulazul que tanto me habían hipnotizado.

¡Adiós, Federico! Me voy con mi familia exclamó la joven.
¿Por qué has venido a la reunión este año? le pregunté.
Porque ya no tengo miedo, Valeriano. Al verte, mi corazón guarda silencio

Así, querido diario, cierro esta página con la certeza de que, pese a los giros del destino, el amor en todas sus formas sigue marcando el compás de mi vida.

Hasta la próxima.

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